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Crónicas Nikkei #4 — La Familia Nikkei: Memorias, Tradiciones, y Valores

Camina para que se te pase: El verdadero coraje y gaman

“Camina para que se te pase”. Cuando era niña, esa frase era la solución de mi padre para casi cualquier problema: ¿Una pelea con mi hermano menor? Sal. Camina para que se te pase. ¿Te duele la cabeza o el estómago? Camina para que se te pase. ¿Nervioso por comenzar una nueva escuela?, ¿no entiendes los deberes? Camina para que se te pase. Aunque no lo entendía en aquel entonces, este mantra había impulsado a mi padre por la vida y algún día lo salvaría y se convertiría en una lección de vida para mí.

Mi padre estadounidense-japonés; quien una vez erguido medía 1.72 cm, de contextura robusta, de hombros anchos y con cabellos negros, gruesos y ondulados; encarna lo que significa gaman, que es esa perseverancia, incluso frente a una gran adversidad, y que es un rasgo cultural, tradicional y venerado, inherente en el ADN de mi padre. Según él, mostrar gaman significa que nunca te quejas o muestras dolor o alguna emoción. Resuelves el problema, miras hacia adelante, lo afrontas y lo soportas. En nuestro hogar, gaman también significaba que no deberías llorar, a menos que estuvieras sangrando. No por tener un rasguño, sino una hemorragia. Mi papá era especialmente severo con mi hermano. Traté pero nunca logré dominar ese gaman.

El joven Mits en Hanna, Wyoming. Década de 1930.

Siendo el menor de seis hijos, mi padre "Mitsuru" (un nisei ode segunda generación) nació en 1930 y se crio en Hanna (Wyoming), un remoto pueblo dedicado a la minería del carbón  con algunos cientos de habitantes. Su padre inmigró desde Japón y encontró trabajo en las minas. Su madre llegó a los Estados Unidos como una novia por fotografía décadas más joven que su futuro esposo, esperando tener una vida en "la tierra de la leche y la miel”. Pero llegó, en cambio, a la agreste cordillera Wind River en las Montañas Rocosas.

Cuando mi padre contaba las clásicas historias de “ustedes, niños, lo tienen más fácil” como el caminar 16 km cuesta arriba en plena tormenta de nieve para ir a la escuela, él también explicaba, con toda seriedad, que la vida en aquella época se trataba de pura subsistencia: cazar para tener comida en la mesa, hacer trabajos eventuales por centavos y tratar de combatir las enfermedades y lesiones sin mucha atención médica o apoyo. Siendo el inquieto hermanito de una familia de ocho que vivía en una casa de tres habitaciones sin instalación sanitaria interior, la solución para todo que tenía su madre para él era salir, corretear y caminar para que se le pasara, ya sea que haya sol o lluvia o que haya un calor abrasador o un frío bajo cero.

Cuando era niña, admiraba, aunque algunas veces temía, el coraje optimista de mi ágil padre cuando subíamos por los escarpados senderos de la tierra salvaje de Wyoming o cuando esperaba que yo lo siguiera mientras él saltaba de roca en roca o se tambaleaba como un equilibrista cruzando los rápidos sobre un árbol caído, solo para llegar al lugar perfecto para pescar. “Vamos, Jeri” decía, extendiendo su mano con una sonrisa alentadora y con su mirada que sobresalía por debajo de su gorro de pescar con moscas atadas a mano. “Un paso a la vez, ¡tú puedes hacerlo!” Y yo me arrastraba por las rocas y avanzaba lentamente por el tronco del árbol usando mi caña de pescar como equilibrio, aprendiendo a ser valiente, a pesar de que quería llorar e irme de regreso al campamento. La recompensa por mi coraje en los siguientes años de pesca era tener una nasa de pescar llena y un momento de tranquilidad con mi padre, lanzando nuestros sedales al río mientras la brisa agitaba los álamos temblones y las ardillas listadas castañeteaban los dientes.

Pescando en Wyoming

Pero comencé a cuestionar la sabiduría de la actitud “para todo” de mi padre con respecto a gaman, cuando se lesionó su tobillo jugando en la liga de baloncesto de la iglesia y trató de curarlo caminando para que se le pasara. Su tobillo se puso de color morado, luego azul y se hinchó tanto que parecía que tenía una toronja dentro de su media. No podía caminar. Cuando finalmente mi madre lo convenció para que vea a un doctor, los rayos X revelaron una fractura de tobillo, la cual había empeorado por caminar en esa condición durante semanas. Lo enyesaron y le dijeron que lo tomara con calma; pero, naturalmente, él trató de acelerar la curación caminando para que se le pasara. Con el tiempo, desgarraba el yeso con sus manos y seguía caminando y doblándose del dolor.

Y así eran las cosas. Cuando mi madre falleció repentinamente después de haber estado separada de mi padre por muchos años; mi padre, quien en aquel entonces tenía 61 años, regresó a nuestro hogar familiar pero no dormía. Más bien, yo escuchaba que caminaba y andaba de un lado para otro hasta el amanecer noche tras noche. Sollozaba al lado del ataúd de mi madre estando a solas. Nunca antes había visto llorar a mi padre.

Aún caminando

Ahora mi padre tiene 84 años, pero nosotros no estábamos seguros que viviría para ver otro cumpleaños después que cumplió los 80 años. Mientras iba de camino al gimnasio de su centro para personas de la tercera edad, un auto lo chocó, estrellándolo contra el parabrisas y aventándolo hacia el paso de peatones. Aunque se salvó de tener algún hueso roto, sufrió un traumatismo craneal y fue hospitalizado por meses, encontrándose en el límite de la lucidez y el delirio. Mi padre, quien alguna vez fuera estoico y brusco, se echó a llorar una vez más en la víspera de su cirugía cerebral, demostrando amor y pesar. Me permitió llorar junto con él.  

Sobrevivió a la cirugía y ¿qué quería hacer instintivamente mi padre? Caminar para que se le pasara. Atontado por la morfina, mi padre ansiaba caminar, ir de excursión y llevar a mi madrastra a bailar swing.

“Jeri, trae el cuchillo de pescar. Libérame”, suplicaba a través de su delirio, luchando contra las correas para brazos y piernas que lo mantenían atado a la cama del hospital por seguridad. Yo deseaba liberarlo de las correas y la confusión. Quería ayudarlo a caminar para que se le pasara. Sin poder hacer nada, desperté mi propio gaman para luchar y esconder mis sentimientos de temor y pena. Esta no es la forma como debía terminar el hombre que se había abierto camino a fuerza de voluntad desde las minas de carbón en Hanna hasta la Fuerza Aérea y la escuela de postgrado, convirtiéndose en un exitoso ejecutivo del gobierno antes de su jubilación. Él era mi papá. Todo lo que yo podía hacer era rezar y poner buena cara.

Luego, poco a poco, la mente y memoria de mi padre comenzó a tranquilizarse y regresó el hombre que yo había conocido. A través de terapia física, recuperó su habilidad para pararse, para dar uno o dos pasos y luego, para dar vueltas por los pasillos del hospital arrastrando los pies. Cada paso que daba levantaba su ánimo. Él iba caminando desde el hospital hasta el centro de rehabilitación y luego otra vez a casa. Era un milagro, según su neurólogo, quien atribuía la resiliencia de mi padre a su intenso deseo por mantenerse activo y movilizarse a través de sus propios pies. Gaman.

Cada día, mi padre caminaba por la sala de estar y en la pista del centro para la tercera edad usando el nuevo podómetro que le di por navidad. Su meta, que por lo general alcanzaba, era de 10 000 pasos al día o aproximadamente 8 km. Continuó su régimen hasta que mi madrastra fue hospitalizada. A los 82 años, mi padre cojeaba por los pasadizos de Costco, apoyándose en el carrito del supermercado, y llevaba cajas de Ensure al asilo de ancianos para alimentarla. La persuadía para que alejara sus dolencias, mientras la alentaba y acompañaba pacientemente durante meses. Después que su auto quedara destrozado y que nosotros discutiéramos sobre si él debería seguir conduciendo y terminara por aceptar a una cuidadora que lo asista con las labores domésticas y su traslado, él amenazó con caminar hasta el asilo de ancianos todos los días como protesta. “Solo son 30 000 pasos” decía. Con su entusiasmo, mi padre trajo a mi madrastra de vuelta a la casa, donde caminaban juntos unos cuantos pasos todos los días al lado de sus nuevos cuidadores, hasta el día que ella falleció.

Siendo ahora un hombre viudo, quien cada cierto tiempo se llena de sentimentalismo, mi padre vive en una comunidad de vivienda asistida rodeada de hermosos jardines. “No necesito a un paseador”, insistía mientras pasábamos con cautela las rosaledas y caminábamos su ruta diaria con su brazo sobre el mío como apoyo. Un reemplazo de rodilla le permitía dar unos cuantos pasos más, pero su tobillo afligido por la artritis y una caída reciente acabó por postrarlo a una silla de ruedas. Pero sé que su gaman no lo mantendría ahí. “Estaré caminando como nuevo dentro de dos semanas”, decía.  Por ahora, son como 100 y no 10 000 pasos al día, pero es un comienzo y, otra vez, es mi turno alentarlo como él lo hizo conmigo.

Mi padre me recuerda también que empiece a encaminarme hacia un futuro más saludable, advirtiéndome también que ya no soy tan joven. De modo que ahora busco esos 10 000 pasos al día inspirados en la vida de mi padre.

Tal como he aprendido del tobillo fracturado de mi padre, no hay duda de que no puedes curar todo con gaman y caminando para que se te pase, pero puedes hacer grandes progresos en la salud y en la vida con tan solo levantarte y avanzar poco a poco. No te quedes quieto y te pongas ansioso. No rehúyas de los rápidos y te escapes. Vamos. Ponte de pie. Inténtalo. Avanza. Persevera. Toma mi mano y, de vez en cuando, demuestra amor, lágrimas y ternura para equilibrar este arraigado legado de gaman.

 

* * * * *

Nuestro Comité Editorial seleccionó este artículo como una de sus historias favoritas de serie La Familia Nikkei. Aquí están los comentarios.

Comentario de Norm Ibuki:

Este maravilloso artículo me habla acerca de los cambios que están ocurriendo dentro de nuestra comunidad nikkei y la importancia de recordar. El padre de Jeri, Mitsuru, me recuerda a mi propio papá nisei. Me recuerda también aspectos de mí mismo que sé que vienen de mi papá y de mi propio abuelo Masaji, proveniente de Shiga ken. El mantra de Mitsuru “camina para que se te pase” que aplicaba cada vez que se enfrentaba a un problema parece muy japonés. Gaman se encuentra entre los valores japoneses más valiosos que nos sirvió mucho aquí en Canadá: ayudó a los primeros inmigrantes issei para tener éxito, a comunidades enteras que fueron enviadas a los campos de internamiento de la segunda guerra mundial para resistir y para seguir adelante así como a todas las generaciones posteriores para tener éxito. Todos nosotros nos hemos beneficiado del verdadero coraje y valor de héroes nisei como Mitsuru.

Comentario de Akemi Kikumura Yano:

Jeri Okamoto Tanaka captura la conmovedora historia de su padre quien pone en práctica el mantra “camina para que se te pase” frente a las vicisitudes de la vida. Su capacidad para gaman (perseverar y no darse por vencido ante la adversidad) es una valiosa lección que aprendió de sus padres issei y que fue transmitida a su hija Jeri, como cuenta en su historia El verdadero coraje y gaman.

 

© 2015 Jeri Okamoto Tanaka

37 Estrellas

La Favorita de Nima-kai

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Sobre esta serie

Los roles y las tradiciones de la familia nikkei son únicos porque han evolucionado a través de muchas generaciones, basados en varias experiencias sociales, políticas, y culturales del país del que ellos migraron.

Descubra a los Nikkei ha reunido historias de todo el mundo relacionadas con el tema de la familia nikkei, que incluyen historias que cuentan la manera cómo tu familia ha influido en la persona que eres y que nos permiten entender tus puntos de vista sobre lo que es la familia. Esta serie presenta estas historias.

Para esta serie, hemos pedido a nuestros Nima-kai que voten por sus historias favoritas y a nuestro comité editorial que escoja sus favoritas.

Aquí estás las historias favoritas elegidas.

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