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Futbolero

Cuando me di cuenta, todos mis amigos ya sabían jugar al fútbol, menos yo.

Y eso me dejó preocupado: ¿dónde aprendieron todas esas reglas y cómo es que aprendieron a patear el balón de esa manera?

Por supuesto, como todo brasileño, aprendieron el abecé del fútbol jugando con su padre en el patio de la casa. Y como a mi padre, hijo de japoneses, no le importaba el fútbol para nada, me quedé atrás en este punto.

Pero lo que no pasaría de ser un mero detalle en mi formación cultural, resultó en años de vergüenza para mí.

Y vergüenza real: yo era prácticamente una atracción para la gente de la escuela. Ver a un nieto de japoneses, en una ciudad donde hay incluso pocos descendientes de japoneses, Matão, en el interior de San Pablo, patear un balón era tan divertido para ellos como ver a un payaso recibiendo una bofetada en la cara - sin exagerar. Y para ayudar, yo ni siquiera sabía dar un toquecito de costado.

Durante los partidos, cuando el balón venía hacia mí, yo siempre oía a alguien de mi equipo gritando: "Por el amor de Dios, ¡¡¡patea ese balón hacia afuera!!! ¡¡¡Tú puedes, patea, patea!!! "

La cuestión era tan fea que recién hice mi primer gol cuando ya tenía nueve años. Gol ese, por cierto, que fue anulado; porque, según el arquero adversario, yo le había pegado al balón con la planta del pie. Y eso, por supuesto, invalidaba mi gol - hasta el día de hoy no sé si existe esa regla.

Otro asunto en el que me quedé atrás: la elección del equipo al cual alentar. A mis doce u once años ni me importaba la selección brasileña, menos aun los clubes de fútbol.

Hasta que llegó el día en que mis amigos me exigieron que me decidiera por un equipo.

Afortunadamente, se ofrecieron a ayudarme a decidir. Entonces cada uno de ellos empezó a enumerar las cualidades de su propio equipo y a denunciar los defectos del equipo de los demás.

Ante tanta información, decidí que iba a hacer mi elección según el color del uniforme. De modo que el equipo que llevara uniforme de camiseta azul sería el equipo al cual alentaría. ¡Así se definió que yo fuera seguidor de Cruzeiro!

Afortunadamente, el más listo de nosotros hizo una pequeña corrección. Nos dijo que yo no podía ser fan de Cruzeiro ya que ese equipo era del Estado de Minas Gerais y yo, del Estado de San Pablo.

OK, tendríamos que volver a pensar. Pero sólo hasta que otro amigo mío me presentara un argumento razonable: "¿Te gusta el personaje Cebollita de Mónica y sus Amigos [serie de comics brasileños]?", me preguntó. Le respondí que sí, claro. "¿Y te gusta el color de su camiseta?", continuó.

Y fue así que se decidió mi segunda nacionalidad: ahora era brasileño y del Palmeiras.

Pero me surgió otro problema. Empezaron a burlarse de mí porque no sabía ni el nombre del arquero del equipo al que alentaba.

Problema ése que sólo vino a resolverse durante la fase gloriosa del Palmeiras y de la selección brasileña en la década de los 90 - cuando ya tenía, miren ustedes, quince años. Época esa que, debo decir, me convirtió en un auténtico futbolero.

Durante ese período, empecé a jugar al fútbol casi todos los días, a ver los noticieros deportivos todas las tardes, a escuchar y a ver todos los partidos del Palmeiras y de la selección brasileña, a coleccionar figuritas de equipos y de selecciones de fútbol, a pelear a causa del fútbol y, lo más impresionante, a visitar la iglesia que quedaba cerca de casa para rogarle a Dios que iluminara el camino de los jugadores a los que alentaba.

Sí, querido lector, comencé, prácticamente, a respirar fútbol. Y, por supuesto, es debido a esto que recuerdo todos esos detalles.

Pero también, sin duda, es por ello que en el fatídico día 08/07/2014, después de la semifinal entre Brasil y Alemania de la Copa del Mundo en el Brasil, tuve mi primera y única crisis de amnesia.

Dicen que, durante esa noche, me quedé durante más de cuatro horas tirado en el sofá siguiendo las noticias después del partido. Dicen que tenía los ojos llorosos y que no respondía más a nadie. Dicen que luego me desmayé en el sofá y recién me desperté al día siguiente.

De lo que me sucedió durante ese tiempo, juro que no recuerdo nada. Nada Nada Nada Nada Nada Nada Nada.

 

© 2017 Hudson Okada

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