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Venancio Shinki: padre, nisei y artista - Parte 1

El pintor nikkei con su hija Titi

Hace poco más de un año nos dejó el pintor Venancio Shinki Huamán, uno de los grandes nombres del arte peruano. Sus hijos Hugo, Titi e Iván recuerdan al padre que siempre buscó que mantuvieran el contacto con sus raíces japonesas, al nisei que durante gran parte de su vida arrastró un conflicto de identidad que al final logró superar y al artista entregado por completo a su vocación.
 

DEL DESLUMBRAMIENTO A LA AÑORANZA

Lo primero que recuerda Titi de su padre es su insistencia en que tenían que comportarse de una determinada manera, siguiendo una especie de patrón nikkei. En el caso de ella, el énfasis era mayor tratándose de una mujer.

“Mi papá siempre quiso incidir en que nosotros éramos nikkei y que teníamos que guardar las tradiciones. Por ejemplo, cuando yo me carcajeaba, mi papá me agarraba así (del brazo), (y decía con voz de reproche) ‘no te rías así, los japoneses somos más discretos’, y a mí me daba más risa (risas). Y no solamente una vez, fueron varias. Cuando estábamos en un cóctel, por ejemplo, (decía) ‘está bien que saludes a la gente, pero no seas tan efusiva porque los japoneses no transmitimos tantas emociones’. Es más, yo lo hacía por fregar, (me reía) ‘jajajaja’ a la fuerza, para que él se enojara. Y se enojaba”.

Guardar las tradiciones implicaba para él, entre otras cosas, tener una pareja nikkei. Iván revela un fragmento de la divertida conversación que sostuvo con su papá a propósito del matrimonio de su hermano Hugo:

“El comentario que hace mi papá era un mate de la risa. ‘Oye, ¿sabes que Hugo se va a casar?’. ‘Claro, papá’. ‘Pero Iván, tú y tu hermano, ¿por qué no se casan con una nikkei?’. Yo me comencé a cagar de la risa. Yo le digo: ‘Papá, no te pases, tú te separas de una nikkei para estar con una americana, y nos estás diciendo a nosotros…’. La expresión de mi papá fue un cague de la risa: ‘Hijo, te hablo con conocimiento de causa’ (risas). Me decía: ‘Iván, desde la comida, no te van a entender muchas cosas. Vas a ganar mucho tiempo y evitar muchas discusiones si te casas con alguien que tenga una cultura parecida a la tuya’. Esa era su forma de pensar. Me parecía conchudísimo, pero tenía su sentido”.

Venancio se separó de la madre de sus hijos y más adelante se unió a la artista Elda di Malio, nacida en Estados Unidos y de ancestros italianos.

Hasta entonces, su mundo había sido nikkei, desde su infancia en la hacienda San Nicolás, al norte de Lima, donde se asentó su padre como muchos inmigrantes japoneses. Después de quedar huérfano a los 14 años, vivió con familias de origen japonés que lo acogieron, primero en San Nicolás y después en Lima. Ya adulto, se casó con una nikkei, Keyko Higa.

Al unirse a Elda comenzó lo que sus hijos llaman su vida occidental. Elda le abrió las puertas a un nuevo mundo. Hugo dice:

“Cuando entras a un mundo occidental te deslumbras porque es un mundo nuevo, y sobre todo si te reciben como triunfador porque profesionalmente estás entrando por la puerta grande. Muchas cosas te deslumbran, pero dejan de deslumbrarte cuando te acostumbras. Cuando te acostumbras empiezas a pensar en tu origen, comienzas a valorar aquello que dejaste”.

Tu origen, aquello que dejaste: San Nicolás, el nihongo, las costumbres, la comida…

Titi: Mi papá anhelaba mucho las cosas japonesas. La comida para él era una bendición. La comida japonesa la disfrutaba.

Iván: Cada vez que comía comida japonesa era una fiesta. No te imaginas la cara de felicidad que ponía y hacía todo un espectáculo.

Titi: Si cuando lo miraba al de (el restaurante) Costanera 700, (Humberto) Sato, lo miraba con devoción.

Iván: Mi papá adoraba a Sato.

Titi: Yo lo felicitaba al señor Sato y él me decía: “¿Por qué haces eso? La obra de tu papá va a trascender en el tiempo, en cambio las cosas que yo hago te las comes y se acabó”. Yo le contaba eso a mi papi. “No, cómo va a decir eso, mi estómago está contento” (risas). Le encantaba. De verdad, le tenía devoción.

EL PARAÍSO JAPONÉS

Cuando era chiquito, Venancio, hijo de un inmigrante de Hiroshima y una peruana, hablaba japonés. Sin embargo, de grande ya no. Iván cree que sí podía hablarlo, pero que no se atrevía a hacerlo por vergüenza debido a su falta de práctica, tantos años sin utilizarlo. En todo caso, sí lo entendía. Y le placía escucharlo. “Le gustaba mucho escuchar nihongo. Le gustaba cuando alguien hablaba bonito, pronunciaba bien”, dice Iván.

Coleccionaba publicaciones nikkei, y no porque apareciera en ellas, sino porque de esa manera se sentía vinculado a la colectividad, aunque ella no formara parte de su vida social. En realidad, su mundo social era reducido.

“La misma profesión (de pintar) es una profesión poco sociable. Un pintor trabaja consigo mismo. Entonces todo su tiempo de trabajo, que era todos los días, era consigo mismo. En los últimos veinte años se limitó a tener relación básicamente con cuatro familias. Nada que ver con la colonia, ni con el arte. Iban a la casa de uno a jugar ajedrez, o salían de viaje, se iban a Europa, Asia, África. Por él, no salía de su casa. Elda lo jalaba para ir a tal exposición, de alguna manera es por ella que tiene amigos”, dice Hugo.

Por eso, apreciaba cada oportunidad de reconectarse con el mundo nikkei, como cuando lo llamaban para darle un reconocimiento, entrevistarlo e incluso solicitarle un favor.

“Cuando le pedían un favor era feliz de que se lo pidieran. Él hacía los favores (prestar un cuadro, hacer una carátula, etc.) con cariño, porque lo volvía a vincular con su infancia”, cuenta Hugo.

Su infancia era San Nicolás.

“Él siempre me dijo que a pesar de los muchos problemas que tuvieron, fue una infancia que recordaba con mucho cariño. Y es una infancia que está rodeada de todo un mundo japonés. Tenía esa sensación de haber vivido en un paraíso porque vivía en San Nicolás. Creo que él pensó que era porque vivía en un ambiente japonés. Él quería que nosotros también cultivásemos lo japonés, que nos casásemos con japonesas y todo eso para poder vivir en ese paraíso que él vivió, aunque sea ficticiamente”, dice Hugo.

EL DECISIVO VIAJE A HIROSHIMA

Un hito en la vida del pintor nikkei fue su visita a Hiroshima. Con motivo del centenario de la inmigración japonesa al Perú (1999), el gobierno de la prefectura de Hiroshima lo invitó a conocer la tierra de sus ancestros paternos.

Venancio arribó a Hiroshima ignorando la sorpresa que le tenían reservada las autoridades de la prefectura: su familia. Fue una conmoción para él descubrir que tenía parientes en Japón.

Iván: Mi papá decía: “Con la bomba (atómica) qué vamos a encontrar a nuestra familia, con la bomba se habrá perdido todo”. Resulta que no y para él fue genial saber que existía una ascendencia. De ahí nos enteramos de toda la historia del abuelo, de que había tenido otra esposa, otros hijos, y se había escapado al Perú.

Titi: En Nihon el abuelo tenía dos hijos más, estaba casado con una japonesa. Estos hijos eran muchísimos mayores que mi papá. Mi papá, siendo el hermano, era menor que el sobrino.

La familia lo recibió bien (sus hermanos ya habían muerto). Sin embargo, como le ocurrió a no pocos nikkei peruanos cuando conocieron a sus parientes japoneses, Venancio notó cierta aprensión. Los Shinki de Japón estaban inquietos por la posibilidad de que el hijo venido de Perú reclamara las propiedades familiares. Venancio se dio cuenta de la situación y decidió aclarar las cosas, tal como recuerda Iván:

“Por si acaso, yo no he venido a reclamar nada. Yo estoy feliz de conocerlos, pero yo en el Perú tengo mi casa, tengo trabajo. Tranquilos, yo no pienso venir a vivir a Japón, yo no pienso reclamar y mis hijos tampoco piensan reclamar nada”.

Al pintor le emocionó en particular saber que los Shinki en Hiroshima habían colocado en el cementerio un ihai de su padre (sus restos descansan en el Perú).

“El retorno a lo japonés se afianza con este viaje a Hiroshima. En los últimos veinte años yo siempre sentí, todos hemos sentido, que mi papi tenía mucha añoranza de las cosas japonesas”, dice Titi.

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© 2017 Enrique Higa

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