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Daniel Tagata, el nisei que encontró en los scouts su lugar en el mundo

Con scouts peruanos y británicos en 1967. (Créditos: Archivo familiar de Daniel Tagata)

 

Si hubiera que hallar una palabra para referirse a Daniel Tagata Asano, una que lo englobara, que constituyera un sello de identidad, esa sería scout. Lo es desde los 11 años y desde entonces su vida ha girado en torno a este movimiento.

Antes de ser uno de ellos, los scouts ya atraían su atención. Los veía andar en grupo, cantar, ir a acampar, divertirse. Un amigo, César Tsuneshige, nisei como él, lo llevó a los scouts y su vida dio un vuelco de 180 grados. Encontró otro mundo.

Un mundo que no se parecía en nada al ambiente hostil en el que crecían los niños nisei a principios de la década de 1950, cuando aún estaban abiertas las heridas de la Segunda Guerra Mundial.

Daniel Tagata, que nació en 1939, el mismo año en que comenzó la guerra, recuerda que entre su casa y el colegio donde estudiaba, José Gálvez, había unas siete cuadras. Recorrerlas era exponerse a los agravios de chicos que lo atacaban por ser hijo de japoneses. Como a todos los niños nisei.

Jose Galvez: Promoción 1956 del colegio José Gálvez, donde estudió. Daniel Tagata es el segundo (de derecha a izquierda) en la primera fila. (Créditos: Archivo familiar de Daniel Tagata)

“Los muchachos nos insultaban, nos decían barbaridades”, recuerda. Para no toparse con ellos, tenían que buscar rutas alternas.

Las películas bélicas de Hollywood, aquellas que invariablemente retrataban a los japoneses como villanos, contribuían al clima de hostigamiento. “En el cine, nosotros salíamos traumatizados porque siempre los japoneses eran los malos. Los chicos peruanos también veían eso (las películas), y nos insultaban”.

El bazar de sus padres. Se los arrebataron durante la guerra. (Créditos: Archivo familiar de Daniel Tagata)

Don Daniel recuerda que a su padre, que tenía un bazar, lo detuvieron tres veces durante la guerra. Las tres veces tuvo que pagar a la policía para que no lo deportaran.

Aunque la familia Tagata Asano no perdió al padre, sí perdió su fuente de ingresos: el bazar. Unos interventores del gobierno peruano tasaron los bienes del local para compensarlos por la expropiación. Sin embargo, cuando encontraban algo que les gustaba, no lo registraban y se lo guardaban. El resto de cosas fue valorado en montos por debajo de lo que verdaderamente valían.

Fueron años duros en los que incluso tuvieron que vender muebles de la casa para subsistir.

La situación comenzó a revertirse cuando, gracias al préstamo de amigos, su madre pudo comprar un local y abrir una bodega. Su papá ya era una persona mayor (tenía 60 años cuando él nació) y su mamá tomó las riendas. Con la tienda se mantuvo a los cuatro hijos de la familia.

El apoyo de los japoneses fue clave para que la familia lograra salir adelante. Las situaciones adversas durante la guerra, las desgracias compartidas, fortalecieron la unidad de la colonia japonesa, decisiva para su reconstrucción durante la posguerra. Don Daniel dice que los sufrimientos de la guerra fueron un acicate para hacer más fuerte a su generación.

Los hijos fueron creciendo, llegaron a ser profesionales y construyeron una casa para la familia. “Menos mal que los hijos salimos derechos”, afirma don Daniel. En sus recuerdos sobre la guerra, no hay espacio para el resentimiento o la amargura. “Bueno, era la época…”, dice. Lo que pasó, pasó.

ARMONÍA E IGUALDAD

Daniel Tagata encontró armonía en los scouts. Un mundo en el que se trataba a todos por igual y las diferencias étnicas no suponían ninguna barrera, un espacio que no dividía a la gente entre peruanos y “japoneses que perdieron la guerra”.

Despuntó con rapidez y a los 14 años ya ocupaba un puesto de mando, el primero de los muchos que alcanzaría a lo largo de su carrera. Le encomendaron la tarea de dirigir a un grupo de niños, de 7 a 10 años aproximadamente, encargándose de conducir las actividades (juegos, campamentos, etc.). La mayoría de los niños a su cargo eran nisei.

En aquellos tiempos, vivían muchas familias japonesas en el Callao. Era usual toparse con paisanos en la calle. Don Daniel menciona los apellidos de las familias que vivían cerca de su casa. En la misma cuadra, a dos, a cuatro. Solo en la cuadra donde sus padres tenían el bazar, llegó a haber hasta siete bazares regentados por japoneses. Así pues, había una gran cantidad de chicos nisei, y muchos de ellos se unieron al movimiento scout, donde destacaban.

Los scouts también ampliaron su mundo más allá de las fronteras del Perú. Ha viajado mucho para participar en cursos, seminarios y otros eventos. Recuerda la primera vez que viajó a Estados Unidos en 1962. Quedó deslumbrado. Le pareció un país muy organizado. En EE. UU. descubrió cómo funciona una potencia, aquello de lo que puede ser capaz un gran país.

Conoció Alemania cuando aún existía el Muro de Berlín. Estuvo en Alemania Occidental, alojado en casa de un veterano de guerra, y desde una atalaya pudo ver el otro lado del muro. Recuerda que los alemanes occidentales extrañaban a los parientes que tenían en la otra Alemania.

Cada país que visitó fue una experiencia única e intransferible que ha transformado en historias o anécdotas que comparte con nostalgia y entusiasmo juvenil, como si al rememorarlas volviera a encarnarse en el joven que fue.

Daniel Tagata fue escalando rápidamente posiciones en el movimiento scout. Llegó ser gerente general y presidente de la Asociación de Scouts del Perú y alcanzó altos cargos directivos a nivel bolivariano e interamericano.

“Vieron en mí vocación de entrega. Me entregué de lleno”, dice para explicar que desde temprana edad confiaran en él para asumir puestos dirigenciales. Su entrega ha sido reconocida con varias distinciones, entre ellas la más alta condecoración que otorga la Organización Mundial del Movimiento Scout: el Lobo de Bronce. Solo dos peruanos lo han recibido.

“Muy agradecido”, dice una y otra vez para expresar su gratitud a los scouts. Además de proporcionarle la armonía que echaba en falta en un ambiente adverso para los japoneses y sus descendientes, contribuyó a su formación como ser humano. “Me ha dado valores y principios que he aplicado en la vida cotidiana, en la vida no scout, y eso me ha dado mucho éxito”.

En el movimiento scout también encontró el amor. Ahí conoció a su esposa Marta, madre de sus tres hijos.

—Marta, cuéntale cómo me enamoraste —bromea él.

—Nos hicieron corralito —dice ella, entre risas.

Su historia daría para otro artículo, pero se puede resumir así: ella, colombiana y scout, viajó al Perú en 1968 para asistir a un curso de breve duración. Se conocieron. “Prácticamente fue amor a primera vista”, dice doña Marta. Sin embargo, el amor no se materializó y ella retornó a su país. No volvieron a verse hasta cuatro años después, en 1972, cuando ella pisó nuevamente territorio peruano para un curso de adiestramiento de dirigentes.

Esta vez fue diferente. El amor, con el apoyo de dirigentes scouts, había comenzado a germinar a través de contactos telefónicos previos. Cuando su estadía en el Perú de casi tres meses tocaba a su fin, llegó la hora de decidir. “Yo le dije a Daniel: ‘Ya me tengo que ir’. Entonces él me dijo: ‘Pero no va a ser por mucho tiempo’. Yo dije: ‘Ah, no va a ser por mucho tiempo… ¿Qué? ¿Nos casamos aquí (Perú) o nos casamos allá (Colombia)?’. Él me dijo: ‘Yo voy por ti”. Y fue por ella. Se casaron dos veces: primero, en Medellín; poquito después, en Lima.

Ceremonia de matrimonio de Daniel Tagata y su esposa Marta en Colombia. (Créditos: Archivo familiar de Daniel Tagata)


CUANDO SE SALVÓ DE SER UN REHÉN

Entre los diversos cargos que Daniel Tagata ha ocupado, figura el de gerente general de la Asociación Peruano Japonesa, con el que vivió una experiencia impactante: la captura de la residencia del embajador de Japón por parte de un grupo terrorista el 17 de diciembre de 1996.

Don Daniel tenía previsto asistir al evento en el que se conmemoraba el natalicio del emperador Akihito. Sin embargo, ante la insistencia de la alcaldesa del distrito de Jesús María para que participara en una ceremonia que se iba a realizar en el Centro Cultural Peruano Japonés a la misma hora, declinó la invitación. La insistencia de la alcaldesa lo salvó de ser uno de los rehenes.

Lo que él recuerda con nitidez de esa noche fatídica es la entereza de la esposa del entonces embajador de Japón quien, recién liberada y acompañada por un grupo de mujeres, fue conducida al Centro Cultural Peruano Japonés, desde donde realizó una llamada a Japón.

Don Daniel cree que la cónyuge del embajador habló con el entonces primer ministro de Japón, Ryutaro Hashimoto. Fue una conversación larga. Pese a la gravedad de la insólita situación, que tenía al Perú en vilo y de la que su esposo y el resto de rehenes podían salir muertos, ella se mantuvo serena, dando una muestra de temple que él ahora evoca con admiración.

Su experiencia profesional abarca el periodismo, al que llegó a través de los scouts. Cuando era un adolescente, acompañaba a su jefe scout, periodista del diario El Comercio, a sus comisiones. En esos afanes prendió la vocación en él, motivo por el cual decidió estudiar periodismo. A lo largo de su carrera, ha dirigido publicaciones como el diario Perú Shimpo y la revista Superación.

Además, ha sido presidente de instituciones nikkei, como la Asociación Nisei del Callao, Perú Shizuoka Kenjinkai y la Asociación Yamaguchi Kenjin del Perú.

En todas las organizaciones por las que ha pasado, Daniel Tagata ha buscado promover a los jóvenes, empujándolos al protagonismo. Es una manera de retribuir todo el apoyo que recibió desde muy joven en los scouts, movimiento al que entregó su vida y que lo recompensó con creces.

Daniel Tagata y su esposa Marta en la celebración del 45 aniversario de su matrimonio con sus hijos Daniel, Cecilia y Lucy, y sus nietos Alexandra, Tiago y Arantxa. (Créditos: Archivo familiar de Daniel Tagata)

 

© 2018 Enrique Higa Sakuda

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