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Mio Matsuda, una voz viajante

Dicen que el arte no tiene fronteras. Mio Matusda parece empecinada en demostrarlo. Esta japonesa, nacida en la prefectura de Akita, en una comunidad de artistas, ha viajado por cuatro continentes para vivir la música autóctona, original se diría, de distintas regiones, deleitándose con los ritmos, culturas y amistades que ha encontrado en una docena de países donde su voz se ha disfrazado con el acompañamiento de los instrumentos de cada lugar.

Cantante japonesa recorre el mundo conociendo los ritmos de diversas culturas.

“Nací en una comunidad de teatro y viví en una casa enorme, junto a 70 niños. Mi padre era músico folclórico, tocaba el violín y la viola, y mi mamá era actriz. Podría decirse que tengo el arte en la sangre, cantaba desde niña, pero empecé mi carrera profesional cuando descubrí el fado”, cuenta Mio en un español de acento portugués que aprendió entre Brasil y Argentina.

El fado, la música tradicional portuguesa, la atrajo por su nostalgia y la condujo a Lisboa, donde terminaría por enamorarse de los ritmos tribales africanos, la percusión y ese calor latino, esa calidez que no sintió en Japón y que adora. “Me siento muy latinoamericana”, dice Mio, de mirada japonesa y un lunar café entre los ojos, como un adorno hindú.

Encanto brasileño

“En Japón conocí a unos nikkei brasileños y me sentí muy impresionada por su cultura. Comencé a frecuentar su comunidad, me hice amiga de ellos y de un peruano que cuando le cantaba el vals ‘Nuestro secreto’ se emocionaba, me decía que ese debería ser el himno nacional”, recuerda con gracia. Pero su relación con el Perú debía esperar, en su corazón antes estaba Brasil, adonde ha viajado en 11 ocasiones.

En Sao Paulo, Río de Janeiro y Salvador de Bahía vivió un romance con la música de Caetano Veloso, Chico Buarque, Milton do Nascimento, Jobim, Djavan y tantos otros compositores y cantautores que la inspiraron a grabar tres discos: “Atlántica”, “Pitanga” y “Asas”, entre 2004 y 2007. Guitarras, bandolinas, acordeón, piano, saxofones, flautas, cellos y violas se deslizan en cadenciosas bossas y alegres candombes.

“El candombe es un ritmo de los esclavos de África que se puede escuchar en Brasil, en ciudades como Minas Gerais, y en Uruguay”, explica Mio Matsuda como la experta que es. En 2004 viajó a esa ciudad brasileña como una de las voces representativas de Portugal y también estuvo en África, en las islas de Cabo Verde, donde escuchó la música creole, cuyos sonidos influenciaron su álbum debut. 

Creole, criolla y mundial

Su cuarto disco se llamó “Flor criolla” y, aunque fue grabado en Japón, con el percusionista Tomohiro Yahiro, tiene canciones en español y portugués. Hugo Fattoruso, el compositor uruguayo hermanado con los más grandes de la música brasileña, colaboró en este álbum que tiene piezas del mexicano Álvaro Carrillo (la clásica “Sabor a mí”), el venezolano Henry Martínez, el argentino Jaime Dávalos, los brasileños Vinicius de Moraes y Antônio Carlos Jobim, y el peruano Mario Cavagnaro.

Es, lo que se suele llamar, un disco de World Music, el cual ha llevado a Mio Matsuda por varios países latinoamericanos con su gira “Transcriolla”. Y si de África adoptó el creole, de América Latina tomó como una flor (una flor como la que adorna su pelo en la portada de ese álbum) la trova latinoamericana, esa que escuchaba cuando era niña en su comunidad de Akita y que ahora oye cuando está en su casa de Tokio, a la que llega casi de visita para reencontrarse con su tatami.

“Mi papá cantaba canciones de Víctor Jara y de Violeta Parra. Eran canciones de protesta que se escuchaban en la época de la guerra de Vietnam”, recuerda Mio, quien en un rapto de “saudade japonesa” cuenta que en Japón, cuando estaba prohibido el cristianismo, la gente cantaba y rezaba sus oraciones mezclándolas con las del budismo y sintoísmo. “En enero de este año empecé un proyecto para cantar estas canciones, dedicadas a la Virgen María, que eran muy bonitas”.

Peruana, criolla y jaranera

Mio tiene una figura esbelta y una serenidad reposada, pero cuando escucha música no puede evitar bailar, agitar las manos, chasquear los dedos y zapatear. 

“Casi no he tenido tiempo de conocer el Perú”, dice Mio, aunque luego confiese que ha estado en Machu Picchu, que le han gustado algunos rincones de Lima y que disfruta mucho de la cocina peruana. Y no necesariamente aquella de cinco tenedores o chefs de moda. “En el Perú se puede comer muy bien y sin pagar tanto, es una gran ventaja”, dice revelando uno de los secretos del boom gastronómico.  

Pero a Mio, que ofreció un concierto en el Centro Cultural Peruano Japonés, no solo le han gustado Machu Picchu y las joyas del emperador (lleva puestos unos aretes con motivos incas y un chal andino), sino también la música (en su concierto interpretó un vals de Abelardo Takahashi Núñez), las canciones de Arturo ‘Zambo’ Cavero y de Chabuca Granda, y las peñas barranquinas y limeñas. Ha estado en Don Porfirio, donde la invitaron a cantar, y en la de Pepe Villalobos, de donde salió convertida en una criolla más. 

Mio Matsuda: “En Japón conocí a unos nikkei brasileños y me sentí muy impresionada por su cultura. Comencé a frecuentar su comunidad, me hice amiga de ellos y de un peruano que cuando le cantaba el vals ‘Nuestro secreto’ se emocionaba, me decía que ese debería ser el himno nacional”.

Una voz viajante

La rotunda voz del ‘Zambo’ Cavero brota del iPhone de Mio Matsuda, que es un símil de su cultura musical: una pequeña orquesta de descubrimientos con ritmos “misturados”, como dice ella en “portuñol”. “La música japonesa queda muy linda con el ritmo peruano, ya lo van a escuchar”, dice Mio quien después de su estadía en Lima (y de haber pasado por Brasil, Uruguay, Venezuela, Argentina, Chile y México) volverá después de varios años a Japón.

Además del disco en el que ya viene trabajando, al que llamaría “Canción de Japón”, Mio quiere seguir experimentando con otros ritmos, como ocurrió en “Compás del sur” (2011), su más reciente álbum, grabado en Argentina y Uruguay. “Japón es un país con muchas influencias, por eso quiero cantar la música japonesa y okinawense desde mi experiencia latinoamericana. Aquí han llegado las raíces musicales de todo el mundo. Esta es mi gran escuela de la música”. 

Su voz viajante, que ha hecho escalas en el fado portugués, la bossa brasileña y el creole de Cabo Verde, pasando por el candombe de Uruguay, la trova chilena y el vals peruano, le ha dejado las características de un agente de viajes: el pasaporte lleno de sellos, el gusto por dormir en los hoteles y grandes amistades que la despiden en cada puerto de embarque.

Quién sabe cuál será la próxima travesía sonora de esta artista japonesa que siempre llega a un nuevo descubrimiento musical. Quizá la próxima vez que esté en Lima pueda cumplir su deseo de conocer mejor la ciudad y de compartir su última ‘pesquisa’, como dice ella, convertida en World Music.


* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 67, mayo de 2012 y adaptado para Discover Nikkei.

© 2012 Asociación Peruano Japonesa; © 2012 Fotos: Asociación Peruano Japonesa / Álvaro Uematsu

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