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En espera de un delinde: Cuando de exorcizar se trata…

El cultivo de los valores éticos ha sido el soporte sobre el cual se ha desarrollado la comunidad peruano japonesa en sus 108 años de existencia. En ese lapso, valores como respeto, honestidad, responsabilidad, rectitud, solidaridad, confianza y lealtad, entre otros, han marcado la vida de los nikkei desde el mismo día de su nacimiento.

Estos valores se inculcan en el Perú desde la llegada de los primeros inmigrantes que, aún siendo en su mayoría campesinos, traían consigo una cultura milenaria que tuvo en el medioevo su expresión más alta con el Bushido, el código de los samurai que se fundamentaba en los valores éticos y le dio un sello emblemático al Japón. Los inmigrantes lo trajeron al Perú como parte de su pertenencia.

El Bushido fue el resultado “de un desarrollo orgánico de décadas y siglos de carrera militar”1 que fue moldeando el alma de los japoneses y aún hoy forma parte de la estructura moral de los nipones. Si bien los principios éticos son universales, en el Japón alcanzan relieve especial y constituyen los cimentos y la fortaleza de la cultura japonesa.

Sobre esos principios gira todo lo japonés, tanto en la vida de hogar cuanto en los estudios, negocios, deportes, etc., lo que hace que la cultura japonesa haya logrado un sitial especial en el mundo y sea citado como referente obligado de todo aquel que quiere enfatizar sobre el valor de la ética en el desarrollo humano.

Los nikkei, sean estos de segunda, tercera o cuarta generación, han sido educados bajo estos preceptos de suerte que un código de valores éticos de esta característica forma parte indisoluble de su quehacer por lo que lo aplica cotidianamente en su vida.

Con ese blindaje ético es que los nikkei se han superado en todos los campos, logrado sobresalir en todas las actividades en las que han participado.

No es casual, por eso, que en los colegios o en el trabajo, cuando se busca una persona que pudiera asumir la tesorería o que administre algún dinero, el cargo recaiga siempre en un nikkei.
Hay un respeto singular por el nikkei, en quien ven a una persona íntegra, honesta, responsable y laboriosa en quien se puede confiar.

Con esa confianza, el nikkei se fue abriendo paso en un ambiente no solo competitivo, sino a veces hostil, lo que templaba su espíritu y lo impulsaba a enfrentar retos mayores, siempre con el deseo de destacar, de ser el primero, y así superar las adversidades.

De allí que la colectividad peruano japonesa se haya ganado el respeto de la población peruana, salvo el periodo de la II Guerra Mundial cuando la intolerancia, la ignorancia o la simple sumisión dieron paso a la barbarie, a la violación sistemática de sus derechos humanos, donde los inmigrantes japoneses lo perdieron todo pues no sólo fueron víctimas de saqueos sino que además les fueron confiscados sus bienes y congelados sus ahorros, y muchos deportados y encerrados en campos de concentración en los Estados Unidos.

En la década del 60, cuando la II Guerra Mundial era casi un recuerdo y el mundo veía con horror el desarrollo de la Guerra de Vietnam, el gobierno peruano compensó las pérdidas sufridas por los japoneses con la entrega de un terreno donde hoy se levanta el Centro Cultural Peruano Japonés, sede a su vez de la entidad representativa de la comunidad, la Asociación Peruano Japonesa (APJ).

Más tarde, la colectividad peruano japonesa que siempre se caracterizó por tener un perfil bajo y trabajar en silencio, alcanzó sin embargo una resonancia espectacular en la década del 90.

Uno de sus descendientes había logrado el sitial más alto que puede exhibir cualquier comunidad de inmigrantes. No se trataba del logro de una hazaña deportiva o la obtención de un premio nacional, sino nada menos que la Presidencia de la República de la nación que acogió a sus padres, quienes al llegar a estas tierras encontraron un medio desfavorable, en un país diferente, con costumbres diferentes e idioma diferente.

El acontecimiento tenía pues una connotación muy especial.

Siendo un hecho que ocurría por primera vez en la historia del Perú y del mundo, dicha elección acrecentó el prestigio de la colectividad peruano japonesa que del perfil bajo pasó por un buen tiempo a ocupar las primeras planas de todos los periódicos del mundo.

Alberto Fujimori, un ingeniero agrónomo descendiente de inmigrantes de Kumamoto, no sólo fue elegido Jefe de Estado en una oportunidad, sino en tres: en 1990, al vencer al afamado escritor Mario Vargas Llosa; en 1995, derrotando al ex secretario general de las Naciones Unidas, Javier Pérez de Cuellar; y luego en el 2000, al ganarle a Alejandro Toledo, en unas controvertidas elecciones que marcarían además el inicio de su fin en la política peruana.

Gracias a su condición de peruano, pues había nacido en Lima, la capital, un 28 de julio de 1938, en un día que coincide con el aniversario de la independencia del Perú, Fujimori se ganó el afecto de los sectores más desfavorecidos del país que le extendieron un cheque en blanco para que prácticamente gobernara como quisiera y pudiera así arreglar la triste situación en que se encontraba el país en esos momentos.

Fiel al prestigio ganado por la colectividad peruano japonesa, la población peruana confió en uno de sus hijos que se presentaba con el aval que le brindaba la reputación de una comunidad caracterizada por sus sólidos principios morales, donde la honestidad ocupaba el sitial más alto.

Aunque con los resquemores que significaba la incursión en política de uno de sus miembros, habida cuenta de los sucesos ocurridos en el Perú durante la II Guerra Mundial, el grueso de la comunidad peruano japonesa transformó su timidez y sus temores en legítimo orgullo y aplaudió su elección. Si bien en su primera elección hubo un sector de nikkei que manifestó rechazo a su candidatura, una vez elegido presidente mucho de ese rechazo se transformó en colaboración.

En los momentos previos a su elección por tercera vez consecutiva en el año 2000 y luego, apenas iniciado su nuevo mandato, esta misma comunidad vio con asombro cómo se descubrían una serie de actos de corrupción en su gobierno que obligaron al nikkei, convertido en político, a convocar a nuevas elecciones y luego huir del país, refugiándose en el Japón desde donde, vía fax, renunció a la Presidencia de la República, en un hecho que avergonzaría al país en general y a la comunidad peruano japonesa en particular.

Lo triste de este vergonzoso episodio es que Fujimori lo abandonaba todo, sin importarle qué podría pasarle a su entorno más íntimo, como a su anciana madre, en ese entonces viviendo en el Perú como lo había hecho en los últimos 67 años, ni cual sería la suerte de sus hijos que se quedaban en el país. Al “último samurai”, como se le ha llamado últimamente, no le importaba el país ni nadie. Solo él.

Más tarde hizo prevalecer su nacionalidad japonesa, pues había estado inscrito en el koseki familiar, y desde Chile, donde se encuentra con arresto domiciliario y enfrentando un proceso de extradición solicitada por el Perú, y cuya suerte está en manos de la Corte Suprema de Chile, Fujimori aceptó postular al Senado japonés por el Partido Popular del Pueblo, una pequeña agrupación política de la extrema derecha nipona.

Aunque no logró su propósito, pues sufrió una aplastante derrota que sin duda debe haber aplastado también su ego, lo que molestó fue el cinismo y el desparpajo de Fujimori que prometió “dar mi mejor esfuerzo y mi vida por el país de mi padre y mi madre, el Japón y por la tierra de los samurais".

Un sector mayoritario del Perú quedó desconcertado, pues Fujimori había hecho uso de las dos nacionalidades que posee como mejor respondía a sus intereses personales, pues, a tenor de lo sucedido en ese entonces no le interesaba el Perú, ni su familia, ni sus hijos, sino el Japón. Ahora que ha perdido en las elecciones japonesas, ¿acaso se acordará otra vez del Perú?. Si bien no lo dijo, parece que ya lo está pensando, según se desprende de lo expresado por uno de los congresistas peruanos que lo secundan. Sin embargo, surge una pregunta crucial: ¿Se puede usar la nacionalidad como convenga al egoísmo de cualquier persona?

Gran parte de la población peruana, así como de la comunidad peruano japonesa, tiene hoy sentimientos encontrados. Mientras hay nostálgicos que lo aplauden y consideran que su postulación al Senado japonés respondió a un plan preconcebido, digno de un estadista con visión de futuro; hay otros que lo condenan con los más duros epítetos, pues estiman que lo que ha hecho no es más que la demostración palpable de lo que es en esencia Fujimori, que si bien no ha huido como cuando se le complicaron las cosas, esta vez intentó refugiarse en el Parlamento japonés para poder eludir a la justicia peruana si llegara el caso de que prospere la extradición que lo llevaría al banquillo de los acusados en el Perú.

En la actualidad, las instituciones de la colectividad peruano japonesa efectúan una intensa campaña para difundir los valores éticos, tal vez motivados por el caso Fujimori, o quizás para alertar a las nuevas generaciones sobre lo que no se debe hacer para tener una vida digna y honorable.

Entre esos valores se menciona el shoojiki (honestidad, honradez, sinceridad, integridad), que “consiste en procurar actuar siempre con la verdad, manifestar los propios sentimientos con autenticidad y claridad, sin complicaciones que lleven a la falsedad o al engaño”2.

Los más suspicaces se preguntan si en efecto la colectividad peruano japonesa, o mejor dicho, sus dirigentes, ¿están exorcizándose de Fujimori, o acaso tratan de exorcizar sus propios demonios?

Sea lo que fuere, la campaña vale por lo que ella significa, porque de lo que se trata es que las nuevas generaciones no vean en Fujimori u otros malos ejemplos, la senda por la que deben transitar, sino todo lo contrario, y que a ella deben contribuir todos y cada uno de los peruanos, porque se trata de propiciar el bien común en base a los buenos ejemplos. Y definitivamente, Fujimori no lo es.

Porque, ¿puede la comunidad peruano japonesa sentirse cómoda ante la acción de un miembro de la colectividad que llegó a las cima del poder y hoy está en la sima del descrédito y la desconfianza?

El sentir de la inmensa mayoría no deja lugar a dudas. Se siente por lo menos incómoda. Hay que distinguir, al respecto, el sentimiento del grueso de la colectividad peruano japonesa, con aquel otro de algunos dirigentes de las instituciones representativas que, ante el caso Fujimori, se han refugiado en el silencio, tal vez para no comprometerse o quizás para no hacerse visibles en la crítica, no vaya a ser que Fujimori retorne al poder en el 2011, cuando haya nuevamente elecciones en el Perú.

Muchos nikkei en el Perú sienten que Fujimori no sólo los traicionó, y con ellos, traicionó a las grandes mayorías nacionales, sino que les afectó la vida, pues lamentablemente todos los nikkei pueden ser medidos con el mismo rasero con el que se mide a Fujimori.

En una sociedad como la peruana, fragmentada, llena de prejuicios, racista e intolerante, es fácil que la irresponsabilidad exacerbe los ánimos y enfrente a peruanos contra peruanos, como ya ha ocurrido en muchos pasajes de nuestra historia.

En la historia de la inmigración japonesa no son pocas las ocasiones en que el interés personal de unos cuantos lanzó a las turbas a acusar a los japoneses de mil delitos, logrando incubar un odio incomprensible que los llevó a la agresión física, al delito, al abuso.

De allí que la actitud de Fujimori sea vista como algo injustificable, pues lejos de regresar al país y dar las explicaciones del caso a un pueblo esperanzado que confió en él, se refugia en su doble nacionalidad para usarla como mejor le convenga.

La zigzagueante actuación de Fujimori, que para muchos no es más que fruto de una mal entendida habilidad y viveza criolla, no hace más que pintarlo de cuerpo entero y descalificarlo para siempre.

Felizmente, mucha agua ha corrido bajo el puente, y se confía en la madurez del pueblo peruano para que no sucumba ante la tentación de la violencia o la venganza.

Cierto es también que la actuación de Fujimori no tiene por qué comprometer a los nikkei en general. La mala acción de una persona no afecta, ni debe afectar, a la colectividad peruano japonesa y por lo tanto no es aceptable que se pretenda meter a todos en un mismo saco.

Por eso es importante que la colectividad peruano japonesa, a través de su institución representativa, se pronuncie y haga una precisión al respecto, pues la comunidad espera que ella no avale acciones como las emprendidas por Fujimori, aunque al criticarlas estén censurando también a quienes, al interior de esa institución, pudieran haber hecho lo que les venía en gana sin importarles la comunidad ni su prestigio, y en cuya acción hayan actuado como lo hace y se le cuestiona al ex presidente.

Porque, lo que interesa fundamentalmente es rescatar la decencia. Primero es y debe ser la dignidad, los principios y la responsabilidad. Los intereses personales o de grupo, más que esperar, deben desaparecer.

NOTAS:

1. El Bushido, El alma del Japón. Inazo Nitome. José J. de Olañeta, Editor. Barcelona, 2002.

2. Código de Valores Eticos, Kankan, informativo APJ, año 2007, Año XII, Nº 22, pág. 12

 

* Este artículo se publica bajo el Convenio Fundación San Marcos de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos - Japanese American National Museum, Proyecto Discover Nikkei.

© 2007 Alejandro Sakuda

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