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Haroldo Higa, el artista que miró su corazón

Archivo personal de Haroldo Higa

2017 es un año muy especial para el artista plástico Haroldo Higa. Con casi 25 años de carrera, en julio, en la ciudad de Arequipa, se inaugura una exposición con una selección de sus obras, mientras que en noviembre una muestra en Lima expondrá sus nuevos trabajos.

Además, en mayo, se realiza el Primer Salón de Arte Joven Nikkei en el Centro Cultural Peruano Japonés, una iniciativa que ha impulsado como gestor cultural, un nuevo campo en el que poco a poco se está abriendo paso.

Un año intenso y lleno de retos para un artista que se rehúsa a calificar su muestra en Arequipa como retrospectiva (prefiere referirse a ella como un recuento) porque siente que aún le falta rodaje. “El concepto de retrospectiva está más acorde con grandes maestros que han marcado un hito en el arte”, dice. “Me siento aún muy joven”.

Haroldo se define como “un artista que está en proceso de crecimiento. Estoy en una etapa de evolución constante”. Su exposición de noviembre se titulará “Evolución”.

“AYAYAY, QUÉ VAMOS A HACER CON ÉL”

Archivo personal de Haroldo Higa

De chiquito le gustaba dibujar y crear cosas con las manos. Fantaseaba mucho. Tenía un mundo paralelo en su cabeza. El arte ya había anidado en él, pero no sería hasta su tercer año de estudios en la Universidad Católica del Perú que decide convertirse en escultor.

Haroldo es el quinto de seis hermanos. Cuando él decide especializarse en escultura, los cuatro mayores estudiaban carreras tradicionales: administración de empresas, contabilidad, derecho y economía.

“De repente llegué yo, el que no sabe nada, el vago, el relajado, el que tenía un tiro en la cabeza. Se convirtió en una tragedia cuando a mitad de carrera me cambié a escultura”, recuerda.

Es común asociar al arte con la precariedad laboral y económica. Cuando la familia de Haroldo se enteró de su decisión creyó que se estaba condenando a un futuro de perpetuo desvalimiento: “‘Ahora vamos a tener que protegerlo, que ayudarlo toda la vida, vamos a tener que subvencionarlo de por vida’ (risas). Me miraban diciendo ‘ayayay, qué vamos a hacer con él’. Se llenaron de dudas. Yo también tenía muchas dudas, igual sigo teniendo muchas dudas de lo que hago, pero son parte de los riesgos, de la aventura que uno quiere seguir”.

Haroldo tomó la decisión correcta. Para elegir, miró hacia dentro. “Fue una decisión muy personal, una decisión en la que yo miré a mi corazón y me dije ‘¿qué quiero hacer?’. Y mi corazón me decía que tenía que ser un artista”.

Sus padres y hermanos lograron entender que estaba yendo por buen camino. ¿Cómo así? La razón saltaba a la vista. “Me veían a mí feliz, ellos valoraban mi felicidad”.

UN ARTISTA COMBATIVO

Si bien cuando estaba en la universidad Haroldo soñaba con convertirse en un gran artista, jamás imaginó que llegaría tan lejos. Dice que aún no es un artista consagrado, pero está satisfecho de lo que ha cosechado y se precia de su constancia. “Soy un artista combativo, un artista que no se amilana, que sigue buscando posibilidades, que no quiere dejar de crear”. Además, ha sumado dos facetas a su perfil laboral que lo consolidan como un artista profesional multidisciplinario: la docencia y la gestión cultural.

Haroldo enseña en la universidad donde estudió. La docencia apareció como una oportunidad y le ha agarrado el gusto. Contribuir a formar nuevos artistas y que sus estudiantes puedan verlo como un referente lo llenan de satisfacción.

“Lo que me gusta de enseñar es poder transmitir la pasión que yo siento por el arte, poder enseñarle al estudiante que el arte es una herramienta poderosa para transformar la sociedad”, dice. El arte transforma conciencias, lo que a su vez se traduce en cosas positivas para la sociedad, explica.

Una mirada romántica del arte, admite. Sin embargo, también proporciona a sus estudiantes herramientas para que puedan responder a la demanda del mercado laboral como gestores o emprendedores, por ejemplo, y no solo como artistas de galerías o museos.

CAMBIO DE CHIP

Archivo personal de Haroldo Higa

Para Haroldo Higa el estilo es un grillete. Como un artista en constante movimiento, siempre está explorando nuevos caminos. Bueno, no siempre fue así. Los diez primeros años de su carrera estuvo entregado en exclusiva a la madera, a una única manera de hacer arte.

“Cuando uno es joven piensa que todo lo puede lograr, que puede conquistar el mundo. Cuando era joven dije ‘yo me quiero convertir en el maestro de la madera’”, recuerda el artista de 48 años.

“En ese deseo de convertirme en maestro de la madera, me di cuenta de que dejé de experimentar, de conocer, estaba en piloto automático. Después de diez años miré hacia atrás y me dije ‘¿qué estoy haciendo?, ‘¿estoy haciendo arte o estoy produciendo arte?’. Miraba a mi alrededor y mi taller era una fábrica de arte, y dije ‘no, hasta acá nomás’. Me di cuenta de que tenía que replantearme todo, tenía que reformularme. Me sentí encasillado, encasillado por mí mismo, por el mercado, por el contexto laboral, artístico, en fin”.

Haroldo decidió ensanchar su mirada, descubrir el mundo que había fuera de los confines de sí mismo. “En ese cambio de chip, en ese cambio de formulación de mi mirada, me di cuenta de que quería empezar a explorar como un artista totalmente nuevo, con nuevos materiales, nuevas maneras de crear, convertir mi taller ya no en un centro de producción, sino en un laboratorio de arte”.

Desde entonces, hace ya quince años, es un artista de riesgos, de aventuras. Y lo disfruta. “Decidí salir de mi zona de confort y entrar en una zona de alto riesgo, y me di cuenta de que me empezó a gustar más el riesgo que la comodidad. Hoy trato siempre de plantear mis nuevos trabajos desde la incomodidad, desde la incertidumbre, desde la duda. Eso no significa que vaya a obtener éxito, lo que significa es que me hace sentir vivo, me está diciendo que todavía tengo fuerzas para seguir trabajando, que veo con optimismo el futuro, porque siento que estoy a tono, que todavía hay bastante combustible. Eso me hace joven. Me siento con esa fortaleza y ese entusiasmo del joven, pero con una mirada menos ingenua, con una mirada madura sobre la realidad”.

LO BONITO Y LO FEO

Hace varios años, Haroldo declaró que el arte es una de las carreras más “bellas”, pero también una de las más “jodidas”. En aquel entonces no pudo explayarse, pero ahora lo hace.

Primero, lo bueno. El arte es una bella carrera porque “te exige una constante comunicación con tu yo interior, una relación con lo que tú sientes profundamente, cómo tú ves la vida y todo eso”.

Crear una obra es conversar contigo mismo, explica. Gracias al arte, “te estás conociendo y estás evaluando quién eres tú. Lo que hace el artista es comunicar a los espectadores qué es lo que piensa. Mi trabajo es darle forma a lo que yo siento, a lo que yo pienso, y eso es maravilloso”.

Segundo, lo malo. Para él es frustrante cuando no existe comunicación con el público, cuando su obra no lograr tender puentes con la gente. Eso, desde lo artístico. Desde lo laboral, lo feo es que es muy difícil vivir del arte en el Perú. Por eso, afirma, el artista tiene que “saber trabajar en cualquier ámbito, diversificarse”.

A veces Haroldo piensa que le gustaría dedicarse cien por ciento a su taller. Sin embargo, matiza, “es bonito extrañar el taller; si lo extrañas, es porque vale la pena seguir, eso es bueno”.

CUANDO LA VIDA TE SIGUE SORPRENDIENDO

Foto: Diego Lama

Haroldo tiene la ilusión del padre primerizo con respecto al Primer Salón de Arte Joven Nikkei, que en el marco de la celebraciones por el 50 aniversario del Centro Cultural Peruano Japonés exhibirá la obra de once jóvenes artistas nikkei. Anhela que la iniciativa arraigue y se convierta en un evento anual en el que más adelante participen artistas nikkei de otros países. “Me encantaría que fuese internacional, sería maravilloso construir esa red”, dice.

Su tarea en la gestión de la muestra evidencia sus sólidos lazos con la colectividad nikkei. “El nikkei es un concepto que algunos lo van a sentir y otros no. Yo siempre he tenido una identidad muy fuerte con lo nikkei. Mi familia siempre ha estado muy vinculada a la gestión cultural de la colectividad, ha tenido participación activa dentro de la dirigencia. Es muy difícil no sentir ese vínculo, es muy difícil no sentirse nikkei”.

“Estoy casado con una nikkei argentina (Erica Yonamine), que es profesora de danza japonesa y está haciendo una labor increíble dentro de la colectividad. Estamos muy identificados, tenemos la camiseta bien puesta de lo nikkei”, añade. “Me siento orgulloso de ser peruano y de ser nikkei”.

Haroldo y Erica tienen dos hijos, gemelos de ocho años. Le encanta hablar de ellos. “Todos los días me enseñan algo”, revela.

Sus hijos practican mucho deporte y eso le gusta porque “los deportistas son sanos y disciplinados” y confía en el deporte como un vehículo para transmitir valores y ética. ¿Tienen inclinaciones artísticas? “Ojalá no”, responde riéndose.

“Mi familia son lo más importante que yo tengo”, dice. Ellos han expandido el significado de la felicidad, llevándolo a niveles insospechados para él. “Antes de tener a mis hijos yo pensaba que era la persona más feliz del mundo —vivir con mi esposa, dedicarnos a nosotros dos—, pero desde que nacieron mis hijos me di cuenta de que el concepto de la felicidad es algo mucho más grande, de que la felicidad es más inmensa, más, más grande. Ver a tus hijos nacer era como una cosa... woooooo, era un corazón gigante que jamás habías conocido. Eso es bonito, cuando te das cuenta de que la vida aún te puede seguir sorprendiendo”.

 

© 2017 Enrique Higa

artist Centro Cultural Peruano Japones Haroldo Higa identity peru sculptor