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En parte asiática, No “hapa”

Mi madre es una japonesa de Osaka; mi padre, un americano de un pueblo pequeño del oeste de Oregon.  Hay una palabra para la gente como yo, usada especialmente en la Costa Oeste y popularizada en años recientes, quizás de manera más notable por el artista Kip Fulbeck:

Hapa.

De la frase hawaiana “hapa haole” (mitad blanco), la palabra “hapa” se ha convertido en una etiqueta que mucha gente multirracial, con alguna herencia asiática, incorpora en sus identidades, sea que la lleve con orgullo o con ambivalencia.

Yo no la uso para nada

No es que yo piense que  “hapa” sea una palabra ofensiva, aunque mis padres se oponían a su uso mientras mis hermanos y yo estábamos creciendo; la razón de ellos es que, literalmente, significaba “mitad”. “Haafu”, el equivalente japonés tiene el mismo significado literal e incluso he escuchado a la gente pasar por alto ambas palabras por completo, yendo directamente a “half”. Como en: “Tu pareces un poco japonés, ¿eres half?” o “¿Por qué trabajas en el Museo Nacional Japonés Americano?...Oh, eres half?”

Aun si estas palabras no tuvieran como objetivo implicar una connotación negativa, el salto de usar “half” para describir los antecedentes raciales de una persona a utilizarlo para describir sus valores es algo  simple de hacer.

He aquí el más embarazoso ejemplo que puedo recordar:  hace dos años, en una clase de japonés, un amigo mío - que resulta ser también mitad japonés y mitad blanco – estaba discutiendo de manera divertida con otra compañera de clase, una chica asiática, cuando ella dijo: “¡Tú eres solo “half”! “¡Ni siquiera eres una persona completa!”

“Half”, “hapa” y “haafu” no fueron palabras que escuché mientras crecía. Yo nací en la zona del Valle de San Gabriel, rodeada de parientes americano– japoneses que ayudaron a mi mamá a establecerse en Los Ángeles en los años 1970s. Un año o algo así después de que nací, nos mudamos a Saint Louis, Missouri, comenzando una cadena de mudanzas que eventualmente nos llevó a seis ciudades – y a mí a siete escuelas – antes de regresar a la zona de Los Ángeles en 2004.

Después, a menos de un año en Saint Louis, nos mudamos nuevamente a un pequeño pueblo a casi tres horas de las afueras de Chicago, llamado East Peoria, en donde pasamos más de seis años.

Mis recuerdos de nuestra vida allí son limitados y mayormente de los de una niñez típica, como la vez en que mi hermano trató de besar a una hormiga y terminó acurrucado con una pelota en el césped, llorando, con la hormiga gorda colgando con sus mandíbulas de su labio. 

Pero yo también recuerdo los hambrientamente anticipados paquetes de mis tíos abuelos que traían de Monterrey Park, llenos de galletas de arroz y los silbatos de caramelo japoneses; comiendo bistec con arroz y salsa de soya; escondiendo mis “oniguiri” debajo de la mesa del comedor de la escuela y comiéndolos de uno en uno a escondidas. En kindergarten, un grupo de niñas acostumbraban jalar sus párpados rasgando los ojos y sacándome las lenguas. Ellas se disculparon cuando descubrieron que yo era medio japonesa. “Pensamos que eras china”, me dijo una de ellas.

Por la época en que nos mudamos de regreso a Los Ángeles, habíamos vivido en Berkeley, San José, en un suburbio de Seattle y en un pueblo llamado Flower Mound, en Dallas – Fort Worth, un área de Texas. Durante ese tiempo, yo iba a  una escuela del centro en el autobús escolar, conocí niños japoneses de Japón por primera vez, traté con un chico de diez años que me explicaba el concepto del “Orgullo Asiático” y me sentí vagamente incómoda cuando conocí a mi primera fan blanca de “anime”, una chica que vino a nuestra clase de Geografía para hablar sobre “cultura japonesa”.

En Texas hice amistad con una chica chino-americana de Manhattan, llamada Katrina. Un día, durante el verano posterior al sétimo grado, ella revisaba conmigo el anuario de nuestra secundaria, explicándome qué chicos eran “auténticos asiáticos” y cuáles no lo eran. (Afortunadamente, ella se aburrió del juego después de que llegáramos a las “Ms”, así es que nunca salió a relucir el tema de mi “asianeidad”.

Quizás eso es parcialmente debido a que - cómo yo luzco étnicamente ambigua - a menudo paso como blanca, pero yo pensé por largo tiempo que la raza era un detalle del que mejor era no pensar. Cuando mi mamá hablaba sobre cómo se sentía fuera de lugar en nuestra blanca, suburbana vecindad en Texas, yo le decía que eso no debería importar, que casi todos mis amigos eran blancos y gente muy simpática. Ellos me aceptaban sin cuestionar, yo decía, y realmente me sentía menos cómoda cerca de Katrina, mi supuesta hermana de minoría con sus camisetas “Poder amarillo” y su martillo sentenciando lo “auténticamente asiático”. Con mis amigos blancos no tuve que ponerme una etiqueta. Pareciera o no blanca, ellos sabían que eso no era la historia completa, y que eso no parecía ser un problema.

El verano en que yo cumplí dieciséis, nos mudamos  de regreso a Los Ángeles. Allí, en una gran escuela pública de South Bay, escuché a la gente llamarse entre sí otras cosas que yo nunca había escuchado antes: hapa, FOB (libre a bordo), whitewashed (blanqueado), rice cracker (galleta de arroz), twinkie….

Mientras que mi escuela secundaria de Texas había sido lo suficientemente homogénea para que los pocos estudiantes de las minorías, en su mayor parte, se mezclaran con todos los demás, mi nueva escuela se encontraba en el otro extremo del espectro.  Mi profesor de inglés acostumbraba decir (repetidamente) que nuestro campus se veía diverso, pero que a la hora del almuerzo se convertía en las Naciones Unidas, cada grupo sentándose con los suyos.

En tal escuela diversa, tú no podías solo ser, tenías que tener una etiqueta. Y algunas veces, tu etiqueta debía tener un calificativo. Tú no podías ser solo asiática, tenías que ser una “asiática blanqueada”.

Solo en la universidad realmente empecé a mirar hacia atrás a través de mis experiencias y pensar qué es lo que significaba todo eso junto. Yo vivo en una familia de la “tercera cultura”. Ésta no está fragmentada en partes japonesas y americanas, es solo una nueva realidad, incorporando ambas. Yo soy americana. Mis mejores amigos en Los Ángeles son persas, guatemaltecos y rusos de segunda generación, y estoy rodeada de japoneses americanos y de japoneses en el trabajo, quienes me hacen sentir bienvenida y en casa. Yo viví en Kioto por un año con mi mejor amigo japonés, el único de nosotros con sangre japonesa, pero no el mejor en el habla japonesa. Me mudé a Vermont por la universidad y durante mi último año viví con tres compañeras de habitación, todas de diferentes lugares. Cuando le hablo a mi mamá, lo hago en japonés e inglés, a mi tío en Japón en japonés. Cuando estoy con mis amigos de secundaria, supuestamente hablo como una chica de California, pero antes que sentirme avergonzada, me gusta saber que me puedo adaptar.

El trasladarme alrededor del país, aunque eso se sentía siempre imposible en esa época, me mantuvo lejos de consolidar una sola manera de verme a mí misma, ya sea como “hapa”, una “JA”, una chica blanca, o cualquier otra.

Al final, yo soy innegablemente americana y orgullosa de mis raíces japonesas, pero estoy feliz de haber escapado de una definición permanente e impuesta. Mis apariencias son flexibles y algunas veces me siento como un camaleón, moviéndome de un grupo a otro, teniendo que tantear si para comer levanto mi taza o la dejo en la mesa.

Durante los últimos cuatro años escribí algunos artículos de investigación sobre identidad multirracial, me introduje en la lectura de los libros de Kip Fulbeck, y el ser capaz de aprender acerca de las perspectivas raciales me ayudó a ganar un mayor sentido de mi misma. Quizás haya un valor similar en identificarse como “hapa” y en explorar  en lo que eso significa.

Pero, yo no puedo remediar el pensar si raza es un “accidente de nacimiento” socialmente construido, mi accidente de ser multirracial, de crecer a lo largo del país como algo parecido a un camaleón étnico y geográfico ha sido muy afortunado.

Yo siempre  me sentí hastiada de la gente que proclama que los individuos multirraciales se encuentran en una posición única para negociar entre diferentes culturas, entre diferentes mundos. No todos nosotros saltamos de los úteros como diplomáticos, debido simplemente a nuestra raza. Todavía, yo me acuerdo de ese día en la clase de japonés cuando la palabra “half” se convirtió en un insulto espetado a mi amigo.  Fue una broma, aunque torpe, y en segundos fue dejada de lado y olvidada apenas nuestro profesor empezó su clase. 

Luego de la clase, mientras nos dirigíamos a la puerta para salir, nuestro profesor, un japonés de la edad de nuestros padres, con una sonrisa amigable, abordó a mi amigo: “Quería decirte que no escuches a cualquiera que te diga que no eres una persona completa”, le dijo, mirándome también a mí. “Mis chicos son como ustedes, y siempre les digo que ellos no son ‘half’; ellos son el doble”.

Es lo mismo que mi papá solía decirme: áspero, pero dulce, y cuanto más pienso sobre ello, de alguna manera es verdad.  Como resultado, me gusta tener una “identidad de frontera”. Me gusta ser alguien que destaca ambos lados y puede jugar a la mosca en la pared, observando a la gente en sus propios ambientes, sorprendiéndola en sus peores momentos, pero también, lo más importante, en sus mejores momentos. Y yo no tengo ningún deseo de erigir nuevas fronteras para mí misma,  reclamando otra - aunque nueva - categoría exclusiva.

Yo no soy “hapa”, yo solo soy.

* Este artículo fue originalmente publicado en Open Salon, el 27 de Julio de 2010.

© 2012 Mia Nakaji Monnier

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