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Michie Hiramuro, Jorge Ito y Ernesto Matsumoto: japoneses-mexicanos que padecieron la guerra en Japón

El día 2 de septiembre del año de 1945 la guerra del Pacífico llegó a su fin de manera oficial. A bordo del acorazado USS Missouri, atracado en la bahía de Tokio, el ministro del exterior del Japón, Mamoru Shigematsu, y el general norteamericano Douglas MacArthur firmaron el Acta de Rendición Incondicional de Japón.

Firma del Acta de Rendición

Los meses anteriores a la rendición y al lanzamiento de las bombas atómicas en el mes de agosto, el pueblo japonés había pagado ya una alta cuota de sufrimiento ante los despiadados bombardeos de la aviación norteamericana que habían dejado en ruinas a más de 60 ciudades y causado la muerte de más de 200 mil personas. El ejército japonés estaba ya derrotado, los países invadidos por la armada imperial ya habían sido recuperados por las fuerzas aliadas. La economía de guerra que había montado el imperio estaba totalmente dislocada: sus industrias destruidas y los recursos y suministros principales que eran traídos del exterior, como el petróleo, ya no llegaban más a Japón debido a que la marina mercante había sido hundida. Aun así, los altos mandos militares y el presidente norteamericano, Harry Truman, decidieron lanzar dos bombas atómicas a las ciudades de Hiroshima y Nagasaki sumando de inmediato otras 200 mil muertes más a las ya registradas.

Los meses y años por venir después de la terrible hecatombe que dejó la guerra serían igual de dolorosos ante la falta de alimentos y bienes esenciales para sobrevivir. Decenas de niños y jóvenes mexicanos, hijos de inmigrantes japoneses que nacieron en México, fueron testigos de estos terribles acontecimientos. Los kiboku nisei (japoneses-mexicanos de segunda generación), como se les denominó, se habían dirigido a Japón para estudiar o visitar a sus familiares. Recupero la historia de tres de ellos que, para nuestra fortuna, aún viven: Michie Hiramuro, Jorge Ito y Ernesto Matsumoto.

Michie Hiramuro nació en la ciudad de Guadalajara. Cuando apenas era una bebé de un año, Michie junto con su madre y sus dos hermanos mayores se trasladaron a Hiroshima en 1941, donde habían nacido sus padres. Toraichi, el padre de Michie, era uno de los inmigrantes pioneros que llegó primero a trabajar en Perú y en el año de 1912 se trasladó a México en busca de mejores condiciones de vida y de trabajo, donde laboró en la empresa norteamericana de ferrocarriles Souther Pacific hasta años después del fin de la guerra. Los ingresos económicos de Hiramuro le permitieron enviar a su familia a Hiroshima donde la guerra los atrapó y los separó durante 10 años hasta que pudieron regresar a Guadalajara.

Michie en brazos de su madre. Al lado, sus dos hermanos a las afueras del Palacio Imperial (colección familia Hiramuro)

La familia Hiramuro fue testigo del lanzamiento de la bomba atómica y por fortuna logró sobrevivir debido a que no vivían cerca del epicentro de la explosión. En la mañana del 6 de agosto de 1945, Michie se encontraba con su madre en la asamblea de vecinos, tonarigumi, que rutinariamente se reunía para organizar la distribución de alimentos y apoyar los esfuerzos que la guerra les demandaba. Al estallar la bomba, Michie sólo recuerda el destello de una luz tan intensa que la cegó por un momento y la enorme fuerza que las lanzó al suelo. Después del estruendo y de la caída de objetos, un manto de oscuridad cubrió todo el espacio. Durante la noche, ella y su madre tuvieron que dormir en un sembradío de ajonjolí que se ubicaba al lado de su hogar pues la casa además de estar dañada se había ladeado. La noche llegó y la única luz que alumbraba era la que provenía de las llamas en las que la ciudad había quedado. La preocupación de su madre se concentró en saber el paradero de su hija mayor, Clara, que estudiaba pero que apoyaba con su trabajo en una fábrica y no regresó a dormir. Su hermano mayor, Fernando, estudiaba el último grado de la escuela primaria y por instrucciones del gobierno todos los estudiantes mayores se habían trasladado al campo con el propósito de protegerlos de los bombardeos. 

Al día siguiente Clara y Fernando regresaron y junto con los vecinos lograron enderezar la casa, recoger los escombros y reparar lo mejor posible el techo de la construcción que tenía múltiples perforaciones. Las semanas y los meses que siguieron fueron de mayores carencias de las que ya habían enfrentado durante la guerra. La familia no recibía ayuda alguna de Toraichi desde el inicio de la guerra pues rotas las relaciones diplomáticas y de todo tipo con México apenas recibía algunas cartas. Durante todo el año de 1946 la hambruna se presentó de manera muy severa, la producción de alimentos era insuficiente y la inflación había llegado a límites tales que nadie aceptaba dinero por lo que las transacciones comerciales se realizaban mediante trueque. La madre de Michie se había llevado de México una máquina de coser con la que remendaba la ropa de la gente que le pagaba su trabajo con algún bien que sería a su vez cambiado por alimentos que campesinos vendían a las afueras de la ciudad de Hiroshima. A inicios de 1946 finalmente pudo llegar una carta de Toraichi con alimentos y productos que las autoridades norteamericanas de ocupación permitieron introducir a partir de ese entonces para ayudar a paliar la miseria tan severa.

En ese año, Toraichi inició los trámites para que su esposa y sus tres hijos pudieran regresar a México. El gobierno de ocupación era el que debía de autorizar su salida pero además el gobierno mexicano no tenía sede diplomática por lo que fue la embajada de Suecia, encargada de los asuntos de México en Japón, la que les expidió sus pasaportes en 1950.

Jorge Ito nació en la ciudad de México en el año de 1925. Su padre trabajaba en el consulado japonés y aunque esto le obligaba a viajar constantemente, Jorge estudió toda la primaria y el primer grado de sus estudios secundarios en México hasta que en el año de 1937 su familia se mudó a Japón.

Durante la guerra Jorge inició sus estudios de ingeniería en la Universidad de Meiji. En la medida que el conflicto fue escalando y el resultado era desfavorable para Japón, el gobierno japonés fue incorporando masivamente a toda la población en el sostenimiento de la guerra. Los estudiantes no estuvieron por tanto exentos de apoyar actividades productivas como de realizar y participar en las actividades militares de defensa del territorio japonés.

La etapa más intensa de incorporación de toda la población se presentó en los años de 1944 y 1945 en el momento en que los bombarderos norteamericanos atacaron de manera masiva los centros industriales, puertos, ferrocarriles y en general toda la infraestructura que sostenía la guerra. Con el propósito de desmoralizar a la población, los bombarderos dejaron de ser estratégicos; es decir sólo destruir instalaciones militares y económicas que servían para sostener la guerra, y se dirigieron sobre la población civil y las grandes ciudades.

Jorge Ito radicaba en Tokio y para marzo de 1945 la capital recibió el ataque más intenso registrado a lo largo de toda la guerra mundial. La fuerza aérea norteamericana lanzó, además de bombas de destrucción, bombas incendiarias de napalm que quemaran las construcciones japonesas que en su mayoría eran de madera. La ciudad quedó hecha cenizas con cerca de cien mil muertos.

Barrio de Tokio después del bombardeo de marzo de 1945

Como estudiante, Ito participó activamente en las labores de vigilancia y de construcción de refugios subterráneos en Tokio. En un principio los estudiantes eran los encargados de resguardar sus propios centros de estudio durante las noches, asegurándose de que estuvieran aprovisionados de grandes cantidades de agua y arena en caso de registrarse incendios.

En la medida en que los alimentos empezaron a escasear, el gobierno repartía a los estudiantes boletos para que comieran en restaurantes especiales. Los racionamientos empezaron a ser tan severos que Jorge guardaba los boletos de las tres comidas para realizar una sola de ellas y sentirse satisfecho al menos una vez a lo largo del día.

Al terminar la guerra Jorge Ito logró regresar a México en 1947 gracias a la ayuda económica de un capellán del ejército de ocupación norteamericano. El contacto con ese oficial facilitó que se le extendiera la visa norteamericana para viajar en barco a San Francisco y posteriormente trasladarse en tren hasta la ciudad de México. A sus 95 años de edad sigue formando generaciones de niños y jóvenes que practican el deporte del judo.

Ernesto Matsumoto nació en la ciudad de México en el año de 1923. Su abuelo Tatsugoro había llegado a México a fines del siglo XIX y gracias a su profesión de uekishi (arquitecto paisajista) cautivó a la sociedad con sus arreglos de flores y jardines y fue contratado por el gobierno del presidente Porfirio Díaz para que se hiciera cargo de los arreglos florales de la residencia presidencial, entonces en el Castillo de Chapultepec, así como del bosque adjunto. Desde ese entonces Tatsugoro, junto con su hijo Sanshiro, crearon una gran empresa de arreglos florales e invernaderos que embellecieron la ciudad.

Cuando el pequeño Ernesto cumplió los 10 años de edad fue enviado por su padre para que aprendiera el idioma japonés y se educara en ese país con el propósito de atender los negocios de la familia. Al iniciar la guerra del Pacífico en 1941, el joven Ernesto ingresó a la Universidad de Agricultura de Tokio donde se especializó en ganadería. En 1943, ante la necesidad del ejército de contar con más soldados, el gobierno canceló la prórroga que permitía que los estudiantes universitarios no realizaran su servicio militar. Ernesto ingresó a la Escuela Naval en Ryojun (Puerto Arturo) donde se graduó como oficial naval. Posteriormente en el año de 1944 fue enviado a la escuela de Tateyama donde se especializó en el manejo de artillería antiaérea.

Ernesto Matsumoto es despedido por su familia al partir a la Escuela Naval (colección de la familia Matsumoto)

Ante el constante acoso de la aviación norteamericana que ya tenía cielo abierto para bombardear cualquier ciudad, Matsumoto fue enviado a la isla de Hachijo, ubicada a 280 kilómetros de la bahía de Tokio, como parte del escudo antiaéreo para defender la capital de una futura invasión. El alcance que tenía la artillería japonesa era incapaz de alcanzar la altura a la que volaban los enormes bombarderos B-29 por lo que en realidad la unidad naval sólo vio pasar las oleadas de bombarderos que destruyeron la capital.

A pesar de la rendición de Japón en el mes de agosto, fue hasta octubre cuando las autoridades militares norteamericanas tomaron posesión de la isla de Hachijo, disolvieron y desarmaron las unidades militares y en el mes de noviembre Ernesto regresó a Tokio para reintegrarse a sus estudios universitarios.

En el año de 1947, gracias a las relaciones que la familia Matsumoto mantenía con autoridades mexicanas, la cancillería mexicana apresuró la repatriación de Ernesto quien arribó al aeropuerto de la ciudad de México en el mes de junio. A sus 97 años de edad, Don Ernesto posee una memoria maravillosa para seguir ilustrándonos con sus conocimientos sobre esta etapa de nuestra historia.

Al retornar al país Michie, Jorge y Ernesto formaron sus familias y no han dejado de trabajar sin descansar hasta estos días. No sólo sus hijos y nietos deben de estar orgullosos por lo que nos han legado y por lo que han contribuido al país que los vio nacer.

 

© 2020 Sergio Hernández Galindo

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