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El Japón de Augusto Higa

Augusto Higa publicó en 1994 Japón no da dos oportunidades, un libro sobre su experiencia como dekasegi a principios de la década. Era el testimonio descarnado de un nisei que en el país de sus padres se estrella contra su condición de gaijin, de un hombre de letras de mediana edad que debe lidiar con el agobiante trabajo físico en fábricas y carreteras japonesas.

25 años después, el libro reverdece con una nueva edición que ha tenido una extensa cobertura periodística, mayor que la que tuvo la versión original.

La obra no ha cambiado. El protagonista es el mismo. Todo lo que vivió en Japón permanece intacto. El autor, sin embargo, ha sumado nuevas experiencias a su vida. La perspectiva se amplía y quizá el pasado reaparece con matices que lo enriquecen.

UN GRAN MUNDO INACCESIBLE

Augusto Higa evoca Japón con nostalgia. “Fue el descubrimiento de un gran mundo. Un país del primer mundo”, dice.

Un gran mundo que no pudo franquear.

“Yo ahí descubrí que en lo esencial tenía poco de japonés. Muy poco. Y el hecho de no hablar (el idioma japonés), de sentir la discriminación, me alejaba un poco de Japón y me convertía en un tipo insular. Yo, por ejemplo, jamás conocí una casa japonesa”.

El escritor no consiguió entrar en el hogar de una familia japonesa. Para los peruanos, los japoneses constituían un mundo aparte, inaccesible. Su contacto con ellos se limitaba al trabajo. En aquellos tiempos, en los albores del fenómeno dekasegi, así eran las cosas. Peruanos por un lado, japoneses por el otro, y una nítida línea divisoria entre ambos.

Por eso, cuando uno de los personajes de Japón no da dos oportunidades, un dekasegi peruano, se hace amigo de un japonés en el trabajo y aquel lo invita a su casa, se convierte en motivo de admiración por parte del resto de peruanos. Que un japonés te abriera las puertas de su intimidad familiar equivalía casi a un ascenso social.

“USTEDES LOS NISEI SON RACISTAS”

Como miles de peruanos, Augusto Higa migró a Japón en busca de una estabilidad económica inexistente en el convulso Perú de fines de la década de 1980 y principios de la siguiente. Tenía una familia a la que mantener.

La crisis económica en el Perú no fue lo único que lo empujó a irse. También quería conocer el país de sus antepasados, el Japón perfecto almacenado en su imaginación que heredó de sus padres.

“Quería conocer Japón, hasta qué punto podía ser reconocido como japonés, cosa que no logré”, dice.

Pese a su fisonomía, a sus apellidos japoneses, el escritor pronto descubrió su condición de extranjero. Tanto así que cuando un grupo de peruanos caminaba por la calle, los japoneses los miraban con recelo, como si fueran seres peligrosos.

Ahora bien, la discriminación no hacía de los peruanos un grupo unidimensional, todos cortados por la misma tijera. Augusto recuerda que una vez un nikkei mestizo, de ascendencia andina, le dijo: “Ustedes los nisei son racistas”. Con nisei se refería a los que tenían antepasados japoneses por ambas ramas, aquellos que en el Perú formaban la “colonia”, los “blanquitos” —así los llamaba— que discriminaban a los mestizos como él.

En Japón, por supuesto, nada de eso tenía importancia. “Éramos tripulantes de un mismo barco, sin diferencia alguna.En Lima podíamos diferenciarnos:‘yo soy más japonés que tú’, ‘tú eres menos japonés’, ‘tú eres más peruano’, etc., pero allá (en Japón) todos éramos iguales”, dice el escritor.


CUANDO APRENDES A SER GAIJIN

Las cosas duelen cuando importan. Ser discriminado en Japón dolía. Pero el ser humano tiene una gran capacidad de adaptación, de sobreponerse a la adversidad, de aprender. Y los peruanos en Japón aprendieron a ser extranjeros, a tirarse a la espalda la discriminación, como una pesada carga que de pronto dejan caer para avanzar ligeros. ¿Para qué aguantarla, como si fuera una penitencia, si más fácil es deshacerse de ella?

“Hemos aprendido a ser extranjeros. En la peluquería debemos hacer los gestos del mico, y esos ademanes repelentes de los mudos para establecer que deseamos corte de pelo. No interesa el temor al ridículo, las suspicacias ya no nos duelen, el ser tratados como inferiores ya no hiere el alma, ni afecta nuestra susceptibilidad, ni conmueve el orgullo. Para ellos somos extranjeros, y este aprendizaje de la extranjería ha sido doloroso, algunos sucumbieron en el camino, otros no soportaron las humillaciones, no obstante la mayoría sobrevive por el coraje, derrochando madurez, sudor, lágrimas, y también por encima de las borrascas, encontramos profundas alegrías que nos permiten continuar”, escribe Augusto Higa en Japón no da dos oportunidades.


“LA GUERRA DE JAPÓN”

Si bien los japoneses eran impenetrables, el autor admite que los peruanos trasladaron sus costumbres a Japón (“tomar en parques, al aire libre, la casetera a todo volumen, no respetar las colas, trampear para tirarse dos platos a la hora de comer, hablar como locos”) sin entender que estaban en otro país y que tenían que ser respetuosos con él.

Recuerda, por ejemplo, que en una de las fábricas en las cuales trabajó, una grande, con alrededor de mil empleados, a la hora del almuerzo los japoneses despachaban su comida en diez minutos o menos. La rapidez garantizaba el fluido funcionamiento del comedor. Un trabajador tomaba su plato, se sentaba, comía rápido y se ponía de pie para dejar su espacio a otro. Si no actuaba así, todo se atoraba.

¿Qué hacían los peruanos? Habituados a la sobremesa, después de almozar no se levantaban para cederle su asiento a otro, sino que se ponían a conversar, a reír, como hacían en el Perú, obstruyendo la maquinaria japonesa que no descansaba ni en el almuerzo.

El escritor explica que a ese desajuste se debe el título de su obra: si por tus inadecuadas costumbres pierdes la oportunidad que te da Japón al abrirte sus puertas, ya no hay una segunda.

Ahora, si bien Japón te ofrecía una oportunidad, no te regalaba nada. La experiencia dekasegi era tan dura que el libro se refiere a ella como “la guerra de Japón”, no solo por la discriminación o el agotador trabajo en fábrica, sino también por la lejanía de la familia, tal vez lo más difícil de todo.

Cuando aún no existía internet, la única posibilidad de tener contacto directo con la familia en el Perú, de escuchar la voz del ser querido, eran las llamadas telefónicas.

Se formaban largas colas de dekasegi en las cabinas telefónicas y uno, involuntariamente, se convertía en testigo de dramas familiares, hombres que discutían a gritos con sus esposas, que lloraban al escuchar a sus hijos.

“Las cosas que tú escuchabas eran terribles, peleas con las esposas (‘oye, qué ha pasado con el dinero que te he mandado’).Otros entraban en llanto, otros se sentían jodidos.Eran cosas tremendas. Era bravo”, recuerda.

Sin embargo, la gente luchaba, guerreaba y salía adelante.

CIENTO POR CIENTO POSITIVO

Antes de ser dekasegi, Augusto Higa se desempeñó como profesor, periodista y editor, quehaceres intelectuales que no lo prepararon para lo que Japón tendría reservado para él: trabajos de fuerza y resistencia, de velocidad y destreza manual.

Si a eso le sumamos que tenía más de 40 años, el choque fue sísmico. Sin embargo, sobrevivió. Y hoy, a casi tres décadas de su etapa en Japón, rescata lo positivo.

“A pesar de la discriminación, a pesar de que estábamos en territorio ajeno, a pesar de las costumbres totalmente distintas, tenía la satisfacción de llegar a fin de mes y de que te paguen bien. Eso te alcanzaba para estar allá y mandar a tu familia (en el Perú). Es una gran satisfacción; no depender de nadie, no estar preocupado porque esto no alcanza, porque nos va a faltar para tal o cual cosa”.

“El balance es positivo, ciento por ciento positivo”, dice.

Otro aspecto que destaca fue la experiencia de vivir en el primer mundo, en un país en el que las cosas funcionan, en donde aun los pueblos más chicos gozan de todos los servicios, desde transporte hasta atención médica, una diferencia abismal con el Perú de entonces, que parecía a punto de desbarrancar.

También admiraba la disciplina que se hacía patente en el milimétrico funcionamiento de las fábricas.

Gracias a su experiencia en Japón, Augusto Higa comenzó a escribir sobre los nikkei (foto Enrique Higa).  


GRACIAS A JAPÓN

Cuando migró a Japón, Augusto Higa ya era un escritor reconocido. Sin embargo, los nikkei no existían en su narrativa. Todo cambió con su experiencia dekasegi. Japón no da dos oportunidades fue su primera obra con personajes nikkei. Desde entonces, los descendientes de japoneses son un elemento central de sus historias, como el protagonista de la celebrada novela La iluminación de Katzuo Nakamatsu.

“Es un mundo que yo tenía en la trastienda, en el inconsciente, que no lograba articular”, dice, refiriéndose a los nikkei. “Desde los 20 años, desde que quise ser escritor, yo sabía que tenía que hacer una novela relacionada con los nikkei, pero pasaban los años y no podía, no podía. Algo faltaba. Estudiaba, estudiaba y estudiaba, y no podía”, añade.

Hasta que conoció Japón. Eso era lo que le faltaba.

El nikkei de sus obras es el nisei nacido en la década de 1940, durante la guerra o en los primeros años de la posguerra; una persona escindida, que se definía por negación.

“El mundo del nikkei que yo he esbozado es el mundo del no integrado, es mitad peruano, mitad japonés.Es un no peruano, o un no japonés. Está ahí a medias, suelto”, explica.

Augusto Higa le dio voz al nisei que no era reconocido como peruano. Recuerda que una vez, cuando era niño, un vendedor le dijo “tú eres chino”, negando su peruanidad. Esas cosas hieren, sin duda, y no se olvidan.

Hasta en los elogios lo hacían sentir extranjero. Cuando Japón ya despuntaba como potencia tecnológica y sus productos comenzaban a despertar admiración mundial, Augusto recuerda que lo felicitaban por ellos, como si tuvieran algo que ver con él.

Todo eso ha quedado atrás. No en vano han transcurrido 50, 60 años. El Perú es otro. “Ahora mi rostro, mi apellido, ya no causan extrañeza”, dice. “Ya no me felicitan por los productos japoneses, ya te asumen como un peruano más; con sus características distintas, pero eres uno más”.

Ya no es un nisei escindido. “Ahora me he integrado totalmente. Estoy en paz conmigo mismo”, dice.

La situación también ha mejorado dentro de la comunidad nikkei. “Cuando voy a la Asociación Estadio La Unión me encuentro con unas caras totalmente integradas, con mestizos, y me da mucha alegría que haya evolucionado así”.

Naturalmente, nada de eso significa olvidar de dónde uno procede, cuáles son sus orígenes. “Mis padres vinieron de Okinawa, todavía siento admiración y respeto por Okinawa, y naturalmente por Japón, que es la patria grande”.

Pese a los sinsabores y la discriminación, de la patria grande nació una obra pionera cuya reedición y buena acogida confortan a Augusto Higa. “Estoy bastante satisfecho con el libro, me ha traído emociones y recuerdos de hace 25 años”, dice. Japón valió la pena.

 

© 2020 Enrique Higa

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