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NOVELA: Evodio el suertudo - 9 de 16

Parte 8 >>

Mi vida en Japón

Vivimos en Fuji una villa cerca de Kumamoto, me llamo Kenji Arima. Nací en 1880, el 11 de febrero, el día de “La Fundación Nacional de Japón”. Desciendo de una familia feudal; mi papá es militar, responsable de la Prefectura de Kumamoto; está mucho tiempo fuera de la casa y cuando viene me habla de la grandeza de nuestro país, de Dai Nippon Teikoku.

Aprendí a leer a los tres años de edad y desde entonces estudio idiomas extranjeros y artes marciales. Hoy cumplo 12 años mi madre Aiko y mi hermana menor que se llama como ella, preparan hudón, comida para la buena suerte. Harán una fiesta porque además de mi cumpleaños es mi despedida familiar pues me iré a vivir a Tokio para continuar mi preparación física e intelectual tal como mi padre lo ha decidido.

Hace dos años radico en Tokio, la Capital de Japón, en una casa muy grande con muchos jardines. Somos cincuenta estudiantes de diferentes partes del Japón. Cada quien tiene un cuarto con cama, ropero, toilette y regadera. Me levanto a las cinco de la mañana. En grupos practico una hora de artes marciales; después de quince minutos de descanso, tomo una ducha de agua fría, me visto y desayunamos en grupos. A las ocho nos esperan los instructores que nos han integrado en grupos de acuerdo a los continentes del mundo; yo estoy en el grupo de América. Estudiamos mañana y tarde Geografía, Orografía, Etnografía, Historia de los países y costumbres de los pueblos americanos y por supuesto aprendemos a hablar y a escribir el castellano.

Estoy muy cerca de los dieciséis años, de asueto en mi casa de Fuji, con mi familia. El ejercicio diario y la comida selecta en la escuela de Tokio me han hecho más fuerte y alto que mi padre; el bigote y la barba me han brotado. Mi padre se siente orgulloso de mi desarrollo físico e intelectual. Le platique que tengo emisiones nocturnas y me ha dicho que tengo necesidad de estar con una mujer. La verdad quiero que me lleve a la laguna a elegir novia; prefiero nadar en el agua fría para competir por una muchacha, a la tarascada de un enorme perro o que el padre ofendido me corte la cabeza con su sable por entrar sin permiso a la cama de su hija.

No tuve que ir a la fiesta de la laguna, por acuerdo entre familias, Akemi es la muchacha que eligieron para mi esposa. Se vino a vivir a mi casa y duermo con ella. Ella también desciende de una familia feudal como la mía y tenemos la misma edad. Mi madre dice que es bonita, exquisita, educada y hacendosa y si mi madre la eligió y se expresa de ella de esa forma, soy un afortunado y ya no necesito opinar.

Yo también estoy orgulloso de mi padre; recientemente el Jefe Militar de más alto rango de Japón, el General Tojo, lo nombró miembro de “La sociedad Secreta Reformista para la Modernización y Prosperidad de Japón”.

Tengo dieciséis años y medio y estoy en el internado de Tokio. Mi papá está conmigo. Todos los papás de los compañeros vinieron a escuchar los planes que tienen para nosotros, porque en seis meses viajaremos a diferentes partes del mundo.

Estamos en el salón de gala, sentados sobre el piso de madera a la manera japonesa y frente a nosotros están sentados en elegantes butacas personalidades del más alto nivel del Gobierno: El Vizconde Takeaki Enomoto, brillante político que ha ocupado los puestos más importantes del gobierno de Japón; El General Hideki Tojo, Agregado Militar en Alemania. Aambos tienen el pecho cubierto medallas. Embajadores de Japón ante varios países del mundo. Los veinte estudiantes elegidos guardamos absoluto silencio, con la cabeza inclinada hasta que nos ordenen levantarla.

Habla El Vizconde Takeaki Enomoto: “Somos una gran nación y como tal, es nuestro deber la expansión de nuestra grandeza y colonizar a países que requieren de nosotros. Con el valor de nuestros antepasados iremos a conquistar tierras allende los mares y a sembrar nuestras semillas para gloria de nuestro Imperio El Gran Japón”

- Entiendo que es la despedida y el compromiso que tenemos con nuestra patria. Posteriormente, un Maestro en privado me instruye:

“Viajarás a México, un país bello, grande, rico, ubicado en el norte de América. Por su situación geográfica resulta vital para los intereses comerciales y políticos de Japón. Con el apoyo económico vitalicio del gobierno del Japón tienes una misión secreta. Desde este momento tu nombre es Kumataro Kaneko y eres un migrante que cultivará café en la costa de Chiapas”.

“Posteriormente viajarás a la frontera de México con Estados Unidos, a Ciudad Juárez, que antes se llamaba Paso del Norte, para conocer personalmente cómo es la convivencia  de mexicanos y americanos en esa zona. Debes saber que Estados Unidos despojó a México de la mitad de su territorio. Tu tarea es averiguar:

¿Existe resentimiento de los mexicanos contra los americanos?
¿Qué opinan los mexicanos de Japón?
¿Podemos contar con ellos como nuestros aliados comerciales y políticos? 

Hoy las Relaciones Diplomáticas entre nuestras naciones son excelentes”

“Enviaremos expertos japoneses para que con tu ayuda recaben información topográfica y marítima de la costa de Chiapas para la futura llegada de nuestros barcos.  El 24 de marzo de este año de 1897, del puerto de Yokohama, saldrá el barco vía Filipinas, escala en San Francisco, California, Estados Unidos que finalmente los llevará a México”.

“En este documento están los nombres de nuestros contactos en México y el cronograma de tus tareas que deberás cumplir escrupulosamente en total secreto. Todos los informes para el gobierno japonés los firmarás como NEKKO, no lo olvides”

¡Sayonara Yokohama! 

Las autoridades de la escuela de Tokio no permiten que vayamos a nuestras casas a despedirnos de nuestras familias. De madrugada zarpamos del Puerto de Yokohama, una ciudad pequeña cerca de Tokio. Se nos informa que el barco que nos transportará a América  pertenece a la armada japonesa; es moderno, híbrido: puede impulsarse con velas y sistema de vapor. Tiene el casco pintado de color azul fuerte y en la parte superior de la proa un letrero en japonés: “Dai Nippon Teikoku” pintado como la cubierta de color oro, izada la bandera imperial de Japón.

Voy en calidad de emigrante con 36 personas más. El Instructor me indicó que no debo hablar del motivo de mi viaje. Por mi juventud, casi 17 años no tengo cabida con mis compañeros de viaje, alguno de mi edad, otros mayores. Mucha de nuestra comida se pesca en alta mar. Pasan y pasan los días y se pierde la noción del tiempo; solo vemos mar por los cuatro lados. Durante algunas horas el mar está tranquilo y da la impresión de que el barco no se mueve; dicen que es arrastrado por corrientes marinas y únicamente va con las velas orientadas. Pero en ocasiones el mar se torna violento, el barco es sacudido y parece un juguete en la inmensidad del Océano Pacífico. A pesar de estos difíciles momentos, casi todos tenemos alegría en nuestra caras, menos dos personas que enfermaron de tiricia y fallecieron en sus camarotes. Envueltos en mantas las aventamos al fondo del mar.

Llegamos al puerto de Manila. Nunca he sabido ni entendido el motivo de esa escala  en las Filipinas, “Es para cargar combustible” nos dijeron. La gente fisonómicamente es igual que nosotros los japoneses; la diferencia es el color canela de su piel. Hay filas de mujeres esperando a los marineros y viajeros que descienden de los barcos y tenemos que empujarlas con fuerza porque se cuelgan de nuestros cuellos ofreciendo sus mercancías.

Pasadas unas horas regresamos al barco. Me parece que el mar no tiene fin; he perdido la noción del tiempo. Después de navegar muchos días llegamos a las costas de Estados Unidos; es de noche y un enorme resplandor de luz nos indican que estamos por atracar en el muelle de San Francisco.

Con la tripulación, los 34 sobrevivientes bajan al puerto. Mi nombre no aparece en la lista de pasajeros, por instrucciones superiores me quedo encerrado en el camarote del jefe de Máquinas. Las autoridades americanas no revisan, creen en la información que entrega el responsable del Barco: tres oficiales y nueve suboficiales japoneses integran la tripulación. Son responsables de transportar a 36 personas mayores de edad que en calidad de migrantes viajan a México. Les aclaran que dos personas fallecieron en alta mar de muerte natural, los americanos dan la bienvenida a los treinta y cuatro nombres de la lista. Después de ocho horas, han cargado combustible, víveres y regresan al barco para continuar el viaje a México.

Nos comunican que navegaremos por la costa mexicana, a veinte millas de tierra firme. Desconozco cuántos días han pasado; empieza a clarear. Muchas luces se divisan a lo lejos y avisan que atracaremos en el Puerto Acapulco. Hace mucho calor y es penetrante el olor a pescado. Las autoridades del puerto, al saber que somos japoneses, nos reciben con respeto, no cuestionan y todos abandonamos el barco. La instrucción es: “No se separen; disponemos de cuatro horas, comeremos juntos en algún lugar y después caminaremos un rato  mientras el barco carga combustible y víveres”. Caminamos en fila por las calles; la gente nos ve como animales raros. Unas mujeres jóvenes supongo que me preguntan algo pero mi castellano es muy pobre y no entiendo nada y no contesto.

Parte 10 >>

Nota de editora: Ésta es una obra de ficción. No está patrocinada ni afiliada de manera alguna por ninguna institución, instalación o familia. La historia está basada en lugares, personas y hechos históricos, pero está escrito enteramente desde el punto de vista del autor.

Referencia:
Evodio el suertudo - Modismos >>

 

© 2013 Florentino de Mazariegos

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