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Irradiando angustia: La historia de los sobrevivientes americanos de la bomba atómica en su lucha por la indemnización del gobierno estadounidense - Parte 1

El Dr. Mitsuo Inouye, nacido el 27 de abril de 1925, de padres inmigrantes japoneses americanos que vivían en California, trabajó para alcanzar el sueño americano no solo para sí mismo y su familia, sino también para un grupo de alrededor de mil personas a las que la Revista People luego llamaría “lost Americans” (“americanos perdidos”). En una era que vio la aprobación de la California Alien Land Law(Ley de tierras para extranjeros en California) de 1920, que estaba específicamente dirigida hacia los japoneses y que hacía ilegal que los japoneses americanos poseyeran tierras de cultivo, y la Johnson-Reed Act (la cual contenía la legislación de exclusión de asiáticos), que restringía enormemente el número de inmigrantes de países extranjeros, especialmente, de países asiáticos; el ser un asiático americano como Inouye devino en considerables cantidades de racismo y pobreza. Como inmigrantes que apenas hablaban el inglés, los Inouye se vieron obligados a trabajar como humildes trabajadores del campo que luchaban por ganarse la vida. Luego en diciembre de 1941, con el bombardeo de Pearl Harbor por parte de los japoneses, sus ya difíciles vidas giraron para lo peor.

Los primeros artículos de los medios de comunicación estadounidenses, posteriores a Pearl Harbor, parecían apoyar a los japoneses americanos como se ve en artículos escritos por el LA Times que declaraban que, “miles de japoneses aquí y en otras ciudades costeñas [son] buenos americanos, que nacieron y fueron educados como tales”, y el Sacramento Bee, “El americano sabio y sensible evadirá [el racismo] así como lo haría con un veneno mortal o una peste fatal [y respetaría] la política americana tradicional y avalada por el tiempo – siendo justo con todos los que aman la bandera, sin importar en donde el accidente de su linaje haya dado lugar a su lugar de nacimiento”.1 A pesar de que estas declaraciones a favor parecen ser bastante sólidas empáticas, la aparente “política americana” que se menciona en el segundo artículo no era de ninguna manera una política y los inmigrantes, en especial los inmigrantes asiáticos, fueron sometidos a una considerable cantidad de “injusticias”, basadas únicamente en la ubicación de su “lugar de nacimiento” (como en el antedicho Johnson-Reed Act) o el lugar de nacimiento de sus antepasados. Este apoyo, tal como la política que se expuso en el Sacramento Bee, fue un espejismo transitorio y pronto el gobierno, así como la población americana en general, empezaron a pedir el internamiento de los japoneses americanos debido a preocupaciones con respecto a la amenaza de su seguridad nacional.

Dr. Mitsuo Inouye

A inicios de 1942, los Inouye empezaron a contemplar el regreso a Japón, pero fueron instados por Mitsuo y sus demás hijos a permanecer en el país que ellos ahora consideraban su hogar. Muy pronto después, a ellos, junto con miles de otros japoneses americanos, les fueron arrebatados sus pocas pertenecías y fueron reubicados en los campos de internamiento. Durante dos años Mitsuo vivió con el resto de su familia en el campo de concentración Heart Mountain,  pero en 1944 a la edad de 18 años, él y su hermano Ichiro (de 23 años de edad) se enrolaron en el ejército EEUU.

Ichiro fue un soldado raso miembro del 100˚ Batallón, de donde obtuvo una insignia de combate de infantería y mucho después la Medalla de Oro del Congreso, mientras que Mitsuo entrenó como soldado raso con los Servicios de Inteligencia Militar Americanos en donde nunca previó presenciar un combate. Sin embargo, en el verano de 1945, Mitsuo empezó a entrenar en conjunto con los Servicios de Inteligencia Militar Americanos para una invasión a Japón. Luego, el 6 de agosto la bomba atómica fue lanzada. El joven Inouye y sus compañeros en capacitación, quienes habían pensado que  su invasión a Japón los conduciría a sus muertes inminentes, reaccionaron ante el lanzamiento de la bomba estallando en vítores”.2 Ellos no pensaron en las miles de personas que habían muerto a causa de la bombas y que incluso habían sido heridas severamente (que incluían a los familiares cercanos de Lily Ann Inouye, la futura esposa de Mitsuo) y ellos por certeza no sabían de los  ciudadanos americanos que habían sido víctimas de la bomba; sin embargo, “ellos sabían que la bomba haría que una invasión fuera innecesaria”,3 y que los EEUU había ganado la guerra, lo cual en ese momento era lo único que importaba para ellos.

Las bombas atómicas, que fueron lanzadas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki en Japón, fueron la más devastadora utilización de la fuerza que el mundo ha experimentado. A pesar de que el uso y la necesidad de las bombas, las víctimas japonesas, y muchos de los efectos de la bomba han sido discutidos a fondo (con poco consenso de opinión), un pequeño grupo de individuos que representa la lucha de ambas partes - la lucha de los japoneses americanos y la de los sobrevivientes de las bombas atómicas -  a los sobrevivientes de la bomba atómica americana les ha hecho falta una mayor cobertura por parte de los medios o incluso recibir una discusión más amplia sobre el tema.

A inicios de 1947, con el fin de  la Segunda Guerra, alrededor de mil (tres cuartos de las cuales eran mujeres) de estos sobreviviente de la bomba atómica americana emigraron de regreso a los Estados Unidos (en especial a California y a Hawái. A inicios de los años setenta, cerca de tres décadas después del lanzamiento de la bomba atómica, los hibakusha (otra palabra para los sobrevivientes de la bomba atómica) americanos empezaron a luchar activamente por la atención médica gratuita del gobierno americano. Entre los líderes de esta lucha por la salud médica gratuita estaba Mitsuo Inouye, quien hizo una de las misiones de su vida el luchar por la retribución para los sobrevivientes de la bomba atómica. Para muchos de los hibakusha americanos no era meramente el aspecto económico de la salud médica gratis lo que les llamaba la atención, era lo que éste representaba: sus permanentes lugares en el crisol de Estados Unidos.

Al final, los sobrevivientes de la bomba atómica japonesa no recibieron ningún tipo de atención médica gratuita por parte del gobierno de EEUU; las razones definitivas fueron que los Estados Unidos mezclaron el entendimiento y la opinión concerniente a: los efectos de la radiación y el ciudadano, no enemigo, el status de los hibakusha americanos, no simplemente de las connotaciones económicas que provendrían del seguro médico gratuito o al menos del costo reducido del seguro de salud.

La narrativa de los hibakusha americanos contiene esfuerzos difíciles y que están a menudo ensombrecidos; su historia incluye no solo relatos trágicos de la pérdida de  familiares y heridas profundas, las que acechan a todos los sobrevivientes de la bomba atómica, sino también el ostracismo social y el rechazo del país que los consideró el enemigo, el mismo país que ellos aún consideraban su hogar.

Como era tradición, muchos de los hibakusha americanos habían ido a Japón para poder recibir una  educación formal  (y algunos estaban allí tan solo para visitar a sus familias), pero luego del bombardeo a Pearl Harbor ellos no pudieron regresar a los Estados Unidos; así, miles de ciudadanos americanos esencialmente no identificados  se convirtieron en víctimas eternas  de la bomba atómica. En Hiroshima, los hibakusha americanos enfrentaron  los terrores de la bomba atómica, muchos murieron, perdieron miembros de su familia, o sufrieron de inmensas lesiones físicas y mentales, pero eso no fue de ninguna manera el fin de sus problemas. A inicios de circa 1947,  miles de japoneses americanos, algunos de los cuales eran hibakusha, regresaron a los Estados Unidos en búsqueda de una nueva vida lejos de las ciudades destrozadas de Hiroshima y Nagasaki.4 

La vida en EEUU para muchos de los hibakusha no fue fácil, para muchos los Estados Unidos era todavía un país bastante extranjero, ya que muchos habían pasado su infancia en Japón. Además, el ser un japonés americano traía consigo altos grados de discriminación  por parte de los  americanos, quienes los llamaban “dirty Japs” (“japoneses sucios”), a profesores y empleadores que los discriminaban debido a sus antecedentes raciales.5

Alrededor del mismo tiempo en que los hibakusha empezaron a regresar a los Estados Unidos, los Inouye retornaron a la agricultura, con la finalidad de que Mitsuo pudiera asistir a la Universidad de California en Berkeley  y luego a la Escuela de Medicina en la Universidad de California en San Francisco. Luego del entrenamiento como residente, el Dr. Inouye instaló un consultorio médico exitoso y le dio trabajo, a la vez que dinero, al resto de su familia. Ellos estaban viviendo el sueño americano. Fue en los años sesenta a través de este consultorio que el Dr. Inouye entraría en contacto con estos “americanos perdidos”, los hibakusha, quienes deseaban sentirse genuinamente americanos. En parte debido al miedo a la persecución y con el fin de asimilar la cultura americana, los japoneses americanos que habían estado en Japón durante la guerra se abstenían de  discutir sus experiencias de la Segunda Guerra; un compañero activista, el Dr. Tom Noguchi, diría luego, “Estos americanos de ascendencia japonesa habían vivido de tal manera que dieron prueba de su lealtad a los Estados Unidos, y cualquier recuerdo de la guerra fue mejor olvidado”.6

Para los hibakusha era aún más esencial ocultar su secreto, ya que ellos temían la discriminación social y un aumento potencial en el costo y la pérdida del seguro médico; era tan solo a través de la confidencialidad entre el doctor y los pacientes que estos últimos se atrevían a confiar en el Dr. Inouye (y el Dr. Noguchi) la información de que ellos eran, de hecho, sobrevivientes de la bomba atómica. Como diría después el Dr. Inouye, “Cuando se les identificaba como sobrevivientes de la bomba,  habían políticas de discriminación en el trabajo, y en la adquisición de los seguros de vida y de salud. Las posibilidades de matrimonio eran escasas. Las víctimas fueron aisladas dentro de su comunidad, que entendían muy poco de sus apuros”,7 por consiguiente los hibakusha no podían, solos, confesar abiertamente sus experiencias de la bomba atómica. Además de este miedo de ser revelados como hibakusha, como Kaz Suyeishi, una hibakusha americana proclamó, el ser una hibakusha es “como vivir con una bomba”,8 una bomba sin un detonante conocido cuyas heridas mortales tomarían años para matar o incluso herir a su víctima.

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Notas:

1. John Davenport, The Internment of Japanese Americans During World War II: Detention of American Citizens (New York: Chelsea House, 2010), 5.
2. Artículo de la Revista People de la colección del Dr. Inouye, p.2
3. Ibíd.
4. Rinjiro Sodei. Were We the Enemy?: American Survivors of Hiroshima (Boulder, CO.: Westview Press,1998), 35
5. Cita de una entrevista de: David Yoo; Growing up Nisei: Race ,Generation, and Culture among Japanese Americans of California, 1924-49 (Urbana; University of Illinois Press, 2000), 164
6. Transcripción de H.R. 8440 de la colección del Dr. Inouye, p.25
7. Transcripción  de H.R. 8440 de la colección del Dr. Inouye,, p.54
8. Artículo de Los Los Ángeles Times de la colección del Dr. Inouye , p. 1

 

© 2014 Jordan Helfand

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