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Dos visiones sobre los nisei: Watanabe y Matayoshi

En realidad, se trata de comprender que 110 años de inmigración japonesa al Perú no han transcurrido en vano.  ¿Cuál es el aporte de cuatro generaciones de descendientes de japoneses al país? ¿Cuál es el entronque de ellas con la realidad cambiante de la historia peruana?  Cada generación, los issei, nisei, sansei y yonsei, tienen distintas sensibilidades, y distintas sensaciones de patria, de pertenencia o no al territorio nacional.  Y por otro lado, en la medida que se desenvuelven en contextos históricos diversos, somos aceptados o rechazados por la comunidad de modo diferente.

En otras palabras, nuestro proceso  de identificación con el Perú, transculturación y asimilación cultural se dice en términos académicos, ha variado con el tiempo.  De allí las diferentes reacciones de las generaciones nikkei.  En el presente artículo, sobre la base de dos testimonios, analizo dos maneras de compenetrarse con la realidad social peruana, dos visiones del ser nisei, pertenecientes a dos poetas, José Watanabe y Nicolás Matayoshi.

Ambos publicaron sus testimonios en la revista Puente (1984) y reproducidos después en el libro de Guillermo Thorndike,  Los imperios del sol, 1996. Ambos de la generación niséi y poetas, con una amplia trayectoria en el quehacer intelectual nacional.  Pues bien, el testimonio de José Watanabe lleva por título, “Laredo: donde los japoneses se hallaban”  y el de Nicolás Matayoshi, “Soy factura de un paisaje”.

II.

Ahora bien, ¿qué dice Watanabe en su testimonio?  Lo reseño.  Todos los japoneses que se habían establecido en Laredo (José nació en ese pueblo del norte en 1946) eran propietarios de pequeños negocios o arrendatarios de la hacienda, como los Otake o los Masgo.  Sin embargo este país había empezado para ellos en las tareas de los campos azucareros, donde compartieron las mismas condiciones de explotación que los pequeños lugareños.  Quizá el primer acercamiento fue aprender el uso de la coca para resistir la tarea diaria (doce surcos de caña, de cien metros cada uno, tumbados al machete). No había en Laredo un solo japonés que entonces no haya aprendido a coquear.  Llegaron, incluso, a penetrar en los aspectos mágicos de la coca.

De acuerdo con Watanabe, ¿cómo era la vida cotidiana de los japoneses con los lugareños?  Entonces vinieron los tratos de todos los días.  La relación con las mujeres que fiaban en la tienda, con el obrero pensionista de la fonda, con el niño que lloraba en la peluquería. Habían quedado atrás los primeros galpones que ocuparon recién arribados a la hacienda, donde sus mujeres hacían “alfeñique”.  La gente recordaba que los niños, temerosos de esos rostros nada familiares, nombraban al más audaz para que vaya a comprarlos.  Ahora el pueblo decía: “Aquí lo japoneses se hayan”.  Y este “hallarse” tenía un peso casi ontológico.

En la versión Watanabe, los japoneses y sus hijos, los nisei, estaban compenetrados en una feliz realización con los campesinos azucareros, el paisaje rural, y el trabajo como chacareros o pequeños comerciantes.  Allí se produjo un mestizaje tanto racial como cultural, por encima de los problemas naturales entre peruanos provincianos y los japoneses no menos pueblerinos.  Y su conclusión es coherente.  Se pregunta José: “¿Cuánto quedaba de ellos de japonés? ¿Cuánto quedaba en Tamakawa que en su chichería tocaba la guitarra y  cantaba el malicioso “cómete las papas y déjame el cuy”? ¿En los que se unieron con mestizas? ¿En la gran mayoría que se convirtió y práctico los rituales del catolicismo?   En todo caso no se trata de insinuar que una buena parte de su cultura se había refundido hasta perderse, si no de constatar el hecho de que en la vida diaria lo japonés no tenía la vigencia necesaria como para llevar a sus hijos a un problema de identidad realmente profundo.  Nuestra nacionalidad básica no ha sido determinada por ellos.  Más allá de la raza, lo nisei estamos incluidos en las contradicciones de una nacionalidad peruana en formación.  Obsérvese que Watanabe refiere que en Laredo lo japonés no tenía vigencia, y que la nacionalidad básica del nisei es la peruana, racial y culturalmente somos peruanos.  No hay en los nisei un problema de identidad política profundo.  No hay dudas, no hay vacilaciones.  En un poema,  “El vado” de “La Piedra Alada” (Lima, 2005), José Watanabe habla de la playa de su pueblo donde hay un vado en el río.  Allí plantados en el limo, hay varas de eucaliptos para que los caminantes crucen el río sin riesgo de las aguas turbias.  El poeta dice:  Cuida de dejar hundida la vara/  Con gratitud/  en la otra orilla: otro viene:/  acaso mi padre/  que en las tierras amarillas busca sandías silvestres,/  acaso yo/  que regreso, retrasado y viejo,/  mirando ansioso mi pueblo que tras el río/ ondula o se difumina en el barro solar./ Allí,/ según costumbre, sembraron mi ombligo/  entre la juntura de dos adobes/ para que yo tuviera patria./ Deja el cayado en el limo.

III.

El caso de Nicolás Matayoshi es distinto.  Nacido en Huancayo en 1949, puede decir en su testimonio:  “Mis padres fueron de origen campesino.  De Okinawa él, y de Chancay ella.  Yo nací en la trastienda del negocio que tenían en Huancayo.  Un hecho que ha signado definitivamente mi vida: soy factura de un paisaje al que arribo como un visitante entrometido”.  Subrayo lo que Matayoshi confiesa: arribo al paisaje huanca y a su gente, como un extranjero que no puede introducirse, ni menos consubstanciarse.   A continuación agrega:  “Mi afición a escuchar crecer la yerba me llevó a los campos.  Me escapaba de la escuela para recorrer las calles y chacras; mis ojos se familiarizaron con los rostros y afanes campesinos.  He sido siempre testigo de una cultura que me era extraña y yo mismo, extraña a ella, las costumbre orientales me desencajaban del ambiente”.  Recalco que Nicolás es un simple observador  porque se siente extraño a la cultura huanca, a su gente, al paisaje.  Algo se lo impide.  Y son sus rasgos y sus costumbres japonesas.  Mejor dicho, tiene que enfrentar el embate de la discriminación  racial en una ciudad urbana y grande como la de Huancayo, pero como cualquier ciudad  diferencia, selecciona, separa, distancia a los extranjeros.   Aquí se da una primera marginación.

El testimonio de Matayoshi continúa: “ Ni campesino, para vibrar con la tinya del Santiago, ni citadino para esperar a los Reyes Magos.  Soy hechura de una cultura que jamás llegué a comprender plenamente: una cultura que florece detrás de la cresta de los mares”.  Esa cultura que florece detrás de los mares es el Japón.  Nicolás no la puede comprender, puesto que está lejos, y es absolutamente compleja, como son todas las culturas.  Lo japonés que él vive y revindica es lo que vive en el hogar, lo que está allende de los mares es incomprensible.  Y a su modo concluye: “Alguna vez, ansioso de descubrir los elementos de esa cultura que veía como una fabulosa caja de Pandora, me llevó a buscar a Mizoguchi, a Kenzo Tangue, a “Genji no Monogatari” y encontré que, en síntesis, era un pequeño burgués, totalmente perdido en una mezcla cultural”.  Obsérvese que frente a lo japonés, por las dificultades del idioma, por la lejanía, porque se está viviendo en un hogar huancaíno híbrido, Matayoshi confiesa su total indefensión, no es que sea ajena, ni extraña, simplemente que lo japonés en su casa, en Huancayo o en el Perú no tiene una vigencia plena sino parcial.   Y ese es un segundo frente de lucha.

Recapitulando el caso Matayoshi, se puede explicar en un doble frente.   Ante lo peruano, somos discriminados y  eso nos hace sentir extranjeros.  Ante lo japonés, sentimos la lejanía, la extrañeza, la cual nos llega a cuenta gotas.  Porque en buena cuenta nuestra cultura japonesa del hogar, familiar, es defensiva, tanto para los nisei, sansei, o yonsei.  La cultura japonesa en Japón varía y se acomoda a los cambios históricos, es decir se recrea y consolida, se purifica.  La cultura japonesa de nuestros padres o abuelos en el Perú ha quedado estancada en el pasado, ya no se renueva, por el contrario tiene a perderse, a mezclarse, fundirse.   Pero existe entre los nikkei en general un instinto de conservación cultural y racial, lo que se llama en antropología la resistencia cultural.  Somos partícipes de esa  resistencia.  Por eso es que creo que nuestra mejor manera de ser peruanos es respetando esa tradición japonesa que trajeron nuestros padres o abuelos.  No podemos renegar de lo que aprendimos en el hogar.  Asumamos nuestra peruanidad desde la cultura japonesa a la defensiva, es nuestra mejor opción.

* Este artículo se publica bajo el Convenio Fundación San Marcos para el Desarrollo de la Ciencia y la Cultura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos - Japanese American National Museum, Proyecto Discover Nikkei, 2009- 2010.

© 2009 Augusto Higa Oshiro

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