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Vivir para disfrutar

Foto: Enrique Higa

A menudo, hablar con personas mayores sobre sus vidas implica internarse en el pasado, refugiarse en un espacio que parece ser su hábitat. Como si todo lo digno de biografiarse, todas las cosas emocionantes hubieran ocurrido en su infancia y juventud (y quizá en la mediana edad), el presente es minimizado en sus relatos. Como si ya hubieran vivido todo lo que tenían que vivir y la vejez solo consistiera en existir. 

Tú les hablas de cómo Messi se está reinventando, cómo cada vez baja más para generar juego y dar asistencias soberbias —como quien ofrece regalos con lazo listos para ser abiertos—, resaltas que se está convirtiendo en un jugador total, y te dicen que Di Stéfano ya hacía eso, que él era capaz de quitar una pelota en su área y en la siguiente jugada llegar al bastión rival para marcar un gol. Nada nuevo alumbra el sol. Todo parece haber sido visto, estar escrito. Lo mejor ya pasó. Lo dicho, el pasado.

Cuando voy a entrevistar a Otilia Akiyama, una nisei de 89 años, imagino una entrevista en torno a su pasado, su infancia, sus estudios en Chancay Nikko (un colegio al norte de Lima fundado por inmigrantes japoneses para educar a sus hijos), sus recuerdos de la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, todos mis prejuicios se desmoronan porque no encuentro a una persona atrapada por recuerdos de hace sesenta o setenta años, sino a una mujer vital que está tan ocupada disfrutando del presente que no tiene tiempo para extrañar el pasado. Podría utilizar la palabra obaachan para referirme a ella, pero no le sienta, si parece tener más vida que yo.

Doña Otilia (sus amigas le dicen Oti) es voluntaria en el Centro Recreacional Ryoichi Jinnai, un departamento creado por la Asociación Peruano Japonesa en 1992 para atender a las personas de la tercera edad de la colectividad nikkei. El Centro Jinnai les ofrece talleres y cursos, así como actividades recreativas (baile, canto, etc.).

Decir baile y canto es casi como mencionar a Oti san. Si le preguntas cómo hace una persona para llegar a su edad tan llena de vida, responde: “¿Sabes qué? A mí me gusta bailar”.

Si asiste a una reunión de cumpleaños y la gente está sentada, más pendiente de comer que de celebrar, ella pide música y se lanza a bailar. A los demás les da vergüenza ser los primeros en salir al ruedo, pero a ella no. Pónganle música y el mundo empieza a girar.

También baila en el Centro Jinnai. Y hace bailar a las obaachan que atiende. Y cantar. Nota la presencia de una abuelita nueva que no interactúa con el resto, se acerca a ella y le pregunta: “¿Por qué no conversa? Tiene que reír, ahí tiene para cantar. Cante, obaachan”.

A los nuevos les dice que todos los jueves (los días que a Oti san le toca ir) va a estar con ellos, que les va a enseñar a cantar y bailar. Y aunque algunas no puedan ponerse de pie, siguen el ritmo de la música moviendo los brazos o manos.

Cuando ve a una obaachan triste, intenta animarla. Un caramelo puede ayudar mucho. “Obaachan, ¿qué tiene?”, le pregunta a una que parece apagada. “No, no tengo nada”, responde ella. “¿Por qué tiene esa cara?”, repregunta.

Algo le pasa, pero no quiere decir qué. A Oti san se le ocurre entonces pedirle a una amiga que siempre lleva caramelos que le entregue varios. Comienza a repartirlos y cuando llega donde la obaachan apenada le dice que si lo come va a tener fuerza, se va a poner genki, va a bailar. Funciona. Los ánimos mejoran. Comienza a correrse la voz de que les ha dado “vitaminas”. Ella, muerta de risa, explica que solo son caramelos, que se los ha dado para que se sientan mejor, en especial la obaachan afligida. “Estaba con su cara triste, yo tenía que arreglarlo”, dice.

“Me gusta cuando están contentas, yo les hago una cosa y ellas me agradecen. Me dicen ‘tengo que pagarle’, ‘no, qué pagar, no, tu gracia, tu sonrisa, suficiente. Tú yorokonde, yo también estoy contenta, no me digas tanto arigato porque yo sé que estás contenta’”.

A veces bromea con ellas para arrancarles una sonrisa. A otra que también parece triste le pregunta: “Obaachan, ¿qué tiene?”. “No, nada”. “Atama ga itai?”. “No”. “Ya sé, obaachan, usted no tiene esposo, por eso está triste”. “Ella se comienza a reír, yo la hago reír, me gusta”, dice.

“El ambiente me encanta, vengo contenta. Me gusta conversar con las obaachan, yo me divierto acá, me paro riendo”. Las abuelitas también se entretienen, tanto que para algunas ir solo los jueves sabe a muy poco.

En el año en que el Centro Jinnai cumple sus bodas de plata, Oti san destaca que es un sitio en el que las personas pueden divertirse, pasarla bien (“yo digo a obaachan que acá ‘honto ni tanoshimi’”), en vez de estar en sus casas tristes, solas, sin tener con quien hablar.

“Agradezco que haya salido Jinnai”, dice.

UN POQUITO DEL PASADO

Los recuerdos de infancia más gratos de doña Otilia son los juegos con sus amigos y amigas, como el de saltar la soga. También recuerda que salía a todas las mañanas a las 7 de la hacienda Esquivel, donde vivía, para caminar dos kilómetros hasta el colegio acompañada por una amiga.

Solo tenía un profesor peruano (enseñaba español). El resto eran japoneses. La educación impartida seguía el currículo japonés. Estudió siete años en Chancay Nikko. No pudo más porque llegó la guerra.

Su papá se escondió en la chacra de un amigo para no ser detenido y deportado a Estados Unidos. Sin embargo, en las noches, amparado por la oscuridad, se permitía retornar temporalmente a su casa y ver a su esposa e hijos. Aunque el papá tenía que refugiarse, la panadería familiar pudo seguir funcionando.

Oti san dice que nunca permitió que la avasallaran por ser de origen japonés. Apenas le decían algo (un agravio, una alusión despectiva), ella respondía desafiante (“¿qué tienes?”, “tienes envidia de nosotros, los japoneses”) y cortaba el asunto de raíz.

Ha dedicado casi toda su vida a la costura. Recuerda que tuvo que convencer a su padre para que le permitiera estudiar un año en Lima, una etapa clave en su vida pues como costurera ha podido ganarse el pan y contribuir a la economía familiar. Hasta ahora cose, habilidad que ha heredado una de sus hijas.

Oti san pudo haber hecho su vida en la provincia de Cañete, donde nació su esposo y tenían un negocio, pero el empeño de su hija mayor en estudiar en un colegio en Lima empujó a los Akiyama —papá, mamá y cinco hijos— a mudarse a la capital, donde echaron raíces.
 

SU OTRA PASIÓN

El entusiasmo con el que Oti san habla sobre el Centro Jinnai no se resiente ni una pizca cuando la conversación toma otra curso y desemboca en el gateball. “Me encanta”, dice.

Gracias al gateball ha podido viajar y conocer sitios como Hawái y Okinawa (“el umi de Okinawa es bien bonito”, dice con admiración un par de veces). Disfruta viajar, salir, abrirse a nuevas experiencias. “Si me dices ahora ‘vamos a tal sitio’, yo me voy. Mi hijo me dice ‘mamá, tú no te cansas, ¿no?’. Yo no me canso”, se ríe.

Entrena gateball los domingos en AELU (Asociación Estadio La Unión). Sin embargo, ahora sus domingos en este intenso verano limeño están dedicados a la playa, adonde va con su hijo, parientes y amigos, con onigiri que ella misma prepara: de umeboshi, miso o solo (“el que quiere que le eche furikake”).

“Vivo feliz en mi casa porque mi hijo me tiene engreída. Me lleva a todos sitios”, dice.

Jueves en Jinnai, domingos en la playa o en AELU... También tiene ocupados los martes, reservados para el aprendizaje de la castañuela y el baile hawaiano. No faltan alicientes en su vida, a poco de alcanzar las nueve décadas.

“El Día de las Enamorados cumplí 89 años”, subraya, como para hacer notar que no es casualidad que su cumpleaños coincida con el día del amor y la amistad, de la celebración de los afectos. Toda una declaración de principios.  

 

© 2017 Enrique Higa

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