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Fernando Iwasaki y sus reflexiones sobre identidad, literatura y tecnología

La Bienal de Novela Mario Vargas Llosa llevó a Lima a muchos escritores de habla hispana. Desde Sevilla, España, el escritor peruano Fernando Iwasaki llevó un poco de humor a una de las mesas redondas donde participó para hablar de literatura y tecnología.

Fernando Iwasaki Cauti (Lima, 1961) es historiador, ensayista y autor de más de una docena de libros. Desde 1989 radica en Sevilla, España, donde dirige la Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco.

Escribir sobre un escritor es encasillarlo en una serie limitada de hechos biográficos y definiciones que apenas nos aproximan a su obra y su identidad. Fernando Iwasaki Cauti (Lima, 1961) es historiador, ensayista y autor de más de una docena de libros en los que se ha movido como una pieza caprichosa de ajedrez sobre el tablero de los géneros literarios.

Nació en Lima pero sus abuelos fueron japoneses, italianos y ecuatorianos. Desde 1989 radica en Sevilla, donde dirige la Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco. Allí podría acabar la reseña de las solapas de sus libros, en las que puede aparecer con el ceño fruncido y una bufanda, o con las piernas cruzadas y las manos juntas, en posición de loto como un yogui.

En el interior de ellos, se pueden encontrar páginas por donde transita el amor y el humor. La historia y la imaginación. El fútbol y la tecnología. El Perú, Japón y España, como en el ensayo titulado Mi poncho es un kimono flamenco. O en los cuentos de España, aparta de mí estos premios, cuya portada tiene un toro rodeado de ninjas con la bandera del sol naciente en el horizonte.

Países y escritores

“¿Quién no tiene apellido japonés?”, bromea Fernando Iwasaki cuando le pregunto sobre la identidad de un escritor peruano con ligero acento español y apellido nipón. “Fuera del Perú reparé en lo llamativo que era tener una línea familiar japonesa. Hay países donde se valora mucho tener una sola identidad, pero en mi caso hay varias en simultáneo, que es algo que se puede explotar de muchas formas”.

Sus ensayos, cuentos, novelas y crónicas recogen esa mezcla de culturas que forman su ADN literario. Allí están los autores que admira desde cuando estudiaba historia en la Universidad Católica (Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Julio Ramón Ribeyro), a los que se le emparenta (Augusto Monterroso, Juan José Arreola, Guillermo Cabrera Infante) o de los que escribe (Alberto Hidalgo, Vicente Huidobro, Mario Vargas Llosa).

Sobre estos tres últimos trata su reciente libro, Desleídos y efervescentes, una serie de columnas inéditas (y otras publicadas en el suplemento “Artes y Letras” del periódico El Mercurio) donde “reflexiona sobre las obras desleídas y olvidadas de autores que ya nadie o muy pocos recuerdan, como también los libros en plena efervescencia, de escritores actuales que están en su mejor momento”, según la contraportada.

“Fuera del Perú reparé en lo llamativo que era tener una línea familiar japonesa. Hay países donde se valora mucho tener una sola identidad, pero en mi caso hay varias en simultáneo, que es algo que se puede explotar de muchas formas”, señala Iwasaki.

Risas y premios

Justamente, Iwasaki volvió a Lima en plena efervescencia vargasllosiana. La bienal que lleva el nombre del Premio Nobel de Literatura 2010 lo invitó para participar en la mesa redonda “Escribir literatura en un mundo tecnológico”, junto a Abelardo Sánchez León, J. J. Armas Marcelo y Piedad Bonnett. Allí, Fernando leyó un texto que desató varias risas y un cumplido inmejorable.

“El talento es siempre muy divertido”, le dijo Armas Marcelo luego del estimulante texto que divirtió a Sánchez León y sonrojó a Bonnett. Aquel discurso sobre tecnología y sexo (que discurrió entre el léxico y la semántica digital, el enamoramiento virtual y las solitarias costumbres de los cibernautas) fue un premio para quienes fueron a oírlo a la Universidad de Lima.

Quienes no llegaron a la cita pueden ver, en cambio, el video colgado en YouTube titulado “Cómo preparar microrrelatos”, en el que aparece vestido de itamae en su cocina, con un hachimaki en la frente y los ingredientes (y libros) necesarios de su clase de cocina literaria para el I Festival Ciudad Mínima de Guayaquil, donde aconseja que para escribir textos breves es indispensable un huevo, “que da sabor y estructura”, entre otras sabrosas y divertidas metáforas.

Tecnología y literatura

Iwasaki viste un saco celeste, como el cielo de Lima en un verano fuera de temporada, cuando se dirige a un auditorio de jóvenes y adultos que aman la tecnología y la literatura (unos llevan celulares para hacerle fotos, otros sus libros para que los firme). Él prefiere a esta última. “No estoy en contra del progreso tecnológico, es solo que soy un inútil con las computadoras”, me dice un día antes de su charla en un hotel miraflorino.

“La tecnología es maravillosa, pero cuando hay creatividad humana”, nos lee el escritor al que un diario en internet le atribuye el libro Una declaración de honor (en lugar de Una declaración de humor), un ensayo en línea en el que señala que ha ganado un premio que nunca recibió y otra que indica que es doctor, cuando él confiesa que aún no defiende su tesis (para salvar dudas, consultar su página web oficial).

Sin Twitter ni Facebook, y en una casa de campo que lo obliga a conducir para llegar a la estación de tren, Iwasaki lleva una vida casi bucólica en la que se siente seguro, en especial cuando comprueba que el tránsito en Lima sigue tan caótico. Su trabajo en la Fundación Cristina Heeren le permite, además, dejar de pensar como escritor. Desconectarse del mundo literario y académico. Vivir.

Viajes e identidad

La estadía en Lima es corta, pero le da tiempo para visitar a su madre y reunirse con los amigos escritores a los que no ve tan seguido. Hace un par de años, Fernando Iwasaki viajó a Japón para hablar de la obra de José Watanabe, Augusto Higa Oshiro y Carlos Yushimito en el Instituto Cervantes de Tokio. El título de la disertación fue “La complicidad del ojo en la literatura peruana”.

“Los escritores peruanos de ascendencia japonesa tenemos cosas en común. Creo que no se ha escrito lo suficiente sobre lo que padeció la colonia japonesa durante la Segunda Guerra Mundial. Es un tema que me interesa bastante”, añade Iwasaki, quien aprovechó el viaje a Japón para hacer un tour para una novela futura sobre su abuelo, un militar japonés. Una novela que viene pensando desde hace más de 10 años.

Aquel libro, tan planeado y postergado como algunos viajes, vuelve ahora en la charla del lobby de su hotel, pero Fernando aclara que no le queda tiempo para escribir novelas, para las que necesita muchas horas de dedicación. Quizá mientras haga su maleta antes de irse, o cuando esté en su avión, se le ocurra, en el cielo sin fronteras, otro cuento de esos países que carga en su ADN literario.

 

* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 86, y adaptado para Discover Nikkei.

 

© 2014 Texto: Asociación Peruano Japonesa; © 2014 Fotos: Asociación Peruano Japonesa / José Chuquiure

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