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No cometas el mismo error, sé curioso y pregunta

Foto: archivo familiar

Somos tres o cuatro nikkei en la clase. La profesora de historia nos pregunta si tenemos algún pariente que fue deportado a Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. En otro salón, un chico de origen japonés había narrado la huida de su abuelo por el techo de su casa para no ser capturado y expulsado a EE. UU. La historia la ha fascinado y quiere saber si nosotros tenemos una similar para compartir con el resto de la clase.

Yo digo que no, pero sospecho que ella no me cree y que piensa que estoy mintiendo por vergüenza, para no contar nada. La verdad, sin embargo, es que no tengo ni la más remota idea de lo que me está preguntando. ¿Japoneses deportados a Estados Unidos? Después del colegio, cuando llegue a casa, podría preguntarles a mis padres. Sin embargo, tan pronto como termina la clase me olvido por completo del tema.

Unos dos o tres años después, ya en la universidad, un amigo nikkei llega con un polo que tiene la inscripción: “90 aniversario de la inmigración japonesa al Perú”. Le pregunto dónde lo consiguió, pero nada más. No le pregunto de qué va ese 90 aniversario, qué significa. Podría preguntarles a mis padres al llegar a casa, pero no lo hago porque me olvido del asunto.

Ha transcurrido mucho tiempo desde entonces y ahora me pregunto: ¿Cómo explico el olvido en ambos casos? Creo que la explicación es simple: falta de interés. Cero curiosidad.

Si en aquellos tiempos hubiese tenido una pizca de curiosidad, les habría preguntado a mis padres. Ellos me habrían contado lo que sabían y luego me habrían dicho: pregúntales a tus abuelas (mis abuelos ya estaban muertos).

Si les hubiese preguntado a mis abuelas, ella me habrían contado lo que vivieron durante la guerra, los saqueos a los negocios de japoneses en mayo de 1940, las confiscaciones de sus propiedades, la cacería de issei para ser deportados, etc.

Bueno, en realidad no puedo asegurar que me hubiesen hablado sobre la guerra. Quizá para no resucitar recuerdos dolorosos me habrían dicho que eso ya pasó, que fue una época fea que no vale la pena revivir, y que hay que mirar hacia adelante.

Sin embargo, yo estoy suponiendo que sí hubiesen hablado. Volviendo a ese escenario hipotético, seguro que después de contarme sus vivencias durante la guerra habrían recordado cómo llegaron al Perú en barco con otros cientos de japoneses, cómo era la Okinawa que dejaron, etc.

Yo me habría sorprendido al enterarme de sus experiencias porque en aquella época veía a mis abuelas solo como las madres de mis padres, no las imaginaba como parte de una historia que comenzó en 1899 cuando arribó al Perú el primer grupo de inmigrantes japoneses.

Comencé a interesarme por el tema a fines de la década de 1990, cuando la colectividad nikkei se preparaba para celebrar en 1999 el centenario de la inmigración japonesa al Perú. Fue entonces que recordé los dos hechos que relaté al principio.

Lamenté no haber sido curioso, no haber preguntado para escuchar el testimonio en primera mano de mis abuelas contando cómo fue la despedida de sus padres en Japón, cómo fue su larguísimo viaje en barco —cómo mataban el tiempo, qué comían, con quiénes hablaban, cómo se sentían, si tenían miedo, esperanza, si hubieran preferido quedarse en Okinawa en vez de aventurarse a la incertidumbre—, y su llegada al Perú, que imagino que para ellas habrá sido como llegar a otro planeta en tiempos en que no había internet y el mundo no estaba interconectado como hoy.

No haber sido curioso me impidió escuchar de sus bocas cómo se abrieron paso en el Perú, cómo se adaptaron al país, cómo entre paisanos se ayudaron para salir adelante, cómo superaron la discriminación y cómo, tras el fin de la guerra, decidieron no empantanarse en el resentimiento y el lamento por lo sufrido, sino seguir levantándose temprano cada día para ir a trabajar porque la vida continúa.


TIEMPO DE CONOCER

Ahora que el 3 de abril conmemoramos el 118 aniversario de la inmigración japonesa al Perú, aprovechemos la ocasión para recordar a los inmigrantes japoneses. Si alguien que lee esto está cometiendo el mismo error que yo cometí cuando era estudiante —no ser curioso, no preguntar, no intentar salir de la ignorancia—, espero que se rectifique y hable con sus padres, abuelos o bisabuelos para preguntarles por la historia de sus ancestros japoneses que migraron al Perú.

Si no conoces, entonces no valoras. Naces con ciertas comodidades (quizá no muchas, pero sí las suficientes para tener garantizados comida, techo, ropa y estudios) y crees que te corresponden por derecho natural, las das por sentadas como el aire que respiras, ignorando que hubo antes personas que trabajaron duro para que las tuvieras, que dejaron a sus papás y su tierra para labrarse un futuro en un mundo desconocido al otro lado del océano, que huyeron de la pobreza para que tú no fueses pobre.

En fin, si mi antigua profesora me planteara la misma pregunta hoy, le contaría que tuve un tío abuelo que fue deportado. Le diría que se escondió de la policía, que logró mantenerse a salvo en una choza situada en un terreno que pertenecía a una familia japonesa y que decidió entregarse tras ser informado —a través de su familia— de que si lo hacía, las autoridades peruanas permitirían que fuese deportado a Estados Unidos con su esposa e hijos.

Le contaría que la hija mayor de mi tío abuelo, como estaba casada, pudo quedarse en el Perú, que los demás partieron y estuvieron encerrados en un campo en Texas, que al finalizar la guerra algunos de sus hijos se quedaron en Estados Unidos y que el resto viajó a Japón, donde rehicieron su vida en una devastada Okinawa. También le diría que si en el colegio no le conté esto no fue por vergüenza, sino por ignorancia.

 

© 2016 Enrique Higa

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