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Mi papá de bodeguero a vendedor de camisas

Mi papá en la bodega.

Para contar esta historia, me tengo que remontar a cuando vinieron mis abuelos de Japón, específicamente de Okinawa, como la mayoría, vinieron a trabajar en la agricultura, tuvieron sus hijos, uno de ellos mi padre, que, como sus hermanos, de una u otra manera trabajaron en el campo, en la Hacienda Jesús del Valle, en Huaral, una provincia de la ciudad de Lima; los azares que tiene la vida, mi papá cuando era joven, era vecino con mi suegra en el campo y años después se volvieron a encontrar cuando me iba a casar con la que hoy es mi esposa.

Cuando mi papá, que se llamaba Manuel, se fue a Lima para trabajar en una ferretería de un paisano, muy cerca del Mercado Central. Lo hizo durante varios años, de igual forma mi tío, para juntar dinero, mientras tanto de vez en cuando regresaban a la chacra. Allá también trabajaban duro mis abuelos y mis tías, hasta que decidieron con toda la familia, y de acuerdo a sus posibilidades, trasladarse a Lima, buscando un mejor futuro familiar.

El trabajo en el campo era muy duro, poco pagado, pero en esos años había muy pocas posibilidades, buscaron formar un negocio, una bodega, se dirigieron a los Barrios Altos, en un distrito populoso de Lima, donde alrededor había familias nikkei, que incluso te ayudaban, entre los paisanos había mucha cooperación, una de ellas era los tanomoshi, las llamadas ‘juntas’. Estas servían para financiar algunos negocios, para ayudarse entre sí, se juntaban un grupo de personas que aportaban una cuota de dinero, reuniéndose mensualmente, según la cantidad de personas era el monto a recibir cada mes (con el tiempo se hicieron con intereses).

Se ubicaron en una esquina, cerca de la Quinta Carbone, en el Barrio del Chirimoyo (antes era una huerta donde se sembraba chirimoya), un lugar de techos altos, de madera, las paredes de material de quincha (hecha de cañas y barro), como todas las construcciones de ese tiempo. Dos portones grandes de madera, una en cada calle, ventanas altas de madera con rejas con motivos coloniales, dentro un mostrador de madera en forma de L, también alto en comparación con los de ahora. Detrás había unos estantes pegados a la pared que llegaban hasta el techo, donde estaban toda clase de botellas, las que tenían licores caros estaban con candado, pero las otras libres, recuerdo que en uno de los terremotos, se cayeron bastantes botellas.

A un costado había una puerta, tras ella había un salón que tenía unas mesas redondas, creo de mármol, porque eran muy pesadas, con sillas de madera que era para las personas que tomaban licor. Se vendía de todo: jabones, detergentes, colonias, galletas, pasteles, bizcochos, dulces, golosinas, gaseosas, queso, mantequilla, azúcar, arroz, fideos, en fin, todo lo que venden en una bodega.

Foto de toda la familia en una reunión.

Ya en la ciudad, vinieron mis abuelos, mi papá, mi tío y mis tías. Mi tía Alejandrina se había casado de muy jovencita con una persona mucho mayor. Vivían en la chacra, como era costumbre en ese tiempo, con un matrimonio pactado, lástima que ella quedó viuda y con dos hijos hombres muy niños, así que quedó desamparada, tuvo que regresar a vivir con los abuelos. Existen muchas partes de esta historia que no sé, por eso me ubico cuando mi papá ya estaba en la bodega, cuando mi primo Alberto, hijo de mi tía Alejandrina y ella, vivían juntos con toda la familia, porque su hermano Augusto tuvo que ir a trabajar con el otro tío en una panadería.

Mi primo Alberto con mi papá.

Alberto trabajaba en la bodega, él era muy jovencito pero muy inquieto, además de amiguero. Mi papá siempre tenía el temor de que se relacione con los demás, eran otros tiempos, de mucha discriminación y en muchos casos de abuso. Mi papá era demasiado estricto con él, muchos años después mi primo me decía que a él lo agarraba de cocachos y siempre lo controlaba, sentía el peso de la responsabilidad sobre él, sobre todo porque en la bodega venía todo tipo de personas, porque también era bar. Mi primo siempre me contaba que a mi papá le decía “el químico”, por todos los preparados que hacían para los “clientes”, así todos los borrachitos estaban siempre ahí.

Los negocios nikkei alrededor eran muchos, el lugar donde más se concentraban era en la Calle Buenos Aires (hoy el Jr. Huánuco), muy conocido como Cocharcas, ahí podíamos encontrar dos fondas (una de ellas de la familia Kanashiro), carbonerías, panaderías (Namisato y Azato), el Bazar Nakasone, una lechería, la Casa Fotográfica.

Muchos nikkei fueron cambiando de negocios, recuerdo que mi mamá hablaba del salón de belleza de una nikkei que se encontraba también en Cocharcas, que es nada menos que Billin, actualmente convertido en una cadena dedicada al cuidado personal, en los distritos de Jesús María, San Isidro, San Borja, muy conocido en nuestra colectividad, de la familia Nakasone.

Fueron tiempos muy difíciles para los inmigrantes en un país con costumbres muy diferentes, donde no entendían muy bien el idioma y les ocasionaba otro tipo de problemas, pero igual se abrieron camino. Debo confesar que mis padres no llegaron a terminar ni la educación primaria, la prioridad no era esta, más bien era un lujo. Mi padre fue bodeguero, con mucho orgullo lo digo, trabajó por muchos años siendo muchas veces humillado, engañado, pero también querido por la gente del barrio.

Él era “el Chino de la esquina” o “el Chino de la bodega”, recuerdo que tanto se adaptó al barrio que dicen que ponía las chapas (los apodos, en Perú) a la gente del barrio. Muchas anécdotas, algunas buenas, otras malas, pero a pesar de las palomilladas, como dicen, “la gente era sana”. Ahora todo ha cambiado, a veces en los barrios populosos se cruza la frontera entre lo legal y lo ilegal.

Recuerdo a mi padre en las festividades que había muy cerca, en la Quinta Carbone, donde se rendía homenaje a la Virgen Corazón de María, las jaranas que se hacían con los cantantes criollos para hacer la serenata y luego en la quema del castillo, para la salida en procesión al día siguiente. Eran costumbres muy tradicionales en el Perú.

Con el tiempo mi papá se había casado con mi mamá y nos tuvo a nosotros, éramos tres, mis dos hermanas mayores y yo. En la tienda se vendía licor, las personas cambian su personalidad por efectos del alcohol; hubo una vez en que uno de los vecinos estaba con un grupo de amigos, muy respetable, estaban tomando y luego se fue a su casa, se trajo una fuente de escabeche de pescado que su esposa había preparado para el almuerzo, así que dejó sin almuerzo a toda la familia, la esposa vino e hizo un lío al esposo en la tienda.

Mis padres cuando se casaron.

Tampoco faltaban los que no querían pagar o que en grupo se culpaban unos a otros de quién había pedido, todo para no pagar. Incluso había un grupo de profesores de mi colegio que venían y se ponían en la misma situación. Claro que ellos no sabían que yo era uno de sus alumnos, hasta que un día me vieron. A partir de ese día su comportamiento cambió y cuando bebían, pagaban sin decir ni una palabra, cosas de la vida.

En el pensamiento de mi papá ya no se sentía a gusto, no había tranquilidad, al ser una bodega-bar, muchas veces las cosas se salían de control, muchos creían que podían abusar porque nos veían con rasgos extranjeros. Sumado a los tragos, él pensaba que no era un buen ambiente para nosotros, fue así como buscó el cambiar de negocio.

Fue en el año 1972 que mi padre se decide a buscar otro futuro más tranquilo, según él lo creía en ese momento. Se agenció con los llamados tanomoshi, muy usado por los miembros de la colonia para financiarse. Así pasó de una bodega a un bazar. Con la ayuda de un tío nuestro que le traspasó un negocio ya establecido, el Bazar Techi, tomó la decisión de dejar el nombre porque era una tienda ya funcionando y tenía una clientela establecida. Se vendían camisas, pantalones, casacas, chompas, ropa interior y muchas prendas más, tanto para hombres, mujeres y niños, además de sábanas y otras cosas más.

Después de muchos años me pregunto cómo, en una tienda tan pequeña, podían vender tantas cosas. Para iniciar, contrató a algunos empleados que ya trabajaban ahí y a una persona que sirviera como un tipo administrador, de esa forma funcionó por un tiempo. Esta persona realizaba los pedidos de la mercadería y se encargaba de la decoración de las vitrinas y exhibición, además de las ventas, al pasar el tiempo nos veíamos con el almacén lleno. Si bien se vendía, se hacía pero con muchas dificultades. Una vez vino nuestro tío y dijo: “¿por qué tienen tanta mercadería?, solo se debe estar así cuando se está en campaña, luego solo con lo que se necesite”.

Nos dimos cuenta de que el administrador se había puesto de acuerdo con algunos proveedores y les había comprado mucha mercadería que a ellos no les salía, a cambio de una comisión. Esa mercadería al final nos duró como cinco años y rematándola, fue con golpes que se fue aprendiendo. Venían empleados que se enfrentaban a mi papá y que por su ignorancia se aprovechaban de él y por miedo a no poder manejarlo todo, él los dejaba hasta poder aprender más del negocio.

La familia completa. Mamá, papá y nosotros.

Paralelo a esto, nuestra hermana mayor fue la que más aprendió y se adecuó al negocio, poco a poco pudimos salir adelante. Tengo que destacar la labor de mi madre, ella como toda mujer nikkei, era muy trabajadora, siempre mucho más que el hombre, tanto en la tienda, como en las labores de la casa. Nos hacen creer a nosotros los hombres que tenemos el timón de todo, nos dejan decir que nosotros solos lo logramos, pero ellas en su silencio manejan todas las situaciones, especialmente cuando nos sentimos derrotados. Ellas son las que siempre están, cuando todos ya nos abandonaron, lo afirmo por haber observado en mi familia durante todos estos años y por mi propia experiencia con mi esposa.

Como todos, hemos sufrido los problemas políticos por el gobierno militar y también la crisis económica internacional que hizo que el petróleo subiera y, con ello, los precios de todo lo vinculado con él. Recuerdo que pasamos un año 1974 muy difícil, todavía niño iba a la tienda para ayudar, según yo decía. En realidad estorbaba más que otra cosa, pero mi hermana mayor se fue afianzando y tenía muy buen gusto para escoger la ropa, la cual coincidía con el gusto de los clientes. Con la paciencia y simpatía que mostraba, sumaba clientes.

Nuestro padre se sintió muy apoyado con ella, así fue que a nosotros que somos tres hermanos nos dio educación. Los tres fuimos a la universidad, siempre se preocupó de eso, quizás no tuvimos muchas cosas materiales pero como él había sufrido porque no pudo terminar el colegio, solo la primaria, en su mente estaba darnos educación y lo cumplió. Hasta ahora hay mucha gente que recuerda a mi padre y pregunta por él, no sé qué veía la gente en él, porque era muy serio, claro que cuando agarraba confianza, era muy conversador o quizás un buen oidor porque parece mentira pero me doy cuenta de que en ventas es mejor escuchar que hablar para poder ayudar al cliente.

Hemos vivido muchas cosas: el terrorismo, la hiperinflación y los jóvenes veían su futuro fuera del país, es cuando se presenta el fenómeno dekasegui. Nosotros no fuimos ajenos a eso, mi hermana mayor se fue a trabajar a Japón, así que yo me hice cargo de la tienda; salía de la universidad de una carrera de Ingeniería en un país que en esos momentos tenía pocas posibilidades para los profesionales, de manera que muchos hacían taxi para sobrevivir.

Mi padre, poco a poco, se iba apartando de la tienda, por lo que quedé a cargo de todo. Hasta hoy estamos nosotros en la tienda, mi padre ya falleció hace varios años, seguimos siendo de los bazares tradicionales, de los “japoneses”, con el mismo formato que existía en varios distritos. Nosotros lo conservamos hasta hoy, somos uno de los pocos sobrevivientes, pero seguimos en la lucha.

Foto en la tienda.

 

© 2018 Roberto Teruya Oshiro

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