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Gracias a la vida

Portada del libro Gracias, muchas gracias.

Cuando en 2013 cumplió 72 años, Samuel Matsuda Nishimura publicó un libro titulado Gracias, muchas gracias. Era una obra de carácter autobiográfico en la que recordaba su infancia, a sus padres y hermanos, hablaba de su esposa e hijos, y que matizaba con chistes.

El título no era gratuito. Si hubiera que traducir el libro en un gesto, sería como un oceánico abrazo de gratitud: a la familia, los amigos, Dios, la vida…

Don Samuel se considera un hombre afortunado por el cariño que lo rodea y que lo ha acompañado toda su vida, desde que nació en la trastienda de la encomendería de sus padres, una pareja de inmigrantes okinawenses, en el modesto barrio de Santoyo.

El dinero no sobraba en su hogar, pero tuvo una infancia feliz y tranquila. En Santoyo había muchas familias que procedían del mismo pueblo okinawense que su papá. Y como él, poseían encomenderías. Pese a que en teoría eran competencia, don Samuel recuerda que si a uno le faltaba sal o azúcar, se los pedía a un paisano. “Eso fue lo que aprendimos desde chicos: a vivir en comunidad y solidaridad”, dice.

Los Matsuda también tuvieron suerte con sus vecinos peruanos. El 13 de mayo de 1940, cuando masas enardecidas saquearon las tiendas de los inmigrantes japoneses en Lima, una familia peruana los protegió e impidió el pillaje. La relación era tan estrecha que tres hermanas de la familia vecina fueron madrinas de don Samuel y sus dos hermanos mayores.

A diferencia de otros niños nisei de la posguerra, él no sufrió discriminación. En Santoyo y en el barrio del distrito de La Victoria al que después se mudaron, donde sus papás tenían un pequeño cafetín (un negocio típico de las familias japonesas), siempre se llevaron bien con los vecinos.

Los nisei tenían buena fama como estudiantes. Él no fue la excepción. En la Gran Unidad Escolar Melitón Carvajal, donde estudió la secundaria, otro nisei y él se alternaron año a año en el primer y segundo puesto de la promoción. La imagen positiva de los hijos de japoneses se hacía patente cuando se les proponía para ocupar cargos de responsabilidad, sobre todo en el manejo de dinero. “El chino, el chino tesorero”, se decía en aquellos tiempos.

El fútbol fue para él un poderoso instrumento de integración social. Pelotero desde niño, hizo amigos en el barrio en tiempos en que jugar con un balón resultaba un lujo y a veces no había más remedio que usar una pelota hecha con medias.

Su pasión por el juego le acarreó unas zurras que hasta hoy evoca entre risas. Un día no había pelota con la que jugar y él se ofreció a hacer una… con las medias nuevas de su hermana. “Pucha, que me correteó y me molió a cocachos”, recuerda. Otro día, rompió unos zapatos de colegio recién comprados por su papá jugando fútbol. El partido se suspendió cuando su padre se enteró y comenzó a perseguir a correazos al hijo travieso, mientras el barrio asistía al surrealista espectáculo.

Con su hija Angélica durante el festejo de su cumpleaños (foto: Perú Shimpo)


“NO HAGA COSA MARA”

Un recuerdo común en todos los nisei es el arduo trabajo de sus padres. El negocio de los Matsuda abría siempre, incluyendo sábados y domingos, y en todo el año solo cerraba un día: el 1 de mayo. Sin embargo, eso no significaba que dejaran de trabajar, pues ese día realizaban una exhaustiva limpieza del local (paredes, mesas, sillas, piso, etc.). En otras palabras, no descansaban nunca.

Su mamá y su hermana atendían al público, mientras que su papá se encargaba de las compras. Su hermano y él estudiaban los días de semana y los sábados y domingos ayudaban en la tienda.

Como en la mayoría de hogares japoneses, no existían los regalos y en las Navidades se trabajaba más porque la clientela aumentaba. El bien más preciado, el mejor juguete para don Samuel, fue siempre la pelota de fútbol.

Sus padres no eran de sentar a sus hijos para llenarles las cabezas de palabras aleccionadoras sobre la vida. Había que trabajar mucho y, además, se predicaba con el ejemplo. “Lo único que decían: ‘No haga cosa mara, no haga cosa mara’. Ahí estaba todo”, recuerda.

Eran tiempos de tanamoshi y la palabra como única garantía de pago, sin papeles firmados. “Se podía dejar de comer, pero no fallar en el tanomoshi. Era sagrado”, dice. Recuerda el caso de un japonés que no pudo honrar sus deudas por el descalabro de su negocio. Se fue a la selva peruana, trabajó cuatro o cinco años y retornó a Lima, donde visitó casa por casa a sus acreedores para saldar sus deudas con intereses (como si fuera poco, llevó también omiyage).


CUANDO EL TIEMPO PONE LAS COSAS EN SU SITIO

Celebrando su cumpleaños en el local de la Asociación Okinawense del Perú (foto: Perú Shimpo).

Samuel Matsuda no puede hablar uchinaguchi, pero lo entiende porque sus padres le hablaban una mezcla de lengua okinawense y español. La mayoría de inmigrantes okinawenses no hablaba japonés, recuerda, y había diferencias entre ellos y los inmigrantes del resto de Japón, que los miraban con cierto sentimiento de superioridad. Sin embargo, esa distancia, notoria entre los issei, no se trasladó a sus hijos nisei.

“Más que lo japonés, tengo arraigado lo uchinanchu”, dice.  Ha visitado cuatro veces Okinawa, donde durante la preguerra nacieron dos hijos que sus padres tuvieron antes de migrar al Perú.

Aunque sus papás se llevaban bien con sus vecinos y clientes peruanos, había una distancia, al principio infranqueable, que establecían entre los “nihonjin” y los “dojin”, un término de uso común en la colonia japonesa de aquella época que se empleaba para referirse a los peruanos.

Por eso, el hogar de los Matsuda sufrió un remezón cuando los padres se enteraron de que su hija de 16 años tenía un enamorado sin ancestros japoneses. La pareja realizó un trabajo paciente e indesmayable para conquistar a los padres. Lo lograron y se casaron, pero la presión social, el qué dirán dentro de la familia y la comunidad japonesa eran tan fuertes (“¿cómo puede casarse con dojin?”) que los papás no asistieron al matrimonio, pese a estar de acuerdo con él. Eso sí, alentaron a sus hijos (don Samuel y su hermano) para que participaran en la ceremonia.

Don Samuel resalta que su cuñado se ganó el corazón de su familia. Casi 70 años después, la pareja aún sigue junta. El tiempo le dio la razón al amor y derrotó a los prejuicios.


HUMOR A PRUEBA DE TODO

Durante la presentación de su libro Rehenes en la sartén, en el que narra su experiencia como rehén (foto: Perú Shimpo)

Traumatizados por las experiencias sufridas durante la guerra (saqueos, deportaciones, cierre de colegios e instituciones, etc.), los issei no querían que sus hijos incursionaran en política. Cuando don Samuel, como integrante de un grupo de jóvenes universitarios nisei llamado Generación 64, participó en la organización de un fórum de candidatos a la presidencia del Perú en 1962, su padre se lo reprochó: “No, política no”. “Ya está cambiando la época”, le respondió.

El evento concitó la atención de los partidos políticos que rivalizaron en las elecciones, atraídos por los “cien mil votos” de la colonia, y de los medios nacionales. Sin embargo, pocos nisei asistieron. La política era aún un tema tabú.

Fue como político, mucho tiempo después, que Samuel Matsuda vivió una experiencia extrema. Siendo congresista de la República, asistió el 17 de diciembre de 1996 a una recepción ofrecida por el embajador de Japón en el Perú en su residencia con motivo del natalicio del emperador Akihito. No salió hasta 126 días después, el 22 de abril de 1997, durante los cuales fue uno de los 72 rehenes de un grupo terrorista.

Experiencias tan duras como aquella pueden transformar a una persona, constituir un punto de quiebre en su vida. En el caso de don Samuel, que también trabajó como analista en la embajada de Japón y fue director del diario Perú Shimpo, no fue así. Más lo sufrió por su familia. “Fue un bache de cuatro meses y pico. Lo que más sentí fue el sufrimiento que acarreó a mi familia. En realidad, creo que la familia sufre más, porque no saben qué le está ocurriendo a uno. Se imaginan miles de cosas”.

La familia siempre ha sido lo más importante de su vida. Cuando dice que tuvo una infancia feliz, no se refiere a las comodidades materiales (que no tuvo). Su recuerdo más feliz de la niñez no es un cumpleaños, un juguete, un logro académico o deportivo en el colegio, sino una sensación: “Siempre me sentía seguro y protegido”.

Además de sus padres, tenía a sus hermanos mayores. “Mi hermano se trompeaba por mí. Mi hermana era como mi segunda mamá”, dice. “Es lo bueno de ser parte de una familia muy unida, muy solidaria, donde se respira cariño, amor”.

Formado en una familia así, cuando se hizo adulto volcó todo eso en la familia que construyó (su esposa Angélica y sus hijos Samuel y Angélica).

De dos cosas dice sentirse orgullo. La primera, “de la familia que tuve y de la familia que conformé”. Y la segunda, de “que nadie me pueda señalar, ni señalar a los míos, por algo indebido”.

“Es la suerte que he tenido yo en mi vida. El único bache ha sido esto de los rehenes. Después, todo ha sido una pista bien asfaltada”.

Ha sido una pista bien asfaltada no porque la vida se la haya puesto en bandeja, sino por la actitud positiva con la que enfrenta las cosas, su bonhomía y su proverbial sentido del humor, que emerge aún en las circunstancias más difíciles.

Hace nueve años derrotó a un cáncer. Tras una cirugía de ocho horas y media, despertó una vez diluido el efecto de la anestesia. Lo que ocurrió a continuación es narrado en Gracias, muchas gracias: “Escuché un susurro: ‘Don Samuel, ¿me escucha, está despierto?’. Entreabrí a duras penas los ojos, vi la silueta difusa de un rostro y pregunté: ‘¿Quién habla, San Pedro o Satanás?’. Me contestó riéndose: ‘Soy el doctor Tito Li’. Era uno de los cinco médicos que estuvieron en la sala de operaciones. Cerré los ojos y me dije: ‘¡Carajo, estoy vivo!”.

 

© 2018 Enrique Higa

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