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Ser Nikkei

El Premio Nobel de Literatura, instaurado en 1901, sólo no se entregó en siete años a lo largo de su historia, siempre a causa de los conflictos bélicos mundiales. La primera vez que el galardón quedó desierto, en 1914, probablemente hubiera sido para el japonés Natsume Soseki.

Soseki, imagen de los billetes de 1000 yenes entre 1984 y 2019 y sujeto de estudio obligatorio en las escuelas secundarias japonesas, escribió en 1914 su obra más trascendental: Kokoro. El libro narra la historia de una sutil amistad entre dos personajes sin nombre, un joven y un enigmático anciano conocido como “sensei”.

En el preámbulo de Kokoro, el español Fernando Cordobés –traductor de Soseki, Haruki Murakami y Kenzaburo Oe, entre otros– poco el foco en la definición de la palabra que lleva por título la novela. Comenta que en la edición del diccionario de español moderno de Hakusuisha, la definición de “kokoro” dice: “Corazón, mente, alma, espíritu, pensamiento…”. Según Cordobés, “se trata, por tanto, de un concepto de difícil traducción que los no nativos en lengua japonesa debemos resignarnos a entender sólo a medias, por mucho que nos empeñemos en desentrañar la complejidad de un término que se ajusta como anillo al dedo a una forma peculiar que tienen los japoneses de entender el mundo: curiosa, aparentemente sencilla, ambigua, pero en el fondo muy escurridiza”.

“‘Kokoro’ –continúa Cordobés– es uno de esos términos ambientales que implican una atmósfera determinada, una sensibilidad específica. Conceptos como ‘kokoro’ para los japoneses, ‘saudade’ para los brasileños y portugueses o ‘huzün’ para los turcos, por citar a algunos que implican sentimiento, melancolía, belleza en una de sus formas más sugerentes, deberían incorporarse junto a todo lo que comportan el resto de las lenguas para enriquecerlas. ¿Cómo lograrlo? No parece que haya muchos caminos al margen de la literatura”.

Agrega el español que traducir el título de la novela como hicieron algunas antiguas ediciones en inglés a “The Heart” (“El corazón”) o a “Le pauvre coeur des hommes” (“El pobre corazón de los hombres”), en el caso de los franceses, “ofrece una interpretación, sin duda, pero elimina los matices y reduce la imprecisión de un término muy amplio con el que se pueden entender muchas cosas”.

Algo similar sucede con otro término que nos atraviesa. Según Wikipedia, “Nikkei” (日系) es el nombre con el que se designa a los emigrantes de origen japonés y especialmente a su descendencia. Específicamente se denominan “issei” a los inmigrantes nacidos en Japón, “nisei” a los hijos de japoneses, “sansei” a los nietos, “yonsei” a los bisnietos y “gosei” a los tataranietos de los inmigrantes nacidos en el exterior.

Sin embargo, la definición también es reduccionista. “Nikkei” encaja dentro del grupo de conceptos a los que Cordobés define como “ambientalistas”. Los intentos por explicarlo no lo clarifican sino que lo limitan y su capacidad de expresión y de extensión resultan mermadas. Ser “nikkei” no se confina al linaje. Es un rasgo identitario vinculado a una serie de sensibilidades específicas que pueden o no estar presentes en sangre. Es una forma de ver el mundo y una manera de sentirse interpelado. Es “kokoro” en su máxima expresión.

Hay dos modos de vivir más vidas de las que uno tiene asignadas: una es leer, la otra es viajar. En la historia de nuestra construcción, la segunda tiene una ineludible magnitud porque es de doble implicancia. En los inicios porque nuestros antepasados dieron media vuelta al mundo en busca de saciar miedos y alimentar esperanzas, de acallar hambres y gritar prosperidad en una tierra mucho más desconocida que prometida. América Latina y sus venas abiertas para Japón.

La otra implicación se dio en el durante y se da aún en este tiempo. El sueño de volver que muchos inmigrantes no pudieron cumplir mutó a la necesidad de progreso de parte de los nikkei que optaron por volver a la tierra de sus orígenes en busca de trabajo y así nacieron los “dekasegis” (“salir a ganar dinero”, según la etimología) y designado para cualquier persona que deja su tierra natal para trabajar, temporalmente, en otra región. Que para nosotros es un volver a las fuentes.

Este puente de doble mano fabricado con manos laboriosas, ajadas y estrechadas está muy presente en Japón y a los nikkeis latinoamericanos nos lo hacen sentir todo el tiempo. El primer día de mi reciente viaje, durante mi presentación en el Programa de Difusión Cultural de Japón organizado por el Ministerio de Asuntos Exteriores de ese país, dije algo que afortunadamente pude ratificar a lo largo de mi estadía: que sentía nostalgia por un lugar en el que no había estado nunca. Que me sentía extraño justamente por no sentir extrañeza pese a ser mi primera experiencia en esa tierra. Luego supe que a todos nos sucedía lo mismo: una inusitada comodidad y una recurrente percepción de ya haber sido y haber estado allí en otro tiempo.

 

© 2021 Carlos Arasaki

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