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Crystal City, 70 años después: Recuerdos de guerra - Parte 2

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EL RETORNO AL PERÚ

Una sirena anunció la rendición de Japón. Muchos japoneses se resistieron a creer en la derrota de su país, pero la guerra había acabado y el campo no tenía razón de ser.

¿Qué sería de las vidas de los japoneses procedentes del Perú y sus hijos? El gobierno peruano prohibía su reingreso. Vetados por el mismo Estado que los había expulsado, unos se instalaron en Estados Unidos y otros volvieron a Japón, donde a su paso solo hallaron hambre y devastación.

Los Tochio Villanueva consideraron la posibilidad de emigrar a Japón. El hermano mayor del papá anunció que los recibiría en su tierra natal, Yokohama, pero ellos declinaron. “Mi papá decía ‘nosotros somos seis, cómo le voy a dar esa molestia a mi hermano que está sufriendo allá, ellos no tienen qué comer’”, relata doña Teresa.

Hubo gente –asegura– que volvió a Japón creyendo que había ganado la guerra. Cuando descubrieron la verdad, advirtieron: “No vengan, no hay qué comer, es terrible, era mentira, hemos perdido”.

Aquellas familias que tenían una mamá peruana o los nacionalizados peruanos pudieron retornar al Perú.

Sin embargo, no fue tan sencillo. Los Tochio y los Mishima tuvieron que involucrarse en intrincadas gestiones legales y recién en 1947, a dos años de la conclusión de la guerra –aunque en diferentes viajes– emprendieron la ansiada vuelta al Perú.

Mientras tanto, tenían que ganarse la vida. Gracias al apoyo de un abogado, consiguieron trabajo en una fábrica de alimentos congelados en Nueva Jersey. Las hermanas Teresa y Carmen recuerdan entre risas que a su mamá los operarios norteamericanos la saludaban con un afectuoso “hola Perú”.

Los padres estaban convencidos de que su futuro estaba en el Perú. Ambos habían sido negociantes y querían volver a lo suyo.

Cuando los Tochio Villanueva retornaron a Arequipa, descubrieron que la tienda encargada a la hermana de la mamá había sido mal administrada y estaba plagada de deudas. Vendieron la mercadería y cumplieron con los acreedores. Luego se movilizaron a Lima, donde recibieron el apoyo de la familia Villanueva para reconstruir sus vidas.

Los Mishima ya no tenían tiendas, pero al menos habían logrado conservar su casa. El papá, con el dinero que pudo ahorrar en Nueva Jersey y en sociedad, incursionó en el negocio de la harina de pescado.

Antes de ser deportados, ambas familias eran prósperas. Tras permanecer casi un lustro en EE. UU. pudieron rehacer sus vidas en el Perú, pero sin alcanzar la plenitud de antaño.

A pesar de todo, los papás nunca albergaron amargura ni resentimiento. Tampoco inocularon odio en sus hijos. En sus corazones solo cabía nobleza. Además, el Perú era la tierra que habían elegido para sus descendientes.

Girl scouts en Crystal City. Parada, segunda desde la izquierda, Yuriko Mishima. (Foto: Archivo personal de Yuriko Mishima).


* * *

LOS REENCUENTROS

Compartir una experiencia límite como vivir en un campo de concentración crea poderosos vínculos. Desde 1984, los exdeportados se han reunido 14 veces, la última en Las Vegas.

Un par de veces se han encontrado en el Perú, la primera en 1995 y la segunda en 1999, durante el centenario de la inmigración japonesa a tierras peruanas. Hubo también dos reuniones en Japón (en Okinawa en el 2004 y en Hiroshima en el 2008). El resto ha sido en EE. UU.

El encuentro de 1995 fue especial porque por primera vez muchos japoneses volvieron al Perú tras su deportación, más de medio siglo después. Arribaron una veintena de personas de Japón y unas cincuenta de EE.UU.

Yuriko Mishima escribió unos versos para celebrar el ansiado reencuentro:

Otra vez reunidos.
En mi corazón todavía guardo
Lo que alguna vez compartimos:
penas y alegrías
del campo de concentración.

* * *

LAS INDEMNIZACIONES

Entre 1999 y 2000 los japoneses deportados de América Latina y sus familiares recibieron 5.000 dólares de indemnización y una carta de desagravio firmada por el entonces presidente de EE. UU. Bill Clinton.

En el Perú no todos aceptaron la compensación por considerarla irrisoria por todo el daño sufrido. A los estadounidenses les entregaron 20.000 dólares.

La nisei peruana, Carmen Mochizuki, fue deportada junto con sus padres y hermanos. Al culminar la guerra viajó a Japón, pero varios años después echó raíces en EE. UU. Tras recibir la carta en la que el expresidente Bill Clinton le pedía perdón por la barbarie cometida durante la guerra, viajó a Okinawa para depositarla en el butsudan (altar budista) de sus papás. Se había hecho justicia.

* * *

TESTIMONIO DE LA INJUSTICIA

Donde antiguamente se encontraba el campo de concentración hoy existe un monumento en el que se lee:

Segunda Guerra Mundial
Campo de concentración 1943-1946

Debido a circunstancias fuera de control y como consecuencia de la guerra entre Estados Unidos y Japón, personas de ascendencia japonesa, tanto nativas como ciudadanos americanos, fueron arbitrariamente y sin justificación encarceladas en un campo de concentración en este lugar durante la Segunda Guerra Mundial.

Este monumento está ubicado donde originalmente se encontraba una cabaña para dos familias como un recordatorio para que las injusticias y humillaciones sufridas aquí como resultado de la histeria, el racismo y la discriminación nunca vuelvan a ocurrir.

Noviembre de 1985


* * *

“INMEDIATAMENTE PENSÉ EN MIS PADRES”

Carmen Tochio Villanueva
“Cuando escuché las disculpas, inmediatamente pensé en mis padres. Las disculpas eran más para ellos. Antes ningún presidente lo había hecho. No estuvo bien lo que hicieron, de llevarse a nuestros papás. Bueno, eso es lo que sentí, que se debería haber hecho mucho antes. Si el presidente lo ha hecho, está bien”.


Miyoko Mishima
“Ya era tiempo de que se disculpe un presidente, por todo lo que se había hecho, la injusticia de mandarnos allá. Me pareció muy bien que (el presidente) haya hecho una disculpa”.


Humberto Tochio Villanueva
“Me pareció más que todo una declaración lírica, porque por ser extemporánea me parece que ya no cabía tal disculpa, salvo que hubiera una reparación (económica) por el despojo y el desarraigo del que fuimos motivo, y que causó problemas económicos después de la Segunda Guerra Mundial. No tengo ningún sentimiento, porque como ha pasado tanto tiempo es casi como si no hubiera ocurrido, a estas alturas de la vida… así que esas disculpas del presidente García, como dije, son una cuestión retórica, lírica, porque no hay una compensación, porque fueron ellos (el gobierno peruano de entonces) los que nos han causado perjuicio, y no tanto EE. UU.”.


Teresa Tochio Villanueva
“Nunca nadie lo había hecho y había pasado tanto tiempo. Recién el presidente lo ha dicho, bueno, quizá en agradecimiento porque Japón está invirtiendo mucho en el Perú. Causaron un daño terrible, por qué agarrar a gente inocente, que no tenía nada que ver con la guerra. Estados Unidos dijo ‘me llevo a los japoneses para cuando tenga que hacer un canje’, pero somos seres humanos. Ningún gobierno debe hacer eso.


Yuriko Mishima
“Me emocioné mucho, me salieron lágrimas. Tanto tiempo, el sufrimiento de los padres, tanta gente inocente, por culpa del presidente de ese tiempo, (Manuel) Prado. Nunca ningún presidente había pedido perdón. El presidente García tiene más contacto con los japoneses, con los nikkei, ha viajado a Japón, se dio cuenta del mal hecho, fue una cosa de una crueldad… Me emocioné mucho, muy bien lo que ha hecho el presidente. Después de 70 años, imagínese, 70 años. Nosotros éramos inocentes y nos llevaron”.


* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 58, julio 2011 y adaptado para Discover Nikkei.

© 2011 Asociación Peruano Japonesa; © 2011 Fotos: Asociación Peruano Japonesa / Álvaro Uematsu

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