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COPANI & KNT (2007)

Chile y la emigración japonesa - Parte 1

Introducción

Japón da paso a la emigración exterior cuando pone fin al ‘sakoku’ de tres siglos, logra acercamiento con otras naciones a través de la firma de Tratados de Amistad y Comercio (con Chile lo hace en 1897) y propicia el ‘dekasegi’ para paliar en parte el agudo drama social que vive el grueso de su población. Miles de familias responden a esta propuesta que bajo la tutela directa del Gobierno, se dispersan por el mundo en busca de fuentes de trabajo que su país no les puede ofrecer. América acoge a la mayoría de estas emigraciones oficiales.

Pero no todos los países abren sus puertas. Entre ellos está Chile. A pesar de esta medida adversa, cierto número de japoneses cruzan sus fronteras como viajeros libres, atraídos por estas regiones casi míticas ubicadas en el otro extremo del mundo. De estos aventureros pasantes algunos detienen su andar y se quedan por un tiempo. Son los que fueron sorprendidos por el conteo de los censos. Así, el Censo Poblacional de 1875, registra a los 2 primeros japoneses asentados en nuestro territorio y una década más tarde, contabiliza a 51 a pesar que Chile ha vivido entre 1879 y 1882 una cruenta guerra contra sus vecinos Perú y Bolivia. Seguramente, el triunfo y el auge salitrero, se hicieron luz de faro para atraer aventureros de todas las razas al territorio. Entre los muchos a algunos japoneses. ¿Quiénes fueron estos últimos?. Hasta el presente siguen siendo una incógnita porque no alcanzaron a echar raíces. Apenas consideraron que los modestos ahorros eran suficientes, volvieron al seno de la familia que esperaba en el terruño original.

Con el correr de los años algunos se van quedando en forma definitiva, inmersos en una realidad oficial que no se percata de sus presencias. Como seres anónimos, deben superar por si mismos la soledad, el desarraigo, el desconocimiento de idioma y de costumbres; mientras rastrean a lo largo del territorio modestas fuentes de trabajo porque son víctimas inocentes de una política gubernamental que se desvive por ubicar al emigrante europeo que por oleadas de cientos y miles, han llegado y siguen llegando oficialmente a Chile para escapar de guerras y miserias. A su favor, sólo tienen un aire de libertad jamás respirado y una población criolla de campos y barriadas que los recibe con amistosa curiosidad.

Pese a todas las dificultades, el censo de 1907 contabiliza la residencia de 209 japoneses dentro de los cuáles están las primeras 5 mujeres. Para 1940 su número se ha elevado a 948. La Guerra del Pacífico (1941/45) se encarga
de romper la ruta migratoria y habrá que esperar la década del 50 para ver a nuevos emigrantes espontáneos que traen otros nombres, otros dramas y hasta otros ‘kami ’. A ellos se sumarán los ‘nikkei’ que honrando a sus padres pioneros, van ganando espacios dentro de la vida de la sociedad chilena.

El rechazo de la inmigración oficial

Por su ubicación y geografía Chile fue una verdadera isla, viviendo un espontáneo ‘sakoku ’ hasta el mismo siglo XIX. Una agreste cordillera lo aísla por el este, por el oeste un enorme mar que nada tiene de pacífico, por el sur virulentas tormentas e hielos eternos y por el norte el desierto más seco del mundo. Hay que esperar la llegada de los conquistadores españoles, a partir de 1536, para que aparezca el mestizaje y la raza chilena en general y al mismo tiempo, se estructure una cultura criolla acorde a los conocimientos y modos de vida propios de España y de Europa en general. Surge así el idioma oficial, la religión, los valores, las costumbres, la visión del mundo, los gustos y las fobias. Entre estas últimas, está el menosprecio por lo autóctono y ancestral y la desconfianza por todo lo que queda más allá de sus parcializados ámbitos culturales.

La emergente clase alta criolla, orgullosa de su heredad sanguínea recién adquirida, se empeña en emular a sus modelos europeos y españoles en particular. Así, con la llegada del siglo XIX y luego de la Guerra de la Independencia (1810-1818), esta clase dominante chilena se hace cargo de la naciente República. Ha terminado el dominio físico de España pero su presencia sigue vigente a través de estos descendientes que sueñan con hacer de Chile un engendro europeo acorde a lo aprehendido durante los tres siglos de su aislado colonialismo.

Con la firma del Tratado de Amistad y Comercio que establece Japón con diversos países de América (con Chile en 1797), el ‘dekasegi’ oficial japonés comienza a hacerse efectivo en este continente. Sin embargo, las reiteradas gestiones que se realizan frente al gobierno chileno para traer emigrantes japoneses, sólo logran una rotunda y persistente repulsa por parte de autoridades, políticos y empresarios que responden mecánicamente a sus legados europeizantes. (Sólo es válida la raza blanca).

A partir de la primera gestión pro inmigración oficial realizada por la “Transoceanic Emigration Company” en 1904, se desata una afiebrada campaña opositora que mantendrá su vigencia y vigor hasta los años 15 a pesar que en 1909 se abre la Legación japonesa con el bien recibido Ministro Eki Hioki. Luego, las manifestaciones xenófogas se encapsulan pero permanecen vigilantes. Reaparecen con fuerza durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) con medidas persecutorias, siembra de mentiras y de odio que felizmente no logran socavar la natural simpatía que la masa popular chilena siente por el extranjero. Algo similar ocurre en 1957 a consecuencia de una concesión ballenera que degenera en gruesos debates al interior de la cámara de Diputados y Senadores y en un gran despliegue periodístico. Finalmente, en 1959/60 (ahora sin escándalo público), se hacen fracasar las gestiones del embajador Rokuzo Yaguchi que intenta traer un centenar de familias campesinas japonesas a las tierras de Aysén y centro del país.

De todos modos, con la llegada de la segunda mitad del siglo XX habían empezado a correr otros vientos. Diversas empresas japonesas vuelven a tener significación dentro de la vida económica del país (de 1954 adelante), la Legación japonesa se reabre, la manufactura japonesa comienza a ser preferenciada y nuevos emigrantes solitarios buscan un lugar para hacer de Chile su segunda Patria.

La realidad enfrentada por los inmigrantes

Llegan al margen de cualquier amparo oficial, solos, utilizando sus propios recursos, desorientados en medio de palabras y costumbres incomprensibles. Provienen de diferentes familias y prefecturas (sólo tres prefecturas no tuvieron emigrantes en Chile), sin contactos entre sí, pisando tierra chilena en distintos momentos y en distintos puntos de la frontera. Dentro de ellos están los hijos de familias relativamente acomodadas de comerciantes, de campesinos con tierras, de militares, de 'samurai' con sus privilegios ya caducados. También algunos marineros que recalaron en sus costas, emigrantes oficiales de países vecinos que al término de sus contratos siguieron a Chile, profesionales expresamente contratados y algo más tarde, un raleado goteo de inmigrantes por llamado ('yobiyose').

La realidad que los recibe es de dulce y agraz. De dulce son los ecos triunfalistas de la Guerra del Pacífico (contra Perú y Bolivia), la benéfica neutralidad chilena durante la Primera Guerra Mundial y el tintinear de monedas que permite el auge salitrero. De agraz serán las sistemáticas oleadas de emigrantes europeos que ocupan las mejores plazas de trabajo bajo condiciones privilegiadas. El salitre sintético que se impone sobre el salitre natural con exportaciones que caen estrepitosamente, apabullando a trabajadores y pueblos nortinos. La inflación que se dispara ante la imprevisión y despilfarro de las políticas gubernamentales. La miseria que tiende a generalizarse con la crisis mundial del 29 y las muchas vicisitudes que trae la Segunda Guerra Mundial cuando Chile se ve forzado a tomar partido por el bando de los Aliados.

Las excepcionales condiciones de vida que se dieron en el primer cuarto de siglo, se pierden de la noche a la mañana. El cobre comienza a ocupar el lugar del salitre pero, serán necesarias seis largas décadas para ver aflorar nuevas oportunidades de resurgimiento efectivo. La lucha por la vida se asocia con sudor y lágrimas.

Por esta realidad, a pesar que nuestros emigrantes procedían de familias que no estaban sumidas en la miseria en Japón, acá -a pesar de su preocupación desmedida por el trabajo- sólo pudieron ubicarse en el tramo inferior o intermedio de la clase media chilena y una escasa minoría alcanzó el tramo superior de esta misma clase.


Dispersión Geográfica y diversidad de fuentes laborales

Los 200 escasos japoneses de la primera década del siglo XX se instalaron por lo menos en 9 localidades a lo largo de 3.000 kilómetros de territorio. Las mayorías sí, se concentraron en el norte salitrero y en la zona central. Para el año 20 su número se había triplicado pero igual siguen dispersos porque ahora los encontramos distribuidos en el doble de localidades. Seguramente esta dispersión sólo puede explicarse porque a) no habían lazos familiares ni propósitos comunes que los unieran, b) las fuentes de trabajo se hacían escasas por la abundante mano de obra europea y la situación reinante que se agrava y c) el paso de los días y meses agudizaban necesidades que exigían prontas respuestas. Estas situaciones los instó a la trashumancia aprovechando la libertad existente y a las excepcionales capacidades del japonés para dignificar todo trabajo. Las distancias perdieron significado. Al término de la década del 30 los poco más de 900 japoneses que llegan a tener permanencia regular en Chile, han ubicado sus residencias en 23 de las 25 provincias que tiene el país y estas residencias siguen teniendo carácter temporal para parte de ellos. De hecho, casi la totalidad de los inmigrantes vivieron en más de un lugar de Chile y ejercieron más de una ocupación.

Sus fuentes laborales tuvieron una notable diversidad. Se han contabilizado casi 40 ocupaciones distintas. El trabajo independiente alcanzó el porcentaje mayor (43%) donde el oficio de peluquero (barbero) tuvo especial preferencia (30%). El comercio dio trabajo al 24%, la condición de empleado a un 15% y el cultivo de la tierra a otro 15%. El 3% restante ejerció dispares ocupaciones. El trabajo independiente tuvo muchos nombres: sombrerero, tintorero, traductor, pastelero, masajista, jardinero, etc.. El comercio fue variado en rubros y niveles y contribuyó notoriamente a la dispersión de nuestros emigrantes a lo largo del territorio. Dentro del quehacer agrario estuvieron los que experimentaron el cultivo del arroz y de otros cereales, los que cultivaron plantas ornamentales y flores en gran escala. También estuvieron los chacareros, los avicultores y apicultores.

Como un antecedente complementario digamos que los japoneses que se ubicaron en la zona minera no se inclinaron por las actividades extractivas sino prefirieron el comercio o la prestación de servicios. Que las actividades pesqueras tuvieron escasos adeptos y que los pocos capitales que llegaron, se destinaron preferentemente, al comercio y a la agricultura.

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© 2008 Ariel Takeda

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Sobre esta serie

Esta es una serie de informes y reportes de la Convención Conjunta de la COPANI (Convención Panamericana Nikkei) y la KNK (Kaigai Nikkeijin Taikai) realizada entre los días 18 al 21 de julio en San Pablo, Brazil.