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Ser Nikkei en el Peru: Una marca de identidad

La nación okinawense en Perú

En la actualidad, la gran mayoría de descendientes japoneses en Perú tienen sus raíces en la prefectura de Okinawa. Se comenta que la cifra extraoficial es de un setenta por ciento. De hecho, ya no resulta difícil encontrar en la historia legislativa, gubernamental, municipal, artística o deportiva de Perú apellidos típicamente okinawenses como Higa, Arakaki, Shimabukuro, Matsuda, Kanashiro, Shiroma, Nakasone, Tamashiro, entre otros más.

Cabe destacar que la inmigración japonesa al Perú fue una experiencia basada en la diversidad. Sin embargo, durante cien años se mantuvo el discurso oficial de la homogeneidad, práctica que aplastó la riqueza de manifestaciones para proyectar la imagen de una cohesionada presencia japonesa. De esta experiencia plural sobresale, por su número de integrantes, la cultura okinawense, que fue cimentando su comunidad en forma paralela aunque manteniendo siempre y obedientemente la imagen de la unidad japonesa.

Lo cierto es que, con sus particulares características asiáticas, la inmigración okinawense no se detuvo hasta trasladar la nación uchinanchu u okinawense a tierras peruanas. Es interesante anotar que más que individuos llegaron núcleos familiares para asumir una empresa económica que, con el paso del tiempo, nos llevarían a poder afirmar que esta migración se convirtió en un proyecto étnico1. Si bien el Perú les era adverso, porque desconocían el idioma y la organización social, también les era adversa la realidad japonesa de la cual provenían y que trataba a okinawenses como minoría en el creciente imperio japonés de la era Meiji2. Lo que sí tenían a favor en el Perú era y es la multi-culturalidad compuesta por más de 70 grupos lingüísticos repartidos en la costa, los andes y la amazonía peruana.

Con esa experiencia de nadar a contracorriente, las familias okinawenses siguieron su espíritu comunitario y se organizaron de acuerdo a la ciudad, pueblo, isla o aldea de donde provenían. Estas estratégicas uniones regionales y familiares les ayudaron a superar cada escollo. Absolutamente todas sus tradiciones, ritos y costumbres fueron practicados por sus integrantes y se transmitieron oralmente de generación en generación. En los hogares era cotidiano tocar el sanshin o shamisen, recurrir a una yutaa para buscar consejos sobrenaturales, ejecutar ritos espirituales en el tanabata, ayudarse mutuamente en la cosecha, preparar el sataa tempura, bailar el tradicional kachashii. Incluso hoy en día, a pesar de haber transcurrido cien años de la primera presencia okinawense, sigue siendo una norma imperativa que todos los troncos familiares tengan su butsudan o altar budista y ejecuten cada uno de los rígidos ritos religiosos que la acompañan. Muchas de estas manifestaciones se mantienen vivas y siguen vigentes de los hogares okinawenses.

Cien años de inmigración okinawense

La situación que se vivía en Japón obligó a los okinawenses, como a muchos habitantes de otras prefecturas, a migrar al exterior. Durante la Era Meiji se implementaron reformas buscando la occidentalización de la sociedad japonesa; se abolió así el régimen feudal, desaparecieron los samurai, se impuso la obligatoriedad del servicio militar, aumentándose el presupuesto para la burocracia estatal y la obligatoriedad de la educación. Los pequeños propietarios se vieron agobiados por los impuestos y muchos okinawenses fueron afectados por la introducción de maquinaria agrícola que aumentó el desempleo. Ese fue el caso de Utoo Kanashiro, quien a los 17 años y antes de viajar a Perú para casarse por fotografía con un inmigrante okinawense, trabajó de obrera en una fábrica de Osaka. Realmente los ojos de la migración japonesa se posaron en América del Sur cuando Estado Unidos cerró sus puertas, poniendo así fin al tratado que suscribieron ambos países en 1871 para recibir migrantes en Hawai.

El primer grupo de okinawenses arribó a Perú el 6 de noviembre de 1906 en el barco Itsukushima Maru. Fueron treinta y seis hombres casi todos destinados a zonas agro-industriales de la costa central peruana, como la hacienda Santa Clara en donde existe un monumento que celebra la llegada de este primer grupo.

Quienes trabajaron en el campo lo hacían como peones o yanaconas (en este caso, arrendatarios) en las haciendas y algunos administraban los tambos o bodegas de las mismas. Posteriormente se establecieron en las ciudades para regentar pequeños negocios como encomenderías, pulperías, cafetines, peluquerías, verdulerías y, con el pasar de los años, restaurantes, panaderías, bazares, entre otros. Aquí destaca un detalle interesante que presentaron las mujeres okinawenses en relación a los espacios públicos. A diferencia de sus paisanas japonesas, ellas atendían en los establecimientos al igual que los hombres, lo cual nos refiere que eran un factor económico determinante en la vida de esta comunidad y que manejaban otras nociones de femineidad y pudor. Es el caso de Kame Yagui, oriunda de Gushikami son, que debía lidiar ferozmente con los borrachos que concurrían a su bar de Barranco.

El crecimiento del grupo okinawense fue vertiginoso. A pesar de que llegaron siete años después de iniciada la presencia masiva de japoneses en Perú, rápidamente se constituyeron en el mayor grupo prefectural. Hasta 1923, el 20.18% provenía de Okinawa, después les seguirían los oriundos de Kumamoto con el 14%, seguidos de Yamaguchi y Fukushima. Un dato importante es el que anota el Consulado japonés en mayo de 1940, cuando se produjo una violenta manifestación anti-japonesa: de las 620 familias japonesas afectadas por el saqueo, 500 de ellas eran okinawenses.

De hecho, desde un principio los uchinanchu se dieron la mano y se organizaron a todo nivel. Tempranamente, fundan en 1909 la Asociación Juvenil Okinawense y posteriormente en 1911 la que hoy es la Asociación Okinawense del Perú. Asimismo, implementaron el tanomoshi, creado por Sentei Yagui, para ayudarse mutuamente sin recurrir al sistema financiero peruano. Lo que sí resultaba incómodo para las autoridades japonesas era la autonomía con que las familias okinawenses construían su comunidad, pues tomaban distancia de sus paisanos japoneses quizás trasladando a Perú las rencillas que mantenían en su suelo natal. En los años 20 el consulado japonés tuvo que obligarlos a disolver la institución prefectural que habían formado. Lo cierto es que a lo largo de cien años las familias inmigrantes okinawenses y sus descendientes se desenvolvieron, básicamente, en una sociedad muy cerrada. A pesar de estos afanes, el destino de esta comunidad estuvo todo el tiempo ligado al de la presencia japonesa en Perú. Durante los periodos anti-japoneses sufrieron los mismos maltratados y fueron parte de los 1,582 japoneses y sus descendientes que fueron deportados a campos de concentración en 1942, tal como acredita Mary Fukumoto.3

La nación okinawense en Perú

Institucionalmente, la comunidad okinawense gira en torno a la Asociación Okinawense del Perú, quien posee una amplia sede en la urbanización Mayorazgo con un auditorio para tres mil personas, biblioteca, piscina olímpica, dos campos de fútbol, tres de voleibol, una de voleibol playa y tres de gateball. Allí se imparten clases de cultura okinawense, como el aprendizaje de sanshin o shamisen, taiko, karate, danzas y cantos okinawenses, así como de comida prefectural. Orgánicamente su base está constituida por las 36 ciudades y poblados de Okinawa (Shi-Cho-Son), de los cuales se forman los equipos artísticos y culturales que compiten en las diversas actividades programadas anualmente, como los concursos de espectáculos y las olimpiadas deportivas de verano. La asociación está integrada, a su vez, por la Asociación Femenina Okinawense que convoca a cinco mil mujeres asociadas; también por el Comité de Jóvenes, y auspicia y promueve a grupos artísticos nikkei-okinawenses juveniles como Haisai Uchina y Ryukyukoku Matsuri Daiko. Es importante resaltar la numerosa presencia de jóvenes descendientes okinawenses en sus instalaciones en la actualidad, superando así la ausencia que se inició en 1988 con la masiva migración de nikkei como mano de obra a Japón.

La comunidad okinawense es el grupo japonés que conserva con mayor fidelidad sus raíces culturales y las practica, ya sea en ámbitos sociales como en la cotidianeidad de sus hogares. Hay que recordar que la cultura okinawense está compuesta por sus propias creencias milenarias y las influencias japonesas y chinas; la mitología okinawense comparte simbologías y santerías con la cosmovisión budista y shintoísta, así como con los preceptos de Confucio. Sus familias inmigrantes comparten su mundo simbólico con prácticas peruanas; por ejemplo, frente a un butsudan o altar budista se ofrece incienso mientras reverencia tres veces a la manera uchinanchu y se persigna en forma de cruz a la manera cristiana.

Notas

1.Un mayor desarrollo de esta tesis se encuentra en: Moromisato Miasato, Doris y Juan Shimabukuro Inami. Okinawa. Un siglo en el Perú. Lima: Ediciones OKP, 2006.

2.Periodo histórico que va desde 1868 hasta 1912.

3.Fukumoto, Mary. Hacia un nuevo sol, japoneses y sus descendientes en Perú. Lima: Asociación Peruano Japonesa del Perú, 1997, p. 249.

© 2007 Doris Moromisato

Sobre esta série

La identidad Nikkei en el Perú se construyó en un paisaje multiétnico y pluricultural. Esta experiencia histórica se realizó manteniendo las tradiciones y costumbres heredadas de las culturas japonesas, y se caracterizó por sus contradicciones y su heterogeneidad. Hoy, ser nikkei en el Perú es una marca valiosa e irremplazable que va calando los diferentes espacios políticos, artísticos, gastronómicos, musicales, folclóricos y deportivos, entre otros. Mis artículos brindarán un panorama de esta inserción que operó a lo largo de más de cien años de presencia japonesa en el Perú.