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Cuando la justicia tarda y no llega: Memorias del abuso

Durante la Segunda Guerra Mundial, los japoneses radicados en el Perú fueron víctimas de abusos. El mayor de ellos, haber sido deportados al campo de concentración de Crystal City, en Estados Unidos. Aquí el testimonio de dos nikkei que estuvieron allí y cuentan su historia.

Entre 1942 y 1945 los gobiernos de Estados Unidos y del Perú trabajaron conjuntamente para enviar a cerca de mil japoneses y niseis radicados en Perú a campos de concentración en territorio estadounidense. Prósperos inmigrantes que pagaban sus impuestos –muchos de ellos casados con mujeres peruanas– fueron recluidos en el campo de concentración de Crystal City en Texas, mientras que en el Perú sus propiedades y negocios pasaban a manos del gobierno.

La razón era simple. Estados Unidos necesitaba prisioneros que pudieran ser intercambiados durante la Segunda Guerra Mundial, y como no podían detener a los nipones que residían legalmente en el propio Estados Unidos, la mirada se fijó en el país latino con mayor índice de inmigrantes japoneses: Perú.

Luego de 66 años dos sobrevivientes cuentan lo que en verdad pasó durante aquella época oscura, vergonzosa y que cambió sus vidas para siempre.

Augusto Kague tenía sólo 8 años cuando su padre fue detenido por la policía. Vivían en Piura, donde su familia tenía un restaurante. Una mañana el pequeño Augusto fue a comprar arroz por pedido de su padre y no lo volvió a ver. Durante tres meses no tuvieron noticias y ninguna autoridad le daba razón. Pensaban lo peor cuando llegó una carta. En ella su padre contaba que fue detenido y llevado a Estados Unidos.

“La carta estaba llena de manchas que no dejaban leer algunas palabras y hasta oraciones completas. Fue censurada. Nosotros le respondimos y durante dos años estuvimos recibiendo sus cartas censuradas. En esos dos años el negocio de mi padre se fue a la quiebra sin él. No había quién lo administre y pronto empezamos a vivir en la miseria. Nos botaron de la casa que alquilábamos porque no pudimos pagar y comenzamos a vagar como gitanos en casas de amigos y familiares.”

La situación era cada vez peor hasta que una oportunidad surgió. Una amiga de su madre, cuyo esposo también había sido enviado a EE. UU. recibió una invitación para ir con sus hijos a vivir al campo de concentración. Ella no quiso ir porque sus hijos ya eran grandes y estaba bien en Perú. Por eso le dio la carta a la señora Kague, para que pueda ir con sus 8 hijos a ver a su esposo.

Y así fue. Solicitaron a la embajada española, que en ese entonces era la intermediaria, viajar a Estados Unidos. A los pocos días partieron en barco desde Talara. El viaje duró 20 días. Los hombres viajaban en la parte de abajo del barco y las mujeres y los niños en la cubierta. Cada semana se les dejaba subir durante 15 ó 20 minutos a los hombres para que caminen y fumen un poco. “Algunos se ponían hasta tres cigarrillos en la boca al mismo tiempo y fumaban”, recuerda Kague.

Cuando llegaron a New Orleans, se les pidió a los recién llegados que se quiten las ropas. El temor a la muerte empezó a rondar en cada uno. Los oficiales estadounidenses empezaron a rociar insecticida y detergentes. “Nos recibieron como si fuéramos animales infectados con algo”, denuncia agitado Kague.

El 7 de diciembre de 1941 Germán Yaki tenía 10 años y paseaba junto a su papá y su mamá por las calles de Lima. De un momento a otro se dieron cuenta de que algo extraño sucedía. La gente se les quedaba mirando. Era coincidencia, cuadra tras cuadra las personas volteaban a verlos, algunos con recelo y otros asustados. Cuando llegaron a casa escucharon por radio que el Japón había atacado la base militar ubicada en Pearl Harbor.

Un par de meses después Germán Yaki jugaba en la calle cuando vio pasar un camión con muchos japoneses en su interior. Uno de ellos le arrojó un papel enrollado. Yaki lo abrió. Estaba escrito en japonés. Se lo llevó a su papá, Sentei Yaki, quien reconoció que era un mensaje de despedida de uno de los detenidos que no había podido hablar con su familia. Sentei cumplió con hacer llegar el mensaje a la familia del detenido. Desde ese día Yaki supo que eso le podía pasar a su papá. Y sí ocurrió.

Fueron a buscarlo a su propia casa. Se lo llevaron detenido sin explicaciones aunque Sentei Yaki ya suponía lo que le esperaba. La esposa le llevó algo de ropa a Sentei y no lo volvieron a ver. Seis meses después, Germán y su madre recibieron una carta en la que se les concedía permiso para ir a vivir al campo de concentración.

La vida en Crystal City

La lista negra en la que se consigna los nombres y direcciones de las personas que debían ser detenidas fue elaborada en conjunto por Estados Unidos y Perú. El gobierno peruano deportó a 1771 japoneses y nikkei a los campos de concentración de Estados Unidos.

La vida en Cristal City carecía de libertad. La zona estaba rodeada de un alambrado que cortaba las posibilidades de salir. “Cada hora había ‘cowboys’ con rifles y caballos que patrullaban la zona”, asegura Yaki.

Crystal City estaba ubicada en Texas y contaba con muchas casas prefabricadas de madera. Eran pequeñas construcciones donde vivan los extranjeros detenidos. Los baños era públicos y cada familia debía turnarse el uso de estos servicios.

En el extremo sur de Crystal City había un hospital y al noroeste un campo de béisbol. Al este estaban las casas prefabricadas. Al sureste se encontraba el jardín de niños donde se enseñaba a hablar en inglés.

Los recluidos trabajaban en el mantenimiento del campo de concentración. Todos ganaban lo mismo: 10 centavos de dólar la hora. Esto daba como resultado una ganancia de menos de un dólar al día.

Dentro de Crystal City se manejaba un tipo de moneda. Con eso las personas comercializaban. Algunas de las monedas llevaban inscrito qué se podía comprar. De esa manera uno no podía elegir.

Una mañana sonó la alarma contra incendios. Los recluidos pensaron que se incendiaba alguna de las casas pero pronto entendieron. En inglés y japonés se comunicaba a través de los parlantes que Japón se había rendido y había perdido la guerra. Algunos recibieron la noticia con alivio pensando en la pronta libertad. Otros se negaron a creer que Japón perdió y calificaron la noticia como una mentira gringa.

Un par de días después se hizo el comunicado oficial de que se acababa la guerra. A partir de ahí se empezó a preguntar a los detenidos a dónde querían ir. Si al Perú o al Japón. La mayoría regresó al Perú y otros decidieron quedarse en Estados Unidos. Nadie quería regresar al país que había perdido la guerra.

El regreso fue lento. Poco a poco. Muchos se quedaron en el campo de concentración hasta un años después de terminada la guerra. Además, aquellos que regresaban al Perú lo hacían por el puerto de Talara, ya que Estados Unidos no quería gastar más dinero llevándolos hasta Lima.

La indemnización que no llega

La reparación económica de parte del gobierno estadounidense no ha sido pareja y mucho menos oportuna. Veinte mil dólares se entregó a cada miembro de las familias que fueron privadas de su libertad. Pero este dinero sólo fue para aquellos que se quedaron en Estados Unidos y no regresaron ni al Japón ni al Perú. A aquellos que sí regresaron solo se les ofreció 5 mil dólares.

“Nosotros reclamamos que se nos repare de la misma forma que a los otros pero no hemos tenido éxito. Lamentablemente no hubo solidaridad y la mayoría de los que regresaron aceptaron ese dinero. Hasta ahora seguimos reclamando pero es difícil porque no tenemos un abogado allá”, cuenta Germán Yaki, quien con77 años empieza a perder las esperanzas de ver algún día ese dinero.

Existe un agravante más al hecho de la diferencia de compensación. Muchas familias que se quedaron en Estados Unidos, luego de ser liberaras fueron asustadas por las propias autoridades diciéndoles que eran ilegales y que serían expulsados. Se les aconsejó salir del país y volver a entrar de manera legal.

“Las familias que siguieron ese consejo fueron engañadas porque al momento de reclamar su indemnización se les dijo que ellos estaban ahí por voluntad propia, que tenían papeles y que no podían reclamar ninguna compensación,” explica Kague.

Ni Yaki ni Kague han recibido indemnización o disculpa alguna. Mientras que los residentes en Estados Unidos, además de la compensación económica, recibieron una carta personal del presidente Bill Clinton pidiendo disculpas por el trato recibido.

Si bien el gobierno estadounidense ha reconocido su error y ha pedido disculpas por secuestrar a los peruano japoneses durante 1942 y 1945, el gobierno peruano aún no se ha pronunciado y mucho menos ha indemnizado a los afectados. Mientras tanto, los años pasan y parecen jugar en contra de aquellas personas que sólo esperan justicia y una disculpa.

 

 

* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 36, agosto 2008.

Text © 2008 Asociación Peruano Japonesa & Daniel Goya Callirgos; Photos © 2008 Asociación Peruano Japonesa

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