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Descubriendo a los Shimabukuro

En 1956, a los 56 años, Seitoku Shimabukuro, agobiado por las deudas, decide migrar a la Amazonía del Perú para salvarse del naufragio. El otrora exitoso empresario, dueño de un colegio, una de las personas más influyentes de la colonia japonesa en el Callao (Lima), se interna en la selva durante cinco años. Solo, lejos de su esposa y sus seis hijos, lleva una vida rica en aventuras que se plasma en el libro Memorias de la Amazonía.

Luis Takanobu Shimabukuro, autor de Memorias de la Amazonía, publicado por el Fondo Editorial de la Asociación Peruano Japonesa (Foto: ©APJ/Jaime Takuma).

Su autor es el menor de sus hijos, Luis Takanobu, que tomó como insumo principal el libro Amazon Sanka (Descubriendo la Amazonía), escrito por su padre. Traducida al inglés y al español, a Luis le parecía que la obra era árida, que no se condecía con el hábil e histriónico narrador que era su papá, el hombre que emocionaba a quienes lo rodeaban con historias como la de los 47 ronin. “Yo lloraba cuando tu papá contaba (historias)”, le dijo una vez una mujer.

Luis cree que su papá pecó de modestia, o quizá de pudor. O de ambos. Así las cosas, decidió reescribir la historia de su padre, enriqueciéndola con los relatos llenos de color que escuchó de boca del mismo Seitoku. Había una brecha entre el papá escritor, plano y seco, y el papá narrador en el mano a mano, exuberante y ameno, que él se propuso acortar.

La idea lo venía persiguiendo desde hacía mucho tiempo, pero por una razón u otra no lograba ponerla en práctica, hasta que, como una plegaria atendida, llegó el concurso convocado por el Fondo Editorial de la Asociación Peruano Japonesa para su serie “Memorias de la inmigración japonesa”. Participó y ganó.
 

EN BUSCA DE PAZ INTERIOR

Seitoku Shimabukuro, padre del autor y protagonista de la obra, fue director de la escuela japonesa Minato Gakuen en el Callao (Lima, Perú). (Foto: Archivo familiar)

Seitoku Shimabukuro se dedicó al comercio de alimentos, la crianza de ganado vacuno y el cultivo de arroz en la Amazonía. Sin embargo, el issei no migró a la selva sólo por motivos económicos. Detrás hubo, tal vez, una razón más poderosa: la necesidad de reconstituirse, de recuperar fuerzas, de encontrar la paz interior, de empezar de cero en un sitio donde nadie lo conociera, donde no hubiera un entorno social que lo señalara.

“Lo importante de haber estado en la Amazonía no es tanto por haber ganado okane (dinero), porque realmente no fue una gran cosa. Lo más importante es que el viejo vino totalmente cambiado: era cinco años más viejo, pero con un vigor increíble, rejuvenecido. La cuestión emocional, espiritual, fue extraordinaria. Era un tipo competitivo, hasta diría agresivo. Se recuperó totalmente. Se recuperó al punto de ser el señor Shimabukuro de antes. No fue un gran negocio ir a la selva, pero emocionalmente fue un gran empujón”, dice Luis.

Una de las experiencias más intensas que su padre vivió fue una sesión de ayahuasca que el libro narra en detalle. Golpeado por la partida de Arichan, el hijo de un amigo japonés al que enseñaba aritmética y leía, y que murió ahogado en un río mientras se dirigía a sus clases con “don Shima” —como lo llamaba el pequeño—, Seitoku pudo reencontrarse con el niño gracias a su viaje con la planta. Arichan estaba en paz, ya no sufría.

La sesión de ayahuasca lo llevó después a su pueblo en Okinawa, donde se vio a sí mismo a los doce años y a su mamá diciéndole que su papá, fallecido en la víspera, quería que sus hijos estudiaran hasta donde fuese posible, pues como solía decir “gakumon wa buki da” (“la educación es un arma”).   

Esta frase impulsó su vida, empujándolo a crear en 1942, en la clandestinidad, cuando estaba proscrita la enseñanza del idioma japonés por la guerra, la escuela Minato Gakuen para los hijos de los japoneses en el Callao. Casi 20 años después, pese a que la construcción del terreno para Minato Gakuen y su equipamiento originaron las deudas que casi lo arruinan en el Callao, fue el artífice de la construcción de un colegio en la Amazonía: la Escuela de Arichan.

“MI MAMÁ TUVO UNA PACIENCIA EXTRAORDINARIA”

En paralelo a la historia de Seitoku en la Amazonía, se desarrollaba otra en el Callao. “Cuando mi papá se fue a la selva, el que sacó la cara por todos nosotros fue mi hermano Frank, él se quedó al frente de toda la familia”, recuerda Luis. Frank es el segundo de los hermanos; el mayor estaba en aquella época en Estados Unidos.

Luis tenía diez años cuando su papá se internó en la selva. “Simplemente se fue. ¿Dónde se fue otosan (papá)?”, se preguntaba. Incluso llegó a pensar que su papá había muerto.

“Mi mamá lloraba sola y yo no entendía qué pasaba. Mi mamá era una mujer bastante guapa, tenía 44 años, era joven. Quedarse sola requería mucha lealtad al marido que estaba en la selva. Para mi mamá fue bien penoso, la situación económica en la casa era espantosa. Teníamos una cafetería de este tamaño (en referencia a la pequeña sala donde se realiza la entrevista), con cinco mesas”, recuerda. “Mi mamá tuvo una paciencia extraordinaria”, añade.

“Yo criticaba a mi padre porque mamá sufría bastante, yo la he visto muchísimas veces llorar en soledad, y me daba cólera de que el viejo de m... no estuviera acá para defender a mi mamá, sufriendo con las manos artríticas, levantándose a las 6 de la mañana para a ir trabajar a un negocio miserable. Me daba cólera y esa cólera la mantuve durante muchos años”.

Volvió a ver a su padre unos tres años después, cuando este retornó a Lima para gestionar su ingreso al colegio Guadalupe. Finalizados los trámites, mientras se preparaba para viajar nuevamente a la selva, Luis le preguntó: “¿Usted dónde se va?”. “Tengo que trabajar allá en la montaña”, le respondió su papá.

Más de 60 años después de la migración de su padre a la Amazonía, aún le cuesta encontrar las palabras para definir lo que hizo: “Es una mezcla de valor, no sé si de cobardía, de temor, de dignidad, de orgullo, no lo sé identificar exactamente”.

EL EMPRENDEDOR QUE BUSCA OPORTUNIDADES

Memorias de la Amazonía compartió el primer lugar en el concurso convocado por el Fondo Editorial de la APJ con Hacienda Patria, la novia de K’osñipata, de Rubén Iwaki.

Luis Shimabukuro conserva la serenidad, sostiene la mirada, su voz se mantiene firme, no se agrieta pese a la dureza de lo que narra. Parece un hombre en paz, reconciliado con su historia familiar.

Escribir Memorias de la Amazonía ha sido importante en ese proceso de sanación. En la obra ha volcado su propia experiencia. Después de cuatro años sin trabajo en Lima, donde se le cerraron todas las puertas, se mudó a la Amazonía, donde vivió entre 2009 y 2012. El Seitoku Shimabukuro que aparece en el libro también es él. Su liberación también es la suya. “Estoy seguro de que no lo habría escrito así como está escrito si no hubiese vivido cuatro años allá”, dice.

A Luis nadie ha tenido que contarle el miedo y el desamparo que se sienten cuando uno se pierde en la inmensidad de la selva, solo, de noche, ni la necesidad de implorar auxilio divino: “Dios mío, ayúdame, no me dejes acá, no quiero morirme acá”.

La difícil etapa amazónica de su vida lo ayudó a entender mejor a su papá, al que define como “el típico emprendedor que busca oportunidades”. Él lo inspira. “Trato de tener el espíritu de lucha que mi padre tuvo”.

Ese espíritu de lucha que hizo posible su renacimiento. Seitoku Shimabukuro, plenamente recuperado, dejó en 1961 la Amazonía para mudarse a la ciudad de Huánuco, esta vez con su esposa y algunos de sus hijos, entre ellos Luis. En Huánuco manejaron una panadería, un negocio exitoso que permitió a Seitoku pagar todas sus deudas.

“Muchos acreedores no sabían si estaba vivo o muerto, cuando comenzó a pagar las deudas decían ‘ah, está vivo’ (risas)”, recuerda Luis. Incluso él fue a pagar algunas en representación de su papá, que restituía sumas de dinero por encima de lo que le habían prestado, reconociendo los intereses. Cuando los acreedores le decían “esto es mucho, está equivocado”, Luis replicaba “mi papá manda, usted reciba nomás”.

En 1972, sin deudas y “con la cara limpia” —como dice Luis—, Seitoku Shimabukuro retornó a la capital. Era un hombre nuevo.

El autor de Memorias de la Amazonía aspira a que sus lectores hallen en la obra “una mirada hacia atrás con una visión de futuro”. “La idea del libro es ‘no se vayan del Perú, quédense en el Perú, aunque seas viejo tienes oportunidades’”, dice.

Ahí está su papá para demostrarlo. A los 56 años empezó de abajo, levantándose de los escombros, y a los 61 se reinventó como un próspero comerciante. A los 74 años publicó su primer libro y a los 77 fue condecorado por el gobierno de Japón por su contribución a la educación y la amistad entre el Perú y Japón.

 

* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 109, y adaptado para Discover Nikkei.

 

© 2017 Texto y fotos: Asociación Peruano Japonesa

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