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Porqué no puedo hablar de una minoría étnica, siendo de una minoría étnica

Cuando el profesor Humberto Rodríguez Pastor me comentó sobre la posibilidad de presentar su libro “Negritud: Existencia y Resistencia”1 me sentí algo abrumada. Muy aparte de mi gratitud por la oportunidad, consideraba que el tema de estudios afro -peruanos era algo con lo que no estaba familiarizada. Mis temas de interés se orientan más hacia el campo de los medios de comunicación y, de un tiempo a esta parte, a la antropología de la alimentación. Sin embargo, algo en su invitación estuvo latente, mi identificación como una minoría étnica  (en este caso peruano-japonesa) me otorgaba una visión más cercana hacia lo afro-peruano. Por lo tanto, le interesaba mi experiencia como nikkei y mi interpretación sobre su libro desde esa perspectiva.

De ese modo fue que leí el libro. Busqué mil maneras de poder ingresar a él desde una posición  más acorde con mis temas de interés, pero tras los múltiples intentos fallidos recordé el tono de su invitación (la clave estaba en mi posición como minoría étnica), y fue ahí que esa pregunta se quedó en mi mente: ¿es posible hablar de una minoría étnica siendo de una minoría étnica?, pero sobre todo, ¿ante quiénes soy de una minoría y bajo qué circunstancias se me asume como tal?

El sentido de mi discurso, en todo caso, no busca elaborar una especie de historia de vida familiar, ni mucho menos narrarles los conflictos o problemas que se circunscriben en una identidad cultural. Para eso me faltan aún sesiones y consultas de psicoterapia y superar mi pánico escénico. Lo que pretendo conversar y postular aquí se encuentra en esta relación de visibilizar al otro como tal, pues  esa es la cuestión que me condujo, finalmente, (y ante mi imposibilidad de desarrollar una presentación afro-peruana-japonesa-antropológica abarcadora) a preguntarme por qué no puedo hablar de una minoría étnica siendo de una minoría étnica.

Hace más o menos un año atrás, durante una entrevista de trabajo, uno de los encargados me preguntó acerca de la identidad étnica. Yo respondí que consideraba que era una de esas cosas que se suele entender una vez que te ocurre. La invitación del profesor supuso también, nuevamente en mí, darme cuenta de mi etnicidad. Sin embargo, ¿qué significa realmente esta denominación?

NO SOY TU, NI TU ERES YO

¿Existe en los afro-peruanos un reconocimiento pleno de su identidad, de su particularidad cultural? El Perú está conformado por un crisol de razas, término que Chanady2 también utiliza para referirse al caso de los Estados Unidos. Para el autor, “crisol” remite a la mezcla de razas que solamente incluye aquellas que quieren ser visibles, es decir, a las europeas. El resto (chicanos, latinos, afros e indios) son ocultados y no intervienen en este gran conjunto. Asimismo, la permanente tensión entre ellas imposibilita a los Estados Unidos identificarse en su imaginario colectivo como un híbrido. Considero que lo mismo ocurre con nuestro país, sin que ello implique que el panorama escape a otras variables de tipo económico, político y social.

Inclinarse por una identidad instrumental; es decir, por aquella que es utilizada por el sujeto según diferentes contextos, no explica enteramente el lado opuesto, la identificación de los demás hacia el sujeto en sí. En mi caso, el tema étnico no guarda connotaciones políticas ni de militancia, llevado a un ejemplo extremo diría que no camino por las calles proclamando mis derechos a la diferencia y mi reivindicación en la sociedad. Y no se presenta de esta manera porque no constituyo un grupo étnico que busque defender su soberanía territorial  ni política, por lo tanto cultural.

A diferencia de lo que ocurrió con los afro-peruanos, el arribo de los japoneses al Perú no fue en calidad de esclavos. En ese sentido, el grupo mantuvo su cohesión y sus lazos consanguíneos, contrario a lo que ocurrió con los africanos traídos y separados de sus pares. Los japoneses, en el Perú, lograron conservar cierta unidad cultural compacta, pero no por eso libre de la lucha de poderes en su interior. El  hijo de japoneses en el Perú fue criado siempre mirando hacia el otro lado del mar, pues la posibilidad de retornar estuvo presente en la primera generación. Se aprendió, entonces, a ser peruano y japonés; en otras palabras, a ser peruano-japonés. En cambio, en el caso de los afro-peruanos, la pérdida de su bagaje cultural -  consecuencia de la gran represión y explotación de las que fueron víctimas - los obligó a desarrollar estrategias que permitieran su inserción en la sociedad peruana. Ellos estuvieron forzados a comportarse como peruanos, ocultando o practicando su lado africano sólo en los espacios privados.

¿Puede la palabra del otro ser tan fuerte que nos constituya en una categoría cerrada? Gadamer3 narra la historia de la torre de Babel como aquella donde los hombres son desperdigados en el mundo, hablando diferentes lenguas imposibles de ser conectadas unas con otras. La meta era ya no la imposición del nombre o de la palabra (pues el Antiguo Testamento se basa en que la existencia surge a partir del nombramiento de la cosa misma), sino en la interacción entre la pluralidad de lenguas versus la presencia de un lenguaje único. De ahí que haya surgido esta interrogante, pues es en el momento en que se me nombra como “minoría étnica” que la definición se materializa y se hace cuerpo en mí. Fuera de esos contextos, yo puedo pasar como peruana fuera de mi país, como antropóloga en mi ámbito de trabajo, etc.; pero, es la connotación política y cultural de la palabra la que produce en mí un reconocimiento doble, por parte de quien me nombra y por parte de mi propia subjetividad étnica.

Sin embargo, ¿el valor de la nominación es positivo en todos los niveles a los que se dirige? ¿acaso no ocurre el rechazo y la no identificación con la categoría que nos representa? Si no existe una representación plena, ¿puede decirse entonces que no ha sido construida para esto? ¿hacia quién se dirige?

Pensar en eso hace que recuerde escenas de un reportaje televisivo, donde se entrevistó en la calle a estudiantes de universidades privadas acerca del término “cholo”. Ninguno se reconoció como tal, pues dentro de sus parámetros todos ellos eran mestizos y los cholos eran los demás (vale recalcar que siempre eran los de clase social inferior). 

Al reflexionar sobre el tema del racismo y la exclusión, Bruce4 menciona una frase de Sartre: “es la mirada del otro la que te define”. Si entendemos que la constitución de una identidad es un acto de poder, y que además la nominación es la construcción discursiva del objeto mismo, es necesario entonces reflexionar sobre la distancia entre el sujeto que denomina y aquel a quien se nombra.

Esa brecha no es, bajo ninguna lógica, un espacio estático; todo lo contrario es un antagonismo vivo sobre el cual se mueven las múltiples interpretaciones. Postulo así, finalmente, que mi imposibilidad se ubica en este antagonismo, en la finitud de mis fronteras frente a quien me nombra y a quien yo debo también indicar. Mi reflexión se inclina hacia esta posición, la de otorgarle a la categoría “minoría étnica” la posibilidad de auto- reconstruirse desde el sujeto mismo al que encierra. La libertad, en términos de Foucault5, es inherente a las luchas y a las resistencias; es, así, contingente y móvil. Al dejar de ser pensada en un plano teórico se expande hacia la praxis, a la libertad que es inmanente al comportamiento del sujeto y a lo que él produce y reproduce en el panorama social. Rechazar lo que les es impuesto es libertad y, por lo tanto, siempre una posibilidad (para lo cual requiere un espacio público que garantice su manifestación y ejercicio).

El punto central es la subjetividad latente en la categoría, en nuestra construcción y en nuestra denominación. Sin embargo, lo anterior no quiere decir que rechace el concepto de “minoría étnica”, pero considero que una auto- reconstrucción y crítica permanente de la misma a partir de la propia minoría es positiva. Y este acto es un acto de libertad.

“No se trata de encontrarnos en nuestro mundo, sino de inventar nuestra subjetividad. Antes que el producto de un encuentro, la subjetividad es el resultado de un proceso inventivo. De tal modo que la lucha por la libertad se inicia en la propia esfera subjetiva.

( ) Crear subjetividad implica exponer los límites, la trasgresión de esos límites y el reconocimiento de que nuevamente ingresamos a ellos, lo que conduce a que este desplazamiento sea un proceso sin fin.”6

Citas
1. Presentación del libro “Negritud: Existencia y Resistencia” de Humberto Rodríguez Pastor, realizado el 20 de octubre de 2008, en el Instituto Cultural Peruano Norteamericano.
2. Amaryll Chanady, “La Hibridez como significación imaginaria”.
3. Hans-Georg Gadamer. “Arte y Verdad de la Palabra” (1998). Paidós:  Barcelona.
4. Jorge Bruce. “Nos habíamos choleado tanto” (2008). Universidad San Martín de Porres: Lima.
5. Guilherme Castelo Branco. “Foucault em três tempos: A subjetividade na arqueologia do saber”. En Revista: Mente, Cérebro e Filosofia: Fundamentos para a compreensão contemporânea da psique. N°6, año 2008.
6. Íbd. Traducción personal.

Este artículo se publica bajo el Convenio Fundación San Marcos para el Desarrollo de la Ciencia y la Cultura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos – Japanese American National Museum, Proyecto Discover Nikkei. 2009 – 2010.

© 2009 Tilsa Guima

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