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Reflexión sobre José watanabe y su obra poética

Un hijo de migrante

Las migraciones están imbricadas a la historia misma del hombre y que particularmente la historia moderna, del renacimiento para acá, sería totalmente inexplicable, sin estudiarlas y considerarlas como el fenómeno central de la actividad de los hombres.

Hay migraciones y migraciones. Unas se inician por el afán de aventura, otras están nutridas de la curiosidad científica aunada a un inexcusable afán de conquista de nuevos territorios, algunas se alimentan de naturales expectativas económicas.

En líneas generales, la migración japonesa al Perú, pertenece a esta tercera laya. Los japoneses que vinieron al Perú a fines del siglo XIX y en las primeras décadas del siglo veinte eran gente de trabajo que se desempeñaba preferentemente en labores agrícolas y en los oficios que las pequeñas urbes de la costa sierra y selva del Perú podían ofrecerles. Traían una cultura ancestral, nutrida de una noción muy fuerte de familia extensiva, un afán de progreso individual y colectivo.

Uno de esos migrantes, ya en el siglo XX, fue el padre de José Watanabe que es una figura característica del tipo de japonés que vino a nuestro país. Conocedor de las labores agrícolas, se afincó en Laredo, departamento de La Libertad, y contrajo matrimonio con una dama del lugar. Pero el señor Watanabe no era solamente un hombre de campo, conocía extensa e intensamente su propia cultura. Era aficionado a la poesía tradicional de su país y sus manos diestras gozaban labrando figuras de madera. Estos son los hechos escuetos que conozco por una larga amistad con José Watanabe. Queda por ahondar tal vez el detalle más importante ¿cómo fue la relación entre el poeta y su padre? Este asunto que algunas corrientes literarias vigentes en los años setenta consideraron baladí, resulta de suma importancia cuando se analiza la maduración de un artista excepcional. César Vallejo, José María Arguedas, Jorge Eduardo Eielson, Pablo Guevara, Mario Vargas Llosa, han dedicado páginas hermosas, intensas, reveladoras, que ilustran de qué manera la relación con sus respectivos padres influyó en su carrera artística, generalmente para bien, que es caso de la mayoría o para mal, como ocurre con Mario Vargas Llosa.

Bástenos decir que cuando estalló la segunda guerra mundial, el que sería el padre de nuestro poeta, ante la persecución desatada contra los japoneses, vivió a salto de mata ayudado por los lugareños de Laredo y que en su deambular por los cañaverales se dio tiempo para hacer en madera pequeñas esculturas religiosas que algunas veces colocaba a la vera del camino. Cuando terminó la guerra, varias iglesias de la zona estaban pobladas de las esculturas del señor Watanabe. Conociendo estos hechos, no es extraño que uno de los mejores poemas iniciales de José Watanabe, estén dedicados precisamente a las manos de su padre.

Vida y poesía

En 1946 nació el poeta José Watanabe en Laredo y murió en Lima en 2007. Estudió en su lugar de nacimiento y más tarde en Trujillo. Después, en Lima, inició estudios de arquitectura, que abandonó pronto, para dedicarse a múltiples oficios, vinculados al cine, al periodismo y a la administración. Como poeta es algo de lo más destacado en la tradición literaria del Perú.

En 1971, con la publicación de Álbum de familia , José Watanabe inició una carrera literaria verdaderamente excepcional que lo iría colocando con el paso del tiempo a la altura de los mejores poetas del siglo XX en nuestro país. Paralelamente desarrollaría una carrera como guionista de algunas de las películas más conocidas de directores peruanos como La ciudad y los perros, Maruja en el infierno y Alias la gringa . A pesar de los vasos comunicantes que existen entre cine y literatura que se prueban no solamente por la calidad de algunas obras literarias llevadas al cine, como es caso de dos de los guiones escritos por Watanabe, sino por la influencia recíproca entre estas dos artes excepcionales, muchos conocedores de cine ignoran la actividad literaria de Watanabe; de igual manera, algunos aficionados a la poesía desconocen el oficio de guionista del poeta.

Pareciera, por las publicaciones posteriores, El huso de la palabra de 1989, Historia Natural de 1994 y la más recientes Cosas del cuerpo , de 1999, Habitó entre nosotros (2002), La piedra alada (2005) y Banderas detrás de la niebla (2006), que el poeta escribe por ciclos, indiferente al apresuramiento, y a aquello que se ha llamado "la torrencial musa española" ese afán desmedido por publicar seguido de algunos poetas hispanos y otros de nuestros lares que no tienen en cuenta la necesaria labor de pulido de los versos. En un país donde el reconocimiento suele llegar tarde, en 1989, El huso de la palabra fue consagrado por un conjunto de críticos y creadores como el mejor libro de poesía de la década.

La presencia del amor y de la muerte

He escogido en esta ocasión, reflexionar concretamente sobre algunos aspectos de Cosas del cuerpo . En general las obras literarias suelen usar lenguajes metafóricos, metonímicos o descriptivos. Algunos poetas, los mejores, recuperan un lenguaje primordial, que puede usar o no los procedimientos retóricos mencionados, pero que, sobre todo, elimina la distancia entre el objeto referencial y la propia palabra. Ese es el caso de Watanabe. Su poesía, trabajada con despiadado rigor, trasmite una imagen de tersura. Es un nuevo objeto añadido a la realidad que incorpora situaciones que conciernen a todos los seres humanos.

Cualquier poema de Cosas del cuerpo , como una flecha, va a un blanco preciso.

Leamos el texto Nuestra reina

    Blanco tu uniforme y qué rosada tu piel. Entonces tus vísceras deben ser azules, doctora. Eres nuestra reina. Los enfermos estiramos las manos atribuladas Hacia ti en triste cortejo. Queremos tocarte cuado cruzas los pasillos, altiva, docta, saludable, oh sí, saludable, con tus vísceras azules.
    Imaginamos a los doctores a salvo de nuestros males, pero si el conocimiento no te exime y también te mueres, serías una bella muerta. Tienes nariz alta, boca que cierra bien, que se sella, párpados tersos, largo cuerpo para ser tendido voluptuoso sobre una mesa de hierba. También así serías nuestra reina y seguiríamos estirando las manos ya tranquilas y con flores hacia ti, nuestra última señal de gozo.

En el poema leído se observa, desde la posición de un enfermo yacente en la cama de un hospital, la sanidad y la belleza de una doctora, capaz de producir gozo con su sola presencia y que, sin embargo, también lleva el germen de la muerte. En ese texto Watanabe recrea una situación trabajada antes por Eliot y Dante: la idea de que la exultante salud parece lo más opuesto a la muerte y sin embargo la contiene y la expresa. Eliot, por ejemplo, observa a cientos de ciudadanos pululando en puente que cruza el río Támesis y se pregunta cómo y por qué esos hombres serán pasto de la muerte.

En el poema Nuestra reina José Watanabe, pone en tensión los polos de enfermedad-muerte y vida. En un primer nivel, los enfermos portadores del mal son símbolo de muerte, anuncian su posibilidad. En cambio la hermosa médica es fuente de sanidad y blanco del deseo de los condenados a la muerte, aferrándose a la vida. Rosada por fuera, sus vísceras, dice el poema, deben ser azules. Es la reina con sus vísceras que algún día se detendrán en su funcionamiento. El conocimiento de la sanidad y de la enfermedad, no salvará a la doctora de la muerte. Será entonces una bella muerta con su cuerpo voluptuoso sobre una mesa de hierba. Aún ahí conservará su categoría de reina y los enfermos seguirán estirando las manos ya tranquilas, es decir despojadas de deseo con flores hacia ella, como última señal de gozo.

En un primer nivel está dicho, comentado, lo que el poema nos trae. Un poco menos visible es percibir lo que dice en la entrelínea, la concepción de vida y muerte que entraña la poesía de Watanabe. Dante, seguramente el más valioso poeta de occidente, encuentra en la alianza entre belleza e inteligencia, la posibilidad de trascender a la propia muerte, puesto que Beatriz es representante del mismo Dios.

Sabido es, por quienes lo conocen de cerca, que José Watanabe no sólo es respetuoso de la cultura de sus ancestros orientales, sino un conocedor de la tradición literaria del Japón. Resulta obvio decir que uno de sus poetas favoritos es Basho, uno de los cultores más refinados del haiku. Menos conocida es su gran afición por las novelas japonesas, desde Akutagawa, hasta Banana Yoshimoto, pasando por supuesto, por Tanizaki, Mishima, Kobo, Endo, Kawabata, Soseki, Inoue. En numerosas ocasiones, reuniones de amigos que estaban por terminar se prolongaban interminablemente porque José Watanabe se ponía a contar un detalle de alguna novela japonesa que permitía conocer un ángulo inesperado de la cultura de ese país. Pero todo esto bien puede considerarse una porción de datos externos al poema que llama nuestra atención. En cambio pertenece a la cultura japonesa la unión natural entre vida y muerte. La muerte no es vista en el Japón como en el secularizado occidente de nuestros días. Finar es un acto natural de la vida. El nirvana esperado por el budismo en poco se parece al cielo cristiano; es el vacío final al que se llega. Pero vida y muerte en la concepción japonesa están asociadas como dos caras de la misma moneda. Los antepasados están ligados a las vidas de los descendientes a manera de dioses familiares. Una fuerte marca del pasado en el Japón contemporáneo es el deseo de conservar la belleza de los que mueren. Los lectores de Tanizaki seguramente recordarán el texto La vida enmascarada del señor de Mushami , donde un conjunto de mujeres tiene por trabajo embellecer las cabezas tronchadas de los guerreros muertos en las batallas. La muerte semeja a la vida gracias a las manos diestras.

Hay algo más, escondido en el poema de Watanabe, que es una idea universal, perteneciente a todas las culturas: lo impensado de la muerte, su presencia súbita. Si bien en el hospital la doctora expresa la vida y quienes desean tocar su cuerpo voluptuoso son portadores de la enfermedad, bien pudiera ocurrir, como efectivamente pasa en el poema, que la mujer, símbolo de la vida, llegue primero al reino de las sombras y los pacientes, acallado el placer, tengan una última señal de gozo. Ya Marcel Proust en El tiempo recobrado , con inigualable maestría ha señalado el deleite de quienes sobreviven a otros, característico del género humano.

El valor del poema Nuestra reina se acreciente si pensamos en las numerosas lecturas individuales que van sumando una diversidad de experiencias de enfermedad, sanidad y muerte, que tenemos todos los hombres y todas las mujeres.

En general, la sensación que se desprende del poemario de Watanabe es de aceptación del mundo en sus aspectos más íntimos y materiales. Alguien podría decir que, como corresponde a los tiempos que corren, es una poesía desideologizada, pero quien conozca toda la producción anterior de Watanabe, inclusive la que escribió en los turbulentos setenta, será capaz de añadir que siempre tuvo presente situaciones básicas: el mundo de los afectos, la relación del hombre con las cosas, la presencia de lo insólito en la vida cotidiana y el afecto absoluto por las personas más humildes.

Ofendiendo seguramente la proverbial modestia que siempre tuvo José Watanabe, diré. para terminar, que considero a su poesía algo de lo mejor de la literatura del Perú de todos los tiempos. En otra época el poeta español Garcilaso introdujo en el verso castellano, la visión italiana. Que el soneto esté vivo en la nuestra lengua es muestra de su importante empeño. Ahora José Watanabe incorpora una sensibilidad oriental, que apenas he podido reseñar, a la poesía peruana y esto sólo pudo ser posible porque su padre un buen día dejó su Japón natal para afincarse en Laredo.

Bibliografía:

José Watanabe. Álbum de familia . Lima. Cuadernos Trimestales de Poesía. 1971.
-------------------- El huso de la palabra . Lima. Colmillo blanco.1989.
-------------------- Historia natural . Lima. Peisa. 1984.
-------------------- Cosas del cuerpo . Lima. Caballo Rojo. 1999.
-------------------- Habitó entre nosotros . Lima. Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú. 2002.
-------------------- La piedra alada . Valencia. Pre-textos. 2005.
-------------------- Banderas detrás de la niebla . Lima. Peisa.2006

 

* Este artículo se publica bajo el Convenio Fundación San Marcos de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos - Japanese American National Museum, Proyecto Discover Nikkei.

© 2007 Marco Martos