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¿Quién es más japonés?

Una marcada característica que distingue a la cultura japonesa es su esfuerzo constante por nombrar y definir todo. Los japoneses tienen una predilección por etiquetar las ideas, los tipos de comida, las ocasiones especiales, las ceremonias religiosas, los cambios de estación y, prácticamente, todos los aspectos de sus vidas. Así que no es de extrañar que los japoneses y los japoneses-estadounidenses tengan nombres específicos para las generaciones de personas que vinieron a los Estados Unidos y sus descendientes: issei, nisei, sansei, yonsei, gosei, etc. Había un orden con estas etiquetas, puesto que la primera inmigración desde Japón ocurrió en un tiempo determinado (mayormente desde 1885 a 1924) y luego fue interrumpida. Antes de la guerra, las generaciones no se traslapaban. En la época de postguerra, cuando un número relativamente pequeño de japoneses comenzaron a venir a los Estados Unidos, ampliamos la terminología etiquetando las nuevas llegadas como “shin (nuevo) issei” y su hijos, “shin nisei”.

Mi amigo Itsuki Charles Igawa está en total desacuerdo con el término shin issei,porque considera que agrupa a demasiados grupos en uno solo. Charles, quien fue presidente de la Asociación de Escuelas de Idioma Japonés de California (California Association of Japanese Language Schools), cree que, dependiendo de la fecha de llegada a los Estados Unidos, los japoneses eran muy diferentes. Por ejemplo, los primeros shin issei (lo siento, Charles) de los años 50 eran generalmente obreros junto con muchos estudiantes. Los que llegaron después, solían ser comerciantes y más acomodados. De todos modos, la inmigración de la postguerra desbarata completamente las categorías generacionales bastante bien definidas.

Esto me hizo pensar sobre qué tan diversos somos como japoneses-estadounidenses el día de hoy. Los yonsei y gosei que ingresaron al Programa de Enseñanza e Intercambio de Japón (JET, por sus siglas en inglés) y que viven en Japón, con frecuencia son mucho más japoneses que los sansei e incluso, los nisei. Esa idea me hizo considerar, de una manera desenfadada, diferentes grados de ser japonés, en donde los japoneses realmente podrían categorizarse a sí mismos. Luego apareció un recuerdo más serio, en donde nuestro gobierno juzgó alguna vez la japonesidad individual (¿Es esa una palabra?) de los miembros de nuestra comunidad durante la segunda guerra mundial; un procedimiento que sería irrisorio si no hubiese sido tan dañino para muchas personas.

Y hablando de algo menos serio, la gente de mi edad podrá recordar un sketch cómico que salió en el programa de televisión Saturday Night Live en los años 70 y que fue presentado completamente en español. El argumento era un programa de juegos llamado “¿Quién es más macho?”, en donde un concursante tenía que escoger al hombre más masculino dentro de un grupo de tres actores (Jack Lord, David Janssen y Lloyd Bridges). La sátira mostraba el estereotipo que los hispanos aprecian, la hipermasculinidad; pero también la idea de que uno puede medir cualidades como el machismo, como si tuviera peso o dimensión. Por cierto, Bridges, quien protagonizaba el programa de televisión Sea Hunt, fue el más macho.

Como japonés-estadounidense, me doy cuenta que, cuando estoy rodeado de otros nikkei, algunas veces inconscientemente (o quizás conscientemente) me hago la pregunta: “¿Quién es más japonés?”. Esto demuestra claramente que no soy tan japonés, porque incluso no puedo plantear la pregunta en nihongo. Si alguien pudiera cuantificar las características étnicas y culturales como si tomara una Prueba de Aptitud Académica (SAT, por sus siglas en inglés), creo que yo estaría en el percentil 50 inferior y quizás en el último 25%. Mis habilidades lingüísticas son patéticas, pero aparte de algún que otro contacto con los bonsái por parte de mis padres, no había mucha cultura japonesa formal en mi vida mientras crecía.

En cambio, mi esposa Qris Yamashita estaría en el percentil 50 superior y quizás hasta más. Ella no domina el japonés, pero entiende bastante y se hace entender. Además, ella es budista de toda la vida como miembro actual del templo budista Senshin.

(Hondo) En lugares como el templo budista de Senshin se practica la corriente budista Jodo Shinshu, que proviene directamente de Japón.

Entre los japoneses-estadounidenses, existe una impresión común de que los budistas son más japoneses que los cristianos. Existen obvias razones para esto. Si bien el budismo se originó en la India, el budismo Jodo Shinshu, que la mayoría de japoneses-estadounidenses profesan, proviene de Japón y, hasta cierto punto, refleja la cultura japonesa tradicional. En un oficio budista, todo proviene de Japón: los rituales, el idioma y la filosofía. Aunque el cristianismo llegó a Japón hace siglos a través de los portugueses y holandeses y además, algunos issei ya eran cristianos cuando llegaron a los Estados Unidos, las diferencias con el budismo son impresionantes.

Incluso hay una escuela de pensamiento que dice que los japoneses cristianos estaban más dispuestos a integrarse a la sociedad estadounidense que aquellos que no eran cristianos antes de la segunda guerra mundial. Una vez más, uno puede ver la razón, puesto que el cristianismo es la religión dominante en este país y el ser cristiano podría haber hecho la vida más fácil para una familia inmigrante. (En una nota al margen, el investigador Brian Masaru Hayashi en su libro For the Sake of Our Japanese Brethren [Por el bien de nuestros hermanos japoneses] cuestiona la idea de que los cristianos japoneses estaban absolutamente más a favor de los Estados Unidos y en contra de Japón que los budistas). Mi familia asistía a la iglesia metodista Centenary United Methodist Church y admito que yo me encontraba bastante perdido cuando fui a un funeral en un templo budista. Por otro lado, mi esposa no es muy buena para entender las tradiciones cristianas, así que frecuentemente existen malentendidos entre las dos religiones.

Pero si nosotros, como japoneses-estadounidenses, tenemos dudas acerca de las dos religiones predominantes en nuestra comunidad, imagínense a la burocracia del gobierno estadounidense antes y durante la segunda guerra mundial. La mayoría de los japoneses-estadounidenses están familiarizados con la historia de cómo el gobierno actuó contra cualquier persona de ascendencia japonesa después que comenzó la guerra. Aisló a muchos issei en los campos de detención, expulsó a todos de la Costa Oeste y partes de Hawái y encarceló injustamente a miles en los campos de concentración. Lo que muchas personas no saben es que los diferentes organismos gubernamentales debían determinar la lealtad, o en realidad la deslealtad, de cada persona detenida.

El libro American Inquisition (La inquisición estadounidense) de Eric Muller detalla la “burocracia de la lealtad” del gobierno estadounidense utilizada para juzgar a los japoneses-estadounidenses durante la segunda guerra mundial.

Solo aprendí más sobre este tema hace unos años, cuando Eric Muller de la Escuela de Derecho de la Universidad de Carolina del Norte habló en el Museo Nacional Americano Japonés sobre su libro American Inquisition: The Hunt for Japanese American Disloyalty in World War II [La inquisición estadounidense: La búsqueda de la deslealtad de los japoneses-estadounidenses en la segunda guerra mundial]. Según el prof. Muller, había una “burocracia de la lealtad” que debía determinar en quién se podía confiar. El Comando de Defensa Occidental (WDC, por sus siglas en inglés), que supervisaba el traslado forzado, estaba a cargo de las solicitudes para regresar a la Costa Oeste. La Oficina del Preboste General del Ejército (PMGO, por sus siglas en inglés) investigó a las personas que querían trabajar en la industria bélica. La Autoridad de Reubicación de Guerra (WRA, por sus siglas en inglés), que dirigía los campos de concentración, supervisaba quiénes de los internos estaban autorizados para salir y quiénes eran tachados de desleales y eran enviados al campo de concentración de Tule Lake. Finalmente, un Comité Mixto Japonés Americano (JAJB, por sus siglas en inglés) interdepartamental debía coordinar con las otras tres agencias; pero no funcionó bien, según Muller.

Muller explica que la WRA trató de verificar la lealtad con los cuestionarios que tenían que llenar los internos de los campos de concentración y que incluían las infames preguntas 27 y 28.  Factores como por ejemplo: si uno estaba casado con alguien que no sea japonés (en esa época eran ilegales los matrimonios interraciales en muchos estados, así que no habían muchos), si alguien era un votante registrado y si alguien había visitado Japón; eran los principales puntos a favor y en contra. Cuando miré la información de mi padre y de mi tío Akira, quien dirigía el diario Rafu Shimpo, noté que ambos negaron haber visitado Japón (sé que los dos viajaron juntos a Japón para el funeral de su abuelo) y negaron que podían hablar japonés (lo que tampoco es cierto). Ahora, entiendo por qué hicieron eso.

El prof. Eric Muller reveló que el sistema de puntaje para comprobar la lealtad del gobierno etiquetó al 25% de japoneses-estadounidenses examinados como desleales.

Según Muller, estas agencias utilizaron además un sistema de puntaje, en donde cada interno terminaba con un puntaje de lealtad. “Se simplificaron excesivamente los sistemas de puntaje de manera absurda y éstos se basaban en suposiciones culturales”, señala Muller. “Por practicar judo se conseguía un puntaje negativo, mientras que por jugar béisbol en las pequeñas ligas se ganaba uno positivo. El budismo era un puntaje negativo y uno muy negativo era para el shintoísmo. En cambio, el cristianismo era un puntaje positivo”.

Así, los internos conseguían dos puntos por ser cristianos, pero les quitaban dos si ellos admitían que podían hablar japonés. Bajo este sistema, cerca del 25% de estos encarcelados fueron considerados desleales. Algunos fueron enviados a lugares como Tule Lake y a muchos otros se les negaron el acceso a puestos de trabajo. Incluso después de la guerra, algunas personas estuvieron impedidas de regresar a sus hogares. En realidad, el gobierno estaba determinando por sí mismo quién era más japonés.

El tema del empleo tocó una fibra sensible en mi familia. Mi tío Akira escribió un diario mientras estaba en el campo de concentración. En 1943 escribió acerca de su intento por conseguir un trabajo y el rechazo que recibió. “Me dijeron que mi nombre estaba en el ‘archivo de detenciones’. ¿La razón? No lo sé. El personal de la oficina tampoco lo sabía, pero mi nombra estaba en un teletipo de Washington indicando que no me aprobaron la autorización.

“Eso sí que era una menuda noticia. Ahora, ellos ni siquiera me permitirían, como ciudadano, tratar de ganarme unos pocos dólares para mantenerme. Esto prácticamente significa que estoy en un campo de concentración y que mis derechos civiles no significan nada. Soy un ciudadano, no un desleal. Aún mi autorización para salir se encuentra retrasada e incluso no puedo salir para un trabajo temporal. En primer lugar, tenían que haberme explicado el motivo de esto, de modo que  yo pudiera defenderme por mí mismo. Pero no me dijeron nada y, según la Constitución, no tengo derechos civiles. Esta no es la forma estadounidense. No es como la aprendimos y no es la forma como hemos llegado a considerarla”.

Mi tío Akira Komai fue una víctima del sistema de puntaje para comprobar la lealtad, que impidió que consiguiera un trabajo durante la segunda guerra mundial. 

Lo que es interesante acerca del estatus de mi tío es que él era cristiano y no budista, como mencioné anteriormente. Él negó haber ido a Japón o que podía hablar japonés. Además, a él le gustaban los deportes estadounidenses como el béisbol y el tenis y se graduó de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA, por sus siglas en inglés). Probablemente lo que hizo que mi padre fuera incluido en la lista negra fue su estado como editor de un diario japonés y el hecho de que su padre se encontraba entre los issei capturados por el FBI el 7 de diciembre de 1941.

En una nota personal, cuando me enteré por primera vez sobre el encarcelamiento de mi familia, quise saber lo que mi padre y otras personas estaban pensando en esa época. Afortunadamente, mi tío escribió un diario y pude tener un punto de vista bastante claro. Además, esto planteó, al menos para mí, la pregunta de cómo llamar a los campos. Mi tío los llamó campos de concentración en 1943 y así es como yo los llamo ahora.

El prof. Muller señala que él cree que nuestro actual gobierno podría crear fácilmente otra burocracia de la lealtad con un igualmente absurdo sistema de puntaje que sería usado contra otro grupo de personas. Si hay otro ataque interno, “espero que algunas personas tomen medidas contra los ciudadanos estadounidenses”, dice. “Dicho intento será un desastre para los derechos civiles”.

Creo además que la tragedia para nuestra comunidad, más allá de las violaciones a los derechos civiles y la devastación económica que tomó décadas superarla, es la disminución de nuestra japonesidad. Algunas familias dejaron de hablar japonés y de observar las tradiciones. Muchos cortaron los vínculos con Japón mismo y nuestra relación con el japonés ha sido menor a lo que debería haber sido. No estoy diciendo que yo hablaba fluidamente en japonés ni que entendía el por qué comemos gobo durante el oshogatsu; sino que siento que podía haber estado más conectado con mi herencia cultural mientras estaba creciendo. Y yo podía haber contestado ocasionalmente a la pregunta “¿Quién es más japonés?” diciendo “¡Yo!, ¡Yo!”

 

© 2014 Chris Komai

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