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El Japón y la obra literaria de José Watanabe - Parte 1

¿Cuán presentes han estado en la obra y en la propia vida del poeta José Watanabe (Laredo 1946 - Lima 2007) la concepción de la muerte, la relación con la imagen paterna, el sentido de pertenencia? El Dr. Marco Martos lo comenta en el siguiente artículo, en el que reproducimos la disertación que ofreciera como parte del ciclo de conferencias por el 110° aniversario de la inmigración japonesa al Perú que se celebró en el 2009.

Considero un privilegio haber conocido a José Watanabe. Algo que la sociedad peruana me regaló porque lo considero una persona excepcional, no solamente un autor excepcional sino una persona excepcional.

Su padre japonés llegó a Laredo y se afincó ahí y se casó con una mujer del lugar y tuvo familia, que son los Watanabe Varas. Y José Watanabe tuvo una posibilidad real de beber de dos culturas porque su padre era una persona cultivada que conocía la tradición artística de Japón, conocía los haikus, conocía las pinturas.

Y él mismo era un escultor de imágenes, era un escultor en madera y hacía santos que se vendían en las iglesias. Inclusive, cuando hubo el conflicto de Occidente con Japón –digo Occidente porque Perú también entró a la guerra– fue terrible para la colonia japonesa porque perdieron sus propiedades y muchos fueron separados de sus hogares y mandados a Estados Unidos.

El señor Watanabe se escapó. Se salvó de eso, ¿por qué? Como ocurrió con otros, por la protección de su familia y de los lugareños. Él vivió a salto de mata varios años: los años de la guerra. Y según me contó José Watanabe, el padre colocaba alguna de sus imágenes en las encrucijadas de los caminos y algunos las interpretaban como apariciones y dejaban algunas monedas que servían para la familia.

Este es el comienzo de la historia de José Watanabe. Después hubo un hecho muy curioso en su vida, en la vida de la familia: el padre ganó la lotería. Y ganar la lotería fue algo muy extraño porque cambió la vida de la familia y se trasladaron a Trujillo y compraron una serie de artefactos extraños para los niños Watanabe, como una licuadora, una refrigeradora. Jamás habían visto una licuadora, una refrigeradora.

Más adelante, la familia, ya muerto el padre, se traslada a Lima y ese es un momento importante en la vida de José. Yo lo conocí en ese momento, cuando él está en tránsito de venir a Lima y yo por una circunstancia casual fui nombrado miembro de un jurado de un concurso de poesía que había en Trujillo –que era muy importante–, que era el Premio de Poeta Joven, que había sido muy importante. El año 1970 ganó José Watanabe junto con el poeta Antonio Cillóniz. Y ese libro, que es el primer libro de José Watanabe se llama Álbum de familia y él dedica ahí un poema a su padre.

Es muy importante en el Perú –y en el Japón también– la relación con el padre. Hay toda una tradición de relación con el padre en la poesía peruana. Está en César Vallejo, por supuesto: en Los Heraldos Negros al final hay un poema muy hermoso dedicado al padre. Jorge Eduardo Eielson tiene un poema hermosísimo dedicado al padre, donde dice: “mi padre era tan alto y encendido que cuando levantaba el rostro para verlo, el sol me caía en la garganta”.

Miren qué hermosura: el niño que mira al padre como un dios familiar. Y Pablo Guevara también ha cantado al padre, que “era un zapatero que trabajaba. Tenía un gran taller. Era parte del orbe. Entre cueros (y sueños) y gritos y zarpazos, él cantaba y cantaba o se ahogaba en la vida. Con Forero y Arteche. Siempre con Forero, siempre con Bazetti y mi padre navegando y el amable licor como un reino sin fin”.

Estos no son solamente poetas de importancia, sino que son poetas –menos Vallejo– conocidos de Watanabe. Y la relación de Watanabe a lo largo de varios de los poemas que están en su obra completa que ha sido editada –desgraciadamente ya no pudo verla– en España, es el tomo de la colección Pretextos.

Él tiene allí un poema que quisiera leer como característico de su poesía y característico de la relación con su padre:

Si vas por la playa donde se vadea el río
verás,
plantadas en el limo,
                 largas varas de eucalipto. Están allí
para los caminantes que van a la otra ribera.
                          Una será tu cayado:
con ella tantearás, sin riesgo, un camino
entre las aguas turbias
                   y las piedras de resbaloso musgo.

Cuida de dejar hundida la vara
               con gratitud
en la otra orilla: otro viene:
acaso mi padre
que en las tierras amarillas busca sandías silvestres,
                acaso yo
que regreso, retrasado y viejo,
                mirando ansioso mi pueblo que tras el río
ondula o se difumina en el vaho solar.
                           Allí,
según costumbre, sembraron mi ombligo
entre la juntura de dos adobes
para que yo tuviera patria.
Deja el cayado clavado en el limo.

“Para que yo tuviera patria”, yo creo que este es el tema que atraviesa la obra de José Watanabe y también la de Augusto Higa: ¿de dónde es un nikkei?, otra vez. Y esa es la pregunta que ustedes van haciéndose y resolviendo toda la vida. Augusto tiene la respuesta. Un nikkei es un peruano que tiene origen japonés. Y eso lo saben estos peruanos, sobre todo en el momento que van a Japón. Y eso lo ha sabido en carne propia Augusto Higa cuando ha ido a Japón y ha trabajado ahí y escribió este libro, que yo quisiera incorporarlo a la biografía literaria y no solamente a la biografía antropológica: Japón no da oportunidad dos veces, de 1994.

Y estas dos personas tan diferentes entre sí –Watanabe y Higa– tienen ese fondo común de estar buscando toda su vida de dónde son, aun cuando la respuesta previa es “son peruanos”. Entonces, aquí viene otro tema que yo quisiera relacionar con los dos. Y es esto, ¿de dónde somos? ¿Qué es lo que hace que uno pertenezca a una nación, a una comunidad? ¿Y qué características tiene esa nación?

Había un historiador francés, Michelet, que se preguntaba cuál es, digamos, el motivo de la pertenencia a una comunidad, cómo se prueba, cuál es. Entonces dice: “algunos piensan que es el territorio, pero no es así. Hay pueblos que no tienen territorio, como por ejemplo durante muchos años el pueblo judío o el pueblo kurdo, que se consideran una comunidad. Bueno, la historia común. Pero hay pueblos que tienen historia en común y no se consideran una comunidad”. Pondría yo el ejemplo en el siglo pasado de los yugoslavos, que no querían seguir juntos y se separaron en medio de una guerra muy cruel.

Es una patria la lengua, que va por encima del territorio, pero no es la única. Y él da la respuesta: según él, es la voluntad de estar juntos en el futuro. Y yo creo que eso vale para todos nosotros, de herencia japonesa o sin ella tenemos la voluntad de estar juntos en el futuro, de hundir nuestras raíces –lo que traemos- con las raíces de otros, que son muy diferentes, en este lugar que llamamos Perú.

Entonces, yo creo que Augusto ha dado con la respuesta. Y yo recuerdo que José, con el que he alternado, pues, muchísimos años, para mí era muy japonés, pero era muy criollo, como decimos; o sea, muy peruano. Casi podríamos decir, en una afirmación que debo a mi amigo Hildebrando Pérez, que los descendientes de japoneses en el Perú tienen un mayor contacto con la comunidad global peruana que cualquiera. Más que un peruano no japonés, vamos a decir, en general. ¿Y a qué lo atribuye Hildebrando Pérez?, a los distintos oficios que en general ejercen los descendientes de japoneses en el Perú. Tienen, como se dice, calle. ¿Conocen esa expresión popular?

Parte 2 >>

* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 47, julio 2010.

© 2010 Asociación Peruano Japonesa y Marco Martos Carrera / Fotos: Asociación Peruano Japonesa

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