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De Torakichi Yamazaki a Jorge Ávila, una saga familiar

Torakichi Yamasaki, de la prefectura de Niigata, llegó al Perú en el Sakura Maru, en 1899 para trabajar en el ingenio La Estrella, en Ate, Lima. En la foto, con su hija Clotilde, abuela del profesor Jorge Ávila, quien se ha encargado de reconstruir su historia familiar. (Foto: ©Archivo familiar de Jorge Ávila)

Clotilde Yamasaki nunca supo el verdadero nombre de su padre. Solo recordaba que sus paisanos, inmigrantes japoneses como él, le decían “Torak”. En el Perú fue bautizado como José.

Una de las pocas cosas que ella sabía de su papá, un hombre silencioso y reservado, era que había llegado al Perú acompañado por un tío en el Sakura Maru, el barco que trajo al país a los primeros inmigrantes japoneses el 3 de abril de 1899.

El misterio lo resolvería Jorge Ávila Cedrón, nieto de Clotilde, en 2013, 25 años después de la muerte de su abuela. Sin su tenacidad probablemente nadie en su familia habría sabido jamás cómo se llamaba “Torak”, su pueblo de origen o las circunstancias de su viaje al Perú.

Jorge fue al Archivo General de la Nación y a la Biblioteca Nacional, pero la búsqueda de información sobre su bisabuelo fue infructuosa. Decidió acudir entonces al Museo de la Inmigración Japonesa al Perú, donde le prestaron el libro Los primeros inmigrantes de Japón, de Juan Iida.

En la lista de los inmigrantes que arribaron al Perú en el Sakura Maru, Jorge halló dos Yamasaki, un sobrino y un tío. El sobrino se llamaba Torakichi y había sido destinado al ingenio La Estrella, en Santa Clara, Ate, donde Clotilde nació y se crio. Todo encajaba. Jorge había encontrado lo que denomina el “eslabón perdido”.

El libro contenía otros datos sobre su bisabuelo, como su año de nacimiento (1870) y la prefectura de la que procedía (Niigata). El descubrimiento fue un shock. “Recordaba todo lo que me había pasado por buscar el nombre, estaba llorando”, dice. Pensó en su abuela Clotilde. Sacó una copia de la página que recogía la información sobre Torakichi y la esparció entre toda su familia. Su enigmático bisabuelo por fin tenía una identidad, un origen, una historia.

Juan Ávila Yamasaki con su esposa Teresa Cedrón e hijos. (Foto: ©Archivo familiar de Jorge Ávila)  

Su interés por sus ancestros japoneses por el lado paterno (su papá era hijo de Clotilde) nació mucho tiempo atrás. En la década de 1980 entrevistó a su abuela para preguntarle por “Torak”, su relación con él y su infancia.

Clotilde le contó que su papá era carpintero y se casó en Santa Clara con su mamá, Juana Sami, que murió tras dar a luz. Tenía 20 años. Su padre la crio solo y nunca se volvió a casar. Su madre es un misterio. No se conserva foto de ella y Clotilde al parecer no conoció a ningún pariente de su mamá. Jorge Ávila no descarta que Juana tuviera origen chino (en Santa Clara los inmigrantes chinos formaban una numerosa comunidad) e incluso que fuera japonesa (se habría bautizada como Juana en el Perú).

Torakichi dejó dos hijas en Niigata. Como todo inmigrante en aquella época, tenía previsto cumplir su contrato de trabajo y retornar a Japón. Mientras tanto, remesaba dinero a su esposa e hijas en Niigata.

Sin embargo, Torakichi perdió contacto con ellas y nunca las volvió a ver. Se quedó en el Perú para siempre. Jamás retornó a Japón.

Tras averiguar de qué lugar procedía su bisabuelo, Jorge Ávila lo investigó minuciosamente. Quizá nadie sepa más que él en el Perú sobre el pueblo de Kameda y el barrio de Funatoyama donde vivía Torakichi. Conoce su historia, cómo era cuando su bisabuelo migró, cuáles eran las principales actividades de sus habitantes y cómo es hoy.

Lo único que le falta es conocer in situ Niigata, donde probablemente tiene familia, descendientes de las dos hijas de Torakichi. Con el descubrimiento de la identidad de su bisabuelo cerró un capítulo de su historia familiar, pero lo espera otro en Japón.

UNA MADRE CARIÑOSA

Clotilde Yamasaki nació en 1908. Fue una de las primeras nisei en el Perú y quizá también una de las primeras mestizas peruano japonesas. No llegó a conocer al tío de su papá porque aquel retornó a Japón antes de que ella naciera. 

En la entrevista que Jorge Ávila le hizo, Clotilde recordó su infancia en el ingenio La Estrella, donde los japoneses trabajaban en la fábrica de caña de azúcar.

“Yo era muy inquieta. A mí me decían ‘huacha’ (por ser huérfana de madre). Yo me subía a los carros de caña, jalaba las cañas y las tiraba. Les decía a los paisanos de mi papá, ‘¡córtenme esta caña!’. Me iba donde molían la caña, de arriba miraba cómo trabajaban. De ahí me iba corriendo a la fábrica, donde mi papá. Me decían ‘cuidado que te machuque la máquina’. Él trabajaba solo en la carpintería. Al frente estaban los mecánicos. Todos me fastidiaban ‘ñata, ñata’. Hasta el mismo jefe me decía, ‘oye ñata, ven’. Yo no hacía caso, me iba nomás por otra puerta”.

La niña Clotilde quería subirse a una tinaja para sacar miel. No pudo, pero igual logró salirse con la suya.

“Como era un japonés que estaba ahí, yo quería subirme para sacar miel. ‘No, no, no, no sube, no sube, yo sacar miel’, (decía el japonés), y me sacaba la miel. ‘Ahora córrete, córrete, antes de que venga el dueño’, y yo me iba a hacer melcocha a mi casa”.

Patrocinio Ávila y Clotilde Yamasaki, con cuatro de sus diez hijos: Margarita, Edith, Juan (padre de Jorge Ávila) y Pedro. (Foto: ©Archivo familiar de Jorge Ávila)  

Cuando Clotilde se casó con Patrocinio Ávila, su padre Torakichi, contrariado porque su hija se casaba sin su consentimiento, se alejó de ella. Clotilde abandonó Santa Clara para mudarse a Vitarte, donde su esposo trabajaba en una fábrica textil.

Cuando Clotilde y Patrocinio tuvieron su primer hijo, una niña, Torakichi mantuvo su distancia. Sin embargo, cuando nació el segundo hijo, un varón, retomó el contacto con Clotilde para conocer a su nieto.

Torakichi trabajó en la fábrica de caña de azúcar hasta su cierre en 1932. Murió en 1936 y vivió sus últimos meses en casa de su hija bajo su cuidado. Ella recordaba a su padre como una persona poco comunicativa y parca en muestras de cariño.

En los papeles Clotilde figuraba como Yamasaqui, lo mismo que su padre. En la partida de bautismo de ella (1908), Torakichi aparece como “Yamasaqui, natural de Japón”; en la partida de matrimonio (1935), como “José Yamasaqui”.

Pedro y Juan, dos de los hijos de Clotilde y Patrocinio, se encargaron de rectificar el apellido a Yamasaki.

Jorge Ávila, a la izquierda, con sus tíos Pedro y Segundo Ávila Yamasaki, los únicos hijos vivos de Clotilde. (Foto: ©APJ / José Vidal)  

Clotilde intentaba enseñarles a sus hijos un poco de japonés, pero como estos eran chicos no prestaban mayor atención. Además, no tenía contacto con la colonia japonesa, así que no disponía de oportunidades de practicar el nihongo que había aprendido de chica con su papá.

Era una madre cariñosa que engreía a sus diez hijos, al punto de preparar platos diferentes, dos o tres, para intentar contentar a todos. Como ella no tuvo la oportunidad de estudiar, siempre mostró especial interés en la educación de sus hijos.

Clotilde sufrió un duro golpe en 1964, cuando su esposo murió en la tragedia del Estadio Nacional que se cobró la vida de más de 300 personas por la decisión del árbitro de anular un gol a la selección del Perú en un partido contra Argentina por un cupo a los Juegos Olímpicos de Tokio, desatando la ira popular. Para contener a la multitud, la policía arrojó bombas lacrimógenas a las tribunas y cientos de hinchas, al intentar huir, encontraron las puertas cerradas y fueron aplastados. Patrocinio fue al estadio acompañado por algunos de sus hijos y una sobrina que sobrevivieron.

HISTORIA PARA EL FUTURO

Jorge Ávila saltó de la historia familiar a la historia general. A varias, en realidad. A la de Niigata, pero también a la de Santa Clara en los tiempos de su bisabuelo y su abuela, y a la de la inmigración japonesa al Perú. 

A Jorge no le alcanzó con descubrir el nombre de su bisabuelo, la fecha de su nacimiento o dónde nació. También quería averiguar por qué Torakichi decidió migrar, cómo era el Japón que dejó, qué clase de país era el Perú que lo recibió, cómo vivían los primeros inmigrantes japoneses, cuál era la situación en el ingenio La Estrella, etc. Para intentar conocer a Torakichi necesitaba un contexto.

Así las cosas, descubrió que de los 790 primeros inmigrantes japoneses, 116 fueron asignados a La Estrella. Entre 1899 y 1913, migraron al Perú 419 personas oriundas de Niigata. No obstante, las autoridades de la prefectura japonesa decidieron no enviar más gente al Perú debido a las quejas por las malas laborales. Incluso muchos retornaron a Niigata.

Los japoneses sufrieron maltratos por parte de los hacendados. Jorge matiza, sin embargo, que no era dirigido particularmente contra ellos, sino también contra otros grupos explotados, como los chinos o los negros. “Era un problema de idiosincrasia de las clases altas”, explica.

Durante su proceso de investigación ocurrió un hecho singular: encontró la dirección electrónica de un funcionario del gobierno de Niigata y decidió escribirle en busca de información sobre los migrantes al Perú. Lo hizo en tres idiomas –español, japonés e inglés– recurriendo al traductor de Google. Por si acaso. Tres idiomas mejor que uno para entenderse.

Aunque el funcionario le respondió al principio que no se dedicaba a esos temas, más adelante tuvo el gesto de volver a escribirle para disculparse y enviarle información sobre los migrantes de Niigata al Perú en 1899. También averiguó si había parientes de Torakichi (descendencia por parte de sus hijas) en su pueblo, pero no encontró a nadie.

Jorge Ávila presentó su investigación en un conversatorio en el Centro Cultural Peruano Japonés organizado por el grupo de estudio e investigación “Presencia de los japoneses en el Perú. Siglos XVII-XX” del Instituto Riva Agüero-PUCP. (Foto: ©APJ / Érika Kitsuta)  

Jorge Ávila, que hace poco se licenció como profesor especializado en historia, sigue investigando. Cada puerta que abre es un estímulo para encontrar la próxima.

En la búsqueda de sus raíces, el componente sentimental ha sido muy poderoso como fuerza motivadora para persistir durante un cuarto de siglo, desde que entrevistó a su abuela hasta que descubrió el hombre de su bisabuelo.

Jorge destaca la importancia de la historia, de “reconocer nuestro pasado no para quedarnos ahí, sino para el futuro, para aprender lecciones, para entender dónde estamos para poder planificar el futuro”.

Ávila, que trabajó durante 25 años en proyectos de desarrollo de ONG, aspira a dejar los frutos de su investigación como un legado a sus descendientes para que conozcan sus orígenes y tengan una base a partir de la cual reflexionar con la mira puesta en el futuro. La historia continúa. “La historia la seguimos construyendo”, dice.

Cuando piensa en las razones que empujaron a Torakichi a migrar, afirma que “la raza humana es migrante, siempre busca nuevos escenarios para solucionar sus problemas personales”.

124 personas en el Perú descienden por línea directa de Torakichi. Y pensar que unos paisanos suyos, tíos de cariño, sugirieron llevarse a Japón a Clotilde cuando era una niña. Clotilde prefirió quedarse en el Perú con su papá. 124 personas, desde hijos hasta tataranietos, agradecen su decisión.

124 personas en el Perú descienden por línea directa de Torakichi Yamasaki. Gran parte de la familia se reunió para esta nota. (Foto: ©APJ / José Vidal)  

 

* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 104, y adaptado para Discover Nikkei.

 

© 2016 Texto y fotos: Asociación Peruano Japonesa

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