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Los gritos de la memoria - Parte 2 de 2

Acerca de la memoria, el silencio y la sordura en la novela de Kenzaburo Oe: El grito silencioso1

>> Parte 1

En la primera parte de este artículo, dedicado a la novela de Kenzaburo Oe: “El Grito silencioso”, indagamos el vínculo de la memoria, el silencio y la sordura2 con la interpretación del espacio personal de los personajes de dicha novela, tratando de entender desde una reflexión metafórica cómo estas cualidades articulan los modos de ser de dichos personajes, encerrándolos en imposibles (sentidos, diálogos, interpretaciones, vínculos sociales, etc.) desde una memoria infectada de sordura o abriéndolos al entendimiento desde la posibilidad de silencio.

En esta segunda parte queremos indagar—para complementar nuestra reflexión—cómo la memoria en la novela no sólo se enfoca en el nivel personal, sino también cómo su carga metafórica alcanza el nivel colectivo. Ahí, la novela nos permite comprender las cualidades activas y pasivas de memoria, silencio y sordura configurándose según dos dimensiones: una basada en la idea de una memoria asumida como cosa jerarquizada que cohesiona indistintamente y otra basada en los procesos de construcción, lo cual nos permite entender cómo se forja dicha memoria y los límites que esta posee en sus dimensiones activas o pasivas.3

De hecho, el título real del libro de Oe contiene un cuerpo de sentidos interesante. Al usar el nombre de un acontecimiento histórico, desde el cual van a partir las luchas de la memoria, la historia de la novela nos permite trascender el plano personal de interpretación. El evento es la rebelión ocurrida en Shikoku en el año primero de Man´nen y que tuvo como protagonistas a los descendientes de Mitsu y Taka.

Fútbol del año 1 de Man'nen

Al regresar a su pueblo, luego de venderle al dueño de los supermercados su antigua casa, los hermanos lo encuentran cambiado. Ha ingresado el mercado en forma de supermercado y han cambiado muchos de los hábitos de sus habitantes (desde el plano de las relaciones cotidianas hasta el plano espiritual). Pero este cambio se da sobre un hecho particular: el dueño de los supermercados es coreano y ex residente del pueblo, y para esto hay que tener en cuenta que la historia de los coreanos en dicha comunidad era ignominiosa: antes habían sido esclavos que vivían en un espacio apartado y pobre. Mas ahora, uno de ellos era casi su dueño y esto lo había logrado poco a poco; primero, haciéndose de las propiedades de sus compatriotas y con el tiempo comprando las principales casas del pueblo para poder colocar su negocio: un supermercado en expansión, el cual dirigía desde la ciudad.

En el momento del retorno de los hermanos, el dueño había dado a los jóvenes la posibilidad de agenciarse un negocio por medio del cuidado y venta de pollos. Pero los jóvenes no tienen conocimiento alguno de pollos o de administración de negocios. Así, terminan por fracasar en los dos aspectos, pues los pollos mueren irremediablemente por la falta de cuidado. En esta coyuntura, Taka logra aprovechar su relacionamiento con el dueño de los supermercados—pues es el principal gestor de la venta de su casa—para ganarse poco a poco la adhesión total de los jóvenes. Al ganárselos, Taka configura por medio de una serie de usos simbólicos y prácticos un liderazgo absoluto. Por ejemplo, usa el fútbol para cohesionar al grupo, creando un equipo sólo formal de jugadores, pues no saben jugar.

Por otro lado, los cohesiona también usando símbolos tradicionales, como el retorno de herramientas de labranza que en el año de la rebelión de Man´nen les fueron quitadas a sus familias y las cuales poseían el nombre de cada una de ellas. O, por último, potencia la cohesión de ellos, organizando desde su memoria la lectura e interpretación de la rebelión, tratando de que los jóvenes se identifiquen con los personajes violentos de dicho acontecimiento. Pero, esta situación está proyectada para reproducir la interpretación que él tiene de la historia de la rebelión del primer año de Man´nen. Es decir, crear una nueva rebelión, pero esta vez contra el dueño de los supermercados, el cual a los ojos de los habitantes del pueblo se ha convertido en la razón de sus males. De hecho, tiene todas las supuestas cualidades para serlo, pues es coreano y los coreanos han sido, además de esclavos, enemigos del pueblo en alguna otra rebelión posterior a la de Man´nen; en ese evento, además, muere el hermano mayor de los Nedokoro en mano de los coreanos.

Taka impulsa a la comunidad a una nueva rebelión, esta vez contra el dueño, usando al grupo de fútbol como sus huestes de imposición. De ese modo, el pueblo se pliega a las acciones de saqueo del supermercado, incentivado por las acciones del grupo y la paulatina confianza que el liderazgo de Taka emite. Así, la sordura de Taka (en cuanto a la interpretación desde su memoria de lo que sucedió antiguamente) se configura como un eje desde el cual se articulan modos sueltos y esencialistas de interpretación de la colectividad, como serían: el nacionalismo exacerbado; la interpretación cerrada de los eventos históricos y presentes, sostenida por los cambios que se suceden debido a la llegada del supermercado o a los eventos de confrontación pasada con los coreanos; las formas jerárquicas de organización, desde las cuales por ejemplo explotan las dimensiones generacionales, pues los jóvenes quieren convertirse en la forma absoluta de cómo el pueblo se debe entender a sí mismo; y, por último, la manera cotidiana de violencia escondida que los habitantes practican.4 En ese sentido, la memoria de la comunidad misma contiene una dimensión de sordura en torno a la historia, la cual termina por complementarse con la sordura surgida desde Taka. Las dos cohesionando de manera absoluta, y dentro de lógicas cerradas de interpretación y comprensión, a los sujetos, convirtiéndolos por último en cosas inertes, sin creatividad, sin personalidad, sin verdadera capacidad para agenciar.

Pero, nuevamente, la derrota: la rebelión fracasa y todos terminan sumergidos en un aura de vergüenza inevitable. La sordura impone su propia cualidad, la de ser hecha sólo para ella misma, una forma vacía y homogénea, sin salida, absurda en sí, pero de un absurdo activo, dominante y excluyente.

Ahora bien, hay que dejar en claro que Oe, al criticar esta dimensión cerrada de la colectividad, la cual mantiene un vínculo cerrado con su tradición o cotidianeidad, no deja tampoco de ser crítico con la intromisión cerrada de la modernidad y el capitalismo, una intromisión impositiva y utilitaria, la cual cosifica la simbólica tradicional y la ahoga. En ese sentido, la sordura desde la modernidad cerrada anquilosa las formas tradicionales, pero cambia las funciones sociales o, por otro lado, transforma las formas tradicionales pero anquilosa las funciones jerárquicas.5 La modernidad que llega al pueblo mantiene las dimensiones de poder que se ejercen dentro de él y somete al mismo de manera externa a su dominio. De hecho, podemos decir que esta externalidad es leída y sentida por los pobladores, no obstante el modo cómo interpretan a la misma sigue infectada por la sordura de su memoria, la cual se retroalimenta desde esta modernidad cerrada y unilateral.

Sin embargo, Oe, deja fluir al silencio, le da ese lugar abarcador que le es propio, un silencio que como nos dice Bachelard le va a permitir integrar la lógica de traicionar ambiguamente a los fantasmas del pasado para poder seguir viviendo.6 Y para interpretar esto y concluir nuestra reflexión, debemos retornar a la imagen metafórica que representa el desentrañar el pasado con el fin de reubicar nuestra interpretación del mundo. Oe cierra el libro con una idea poderosa: lo incompleto late en el fondo de lo personal, tradicional, moderno o histórico, y late especialmente en aquello que supuestamente, y desde ellos, está del todo dicho y tiene una forma ya dada.

La casa de los Nedokoro, representante del último bastión significativo de la historia del pueblo, es destruida por el dueño del supermercado: los fantasmas desenterrados de dicha destrucción son fantasmas de la memoria que permiten traicionar a los fantasmas personales, pero también a los fantasmas colectivos o modernos cuyo medio de encarnación es la sordura. Para esto debemos entender que el sentido de esta metáfora ya no es, entonces, sólo la de ejemplificar la derrota de Mitsu, sino nos muestra que esta derrota personal se funda esencialmente en una derrota general: el silencio de la Historia sobrepasa a Mitsu y envuelve a todos los que lo rodean, los abarca y manifiesta que sus fracasos ya no se pueden entender bajo la luz absoluta del personaje central, sino bajo la luz paradójica de la derrota de dicha luz excluyente.

Tal derrota se ubica en la dimensión del silencio y, por ende, adquiere otro tipo de claridad: en ella, las incapacidades expulsadas desde la sordura, se muestran como posibilidades, como nuevos comienzos, como oportunidad de renovar vínculos o reformular el modo en que miramos y hacemos el mundo, tanto desde el plano personal como en el colectivo. Estas posibilidades no significan que la sordura sea absolutamente derrotada, pues Oe nos muestra cómo sigue instalada en la comunidad, por medio de la modernidad cerrada o la jerarquía tradicional; no obstante, nos permite entender que la sordura no es el único camino de comprender y asumir futuras prácticas organizadas desde la memoria, pues la memoria nace y se mantiene en procesos de construcción permanente, desde los cuales su sentido y su práctica laten constantemente abiertos y en lucha, tanto dentro de dimensiones de sordura a las cuales debemos intentar sobreponernos, como desde campos necesarios de diálogo.7

Kenzaburo Oe, nos entrega una novela cuya carga metafórica lleva a redefinir el modo en que la memoria articula y se articula en el plano social y personal, manifestándonos que la identidad y la praxis social, ya sea nacional, regional, espiritual o individual, se configura en función de una constante reconstrucción de nuestras incapacidades y límites, luego de haberlas entendido como constitutivas, pero no con el fin de poner énfasis en sus lados negativos, sino todo lo contrario, convirtiendo esta negatividad en algo positivo, en una cualidad capaz de abrirnos a nuevos contextos, personas, historias y oportunidades.

Así, Oe en su novela deja al final que el silencio termine por consumir en su llama todos esos muros imposibles de diálogo y práctica, todas esas supuestas determinaciones absolutas y totales, sumergiéndonos en la posibilidad de una danza renovada, la cual, en su movimiento incompleto y perpetuo, mantendrá encendida el fuego de la esperanza…

 

Notas

1. Kenzaburo Oe. El grito silencioso. Traducción de Miguel Wandenbergh. Barcelona: Ed. Sol 90, 2003.

2. Sordura es un neologismo con el cual se quiere establecer una diferencia con la palabra sordera, esta última ligada a una incapacidad biológica por lograr aprehender el sonido físico. La sordura es una condición ontológica-política, cuyo objetivo es describir fenomenológicamente una dimensión de imposibilidad. De ese modo, el sonido que no logra percibirse deber ser entendido como un sonido significativo o vinculado a la práctica social, trascendiendo las dimensiones fisiológicas y ligándose a cualidades de comprensión, interpretación, diálogo y experiencia corporal. Lo que se imposibilita entonces desde la sordura es una dimensión de entendimiento; en dicha dimensión, las ideas, las palabras, las imágenes, hasta las acciones, los acontecimientos y los objetos adquieren un sonido particular que sólo puede ser percibido por aquel oído que Gadamer llama interno. Este oído permite darle al mundo una forma, un fondo, una función; en resumen, un sentido. Pero, un sentido ubicado dentro de un espacio necesario de relaciones que permite redefinir constantemente las redes socio simbólicas que articulan dichas relaciones, desde lo social, en toda su dimensión institucional, estructural, cotidiana, económica, etc., y simbólica, con una reconfiguración constante de distintas dimensiones significativas.
Espero, en un artículo futuro, lograr ampliar esta cualidad: sordura, con todas sus resonancias filosóficas, sociológicas y metafóricas. Dentro de este ensayo hay un pequeño acercamiento interpretativo a dicha cualidad en la sección de Grito y silencio.

3. Pollak Michael. Memoria, olvido y silencio. La producción social de identidades frente a situaciones límites. Buenos Aires: Ed. Margen, 2006.

4. Acá el trabajo de encuadramiento no está solamente ligado a la imposición de la memoria y de sus prácticas significativas y sociales desde el plano oficial al espacio subalterno, como bien dice Pollack, sino que en el espacio subalterno mismo, este encuadramiento puede surgir tan jerarquizador e impositivo como desde el espacio oficial. De ahí nuestra negativa a usar un término como encuadramiento para reflexionar la dimensión de la sordura, la cual transversa cualquier dimensión social de modo pasivo y activo. No obstante, asumimos la idea de Pollack de que existe un trabajo de memoria, y que este es indisociable de la organización social de la vida. Ibid., pp. 29 -31.

5. Cohen, Abner. “Antropología Política: el análisis del simbolismo en las relaciones de poder”. En: La Antropología Política. Barcelona: Ed. Anagrama. 1979.

6. Bachelard Gastón. La intuición del instante. Instante Poético e instante metafísico. México: Ed. FCE. 1987.

7. De hecho, estos diálogos sólo pueden ser sostenidos si es que entendemos que en el plano de las redes socio- simbólicas, las cuales articulan las formas de entender, interpretar y practicar el mundo, el aspecto simbólico del diálogo sólo forma parte de una dimensión que incluye aspectos materiales y organizativos determinados (social): posibilidades políticas, infraestructura, educación, economía, etc. Es decir, el diálogo sólo puede ser diálogo si es que puede contener esta doble dimensión, la cual verdaderamente nos puede dar una superación de la sordura.

 

* Este artículo se publica bajo el Convenio Fundación San Marcos de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos - Japanese American National Museum, Proyecto Discover Nikkei.

© 2008 Mario Zúñiga Lossio