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Ni lo uno ni lo otro: Aceptando las fronteras de mi herencia mixta

Por semanas yo me resistía a comenzar a trabajar en este ensayo. Entonces, de forma sincronizada, encontré dos escritos en Discover Nikkei que me ayudaron a ponerme en marcha. El primero era la excelente reseña de Nancy Matsumoto (del 12 de diciembre de 2012) del último libro del psicólogo nikkei/hapa Stephen Murphy-Shigematsu When Half is Whole: Multiethnic Asian American Identities y el segundo era un ensayo personal (del 3 de enero de 2013) de la escritora culinaria establecida en Los Ángeles, fabricante/proveedora de soba de Common Grains, Sonoko Sakai.

En su reseña, Matsumoto escribe que la obra de toda una vida de Murphy-Shigematsu explora “el complejo tema de la identidad entre los asiáticos de raza mixta… Con sutileza y gran empatía nos conduce a través de lo que él llama “las fronteras”, en donde las identidades transnacionales y multiétnicas son formadas.” ¡Eureka! El simbolismo y la psicología de “las fronteras” – tanto internas como externas - habían sido mi íntima preocupación por años, como poeta, escritora y mujer de ascendencia japonesa mixta.

Yo similarmente me inspiré y sentí una familiaridad con Sakai, a través de su relato de su experiencia como mujer nacida en Nueva York, de padres japoneses y criada en diferentes lugares en el oeste y en el Japón, incluyendo Kamakura, el pueblo natal de mi madre. Eventualmente, Sakai se estableció en Los Ángeles, en donde ella dirige talleres y escribe sobre alimentos como una fuente de constancia, conexión y sustento físico y espiritual. Leer esos dos escritos me ayudó a integrar la trama de mi propia historia y de mi pugna a través de los años para definir mi identidad en el mundo.

Yo, recientemente, me reubiqué en el área de Los Ángeles con mi esposo, después de muchos años de estar en el área de la Bahía de San Francisco, y estoy muy emocionada al descubrir el término “nikkei” y de su comunidad laboriosa, dinámica y diversa. De todas las etiquetas que he usado para describirme a mí misma – medio japonesa, euroasiática, hapa, mestiza - “nikkei” parece encapsular mejor lo que yo soy en esta coyuntura.

Mis padres, Marcel y Shizue, el día de su boda; 27 de febrero de 1960, Kamakura, Japón.

Yo soy la hija de una madre japonesa y de un padre oriundo de Nueva Inglaterra, de ascendencia franco-canadiense e india, Abenaki Missisquoi. Meses después de que nací en Kobe en los años sesenta, mi padre nos llevó a California del Sur y luego a Santa Bárbara, Guam y Tokio. Este habitual desarraigo, combinado con mi crianza en dos culturas, contribuyó a mis sentimientos de alteridad.

En los años sesenta habían pocos niños como yo, incluso en California del Sur, en donde pasé mis primeros nueve años. Cuando era niña, sabía que era diferente de la mayoría de la gente que me rodeaba; sin embargo, no sabía cómo empezar a  incursionar en esa huidiza tierra llamada “encajar”. Aunque “Mari” es un nombre común entre las niñas japonesas, mucha gente en este país ha tenido dificultad para distinguirlo entre una multitud de otros nombres similares – Marie, Mary, Marci, Marty -y mi apellido “L’Esperance”, a pesar de que me ha gustado a medida que he ido creciendo, ¡no me ha ayudado a identificarme como alguien de ascendencia japonesa! No fue hasta que viví en Guam, en donde mi padre enseñaba en la escuela, y luego de pasar un año de secundaria en Tokio, que tuve habitual contacto con otros chicos de raza mixta.

Mi alteridad, me enteré, es un legado de familia. Mi madre, que dejó el Japón como una mujer soltera a sus veintitantos años para trabajar y estudiar inglés en América, contra los deseos de sus padres, no era un patrón de corte japonés tradicional: ambiciosa, abierta, creativa e intelectualmente curiosa; ella se sentía reprimida por las limitadas opciones disponibles para las mujeres en el Japón de la postguerra. Mi padre, un músico y profesor que mi madre conoció en Boston, cuando ambos eran estudiantes, era “otro” en una familia de siete hijos de padres inmigrantes, el único en ir a la universidad o en viajar fuera de los Estados Unidos.

Mi madre, de recia voluntad, socializada en el Japón de la postguerra, era, paradójicamente, también diligente y abnegada. Como muchos de su generación, ella me enseño a leer y a tocar el piano en casa a la edad de tres años y antes de que yo empezara algún estudio formal en uno u otro, nos enseño a mi hermano y a mí a leer y a escribir en japonés, y nos leía en japonés e inglés.

Ahora me maravillo con cómo que mi madre, quien lucho por sí misma, como una solitaria inmigrante en su país adoptivo en donde ella alternadamente era devaluada o tratada como exótica, se las ingenió para hacer estas cosas por nosotros desde su profundo sentido del amor y  el deber. Su fuerza innata, valores culturales, y, sí, alteridad, hicieron posible su posterior carrera como empresaria, en donde ella se mueve con soltura entre diversos grupos de negocios y sociales, exitosamente negociando con múltiples, y a veces conflictivos, conjuntos de intereses y expectativas.

Cuando hicimos ese raro viaje de familia al Japón, mi madre se esmeró en introducirme al tradicional arte y cultura japonés. Entre mis recuerdos favoritos están nuestras visitas a los vastos, coloridos y cacofónicos pisos de comida de Mitsukoshi y Takashimaya, las adoradas tiendas por departamento en Ginza de mi madre. Dondequiera que fuésemos en Japón, podía percibir el amor sin palabras por el país y la cultura que había dejado atrás. Aunque pasarían años hasta que yo pudiese apreciar lo que ella me dio, absorbí lo que ella me ofreció hasta que se convirtió en parte mía. 

Mi padre me ha contado que lo que lo salvó de las limitadas perspectivas de su crianza de la era de la Depresión, provinciana y católica romana conservadora, fue ser reclutado para servir en la Guerra de Corea. Allá, como un joven soldado que vivía lejos de Nueva Inglaterra por primera vez, fue introducido a gran literatura por sus compañeros de cuartel que habían tenido el privilegio de ir a la universidad. Durante su licencia en Japón, mi padre se enamoró de la cultura japonesa y, mucho después, regresó a vivir permanentemente a ese país, en donde permaneció durante los últimos 35 años, ocupando la singular “frontera” del expatriado a largo plazo.

Sin apoyo de su familia, él asistió a la universidad en Boston con el GI Bill (la beca militar) y más tarde completó una maestría en educación musical, eventualmente arriesgándose a seguir su pasión de toda la vida de dirigir música coral, como una vocación a tiempo completo, y compartir su pasión con una comunidad internacional de cantantes y amantes de la música en Tokio por 30 años. Es sorprendente para mí que mi padre, un hombre de origen humilde, fuera a cultivar una vida tan expansiva y creativa, a pesar de muchos reveses iniciales. Su alteridad se convirtió en un recurso.

A mis veintitantos años, viviendo en Los Ángeles después de haber terminado la universidad, comencé a sentir curiosidad sobre el Japón y mi “yo” japonés y me mudé a Tokio en 1985. Allá yo trabajé en empleos tediosos,  pero la visa que ésos me proporcionaban y el dinero que ganaba, me permitieron explorar Tokio, viajar dentro del Japón, y socializar con mis amigos japoneses, quienes, pese a que eran amables conmigo, en su mayor parte me consideraban como gaijin (“forastera”) y periódicamente se preguntaban en voz alta cuándo regresaría a mi país.

Pese a lo mucho que yo aprendí sobre el Japón y valoré lo que aprendí, se hizo evidente para mí que yo nunca sería – nunca podría - ser considerada japonesa, así yo leyera, escribiera y hablara la lengua fluidamente, me casara con un hombre japonés, adoptara un nombre japonés, y viviera allí por el resto de mi vida. Después de más de dos años de esta existencia marginal, sintiéndome sola y a cabos sueltos, regresé a los Estados Unidos. Yo ahora viajo periódicamente cuando puedo al Japón, para visitar a mi familia en Tokio y en Kamakura, aunque no lo suficientemente seguido.

Luego de once años en San Francisco y en la ciudad de Nueva York, me restablecí en el área de la Bahía en 1999, en donde permanecí hasta noviembre. Durante este tiempo, mi contacto principal con la cultura japonesa, aparte de las esporádicas visitas a la familia de mi madre en Japón, fueron mis excursiones individuales al Japantown de San Francisco. Luego de perder a mi madre (en 1995, en circunstancias misteriosas y sin resolver, una experiencia traumática para mí), había algo indescriptiblemente alentador a nivel anímico al pasar el tiempo en Japantown, un pueblo al linde que no era Estados Unidos y no era Japón,  pero en donde yo encontré consuelo – un sentimiento que fue casi de pertenencia- en objetos familiares, imágenes y comida.

Aquí podía conectarme con mi madre y todo el significado que ella y su cultura sostenían para mí. Pocas cosas me hacían más feliz que pasar la tarde a solas, vagando por las desgastadas galerías comerciales y tugurizadas tiendas de J-town. Disfrutaba de un almuerzo japonés de oyakodonburi o tempura soba, curiosear las vitrinas y rondar los pasillos de la librería Kinokuniya, incapaz de leer mucho japonés, pero saboreando la vista de los lomos de los libros cubiertos de “kanji” y las llamativas revistas de cultura pop, las suntuosas fotografías en los libros sobre jardines japoneses, tradicionales granjas, arte, cocina, arreglos florales y mucho más. Ahora pienso que yo intentaba integrar la pérdida de mi madre. Yo no sabía por qué, pero me sentía mejor, más coherente y centrada, luego de esas solitarias tardes.

Lo que por añadidura ha complicado mi sentido de alteridad es que nunca he parecido especialmente asiática y he “pasado por” o he sido confundida con algo más (italiana, nativa americana, española, etc.). Realmente esto no me ha molestado, pero me ha hecho recordar que yo, y mi apariencia ante los demás, habita las “fronteras” de Murphy-Shigematsu, el reino del ni-aquí-ni-allá de una persona mestiza. Por momentos, la gente ha asumido que yo era caucásica y expresaba su sorpresa cuando yo les decía que era mestiza. Correspondientemente, mi apellido francés y mi apariencia no tan asiática me han dejado sintiéndome “otra” dentro de la comunidad literaria asiático americana, en donde una herencia cultural de homogeneidad y xenofobia persiste en algunos círculos.

Una vez en un evento (organizado, irónicamente, para debatir una película sobre el privilegio blanco), alguien compartió con el grupo que pensaba que era significativo sostener nuestra discusión “en una habitación llena de gente blanca”. Fue una experiencia alarmante para mí, una en la que fui forzada a ver mi alteridad con una nueva luz; no importaba en lo más mínimo cuanto me sintiera  japonesa en mi interior porque en ese momento yo no era japonesa en absoluto, ni siquiera un poco, en los ojos de esa persona. A pesar de ser una equivocación inocente, el desliz me afectó y me obligó a revaluar mi sentido de identidad. Si yo pudiera de alguna manera arreglármelas para definirme yo misma a mí misma, razoné, no estaría tan confundida ante las cándidas suposiciones de los demás.

Aquí yace mi enigma: ¿Quién soy? ¿Qué soy? Y, lo más importante, ¿cómo quiero ser reconocida, ante todo, a mí misma? Después de años de cuestionamiento, siento como que finalmente me estoy aproximando a un tipo de claridad y duramente ganada auto aceptación. Es un trabajo en progreso.

Como mucha gente de herencia mixta, he buscado toda mi vida un “hogar”. Mi retorno a California del Sur, después de una larga ausencia, es el último capítulo de una travesía continua y de toda una vida por encontrar mi lugar, internamente y externamente. El descubrir a la comunidad nikkei se ha convertido en parte de este proceso y, mientras continúo explorándola, estoy aprendiendo cómo puedo ser “otra” y a la vez también pertenecer.

© 2013 Mari L’Esperance

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