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Ojos de cazador: Akira Chinen, pintor y dibujante

Akira Chinen lo mira todo con la avidez del cazador. No existe territorio vedado para su curiosidad de artista. Siempre está atento a lo que ocurre en su entorno, en la calle, en su casa, en el cine, en una exposición. En cualquier parte puede estar el germen de una nueva obra.

Akira Chinen no concibe al artista como un ser exiliado del mundo, inmune a sus influencias.

“Todo lo que tú vives, las cosas que te gustan, todo eso te alimenta para tú poder luego crear. Hay que investigar bastante. No solo hay que leer, ver cuadros, sino también ver películas, ir al teatro, consumir todo”, dice.

Está leyendo La invención de Hugo Cabret, una novela ambientada en la década de 1930 en París, que narra la historia de un niño huérfano que descubre la magia del cine y cuya adaptación cinematográfica fue dirigida por Martin Scorsese. ¿Saldrá algo de ahí para una futura obra?

Cuando algo atrae su atención, le toma una foto o lo transforma en un boceto y luego lo almacena. Es probable que más adelante lo desencarpete para utilizarlo en un cuadro o un dibujo.

No concibe al artista como un ser exiliado del mundo, inmune a sus influencias. “Mucha gente piensa que no se debe consumir porque eso que tú consumes te influye, pero es completamente erróneo. No puedes dar lo que no tienes. Para poder dar tienes que consumir primero. Si no tienes información, no tienes de dónde agarrarte. No hay manera de que de la nada aparezca un cuadro”, subraya.

Akira no trabaja al tuntún. Todo lo tiene fríamente calculado. Minimiza el azar. Cuando tiene que montar una exposición, abre su “caja” de fotos o bocetos almacenados, elige y comienza a trabajar. Ahí se encierra a crear.

Antes hacía camino al andar. Pintaba o dibujaba siguiendo impulsos, marcado por la coyuntura. No le resultaba. Corregía mucho, ensuciaba su trabajo, e incluso a veces tenía que volver sobre sus pasos y arrancar con el marcador a cero. Ahora tiene el camino trazado desde el principio hasta el final. Está satisfecho. El margen de error se ha reducido mucho.

Obra de Chinen: The walking Barbie.

EL GRAN ESCAPE

Un correo electrónico remeció su metódica vida a mediados del 2013. Unos cuadros sobre animales que exhibía en una muestra en Miraflores (Lima) llamaron la atención de una editorial que necesitaba un ilustrador para un libro infantil. Se titulaba El gran escape y su autor era Santiago Roncagliolo.

Ilustración para el libro “El gran escape”.

Aceptó de inmediato. Ni siquiera preguntó por la plata. Estaba entusiasmado, inquieto por nuevas aventuras. Sin embargo, acostumbrado a tener todo planificado, a hacer las cosas con calma para que salgan bien, su vida fue un caos durante un mes. El encargo no era menor: tenía que hacer 38 ilustraciones en ese lapso, más de una por día.

Leyó el libro cuatro o cinco veces. Se puso en la piel de un niño e imaginó cómo le gustaría que fuesen los personajes. Tuvo libertad para darles vida gráfica a su entero gusto y el resultado compensó el esfuerzo desplegado en ese frenético mes. Roncagliolo le escribió una dedicatoria refiriéndose a él como el “culpable de que este libro sea tan bello”. A Akira le encantaría repetir la experiencia.

El gran escape recibió el premio de literatura infantil El Barco de Vapor.

DERROTA Y EVOLUCIÓN

Akira siempre está atento a lo que ocurre en su entorno. En cualquier parte puede estar el germen de una nueva obra.

El taller donde trabaja refleja su evolución artística. En una de las paredes cuelga un cuadro que hizo la década pasada, cuando pintaba sobre la marcha. Al frente, tiene otro menos antiguo, que evidencia más esmero y pulcritud.

“En algún momento haces algo que te gusta, pero a la semana, al mes, al año, tú lo vuelves a ver y dices ‘qué tontería ha sido esto que he hecho’. Si no te pasa eso, no hay forma de que tú avances. Si tu trabajo de hace tres años te sigue sorprendiendo, entonces es porque no has avanzado”, dice.

Akira toma prestada una frase del pintor peruano Fernando de Szyszlo (“cada cuadro, para mí, ha sido una derrota”) para explicar su sensación como artista que cree que siempre es posible mejorar, que nunca llega a la obra definitiva. Cada derrota es un estímulo para seguir creando.

Creció rodeado de arte. Su mamá estudió diseño gráfico y hacía cerámica. Sus vecinos, egresados de la Escuela de Bellas Artes (como él), contribuyeron a moldear su vocación. Su destino estaba anunciado.

Por ahora está a gusto en el estilo que lo caracteriza. Su evolución se ha producido dentro de ese cauce. “Mi trabajo se ve asiático, es plano, limpio, tiene bastante de manga”, define. Antes le molestaba que le dijeran que pintaba “puros chinos”, pero ahora le resbala.

Eso sí, no descarta que un día sienta que su recorrido se ha agotado y salte a otro. Le gusta el arte abstracto. Quizá en el futuro se anime a incursionar en él.

Cuando no está en su taller, Akira divide su tiempo entre la enseñanza en el Instituto Toulouse Lautrec y el manejo de Yakuart, una empresa de decoración de interiores que tiene con unos amigos. A mitad de año comenzará a trabajar en una muestra que tiene programada para mayo de 2015 en Barranco. ¿El tema? Aún no lo ha decidido. Mientras tanto, sigue escudriñando el mundo a su alrededor. El artista no descansa.

Obra de Chinen

 

* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 84, y adaptado para Discover Nikkei.

 

© 2014 Texto: Asociación Peruano Japonesa; © 2014 Fotos: Asociación Peruano Japonesa / Franz Krajnik

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