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Elite cientifica y premios nobel en Japón

El 10 de diciembre recibirán de manos del rey de Suecia los respectivos galardones del Premio Nobel, cuatro japoneses de nacimiento. Los tres primeros han sido merecedores del Premio Nobel de Física y reúne a los físicos Yoichiro Nambu (nacionalizado norteamericano), a Makoto Kobayashi y a Toshihide Masukawa. El cuarto, Osamu Shimomura es premiado dentro del Nobel de Química.

Desde fines de la década del cuarenta en que Japón comenzó a ser considerado para optar a este reconocimiento mundial - instaurado por Alfred Nobel en 1895 - se han hecho merecedores a él nada menos que 12 dentro del campo de la ciencia, 3 en literatura y 1 por sus aportes a la paz. El primero en recibirlo fue el doctor en física Hideki Yukawa en 1949. Total, 16 Premios Nobel en algo más de medio siglo. Sólo en lo corrido del siglo XXI dentro del campo de la física y química, además de los ya mencionados, tenemos en el 2000 a Hideki Shirakawa en Química, en el 2001 a Ryoji Noyori también en Química y en el 2002 a Masatoshi Toshiba en Física y a Koichi Tanaka en Química.

En realidad, estos logros llaman a asombro si consideramos que Japón se inició tardíamente en la preocupación por contar con especialistas de alto nivel. Estos afanes sólo afloran con la era Meiji en que el mundo japonés se ve revolucionado en todas sus estructuras al tomar como modelo a Europa y a Estados Unidos.

Japón había vivido un largo período de plena paz durante casi dos siglos y medios y prácticamente aislado del resto del mundo (“sakoku”), sumergido dentro de una burbuja de autosuficiencia, girando alrededor del cultivo del arroz y respondiendo a una estructura socio-política manejada por el poder militar fuertemente tradicionalista de los “shogun”. Pero en 1853, bajo la amenaza irrefutable de acorazados a vapor norteamericanos - hasta ese momento totalmente desconocidos en Japón - se le exige integrarse al comercio mundial. En 1854 debe abrir dos puertos para el tránsito extranjero, en 1858 firmar un vergonzoso tratado comercial y luego, bajo condiciones más o menos similares hacerlo con varios países europeos.

El desconcierto en que cae Japón al sentirse mancillado, provoca una dura escisión donde dos bandos se enfrentan violentamente por diez largos años. Al volver el consenso en 1868, le corresponde al propio Emperador negociar con Occidente condiciones de integración e intercambio en términos más justos. Sin embargo, tiene que terminar reconociendo que no será escuchado mientras Japón sea considerado un país atrasado carente de derechos para exigir igualdad de trato. Pero la voluntad y el honor japonés se imponen y el emperador Meiji se fija una misión imposible: ponerse a la par con el occidente industrial dentro de plazos mínimos.

A partir de ese momento Japón entra a un febril período de cambio donde se caduca todo aquello que pudiera entorpecer el salto adelante (entre ellos la tradicional y prestigiosa clase “samurai”). Socialmente, deben sacrificarse decenas de miles de familias que no logran acomodarse a las nuevas exigencias o más bien, porque los puestos de trabajo que va creando la industria están lejos de cubrir las demandas de las demasiadas manos desocupadas que van quedado en los campos. La miseria se generaliza pero en medio de ella, comienza a cimentarse la imagen de un Japón moderno, industrial y relacionado comercial y diplomáticamente con todo el mundo. En no más de cuarenta años, recobra su honor, su derecho a negociar con justicia y a hacer sentir su peso como potencia mundial.

Desde luego que para llevar a cabo esta odisea revolucionaria necesitó imponer una educación diferente para formar al nuevo hombre que cubriera las exigencias de la naciente era industrial, cuidando sí, que su ancestrado nacionalismo se mantuviera incólume. Recordemos que las políticas educacionales tradicionales de Japón estaban enfocadas a formar al hombre-colectivo, a ese hombre carente de diferencias manifiestas entre unos y otros, promoviendo sólo una uniformidad de desarrollo que alcanzara un nivel medio-superior. Aquella minoría que se mantenía por debajo o por encima de esta medianía considerada satisfactoria, quedaba sin atención especial, esperándose sólo de ella comportamientos que no entorpeciera la paz grupal. Así, se aseguraba un ciudadano y un productor calificado que encajaba perfectamente con los mandatos establecidos por las tradiciones y las exigencias del trabajo, por las leyes rectoras, por las respuestas esperadas dentro de imperativos circunstanciales y para una convivencia armónica regida por la moral y las costumbres seculares.

Pero con el salto a la modernidad, ese extremo superior no aprovechado en su tremendo potencial, cobró especial relevancia. Ahora sus componentes tuvieron la oportunidad de hacerse exitosos en esas escuelas de nivel superior que priorizaron las carreras de ingeniería. Sus egresados cubrieron las exigencias del diseño, cálculo y modificaciones que se estimaron necesarias de introducir a los modelos traídos desde afuera y al mismo tiempo, reemplazaron en los puestos claves de producción a los especialistas extranjeros contratados. De hecho, las demandas que tuvieron estas carreras fueron tan manifiestas que dentro de las primeras décadas del 900 las ingenierías ya no eran novedades y algunos poseedores de estos títulos viajaron a América como colonos. (Chile cuenta con algunos de ellos entre sus pioneros).

(A propósito de ingenieros, en la actualidad se ha instaurado un premio bianual equivalente al premio Nobel, para aquellos que contribuyan en descubrimientos que beneficien al mundo – Nobel no consideró ni a matemáticos ni a ingenieros -. Su nombre: “Premio MIllennium Technology Prize”. El 2º en recibirlo (2006) ha sido el japonés Shuji Nakamura motejado como el “Edison del siglo XXI”).

Con la postguerra, apenas las condiciones lo permitieron, este proyecto de favorecer la formación de elites intelectuales siguió su curso ya trazado, asignándosele los recursos necesarios para continuar profundizando conocimientos, capacidades investigativas y de invención en diversificadas disciplinas. Para ello, los elegidos comenzaron a viajar a prestigiosas empresas, laboratorios y universidades extranjeras mientras el país preparaba las infraestructuras y condiciones necesarias para que estos especialistas de nivel excepcional siguieran avanzando y creando dentro de su propia tierra.

En la actualidad, esa elite intelectual ya está entregando sus frutos a la Humanidad. Estos 16 premios Nobel que hasta ahora les han sido adjudicados, lo ratifican plenamente.

 

 

© 2008 Ariel Takeda