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Reflexionando a partir de "La gran farsa: El juicio a Fujimori"

Cuando uno ha seguido más o menos de cerca los retorcidos procesos contra el ex Presidente Alberto Fujimori y lee después el artículo de la señora Deolinda Esteves Gil de Villa; sólo se puede bajar la cabeza y reflexionar. Qué hacer frente a un poder fáctico que ha montado una pieza teatral relacionada con el enjuiciamiento de un hombre condenado a partir del primer minuto de representación. Ellos pudieron levantar escenarios de tribunales, escribir un sesudo libreto sobre argumentaciones acusatorias, preparar actores de bocas grandes y conciencias chicas y acarrear un público que debía difundir opiniones de aprobación. Todo será válido mientras este entablado no pierda su precario equilibrio y no se les corra la tinta con que han escrito.

Son las consecuencias de los odios acumulados contra Alberto Fujimori. La pantomima dejó caer su telón cuando el martillo del juez  sella una pena máxima de 25 años. Claro que hubieran preferido un gran espectáculo público para verlo arder en la hoguera pero, desafortunadamente, no eran tiempos de Inquisición. Igualmente hubiera sido fortificante ver rodar su cabeza con un golpe de guillotina pero las “asambleas del pueblo” de la Revolución Francesa también habían quedado atrás. Algo igual pasaba con los hornos crematorios de los nazis. Además, confabularon las circunstancias para que no se pudiera recurrir a soluciones más radicales.

Demasiados ojos, mirando desde los cuatro puntos cardinales, se habían reunido frente al tinglado. Sólo pudieron validarse las fundamentaciones leguleyas para hacer leudar culpas a partir de  “pruebas indiciarias” al no haber algo más sólido a que echar mano. Son esas pruebas que la señora Deolinda quiere que comprendamos copiándonos la definición que entregaron  los propios expertos. Serían “aquellas de las que nace la certeza de un hecho del que se infiere en concatenación lógica, la realidad de otro hecho que era precisamente aquel que se intentaba comprobar, y que inicialmente no resultaba acreditado en forma directa”.  Después de muchas lecturas, uno termina suponiendo que se trata de una magistral jugada de pool que permite hacer carambolas múltiples e increíbles hasta poder meter en la buchaca la bola deseada.

Al final, se entiende que esta es la hora de la venganza. Es el precio puesto a todas esas pérdidas acumuladas dentro de la década del noventa. La voluntad justiciera de un ‘nikkei’ elegido por el Pueblo, se había atrevido a entrabar su ‘aceitada’ maquinaria de corrupción moral, de narcotráficos, de anónimos asesinatos, de despojos oficializados contra los millones que sólo tenían deberes. Y esa insolencia no podía quedar impune.

Ahora, todo tiende a volver a la “normalidad” y el Pueblo acallado sólo puede recordar en coloquios íntimos, las diferencias de vida que tuvieron con el “chinito”.  Apenas se logra que salga a luz los resultados de una encuesta donde el rechazo a las gestiones gubernamentales se eleva sobre el 60%. ¿Cuánto pesa sobre este porcentaje de desaprobación la visión de esta particular injusticia?.  Por lo demás, el recuerdo de tiempos mejores no se olvida aun cuando no haya un rebatir de verdades impuestas.  

Soy un convencido que ese Pueblo está ahora en espera  de ese minuto crucial concedido universalmente para emitir su libre opinión. Con el uso de ese simple derecho, no sólo puede revertir las injusticias contra el “chinito” sino, volver a saborear la justicia social y el respeto que todos se merecen al interior de esa nación privilegiada en potencialidades de gentes y bienes.

En 1988, el Pueblo de Chile, bajo condiciones aun más extremas porque se enfrentaba a una máquina perversa montada por casi veinte años, logra con ese mismo voto secreto – claro que ahora en urnas no manipuladas – recuperar su régimen democrático, liberándolo de aquellas camarillas que concentraban para sí todo el poder y todos los privilegios. Los veinte años que han seguido a ese momento, dejan de manifiesto la enorme diferencia entre ese ayer y este hoy. El respeto y admiración que le ha entregado  el mundo entero lo dice todo.                                                                 

© 2010 Ariel Takeda

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