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El Japón y la obra literaria de José Watanabe - Parte 2

>> Parte 1

José Watanabe era un hombre que tenía mucha calle, que intentó muchas cosas. Por ejemplo, él quiso ser arquitecto y no lo fue. Quiso ser poeta y fue de los más grandes que tiene el Perú. Quiso ser cineasta y lo fue, y es uno de los mejores guionistas que tuvo el Perú. Y, al mismo tiempo, fue capaz de gerenciar una empresa –por ejemplo, el Canal 7–. Fue no un “mil oficios”, pero sí un “cinco oficios”, como la mayor parte de los intelectuales en el Perú. En eso es absolutamente peruano José Watanabe.

Yo recuerdo de José cómo fue de esta pequeña obra, que ya le dio celebridad en los años 70, Álbum de familia, cómo él no tenía ni prisa ni pausa en su producción literaria. Él podía estar encerrado durante años, aparentemente sin escribir poesía, y de pronto comienzan a salir sus libros en sucesión cada vez más acelerada, como El huso de la palabra, como Historia natural, como Cosas del cuerpo. Y en esta poesía está la marca de su propia biografía, pero la marca distanciada.

En su novela La iluminación de Katsuo Nakamatsu, Augusto Higa atribuye a los peruanos descendientes de japonés una característica: una no integración definitiva con la sociedad, una cierta reserva. Yo creo que esto es verdad, pero claro, no tengo la probanza estadística. Pero por lo menos José Watanabe, que por otro lado era muy peruano, también tenía una cierta reserva, por ejemplo, en lo que estaba escribiendo. Una cierta reserva, que no tenía con los más íntimos, para contar las dificultades espirituales, materiales y físicas que él pasaba.

José fue una persona con múltiples enfermedades, que hasta por tres veces fue atacado por el cáncer: en dos ocasiones él salvó la vida, pero en la tercera él falleció. Entonces, él tuvo muy cercana la muerte y ese es otro aspecto que lo vincula con los escritores japoneses más conocidos del siglo XX: me refiero a Kawabata, a Tanizaki y Mishima, que eran tres autores que él leía –y que yo también leía– y de los cuales intercambiábamos muchas conversaciones, muchas opiniones.

Y, finalmente, es una manera, creo yo, que tiene un origen japonés de enfrentar a la muerte, de considerar a la muerte como algo natural que sucede a la vida. Y Watanabe lo expresa muy bien en un poema que se llama Nuestra reina. Es un poema en el que él está en el hospital junto con otros enfermos y pasa una médica absolutamente saludable y representante de la ciencia. Entonces, los enfermos elevan su mirada, no dice de súplica pero de afecto a esa persona que simboliza lo sano, la sanidad; y ellos son los enfermos.

Pero alcanza a ver una cosa que sabemos bien por los Heidegger, por la filosofía, por nuestra propia experiencia: que incluso las personas más saludables son portadoras de la muerte. Ella también, con toda esa salud, también al final va a estar en la misma situación. Es hermoso y terrible ese poema. Es uno de los más hermosos que escribió Watanabe.

Y otra característica que yo la he visto en las obras literarias japonesas, que tiene su poesía, es esa adhesión a lo más simple y elemental, a los animales. Hay otro poema que se llama En el desierto de Olmos, en el que él visita a un talabartero, una persona que trabaja haciendo pequeños monstruos de lata y que va a vender, y hace lagartijas, por ejemplo; pero por la noche come lagartijas que él mismo destaza en su cocina y, bueno, se sirve lagartijas. Y hay un poco que sobra…hay una luz que cae sobre el centro donde ellos están comiendo y, entonces, hay un perro que está por ahí cerca, y entonces el poeta –él mismo, Watanabe dentro del poema– arroja fuera de la luz un resto para que coma el perro.

Y entonces, el talabartero le dice: “No hagas eso. El perro también es paisano”. Y eso me parece una hermosura absoluta; o sea, el perro es también humano, es también como nosotros. Y eso lo he visto también en las novelas de Kawabata, por ejemplo; en las novelas de Tanizaki y de otros como Abe Kobo, como Endo. Esa relación afectuosa con los animales que viven con el hombre.


El hombre es un migrante

Por alguna razón misteriosa que no sé explicar, me siento muy cercano desde mi niñez a la cultura japonesa, talvez porque me impresionaba mucho la valentía de los japoneses  en la guerra que sostuvieron con los Estados Unidos –y esto que las versiones que yo leía eran norteamericanas, eran las revistas Selecciones de los años de la guerra y los años inmediatamente posteriores–. Particularmente me sorprendía, como me sorprende en el mismo Mishima, esa entrega que llega al suicido, en el combate de los pilotos que iban en sus aviones Zero.

Pero eso tiene que ver con la historia personal y yo quisiera rememorar algo: la historia de los migrantes japoneses en el Perú tiene que ver con una actitud que es universal: el hombre es un migrante. El ser humano se afinca en un lugar y también va buscando lugares distintos y las razones son muy diferentes. En principio, el hombre es un aventurero y gran parte de los que van de un sitio a otro, sobre todo en épocas antiguas, era por un espíritu de aventura, si no, la historia de la humanidad sería inexplicable.

Según algunos, el hombre permaneció durante miles de años en la tribu primitiva, en la horda y su única misión era crecer y reproducirse, pero eran iguales las generaciones. Solo cuando se sale de la horda, el hombre empieza a ser diferente. Y entonces vienen las especializaciones y ocuparon los espacios y las lenguas diferentes.

Igual, los migrantes de origen japonés que vinieron al Perú venían buscando lo diferente. Claro, no eran especialmente aventureros. No eran, creo, en su mayor parte científicos. Eran personas que buscaban una especie de tierra prometida, como la han buscado tantos otros. Entonces, la tendencia del migrante es a reproducir su cultura pero el lugar al que llega siempre es diferente al lugar del que partió. Y entonces hay nuevas realidades que hay que bautizar con otras palabras y hay un contacto de lenguas, contacto cultural, etcétera, etcétera. Y así es como una buena parte de ustedes, o sus padres o sus abuelos, se vinieron a integrar en esta cultura que es la del Perú.

Hubo también algunos muy refinados en distintos campos y una cierta delicadeza. Conversábamos con Doris Moromisato, por ejemplo, algo que sabía por un informe de Amelia Morimoto, que en 1921 cuando otras colectividades hicieron  donaciones al Perú con motivo del centenario de la Independencia, el Japón donó la estatua de Manco Cápac. Y en estos años había una teoría de Francisco Loayza de que el origen de Manco Cápac era japonés. Cierto o no, tenemos acá el tronco mongólico desde antes. Ese tronco mongólico se ha mezclado con la sangre japonesa y esos son los peruanos de hoy día.


* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 47, julio 2010.

© 2010 Asociación Peruano Japonesa y Marco Martos Carrera / Fotos: Asociación Peruano Japonesa

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