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NOVELA: Evodio el suertudo - 1 de 16

Nota de editora: Ésta es una obra de ficción. No está patrocinada ni afiliada de manera alguna por ninguna institución, instalación o familia. La historia está basada en lugares, personas y hechos históricos, pero está escrito enteramente desde el punto de vista del autor.

“Vete a la China….porque Japón está muy lejos”

Evodio es el penúltimo de doce hermanos. La shunca es mujer y once varones que a diferencia de muchos lugareños de San Antoño, con sus padres forman una familia unida, ejemplar, personas trabajadoras y ahorrativas en exceso. Cuando en la sierra la roya atacó a los cafetales y el precio del café se desplomó, muchos cafetaleros cayeron en la ruina, menos ellos. Los japones como son conocidos, sin abandonar los cafetales dejaron la cumbre, cambiaron de giro y compraron ranchos ganaderos en la costa.

Placa en el parque Enomoto, Acacoyagua, Chiapas, México. (Fotografía tomada por Florentino de Mazariegos, julio del 2012.)

Por sus ojos la herencia japonesa los delata. La matriarca Ojina Kaneko es hija del japonés más joven que viajó encubierto en el grupo de 36 migrantes que partieron del puerto de Yokohama y arribaron al Puerto de  San Benito Chiapas en mayo de 1897.

Una ranchera joven, viuda, galana llamada Celestina, que bajaba a caballo de la sierra al pueblo por mercancías, en uno de esos viajes compró dos rollos de alambre de púas en la tienda del joven oriental y al pagarle la muy cusca le arañó la palma de la mano; intercambiaron miradas y en la trastienda ella quizo averiguar por si misma si ese joven extranjero blanco, zarco, con ojos de rayita tenía el pilinguín igual que los hombres de su raza.

Moisés un mocetón prieto fornido, de oficio arriero, madrugador, se atrevió a ser el marido de Ojina, muchacha blanca, seca, chichona, alta de casi dos metros, que en los bailes batallaba para conseguir pareja. No tenía pretendientes; nadie se le arrimaba. Las malas lenguas dijeron que “Ojina estaba al tentar”. Enseguida aceptó al arriero porque a sus diecinueve años para los aldeanos de San Antoño ya era una vieja quedada, lista para vestir santos y rezar en los velorios. 

La japona y el arriero formaron una buena mancuerna para tener hijos y trabajar como burros las tierras que heredaron y las que posteriormente compraron a los ejidatarios haraganes que el gobierno cardenista les había regalado. Además de cafetales,  tenían crianza de gallinas, chompipes, coches, ovejas, cabros, etc.  Su mejor estrategia era la atención esmerada que daban a los mozos. “Nuestros ayudantes” les llamaban, sobre todo en la cosecha a los tapixcadores de café: comida hasta reventar, trato de iguales, paga puntual cada semana.

Los únicos rancheros de la región que no salen a buscar trabajadores para levantar la cosecha de café, desde hace varios años, son  diez familias con su patojada del municipio de Concepción Tutuapa, Departamento de San Marcos, República de Guatemala. Cruzan la línea y caminan dos o tres días por empinadas y estrechas veredas. La primer semana de noviembre después de todosanto, aparecen en orden: primero los hombres, con machete en mano, petates doblados en la espalda con ropa y chamarras. Le siguen las mujeres que cargan a sus hijos pequeños y en la cabeza sobre el yagual traen bolsas con trastes. En cola de la cuadrilla, los patojos en edad de trabajar o cuidar a sus hermanitos, a veces traen jalando un perro o un gato. “Tin baj tay patrón”, saludan.

Agradecidos por la esmerada atención, los cafetales en el mes de abril, cuando vuelven las lluvias, tiran las hojas azules y les brotan hermosas flores blancas que inundan al campo con un perfume sui géneris.  Año tras año las matas cargan igual; no descansan. En noviembre, los granos de color verde esmeralda tornan al amarillo limón y finalmente al rojo cereza, hinchados y relumbrantes, piden que deben cortarse de inmediato, de lo contrario se caen o se enjutan. Noviembre, diciembre y enero, tres meses de buena cosecha, que los japones venden con los coyotes de El Triunfo, Escuintla o de Motozintla.

Ante la envidia y las habladurías de los vecinos, sus bienes aumentan: el gallinal, el enorme corral con borregos y cabros, chiqueros llenos de coches cuinos y trompudos.  Cada año se les da muy bien la milpa, el frijolar. Ellos los japones viven, en la humildad; no se sienten ni se creen patrones, comparten la mesa y la comida con sus trabajadores.

Cuidan del patacho de bestias, les procuran buena pastura. Les cambian los herrajes cada tres meses, les curan con creolina los matados, las mordeduras de murciélagos, piquetes de yerbas, trasquilarles las crines, etc.

A la par con los mozos dirigen y hacen todos los trabajos que requieren los cafetales:

Escoger los granos floridos de cafetos jóvenes.
Preparar el terreno para plantar almácigos.
Hollar para  resembrar.
Trasplantar las plantías.
Chaporrear.
Desombrar.
Deshijar.
Podar.
Gobiar.
Cajetear.
Tapixcar.

En tiempos de cosecha se distribuyen los trabajos de:

Caporales.
Recibidores.
Planilleros.

En el beneficio húmedo y en los patios los trabajos de Desvanadores.

Despulpadores.
Lavadores.
Patieros.
Envasadores.

Con el patacho de bestias acarrean los quintales de café al pueblo y los víveres al rancho.

Ha cundido la fama de que los japones son ricos porque son muy agarrados, que todos los días mañana, tarde y noche, comen lo mismo: pictes de masa, frijoles parados, atole de maíz y café con panela.

¿Unos huevitos fritos con manteca para el desayuno?

¡Que esperanza!

Los huevos son para vender…o para hacer pan. Ojina entre otras cosas es buena panadera. Las gallinas son sagradas como las vacas en la India; no las comen, mueren de viejas…

¡Que los han visto asolear dinero sobre petates! ¡Hartas pacas de billetes!

En San Antoño tienen varias casas grandes con paredes de mampostería, pintadas de blanco y techos de dos aguas, caballetes de cedro, tejas de aluminio, con un aseo en los cuartos, corredores y patios que no se ve en otras casas a varias leguas a la redonda.

Moisés de raíces mayas, desde que empezó a tratar a Ojina comprendió la inteligencia y diligencia de su mujer. La respeta, ella decide, es la guía de la familia. La convenció para que sus hijos fueran sembrados según las costumbres familiares en un rito mezcla del catolicismo y la teología maya celebrada por un Chimán.  

A los quince días el recién nacido es llevado por sus padres a una montaña y bajo la sombra de un enorme pino, se lleva a cabo la ceremonia secreta. El Chimán quema copal, sacrifica a un gallo y con la sangre dibuja una cruz en el suelo que previamente ha limpiado; reza en maya y en castellano y pide a la madre naturaleza, al dueño de las montañas y de los animales, al sol, a la luna, a la piedra de Huixtla, al volcán Tacaná, a los aluxes, protección y larga vida para la criatura.  

A pesar de lo secreto de la ceremonia de la siembra algunos vecinos se enteran. Dicen que eso de la siembra es cosa de brujos y a ello le atribuyen su riqueza y la perenal salud que disfruta toda la familia japona.  Moisés, Ojina y sus hijos forman una familia unida y conviven en armonía; todos trabajan, pues tienen un objetivo en común: ¡Tener mucho dinero! Esa fue la consigna de Kumataro Kaneko a su hija cuando ella fue al pueblo a comunicarle que se iba a juntar con el arriero. Mil centenarios de oro fue la herencia y las palabras:

Cuida a tu marido, cuida de tu dinero y abúndalo.  A tus hijos enséñalos a trabajar, edúcalos con rigidez y disciplina”.

A pesar de las envidias y de las habladurías de la gente: que Ojina tiene un querido porque ninguno de sus hijos se parecen a su marido. Con excepción de la shunca, la única que es el vivo retrato de su papa, los once chamacos nacieron blancos  con ojos japones. También dicen que Moisés es brujo, que tiene pacto con el juanón, porque todo lo que hace le resulta bien: hijos saludables, educados, trabajadores y obedientes.

En tiempos de seca, los once japones trabajan jornada y media; no pierden el tiempo en trivialidades. Nacieron uno tras otro. Desde que Ojina se juntó con el arriero siempre estuvo cargada como las escopetas de rancho. Hoy son hombres fornidos como su padre, unas máquinas para el trabajo. Cuando los once corren en tropel por los laderosos caminos de San Antoño, retumba la tierra.  

De los primeros diez hijos que pario Ojina la atendió la partera Antoña, pero de  esta criatura no quiere  hacerse cargo, argumentando que ya está vieja y que la panza de la japona está muy rara, no sabe explicarlo.

¿Cómo es posible que la  criatura no se mueva? Si la panza de Ojina ya tiene ocho meses de cargada. “Seguro tará tullido por el frío”. “Mira vos Moi yo no le pongo mano, mejor llevala al pueblo con el loctor, porque acá en el monte se te pueden malograr”

- Mujer, yo no le creo a esa vieja partera Antoña, se hace del rogar; hemos tenido hartos hijos y todos tan alentados; más bien creo que a la vieja esa algún vecino la puso en nuestra contra. De todos los chamacos vino a ayudarte y que casualidá que ora no quere; ya me aconsejó que te lleve al pueblo para que te atienda un doctor.Yo opino diferente; le pagaremos a ña Laureana para que venga a auxiliarte; ella también es buena partera. ¿Pero vos Ojina que decís?   Vos sabés que pueblo está muy lejos y el Doctor debe cobrar un dineral… 

- Moi, yo quiero parir a mi hijo en mi casa, acá en el monte. Aunque sienta rara mi panza, no quiero ir al pueblo con el Doctor; me da vergüenza que un hombre que no sea mi marido me trastee.

Cuando Ojina sintió los dolores de parto llamaron a ña Laureana. La partera hizo las diligencias necesarias pero sin lograr que el niño naciera. A pregunta del arriero, “Este cabrón chamaco no quiere salir”, respondió enojada. La parturienta estaba con un grito permanente. De San Antoño al pueblo son ocho horas de camino y con la ayuda de vecinos y mozos armaron una parihuela y la llevaron al pueblo. Cuando llegaron a la casa del Doctor Mina, la mujer ya no gritaba; sus cargadores la dieron por muerta.

- Está desmayada, pero tiene pulso- consoló la enfermera al arriero.

Después de dos horas, con la ropa mojada por el calor y el trabajo realizado a la parturienta el Doctor y su asistente salieron del consultorio.

– Tuvimos que operar a la señora; el niño estaba mal colocado y venía dentro de un zurrón pero ya pasó el peligro; ahora duermen, están bien los dos, pasen en silencio a mirarlos, pónganse estos tapabocas. Ojina duerme plácidamente. En su regazo el recién nacido, de color morado, mueve sus pequeñas manos y succiona el seno de su madre.

- La señora necesita reposo y en tres semanas podrá regresar a su casa; la llevarán en la parihuela. Un año debe ponerse esta faja y esperar seis meses para montar caballos. 

Después de permanecer el tiempo indicado por el Doctor en uno de los cuartos que construyo para alojar pacientes, Ojina se sintió recuperada y pidió a su marido:

- Ya que estamos en el pueblo, de una buena vez bautizaremos al niño en la Iglesia de Santo Domingo e invitaremos a mi papá para que  conozca a su último nieto. 

El Padre Gumersindo, originario de Galicia España, apodado por el pueblo “Padre Chindo”, encargado de la iglesia, amablemente pregunta:

¿En qué fecha nació este hombre?

- El 25 de abril Padre.

¡Es una criatura bienaventurada, suertuda como vosotros decís; nació en la misma fecha que San Marcos el Evangelista, predicador en Egipto y San Evodio Mártir!

¿Qué nombre os queréis ponerle a este angelito?

“Evodio, Padre”. 

- In nomine Patris, et fílii, et espíritus Sancti. Amén.

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Referencia:
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© 2013 Florentino de Mazariegos

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