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Debate sobre Alberto Fujimori: ¿Un Nikkei mesiánico o un presidente corrupto?

El debate entablado, estos últimos meses entre Antonio Zapata1 de Perú y Ariel Takeda2 de Chile sobre el ex presidente peruano de origen japonés, Alberto Fujimori, ha causado sumo interés entre lectores y lectoras de Discover Nikkei. Para Takeda, las sentencias judiciales en contra de Fujimori son muy tempranas y no miden el histórico papel que jugó este personaje nikkei que a su entender reavivó la pacificación y la economía peruana. Para Zapata, Fujimori no es más que un reo común que debe ser juzgado y condenado como tal por los graves crímenes que cometió. Takeda apela a la duda razonable, Zapata a la igualdad a la hora de castigar a la corrupción.

Situación actual de Fujimori

Alberto Fujimori, ex presidente de Perú (1990-2000), desde setiembre de 2007 se encuentra recluido en unas celdas de la policía nacional, especialmente acondicionadas a su investidura, enfrentando los juicios por los cuales fue extraditado de Chile.

El pasado 11 de diciembre de 2007 fue condenado a seis años de prisión por el caso del allanamiento a la casa de la esposa de Vladimiro Montesinos, Trinidad Becerra, y al pago de 400 mil nuevos soles como reparación civil. Montesinos, como todos ya saben, era jefe del Servicio de Inteligencia Nacional y supuestamente su socio en los dos gobiernos. ¿Qué razón poderosa llevó al ex mandatario a ingresar con un falso fiscal a su departamento? Reforzado por decenas de hombres armados, un temeroso Fujimori sustrajo cientos de videocasetes donde se encontrarían las pruebas irrefutables de la corrupción de su gobierno.

A pesar de los fuertes rumores y hasta pruebas fehacientes de delitos cometidos por antiguos gobernantes, esta es la primera vez que la justicia peruana condena a un ex mandatario. Algunos fujimoristas no se cansan de señalar que este es un ensañamiento político, otros más radicales afirman que el fundamento de este ensañamiento es por su origen japonés. Con todo, Alberto Fujimori viene enfrentando en estos momentos lo que son sus dos juicios más graves y difíciles, por la tragedia que acarreó a sus víctimas y a sus familiares y porque se tratan de casos de atentados a los derechos humanos: la matanza de civiles en Barrios Altos y de estudiantes de la Universidad La Cantuta. “¡Soy inocente!”, fue lo primero que se escuchó del ex presidente, e inmediatamente esta frase pasó a formar parte del humor nacional.

Algunas precisiones históricas

Tomando distancia de las respetables opiniones de Antonio Zapata y Ariel Takeda, es necesario hacer algunas aclaraciones históricas y precisar detalles filosóficos. En el artículo de Zapata existe un dato erróneo: en los años 40 el gobierno peruano no congeló los ahorros bancarios de los japoneses peruanos porque sencillamente ninguno, o casi ninguno, frecuentaba estas entidades ya que no confiaba en el sistema financiero (lo cual, justamente, despertaba las sospechas de los gobernantes de turno y de la población peruana), en su lugar es bien sabido que utilizaban el tanomoshi (también conocido como “junta” o “pandero”), instaurado en la década del 10 por Sentei Yagi. Si el afán de Zapata era demostrar la afectación económica ejercida a los japoneses, este dato resulta irrelevante. Lo que más nos dolió -y aún duele- fue el desprecio, la crueldad y la vileza con que maltrataron a inocentes ciudadanos y ciudadanas peruanas que un día despertaron sin patria, sin territorio, sin historia y con el terror a ser deportados a lejanos campos de concentración como burdos y peligrosos delincuentes. Nunca dolió el bolsillo sino el corazón de los inmigrantes y sus descendientes japoneses, el amor propio, por la villanía de consecutivos gobiernos peruanos que hasta el día de hoy no se toman la molestia de pedir disculpas. Lo que dolió –y aún duele-, finalmente, fue la absoluta impunidad con que todos actuaron contra este grupo humano de decenas de miles de personas cuyo único pecado fue tener sangre japonesa en sus venas.

Asimismo, Zapata menciona que las asociaciones de autoayuda fueron alentadas por la embajada de Japón, pero es necesario recalcar que las instituciones peruano-japonesas no seguían a pie juntillas los dictados provenientes de ese lejano país; por el contrario, siempre hubieron asperezas entre okinawenses (cuya región albergaba a la mayoría de japoneses) y la embajada de Japón que consecutivamente intentaba desaparecer a sus asociaciones para evitar el separatismo étnico-regional.

También menciona que Fujimori intentó “sacar provecho personal de su doble identidad étnica y nacional”, como si esto fuera un crimen cuando, a mi entender, debe ser la aspiración de cualquier ser humano. Todo discurso que niega la posibilidad de la hibridez identitaria, ya sea cultural o biológica, es una apología al chauvinismo y conlleva, por ello, un germen de fascismo. Si Zapata está convencido de que Alberto Fujimori es un corrupto, está perfecto de que lo acuse de que, para llevar a cabo su actuación delictiva, usara su doble nacionalidad. Pero resultaría lamentable que cuestionara (intención que no creo que haya tenido) la posibilidad de poseer dobles o triples o múltiples identidades étnicas y nacionales. Estoy convencida de que el reto de la humanidad es el ser todo y uno a la vez, o ser uno con todo lo que históricamente se es. Sacar provecho de la hibridez natural y cultural no es un acto poco ético, sino más bien un gesto de integración sumamente recomendable. Pasarse de un lado a otro solo con fines utilitarios, para evadir la justicia tal como increpa Zapata a Fujimori, sí es una enorme aberración.

¿Nikkei como sinónimo de rectitud, moderación y lealtad?

Coincido con Ariel Takeda en el orgullo de nuestras raíces japonesas, pero no puedo compartir su concepto de moral basada en una lógica étnica. Definitivamente no estoy de acuerdo cuando afirma que basta la sola condición de ser nikkei para obtener automáticamente la presunción de una moral sólida lejana a la maldad. En el caso de Fujimori, así quisiéramos otorgarle un pequeñísimo margen de inocencia, inmediatamente este margen se desbarataría porque él no hizo más que rodearse de corruptos que empleaban chantajes, sobornos, dádivas, nepotismos, autoritarismos, etc., para mantener el control de los habitantes de Perú. Y algo de esa práctica ha de haberle salpicado a él también durante sus largos diez años de gobierno. Imposible hacerse de la vista gorda, y si así hubiera sido, ya estaría en falta por permitir estos desmanes. En la teoría jurídica, la responsabilidad de un delito se adquiere por acción, omisión o comisión. Si bien no podemos afirmar que Fujimori actuó o mandó cometer los delitos, al menos podemos decir que no los impidió o sancionó. Y en eso ya existe una grave responsabilidad.

Arrimar la actuación de Fujimori al Código Bushido de los samurai podría ser todo un insulto para estos emblemáticos guerreros que preferían quitarse la vida antes que ser fugitivos o vagabundos sin honor, gesto en que incurrió el ex presidente saltando de país en país y ofreciendo sus servicios presidenciales a quien buenamente lo recibiera. Menos compararlo con los kamikaze, que sí creían absolutamente en su dios-emperador y tomaban resoluciones mortales. Peor aún, no lo comparemos con nuestros primeros inmigrantes japoneses que piedra negra sobre piedra blanca construyeron una próspera y exitosa comunidad sin corromperse ni corromper a nadie. Lo más saludable es pensar –de la manera serena, comprensiva y equilibrada con que nos enseñaron nuestras y nuestros ancestros- que Alberto Fujimori se engolosinó con el poder y luego quiso sobrevivir, como cualquier ser humano lo hubiera hecho, y huyó, y la larga mano de la justicia lo alcanzó. Ser nikkei no lo hace más culpable, pero tampoco más inocente.

Fujimori no fue ni es un Mesías para el Perú. Es cierto que los gobernantes son fundamentales, pero un país, nación, territorio o grupo humano se salva o se hunde por su propia gente. Toda mentalidad o discurso mesiánico –ya sea de Abimael Guzmán o George W. Bush- es una falta de respeto para con la humanidad. ¡Como si cada cierto tiempo necesitáramos que alguien venga a salvarnos porque no sabemos lo que hacemos!

Mal haríamos en asumir la defensa de Fujimori como una tarea étnica de la comunidad nikkei. Desde que nuestros inmigrantes decidieron instaurarse en los diferentes países del mundo, asumieron respetar sus costumbres culturales, y eso implicaba sus normas y códigos legales. La justicia, por ende, sabemos que debe aplicarse sin apellidos, razas, ideologías, clases sociales, región, etc., y la impunidad debe convertirse en una vergüenza universal.

Finalmente, sobre el caso de Susana Higuchi. Ariel Takeda dice que ella “escogió quedar fuera del hogar”. Gran error, Higuchi no escogió quedar fuera del hogar porque simplemente ella no tuvo posibilidad de elegir y se vio obligada a denunciar los maltratos hacia ella3 . Ella es parte de la nueva generación de mujeres nikkei cuya característica principal consiste en tener mayor conciencia de sus derechos como ciudadana. Ella pertenece a la generación nikkei, de hombres y mujeres, que hoy se atreven a separarse de sus parejas, a divorciarse, a vivir libre y plenamente su opción sexual, a elegir sus parejas, a abortar; es decir, a decidir sobre sus vidas.

Cuando Takeda afirma, con muy buena intención, que para que “un japonés o nikkei desintegre su matrimonio y ponga en peligro a la Familia, tiene que tener imperativos extremos”, ¿lo que quiso decirnos es que acabó con la discreción y el silencio de los hogares nikkei? Pero, ¿quién en la colonia nikkei no ha espectado en su interior casos de violencia doméstica, maltratos físicos y sicológicos, abusos y acosos sexuales? Susana Higuchi, aunque nikkei, es mujer, y sufrió los mismos machismos que sufre cualquier mujer, en este caso de Alberto Fujimori, que se comportó como cualquier machista más. El único pecado de Susana, si es que lo tuvo, fue romper el silencio. Ella solo pidió ayuda a gritos. Escándalo es lo que hicieron los demás con esos gritos. Decir la verdad o ventilar la verdad en público no es un acto de traición étnica o un comportamiento poco japonés, como nos enseñaron desde la infancia. Por el contrario, esta oxigenación de la privacidad es muy saludable porque mejora la calidad de vida de una comunidad y la fortalece como grupo humano. Como dije, la impunidad no debe imperar en ningún espacio ni debe guardar venias a nadie.

Notas:

1. Antonio Zapata Velasco. Alberto Fujimori: una biografía cinematográfica. 26/09/2007. http://www.discovernikkei.org/es/journal/article/2417/

2. Ariel Takeda M. Comentando "Biografia" de A. Fujimori. 30/10/2007. http://www.discovernikkei.org/es/journal/article/2437/

3. Para más amplia información leer mi artículo “Mujeres nikkei: guardianas de la comunidad peruano-japonesa” publicado en www.discovernikkei.org (20/03/2007), donde escribí: “En 1992 la crisis matrimonial del, aquel entonces, Presidente de la República Alberto Fujimori y su esposa Susana Higuchi, sacó por primera vez a la luz pública la rígida jerarquía patriarcal de las familias nikkei y la situación en que viven sus mujeres. Ante la violenta irrupción de la nisei Susana Higuchi, denunciando maltratos físicos y psicológicos por parte de su marido y reclamando sus derechos como cualquier ciudadana peruana, todos los medios de comunicación lanzaron la pregunta: ¿dónde está el modelo de mujer japonesa, sumisa y obediente, que todos guardaban en la memoria? Definitivamente el estereotipo de mujer nikkei varió con el paso de las décadas hasta el punto de reclamar su legitimidad en la sociedad peruana. Higuchi arriesgó el estereotipo de mujer japonesa y se presentó como una peruana más para expresar su voz. Gesto que hasta el día de hoy es repudiado por la gran mayoría de hombres y mujeres de la comunidad nikkei estigmatizándola con palabras como 'desobediente', 'escandalosa', 'impaciente', 'traidora' y hasta 'loca'. Vocablos que cuentan de la conservadora noción de feminidad que aún sobrevive al interior de este grupo humano”.

© 2007 Doris Moromisato

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