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La guerra de odio y persecución contra los emigrantes japoneses en América. ¡NUNCA OLVIDAR¡

Para los millones de mexicanos y
musulmanes que residen
en Estados Unidos

En la tarde del 7 de diciembre de 1941 por todo el continente americano ya se había esparcido  como reguero de pólvora la noticia del ataque de la armada japonesa a la base naval norteamericana de Pearl Harbor. En los Estados Unidos, en México y en otros países donde residían gran número de emigrantes japoneses y sus familias se comenzó a vivir un periodo de gran incertidumbre, miedo y  angustia.

-“¿Qué será de nosotros? ¿Se nos deportará? ¿Se nos encarcelará?” Fueron las primeras preguntas que las familias de los emigrantes se hicieron.

Se había iniciado la Guerra del Pacífico, pero al mismo tiempo se desató en América una etapa de persecución  y de odio contra los emigrantes en diversos países. El ataque japonés hizo que las muestras de racismo e intolerancia contra  las comunidades de japoneses, que ya existían de tiempo atrás, se incrementaran de manera sistemática y masiva.  Los calificativos en la prensa de “traicioneros”, “víboras”, “ejército invasor”, “quinta columnistas”, “saboteadores”  se le endilgarían sin distinción a cualquier emigrante con el propósito de convencer a las poblaciones de las medidas que posteriormente tomarían los gobiernos en distintos países para vigilar, deportar  o encarcelar a todas las familias de ese origen.

Vecinos de un barrio en Estados Unidos pidiendo la expulsión de ciudadanos de origen japonés

En la ciudad de Washington, en la misma tarde de ese domingo 7 de diciembre, el FBI trabajaba apresuradamente para poner en acción las primeras medidas contra los emigrantes japoneses. Los agentes de esa dependencia  en los estados de California, Oregon y Washington, donde radicaba la gran mayoría de emigrantes, se presentaron en los hogares de los líderes de las asociaciones de japoneses, de profesores de enseñanza de  japonés, entre otros, con el objetivo de interrogarlos y detenerlos. En ese día infausto, poco más de 700 japoneses fueron de los primeros encarcelados. En los siguientes días, el Secretario de Guerra, Henry Stimson, incluyó a esos estados  y a otros cinco más como “teatro de operaciones” bajo control militar, situación que  aunada a la  expedición de  la orden ejecutiva 9066 del presidente Franklin Roosevelt  en el mes de  febrero de 1942, permitió delimitar zonas militares en  las cuales “alguna o todas las personas pudieran ser excluidas”. Bajo estos decretos, cerca de 120 mil japoneses y sus descendientes (de los cuales dos terceras partes eran ciudadanos norteamericanos por nacimiento)  fueron removidos de sus lugares de residencia y retenidos en 10 campos de concentración.

Niña en espera de ser trasladada a los campos de concentración en Estados Unidos  

Al siguiente día del ataque a Pearl Harbor, la mayoría de países americanos rompieron de inmediato sus relaciones con Japón. Sin embargo, esta medida no le bastó a los gobiernos y la guerra se dirigió contra los inmigrantes que fueron considerados parte del mismo escenario. El gobierno de Canadá decretó internar a cerca de 23 mil emigrantes en campos improvisados. En México, en enero de 1942, el año nuevo llegó con muy malas noticias para los emigrantes y sus familias; las autoridades les ordenaron evacuar la franja fronteriza con Estados Unidos y dirigirse a las ciudades de México y Guadalajara. Los pescadores que radicaban en Ensenada y los agricultores que trabajaban en el Valle de Mexicali cultivando algodón, fueron de las primeras comunidades en ser evacuados masivamente. Posteriormente, de pequeños pueblos y ciudades de  otros estados de toda la República, miles de emigrantes más saldrían hacía México y Guadalajara.

Takeshi Morita a su llegada a México  

Un caso especial a destacar es el del pescador Takeshi Morita quien llegó a México a la edad de 14 años procedente de la prefectura de Yamaguchi en el año de 1928. Unos días antes de estallar la guerra, Morita y sus compañeros de embarcación zarparon del puerto de Ensenada para capturar abulón,  langosta y otras especies marinas que abundaban en esas ricas aguas del Pacífico. Como rutinariamente lo hacían, sin estar enterados del ataque japonés, la embarcación atracó en el puerto de San Diego, Estados Unidos, para descargar la valiosa carga. De inmediato toda la tripulación fue aprehendida por las autoridades de emigración; la acusación que se les levantó fue que eran “extranjeros enemigos”. Sin prueba alguna de tal imputación, Morita fue enviado al campo militar de  Livingston, Luisiana, lugar donde pasó encarcelado durante cuatro años a pesar de ser ciudadano mexicano por naturalización desde el año de 1935. La ciudadanía de Takeshi Morita no les importó a las autoridades norteamericanas, el odio racial fue suficiente motivo para mantener retenido al pescador mexicano.  

En Perú, las primeras medidas que el gobierno tomó ante la guerra consistieron en la confiscación de bienes y cuentas bancarias con los que contaban los emigrantes; posteriormente, las escuelas que habían sido formadas por la propia comunidad fueron cerradas. Sin embargo, es importante hacer notar que un año antes, en mayo de 1940, ya existía un fuerte ambiente de xenofobia  contra los emigrantes en ese país. Turbas azuzadas por la prensa y  sectores de la sociedad peruana, afirmaron que los emigrantes japoneses escondían armas con las que pretendían derrocar al gobierno. El hecho fue desmentido por las autoridades que sin embargo poco hicieron para evitar que los negocios y bienes de los emigrantes fueran saqueados y destruidos. Los disturbios costaron la vida de 10 japoneses y la destrucción de más de 600 negocios y casas de los emigrantes. Sin hogar y sin una forma de sobrevivir, más de 300 inmigrantes se vieron forzados a regresar a Japón, aun cuando muchos de ellos eran ciudadanos peruanos.

Censo de la población japonesa y de sus descendientes levantado por la inteligencia latinoamericana (Franklin D. Roosevelt Presidential Library. Harry Hopkins Papers)   

Muchos años antes de que estallara la guerra, los Estados Unidos ya tenían información precisa del número y ubicación de los emigrantes en todo el continente. El FBI tenía apostados agentes en toda Latinoamérica que vigilaban a las comunidades de japoneses de manera muy estrecha para conocer las actividades que realizaban. En las semanas siguientes del estallamiento de la guerra, el gobierno norteamericano decidió el traslado forzoso de más de 2 mil japoneses a los campos de concentración norteamericanos. Los detenidos provenían de 13 países latinoamericanos, mayoritariamente de Perú, y a pesar de que no tenían ningún antecedente delictivo que justificara tal medida, fueron prácticamente secuestrados y puestos en un barco que los trasladó a los campos en el estado de Texas.

Chuhei Shimomura y Victoria Ura (Colección familia Shimomura)  

La política de odio racial y deportación masiva llevó a la separación definitiva de familias como fue el caso de Chuhei Shimomura, quien fue enviado de Perú a uno de los campos de concentración norteamericanos. Shimomura había nacido en la prefectura de Nagano en 1910 y como miles de jóvenes de esa prefectura, se vio forzado a emigrar ante el creciente desempleo y miseria que generó en los pueblos productores de seda la depresión mundial. Chuhei arribó a Perú en el año de 1930 y se casó con una ciudadana peruana, la señorita Victoria Ura, hija de padres japoneses, en 1936. 

Victoria Ura en compañía de sus hijos Flor de María y Carlos (Colección familia Shimomura)

El matrimonio procreó dos hijos, Flor de María en el año de 1939 y Carlos dos años después. Los pequeños fueron separados definitivamente de su padre pues el emigrante después de su deportación a Estados Unidos fue intercambiadoen el año de 1942 por ciudadanos de los países aliados. Después del traslado de Chuhei a Japón, lafamilia ya nunca más se pudo reunir.

La ilegalidad con que fueron arrancados de sus países ciudadanos latinoamericanos de origen japonés, así como la concentración de cientos de miles en todo el continente fue una flagrante violación de sus derechos bajo las propias leyes y constituciones de todos esos países. En Estados Unidos, Min Yasui y Gordon Hirabayashi  fueron dos de los primeros ciudadanos norteamericanos de origen japonés en desafiar las órdenes de toque de queda y de concentración, motivo por el cual fueron apresados. Ante esta medida, los jóvenes se inconformaron y llevaron sus casos ante la Suprema Corte de Justica que no les dio la razón en gran parte por la presión de la misma guerra y de las autoridades militares.

Sin embargo, en la segunda mitad de la década de 1980, los casos de Yasui y Hirabayashi se lograron reabrir y se comprobó  la conducta dolosa de los jueces que claramente violaron los derechos constitucionales de estos ciudadanos. La comunidad japonesa en su conjunto logró levantar un gran movimiento a partir de esta resolución y obligó al gobierno norteamericano a reconocer la serie de ilegalidades que el Estado cometió en contra de sus propios ciudadanos de origen japonés. Incluso, para investigar los terribles hechos que enfrentaron los concentrados, el Congreso Norteamericano fue el que autorizó la creación de una Comisión de Internamiento de Civiles durante la Guerra que concluyó que el encarcelamiento se debió a los “prejuicios raciales” y a la “histeria de guerra”.

Finalmente en el año de 1988 el presidente norteamericano  Ronald Reagan firmó el decreto de reparación que otorgaba 20 mil dólares a cada uno de los concentrados como compensación, además de ofrecerles una disculpa pública por las infamias cometidas por el propio Estado. Desafortunadamente en ningún país de América Latina los  gobiernos han ofrecido una explicación, mucho menos una compensación, por la serie de violaciones que se cometieron contra los elementales derechos de los emigrantes y de sus hijos durante la guerra.  

Las deportaciones masivas e injusticias de que fueron objeto los emigrantes japoneses en América se pueden volver a presentar contra otras comunidades de emigrantes. Por esta razón, la comunidad de japoneses-americanos cada febrero que conmemora la orden de reclusión del presidente Roosevelt lo hace bajo la consigna de ¡Nunca Olvidar¡ Debemos de estar atentos para levantar nuestras voces contra las políticas de odio, de racismo y de persecución que se vuelven a revivir con gran fuerza en los Estados Unidos.

 

© 2016 Sergio Hernández Galindo

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