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NOVELA: Evodio el suertudo - 3 de 16

Parte 2 >>

Los japones se apartan:

Semanas después de la revolcada que le diera El Río Negro a Evodio, los japones desayunan en la enorme mesa familiar. Cuando están  tomando café con pan, Ojina irrumpe: “muchachos, por la desgracia que nos acaba de suceder en el Río Negro, su papá y yo hemos acordado que a Evodio le compraremos un rancho ganadero en la costa; dejará la arriería para que no tenga que pasar a cada rato al mentado Río Negro”

- Un frío silencio cunde entre los comensales; el secreto de la cohesión familiar hasta ahora ha sido la obediencia total.

Eliseo el mayor de los japones, el más callado, el de la mirada cansada, se pone de pie y con una voz que no se le conoce, alterada por la decisión de sus papás contesta:

¡Está bien que le compren rancho a Evodio, pero antonces tendrán que comprarnos un rancho ganadero a  cada uno, porque todos somos hijos y tenemos derecho!

- Ya no nos conviene estar trabajando como burros acá en la sierra; la plaga de la roya ha fregado a los cafetales, el precio del café está muy barato, los coyotes del pueblo no lo quieren ni regalado. Ahora que hicieron la carretera escasea el trabajo para los arrieros, la gente está fregada, no tienen dinero. ¡Pero nosotros sí tenemos dinero, mucho dinero, para comprar muchos ranchos ganaderos en la costa!

Ojina mujer del mando, ecuánime, levemente palidece ante los reclamos de su hijo mayor. Moisés tiene la cara descompuesta, renegrida, abierto los poros de su faz. La shunca Roselia llora; nunca se había presentado un pleito de familia, menos que su hermano Eliseo al que ven como un segundo padre, falte el respeto a sus papás que para ellos son sagrados.

Los demás varones permanecen callados; tácitamente están de acuerdo con el reclamo de su hermano mayor. Moisés y Ojina con la mirada baja, cómplices no saben qué hacer, que decir, si revelares la maldición del Chimán sobre Evodio o prometerles la compra de ranchos ganaderos para todos en la costa.

Moisés y Ojina pasan de la cocina al corredor a comentar semejante problema, el primer pleito familiar. Ambos esperaban una reacción menos pendenciera. ¡Ahora sí de verdad los japones se han disgustado, ya no correrán juntos en tropel para ver quien llega primero!

En toda la región se sabe que los japones son ricos, nunca piden fiado, todo compran al chas, chas, hasta un camión de redilas rojas que compraron el año pasado en una Agencia en Tapachula. Sesenta mil pesos pagaron en efectivo al Gerente. Moisés traía las pacas de billetes en un morral viejo y lentamente contaron el dinero ante el asombro de los pretenciosos empleados que no los quisieron atender por sus trazas de humildes campesinos.

Una tarde de junio como a las siete de la noche, cuando la noche verdaderamente es oscura, porque la neblina topa hasta el suelo, una gavilla de bandidos llegó hasta San Antoño, asaltó al caserón donde vivían los japones. Con marros y punzones rompieron paredes, puertas, abrieron cofres, en busca de dinero. Para su mala suerte la casa estaba vacía; providencialmente esa mañana los japones se habían mudado a otra casa en el centro de la ranchería.

Al escuchar el infernal ruido de los destrozos los lugareños se percataron de que se trataba de un robo a la casa de los vecinos. Los japones tocaron un cacho y encabezaron una turba, se abalanzaron sobre los bandidos, gritando, con disparos de escopetas al aire, ladridos de decenas de perros, que atemorizaron a los asaltantes y quienes sin oponer resistencia desesperados rodaron por las laderas antes de ser descuartizados por los perros y la turba de sanantoñeros.

Esa noche en San Antoño nadie durmió; alrededor de varios fogones los campesinos hicieron guardia por si los bandidos intentaban regresar darles un escarmiento, quizás quemarlos vivos.  -De nada sirve agarrar a los bandidos y llevarlos a las autoridades del pueblo, estos les exigen dinero y enseguida los sueltan para que sigan robando.

San Antoño es una ranchería dispersa, su camposanto sobre un cerro pelón con muchos barrancos; desde allí se divisa la planada de la costa y a lo lejos la línea que une al cielo con el mar. Por ese detalle los quemasantos de Garrido Canaval cambiaron el nombre de San Antoño por “Miramar”, pero los lugareños ignoraron el mandato del tigre y siguieron llamándole por su nombre original.

Con el atardecer la neblina se ha  borrado ¡Es una noche de luna llena! ¡El cielo luce hermoso, cuajado de estrellas! unas de color azul, otras rojas o anaranjadas. Zumba un viento frío; la velada se vuelve tertulia y para paliar el frío los hombres y las mujeres toman café con aguardiente…

Reconfortados y envalentonados por el guaro, católicos, evangélicos, ricos, pobres  acuerdan estar unidos por sobre todas las cosas y en casos como este, unir fuerzas contra el enemigo, así sea hasta el mismo demonio. “Que se atenga a las consecuencias quien trate de hacerle daño a un sanantoñero”, sentencian.

La apacible vida campirana en San Antoño sigue su curso; va para año y medio que Evodio estuvo a punto de ahogarse en El Río Negro y recién se alteró por la llegada de los bandidos que aunque no se llevaron un peso, asustaron y alertaron a la gente.

Estos acontecimientos le han quitado el sueño al arriero y a la japona; ciertamente el precio del café se ha desplomado, está muy barato y para su mala suerte ya han pasado varios años que no caen heladas en los cafetales de Brasil. Los coyotes aseguran que el mercado está saturado de café de mala calidad que se cultiva en zonas inapropiadas en terrenos calientes de la costa y muy fríos en la cumbre de neblinas eternas; que el precio del café ya se jodió que nunca subirá como antes.

Los comerciantes de los pueblos de la costa que dependen de los cafetaleros de la sierra, están desesperados, no venden como antes. Los productores cuyo bienestar depende de la venta de café, están desilusionados. Algunos abandonan sus parcelas, otros cambian de cultivos: siembran papa, milpa, frijol, pero estos productos no dejan las ganancias del café en sus buenos tiempos. Muchos serranos de todas las edades optan por irse de mojados a Estados Unidos o trabajar a la zona petrolera de Coatzacoalcos; otros están de barrenderos en los Hoteles de la ciudad de México.

Ojina, que es muy alcanzativa e intuitiva, a solas le comenta a su marido: “la llegada de los bandidos a nuestra casa me iluminó los sentidos; lo mejor es comprar ranchos ganaderos en la costa a los que se quieran ir; creo que Evodio y la shunca se quedarán con nosotros y con ellos nos basta y sobra para atender los cafetales y levantar las cosechas”

- Mujer, vos sos chingona, muy acertada, yo pienso lo mismo, Eliseo tiene razón, es tiempo de que cadiquien tenga lo propio y vea por su familia. Aquella tarde que sin respeto Chello reclamó, en el momento me sentí ofendido, triste por sus pendencias; te juro que me dieron ganas de darle un sopapo y torcerle la cara,  pero me aguanté; pensándolo bien, estoy de acuerdo, que  se haga lo que dices, lo mejor es que cadiquien tenga su parcela.

Las canículas de agosto duran dos semanas; deja de llover, hace calor, baja el nivel de los ríos, clarito se ve el piso de cemento del Río Negro. Ojina y Moisés a caballo viajan a Escuintla; los acompañan dos hijos mayores. Evodio se quedó trabajando en el rancho; pues es la temporada de cajetear a las matas de café. Con machetes cortan el monte alrededor del tronco, principalmente los bejucos que como brazos de pulpo las enredan y las matan.  Aunque el precio del café está muy barato los japones trabajan sin parar; no pierden las esperanzas de que algún día caigan heladas en Brasil y recupere el precio de oro que tuvo en otros tiempos.

Parte 4 >>

Nota de editora: Ésta es una obra de ficción. No está patrocinada ni afiliada de manera alguna por ninguna institución, instalación o familia. La historia está basada en lugares, personas y hechos históricos, pero está escrito enteramente desde el punto de vista del autor.

Referencia:
Evodio el suertudo - Modismos >>

 

© 2013 Florentino de Mazariegos

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