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Kisey Higa, historia viviente de la colectividad nikkei

Nisei de 93 años, Kisey Higa mantiene intactos sus recuerdos (foto Enrique Higa)

Después de saludar a Kisey Higa, le digo que me apellido como él, que mi familia era del Callao y que soy sobrino de Mitsuya, el torero. “Eres nieto de Renzo san, ¿no?”, dice.

Yo esperaba que me dijera algo así como “ah sí, conozco a tu tío”, y nada más, así que me sorprende que incluso recuerde el nombre de mi abuelo. Más adelante, durante la entrevista, mientras hablamos sobre la Segunda Guerra Mundial, le comento que tuve un tío abuelo que fue deportado a Estados Unidos, y me sorprende nuevamente cuando recuerda su nombre y a lo que se dedicaba (Rensuke, producía chicha).

Un día antes de que fuera a entrevistarlo, una chica nikkei que viajará a Japón por una beca visitó a don Kisey para saber un poco más de su historia familiar. Resultó que él conocía a sus abuelos por ambas ramas.

Kisey Higa parece conocer a todo el mundo en la colectividad nikkei. Decirle que eres hijo, sobrino, nieto o hermano de tal o cual persona es como si googlearas tu nombre, porque te contesta de inmediato.

Eso también asombra. No duda. No dice “eres hijo de... ¿cómo se llamaba? Ah sí, se llamaba...”. Es rápido y contundente, como quien aprieta el gatillo: los nombres y datos salen como balas. A lo largo de la extensa conversación que mantuvimos solo un par de veces no pudo recordar unos nombres.

Comparte sus recuerdos en riguroso orden cronológico. Ningún hecho queda librado al azar. Contextualiza todo lo que relata. ¿Quién, cuando charla con una persona mayor, no ha tenido que atajar y encauzar sus recuerdos, que se desparraman en todas direcciones?

Con Kisey Higa no es necesario. Todo lo tiene ordenado en su cabeza: en 1917, sus padres okinawenses emigraron al Perú (justo hace cien años, resalta); en 1919, nació su hermana mayor Haruko; en 1923, nació él en Chancay; en 1925, su padre perdió toda su cosecha en la hacienda San Agustín y toda la familia se mudó a la ciudad del Callao; en 1928, se fundó la escuela japonesa en la que él estudió primaria; y en 1933, la familia Higa retornó a San Agustín, donde echó raíces.


NOSTALGIA Y SUEÑOS

La entrevista comienza antes de que pueda hacerle la primera pregunta. Apenas estoy encendiendo la grabadora cuando don Kisey ya me está contando que la guerra cambió los planes de los inmigrantes japoneses: su intención original era hacer dinero en el Perú y retornar a su país; mientras tanto, enviaban a sus hijos a escuelas japonesas. Después de la guerra, decidieron anclar definitivamente en el Perú.

Su papá llegó al Perú para trabajar en la hacienda Santa Bárbara, Cañete. Salvo por un breve paso por el comercio, con una tienda en el Callao, dedicó su vida en el Perú a la agricultura. Kisey lo vio por última vez en 1941, cuando viajó a Japón para asistir al cumpleaños número 88 de su padre. No pudo retornar al Perú por la guerra. La situación empeoró tras el ataque a Pearl Harbor y la entrada de Estados Unidos en el conflicto armado.

El papá de Kisey murió en Okinawa durante la guerra; su mamá, en 1947. Penosas circunstancias que lo empujaron a velar por sus cuatro hermanos menores (la mayor, Haruko, falleció a corta edad). El menor de sus hermanos se refiere a él como “mi papá”.

La guerra no causó tantos estragos en la hacienda San Agustín como en otras partes. Solo deportaron a un issei a Estados Unidos y no hubo saqueos como en Lima1, apenas una escaramuza: un grupo de jóvenes intentó asaltar a un japonés, pero este los ahuyentó disparando su arma de fuego al aire. Uno de los propietarios de la hacienda era el entonces presidente del Perú, Manuel Prado.

Don Kisey vivió casi ochenta años en San Agustín, la patria chica de muchos inmigrantes japoneses y sus descendientes.

“Toda mi vida me he dedicado a la agricultura, siempre recuerdo con nostalgia esa época. Yo cultivaba un montón de flores... verduras. A veces sueño (con San Agustín)”, dice con melancolía.

Durante gran parte de su vida cultivó algodón. Como todos los agricultores de la hacienda, no pagaba al dueño con dinero, sino con parte de su cosecha. También cultivó coliflor, tomate y cebolla, entre otros productos de panllevar, e incluso tuvo una granja de cuyes.

La escuela en la que estudió recién fue reconocida por el Ministerio de Educación del Perú en 1938. Como quien recuerda una travesura, sonríe cuando dice que aunque ya había terminado sus estudios, decidió continuar asistiendo a la escuela en 1938 para que su educación tuviera valor oficial en el Perú.

La enseñanza era exclusiva en idioma japonés hasta tercer grado. De ahí en adelante, bilingüe.

Don Kisey recuerda con afecto a los profesores japoneses que tuvo. Con varios pudo reencontrarse en 1976 y 1990, cuando viajó a Japón. Al segundo viaje, el de 1990, dedica un relato pormenorizado porque gracias a una promoción, a precio de ganga, pudo recorrer con su esposa el país de un extremo a otro, desde Hokkaido hasta Kagoshima, en un tren. Como un chico que evoca su viaje de promoción de colegio, cuenta entusiasmado que cruzó el túnel submarino que une las islas de Honshu y Hokkaido. Atento a los números como siempre, detalla la extensión del túnel y a qué profundidad está.

Kisey Higa, su esposa y sus hijos en un evento familiar (foto archivo familiar)


“MEJOR QUE TODOS NOSOTROS”

Es conocida la pasión de Kisey Higa por la historia. Le pregunto qué parte de la historia le gusta más y responde que todo: Okinawa, Japón, Perú, la inmigración japonesa. Además, es un fanático de las noticias. “Su vicio es ver canal N2”, dice su hija Mery.

Ella recuerda que cuando era chica a su papá lo visitaba regularmente gente de la colectividad nikkei para traducir documentos, escribir cartas o en busca de consejos.

Como parte de su trayectoria, también puede exhibir su labor dirigencial: ha sido presidente de la Asociación Peruano Japonesa del Callao y de la Asociación Okinawense del Perú (durante su gestión se inauguró la piscina olímpica). En 1993 fue condecorado por el gobierno de Japón.

Don Kisey y su esposa Kiyoko tuvieron seis hijos. El mayor falleció. Mery destaca que gracias al esfuerzo de ambos todos los hijos pudieron estudiar en la universidad. Como a todos, a ella también le impresiona la increíble memoria de su papá. “Mejor que todos nosotros”, dice.

Mery también comparte recuerdos. Uno de sus tíos le contó una vez que en la época de la guerra, cuando todo lo japonés estaba estigmatizado, los niños nisei estudiaban a escondidas: enterraban sus libros en la tierra de la chacra y rotaban de casa en casa para asistir a clases.

Don Kisey escucha con paciencia cuando no interviene. No busca protagonismo. Pese a que la conversación se prolonga mucho más de lo previsto, en ningún momento hace gestos de fastidio o inquietud. Quizá esté cansado, pero no lo exterioriza. Da la impresión de que nunca se molesta. Hay en su paciencia y su serenidad una especie de calma zen, como si hubiera alcanzado unas alturas inaccesibles para quienes aún tenemos mucho que aprender.

¿Cuánto influye el sentido del humor en la longevidad de una persona? No lo sé, pero sospecho que no poco. Al menos en el caso de don Kisey parece funcionar. Como tiene dificultades para caminar, se desplaza con un andador. “Tengo la llanta desinflada”, se ríe.

Don Kisey y su esposa Kiyoko en la hacienda San Agustín (foto archivo familiar).


EPÍLOGO

Llegué a casa de Kisey Higa imaginando que él sabría algunas cosas de mi familia paterna, pero jamás pensé que encontraría un parentesco lejano por el otro lado. Conversando con su hija Mery, me entero de que su mamá es prima hermana de la abuela de una prima hermana que tengo por el lado materno. Quizá suene un poco enredado, pero este tipo de coincidencias te hace pensar en cuán chico es el mundo a veces, sobre todo entre los nikkei, donde todos parecen estar interconectados de una u otra forma.

Esta coincidencia me hizo pensar en cómo se establecen insospechados puentes. Recuerdo que hace varios años fui a entrevistar a una issei. Con ella estaba su hija, que no parecía contenta de que yo estuviera ahí, como si fuera una visita inoportuna que, shoganai, hay que aguantar. Sin embargo, en un momento de la entrevista mencioné a mi abuela paterna, que resultó que había sido muy amiga de su mamá. Como si el nombre de mi obaachan fuera una varita mágica, la actitud de la señora cambió mucho. Fue muy amable, me invitó lonche y me hizo sentir como un sobrino al que no veía después de mucho tiempo.

Notas:

1. El 13 de mayo de 1940, turbas saquearon negocios y casas de japoneses en Lima.

2. Conocido canal de noticias en el Perú.

© 2017 Enrique Higa

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