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Algunas comparaciones: Emigrantes chinos y japoneses para las haciendas peruanas

La invasión europea al imperio del Tawantinsuyo en el siglo XVI llegó de a pocos pero junto con enfermedades, un régimen económico distinto (minería en vez de agricultura) y guerras (antiespañolas e interespañolas o civiles). Esta nueva presencia ocasionó una inmensa mortandad de la población nativa que sólo en el siglo XX logró retomar los niveles en los que se encontraba al inicio de la conquista. Especialmente la costa sintió esa pérdida demográfica que, entre otros, afectaba el trabajo en los campos. Como solución, al igual que en otras regiones de América, se optó por el traslado de miles de esclavos desde África.

Aún en la centuria decimonónica se decía que el paisaje agrícola era como la Venus de Milo: hermoso cuerpo, pero sin brazos. La escasez de mano de obra fue un mal endémico en la región costera, que perduró hasta comienzos del siglo XX.

A mediados del siglo XIX, el campesinado afrodescendiente de las haciendas fue reemplazado paulatinamente por el trabajador chino culí debido a las consecuencias de la ley de manumisión o de liberación de la esclavitud del 3 de diciembre de 1854.

1. Asiáticos en tierras peruanas: el chino culí y el peón japonés

El asiático chino, por lo general de la provincia sureña de Kwangtong, que masivamente – en un número aproximado de 92.000 (casi en su totalidad hombres) – llegó durante el período 1849-1874 fue destinado principalmente al trabajo agrícola en casi todas las haciendas de la costa peruana, aunque también se le condujo a las labores en las islas guaneras, a la construcción de ferrocarriles y como servidumbre doméstica en las ciudades, principalmente en Lima y Callao.

A mediados del siglo XIX, la agricultura costeña de exportación –principalmente la dedicada a la caña de azúcar y algodón– ingresaba con éxito a un mercado internacional cuyos buenos precios permitieron una notable rentabilidad y, por esta razón, una gran capitalización en las grandes propiedades agrícolas y a la vez su modernización y mecanización.

Cincuenta años después de comenzado el arribo de chinos al Perú, se inició (en 1899) la llegada de japoneses, migración que duró, aunque discontinuamente, veinticuatro años (1923). Estos inmigrantes, que en número aproximado fue 18.500 (89% de sexo masculino), inicialmente eran originarios de las prefecturas de Niigata, Yamaguchi e Hiroshima, y luego en una cantidad mayor fueron enrolados en Okinawa. A estos nuevos asiáticos en territorio peruano se les destinó casi en su totalidad a las labores agrícolas de algunas de las haciendas costeñas, principalmente las del departamento de Lima (Valles del Rímac, Cañete, Pativilca y Supe) que estaban dedicadas al algodón y a la caña de azúcar. El interés mayor de los propietarios de estas haciendas era obtener mano de obra estable, que la consiguieron sólo por algunos años.

2. Realidades de viajes diferentes

Los viajes que hicieron estos chinos y japoneses que trabajaron en la agricultura peruana pasaron por momentos muy diversos. Los 92.000 chinos fueron trasladados en un total de 247 viajes, lo que nos da un promedio de 372 por cada desplazamiento; los 18.500 japoneses que vinieron a Perú lo hicieron en 82 viajes; es decir, un promedio de 225 personas en cada uno.

El período del traslado de los miles de culíes fue bastante próximo a los años en que se trasportaba a los esclavos negros africanos a América; por este motivo las condiciones eran bastante similares: al igual que los esclavos africanos, los semiesclavos culíes eran colocados (hacinados) en el entrepuente de la embarcación en que viajaban con muy poco espacio para cada uno. La falta de higiene, la mala comida y la nada aséptica agua para beber producían enfermedades estomacales que los llevaban a la muerte; por este y otros motivos no menos del 10% del total de los emigrantes salidos de China falleció antes de llegar a Perú. Por sentirse engañados y por las condiciones del traslado hubo motines y naufragios de algunas de estas naves “chineras”, que en su mayoría eran fragatas y barcas a vela con no más de 1.600 toneladas de registro y que en promedio demoraban 120 días en cruzar el océano Pacífico.

Desde el primer barco en que llegaron japoneses, este medio de transporte marítimo fue algo totalmente diferente. En menos de cincuenta años, los barcos de vapor habían desplazado a los barcos con velamen en los mares del mundo. Así, el histórico “Sakura Maru” tenía 2.953 toneladas de registro y hasta satisfacía la costumbre de los 790 primeros inmigrantes japoneses de contar con agua caliente para bañarse. Los otros vapores con emigrantes de Japón no parecen haber sido distintos.

3. Diferencias en las condiciones de trabajo

Los miles de chinos culíes que salieron de los puertos de la China imperial o mayormente de Macao (provincia portuguesa de ultramar), sólo pudieron hacerlo después de haber firmado individualmente, aunque engatusados, artificiosos contratos. Esto era necesariamente así, dado que la prohibición de la esclavitud y de la trata esclava en el mundo era ya una política aceptada y controlada por las grandes potencias económicas de entonces, principalmente Inglaterra.

A nuestro criterio, la condición laboral del chino fue la de semiesclavo por contrato. Esto significaba la obligación del culí de trabajar durante ocho años para un amo o patrón –que en el Perú aún mantenía una mentalidad esclavista–, en lo que éste determinara, y a continuación quedaba libre si es que no aceptaba recontratarse. Mientras duraban esos ocho años obligatorios, el patrón podía permutar o transferir a otro amo al trabajador emigrante asiático.

Por este mismo motivo, a pesar de que habían transcurrido cinco décadas, la manera legal e internacionalmente posible para la emigración de trabajadores desde Japón requería la aquiescencia –firma de por medio– de cada emigrante y hasta el permiso del Estado imperial japonés.

La diferencia más importante entre el emigrante chino y el japonés fue la "pertenencia" formal de uno u otro a una tercera persona jurídica. De manera general, los chinos semiesclavos eran traspasados físicamente al venderse el contrato a los interesados, la mayoría de ellos (80 a 90%) hacendados. Los japoneses, por su parte, eran "propiedad" de la casa enganchadora (hubo cuatro de ellas, la más importante fue la Casa Morioka) hasta que cumplían el término del tiempo obligatorio, por lo general unos cuatro años. Una hacienda, por ejemplo, firmó varios contratos con la Casa Morioka y ésta, para asegurarse el cumplimiento de los peones que había enganchado en Japón y poder reclamar, exigía que los emigrantes firmaran con ella contratos iguales en contenido.

El control y cumplimiento del trabajo cotidiano se realizaba con empleados de las haciendas y con personal de las compañías. Según los contratos firmados, estas últimas debían mantener un número fijo de trabajadores en las propiedades agrícolas. Las compañías ganaban un porcentaje por cada día de trabajo del bracero emigrado. En todos estos acuerdos no estaba al margen el Estado japonés ni dejaban de estar vigilantes los representantes diplomáticos de ese Estado en el Perú.
En suma, al peón japonés se le debe considerar como un trabajador emigrante enganchado en su país de origen por compañías negociantes en este rubro, con el consentimiento del Estado japonés.

Epílogo

A pesar de tratarse de trabajadores chinos y japoneses que estuvieron en condiciones diferentes en las haciendas costeñas peruanas y en distintos tiempos históricos, hubo reacciones similares entre ellos, aunque no iguales, en tanto en todo momento fueron invariables tanto el trato exigente y brutal como la incomprensión cultural. Frente a esta agresión hubo diversas reacciones comunes entre estos trabajadores: las más frecuentes fueron las fugas y el cimarronaje, pero también tumultos localizados.

 

* Este artículo se publica bajo el Convenio entre la Fundación San Marcos de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y el Japanese American National Museum, Proyecto Discover Nikkei.

© 2007 Humberto Rodríguez Pastor