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Beto Shiroma, músico de siempre. Más de 25 años gambateando

Beto no acuñó el término “Gambateando”, pero lo hizo música. La canción se convirtió en una especie de himno para muchos peruanos que a principios de la década de 1990 trabajaban duro en las fábricas de Japón. (Foto ©APJ / Jaime Takuma).

Beto Shiroma estrecha la mano con fuerza. Parece estar al tope de energía, como si el día recién hubiera empezado, aunque ya casi ha caído la noche cuando se realiza la entrevista y fácil ha tenido una jornada agitada, como cada vez que llega al Perú.

Es paradójico: tiene una agenda apretada en el Perú, anda de aquí para allá, lo llaman de todos lados, así que en teoría debería estar cansado; sin embargo, es como si el ajetreo le inyectara energía. El Perú ejerce un notable influjo sobre él. Ya lo ha dicho antes: aquí recarga las pilas.

“Me pasa siempre. Bajo del avión, respiro el aire del Perú y es como si todo el imperio de los incas se metiera dentro de uno (risas). No tiene explicación, es algo mental quizá. Cuando vengo acá, en el poco tiempo que estoy tengo que hacer muchas cosas, pero aun así me estoy recargando”.

ARRANCANDO DESDE CERO EN OKINAWA

Beto Shiroma, cantante peruano radicado en Okinawa, llegó al Perú en enero para ofrecer el concierto “Okinawa Latina” en el Teatro Peruano Japonés. (Foto ©APJ / Jaime Takuma).

Se fue a Japón en 1986. Tenía 20 años. Un año antes había ganado un concurso panamericano nikkei de canto y el premio fue un pasaje a Japón. “Era como sacarse la lotería”, recuerda. Aún no había empezado el fenómeno dekasegi.

En Tokio intentó labrarse una carrera como cantante de enka, pero no encontró puertas abiertas. ¿Qué hacer? ¿A dónde ir? Providencialmente apareció como salida Okinawa, donde se abrió camino desde abajo.

Trabajó en restaurantes para ganarse la vida, consiguió oportunidades para cantar y poco a poco fue forjándose un nombre como cantante. Nunca imaginó que interpretar temas como “Bésame mucho” o “La bamba” le darían de comer. “El cóndor pasa” le abrió muchas puertas.

Su primer trabajo como músico fue en un restaurante: tres veces a la semana, cuatro actuaciones de 40 minutos cada una. Le pedían “música internacional”. Cantaba en inglés y español, no en japonés. “Me estaba haciendo otro cantante, no era el Beto Shiroma que todos conocían”.

Lo llamaban de varios sitios. En uno de esos lugares, un hotel, guitarra en mano, iba cantando sin micrófono de mesa en mesa. Había un escenario, pero no era para él. Aún. Su oportunidad llegó cuando el grupo que tenía previsto presentarse en el hotel durante la temporada de verano canceló.

El promotor del espectáculo le pidió que los sustituyese. Eso sí, con una condición: que lo acompañaran dos músicos. Beto apenas tenía dos semanas no solo para encontrarlos, sino también para preparar un show con unas veinte canciones.

Reclutó a dos músicos (uno de ellos el bajista Tom Nakasone) y con ellos formó el trío Diamantes. Interpretaban piezas en español como “Cielito lindo” y canciones de los Beatles.

Con Tom Nakasone, con quien conforma el grupo Diamantes, y con el compositor y cantante japonés Akira Ikuma. (Foto: Asociación Peruano Japonesa)

Le estaba yendo bien, pero no se conformaba. “Tenemos que hacer algo más”, se dijo. Así nació su primer tema propio, “Okinawa, mi amor”, pero solo para cantar en el hotel, no para ser grabado.

Diamantes incorporó a otros músicos, entre ellos un guitarrista que acentuó la faceta rockera del grupo. Si en el hotel cantaban “Bésame mucho”, en otro local versionaban a Santana. Boleros, pop y rock, oscilaban entre varios géneros hasta que llegaría su primer hit.
 

OPORTUNIDAD DE ORO

Beto Shiroma no acuñó el término “Gambateando”, pero lo hizo música. La canción se convirtió en una especie de himno para muchos peruanos que a principios de la década de 1990 trabajaban duro en las fábricas de Japón.

“Si no hago la canción, quién la va a hacer. Había que hacer esa canción porque todos venían con el cansancio, con el trajín, con el maltrato. Eran maltratados y eso me daba cólera. Cómo tú por ser dekasegi y no hablar japonés te van a tratar así. ‘No’, decía yo. Les buscaban pleitos, los discriminaban. Por esa letra muchos japoneses como que se sienten un poco mal, pero es verdad. Yo lo sentía así. Si no lo digo, quién lo va a decir. Identificarse con una canción para mí en ese momento era importante. Yo nunca trabajé en una fábrica, pero mi papá estuvo trabajando en una fábrica, mi tío, mis primos, mis amigos”.

Aunque la canción se refiere con crudeza a la situación del dekasegi (“Aparte de la rutina / interminable y pesada / hay gente que discrimina / y lo provoca por nada”) no es lastimera ni busca victimizarlo. Es un llamado a la resistencia, no con resentimiento o mala uva, sino con vigor tropical.

“La música latina es así, las cosas tristes las cantas y (dices), ‘sí pues, qué vamos a hacer, hay que seguir viviendo, estoy vivo’”.

Beto se inspiró para crear “Gambateando” en el autor de clásicos como “Decisiones”, “Plástica” y “Pedro Navaja”. Piezas para bailar y escuchar, con mensaje. “Mi maestro es Rubén Blades”, dice.

Cuando el grupo grabó “Gambateando”, surgió una oportunidad de oro: la cervecera Orion les pidió un tema para un comercial. Ese era el único que tenían y se lo dieron. Fue un éxito. Diamantes despegó.

Beto Shiroma retornó al Perú ocho años después de haber emigrado a Japón. Vino con su grupo y acompañado por medios como la NHK. Ya era una figura reconocida.

“El aeropuerto era un loquerío, parecía que regresaba la selección después de ganar un Mundial, era como un sueño. Me esperaban el coro de la Asociación Nisei Callao, el club Sakura, el Estadio La Unión, el Movimiento de Menores, con sus pancartas, todos los lugares donde yo había participado. Parecía que venía una superestrella. Fue una cosa recontra emocionante”.

Pese a la distancia y al tiempo transcurrido, la relación de Beto con la colectividad nikkei en el Perú no ha perdido feeling. El músico, que define su trabajo como “hacer feliz a la gente”, cuenta que aún encuentra personas que le piden los temas que cantaba hace más de treinta años, antes de viajar a Japón. “Me causa gracia, pero también me llena de nostalgia y alegría”.

Foto: Asociación Peruano Japonesa


UN “TRAMITO” PARA LOS QUE VIENEN

Para Beto, el éxito no es el relámpago, sino la vela que nunca se apaga; no es alcanzar la cima, sino mantenerse escalando. Sin falta modestia dice: “No creas que hemos llegado muy alto, más o menos... en Okinawa sí todo el mundo nos conoce. Como grupo artístico hemos tenido éxito en el sentido de que hemos continuado 25 años, eso nadie nos lo quita”.

Por eso puede sacar pecho de que tras vivir tantas cosas, con tiempos buenos y “momentos tembleques”, más de un cuarto de siglo después, ahí siguen.

2016 no solo fue especial por las bodas de plata de Diamantes, sino también porque Beto cumplió 50 años. Tiempo de balances. “¿Cuánto más podremos continuar?”, se preguntó. “Vamos para adelante, todavía me siento joven”, se respondió.

Si bien mantenerse en carrera es un mérito, para él con eso no alcanza. Hay que dejar algo.

“No me quiero ir de este mundo y que se quede así nomás, (quiero) por lo menos dejar un tramito ahí para que pueda caminar alguien, algo podemos dejar, digo yo. Todo lo que ves aquí ahorita (el Centro Cultural Peruano Japonés), es eso, un legado, el Estadio La Unión es una gran cosa, todo eso que han hecho nuestros abuelos para nosotros, y (quiero) contribuir con eso”.

DATOS

l Beto Shiroma está casado con una okinawense. Tiene tres hijos nacidos en Japón. Una de ellas baila marinera y representó a Japón en el concurso nacional realizado en Trujillo.

l Llegó al Perú para actuar en el espectáculo Okinawa Latina en el Teatro Peruano Japonés y en el Okinawa Matsuri.

Okinawa Latina. Foto: Asociación Peruano Japonesa

 

*Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 108, y adaptado para Discover Nikkei.

 

© 2017 Asociación Peruano Japonesa

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