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Los nikkei de Huancayo y su anhelo de unidad - Parte 1

Es temporada seca en Huancayo*. El viento frío y punzante se impone en la ciudad que aún recuerda a los japoneses y sus familias que de trabajar el campo pasaron a conquistar las calles con sus negocios. 

Sus hijos al recordarlo reviven buenas épocas: “Antes en cada cuadra existían por lo menos dos negocios de japoneses”; revelan sus diferencias: “los issei mantenían un círculo muy cerrado y hacían todo muy pegado a sus costumbres”; se dejan llevar por la añoranza: “Celebraban el Undokai a lo grande, las fiestas eran fabulosas”; y sobre todo agradecen lo heredado: “Aquí nos distinguen como colectividad, no tanto por lo que hacemos ahora sino por la imagen que tienen de nuestros padres: trabajadores, honrados y leales”.

Al perder a los issei  se debilitaron los vínculos entre las familias. Dejaron de reunirse, salvo esporádicamente, y la unión que las caracterizaba se atenuó. Hoy, los miembros de la Asociación Peruano Japonesa Huancayo (APJH) trabajan por restablecer la unidad de la colectividad nikkei, revalorando sus raíces y fortaleciendo su identidad. 

Descendientes de japoneses en Huancayo, en la sierra central del Perú, trabajan para mantener los valores de sus ancestros.

“Felizmente me vine a Huancayo”

“Parece issei”, dicen los conocidos de Alberto Akiyama, con admiración y respeto por sus años, por ser de los pocos en mantener con éxito su negocio por más de medio siglo, y por su entusiasta apoyo a la reintegración de los nikkei huancaínos.   

Una de las pocas imágenes que Alberto Akiyama conserva de su padre, Hirotaro.

Sus padres llegaron de Shizuoka a Cañete y pronto se mudaron a Lima donde su padre, Hirotaro Akiyama, tomó el puesto de cocinero en la residencia de la familia Barreda. Oficio que aprendió en su paso por los EE. UU. 

Hablar de su infancia lo lleva a las aulas de la Escuela Japonesa Lima Nikko y al ambiente hostil hacia los japoneses y sus familias durante la Segunda Guerra Mundial. “Yo terminé la primaria y aprendí japonés antes de que cerraran la escuela. En esa época nuestros padres vivían en sobresalto. A mi papá como era empleado no le hicieron problemas”.

Un recuerdo más agradable son las advertencias de su madre, que contrariando la costumbre prohibió a sus hijos seguir el oficio del padre. “Resulta que los cocineros tomaban mucho en aquel tiempo. Y ella me decía ‘nunca te metas de cocinero, busca cualquier otro trabajo’”, cuenta sonriendo. 

Cuando Alberto, que era empleado de un bazar en Lima, decide venir a Huancayo, sus hermanos ya se habían establecido aquí. Junto con Pedro, su hermano mayor, y el Sr. Morita, abren en 1959 el bazar de ropa El Trío. Una de sus mejores decisiones, afirma. “Felizmente me vine a Huancayo. La tienda, que hacía laberinto comercial imitando a los bazares del Jirón de la Unión, tuvo éxito y se hizo bien conocida”. 

Un buen trato y siempre encontrar una solución a los pedidos del cliente son las normas que Alberto Akiyama, dueño de un bazar, exige a su personal.

La fidelidad de sus clientes se debe a la buena atención que mantienen como norma, asegura. “Si mi cliente quiere devolver una camisa que le quedó grande o chica, aun manchado el cuello, se la cambiamos. El cliente siempre tiene la razón”. Ubicada en la concurrida Calle Real, El Trío es la única en su rubro que sobrevive de la época en que no había cuadra sin un negocio de familia nikkei. Conservó el nombre aunque el Sr. Morita se retiró y Pedro falleció.  

Escucharlo narrar su pasado es descubrir a un hombre satisfecho de lo vivido, capaz de recordar con buen humor tanto los buenos como los malos momentos. La tienda le dio alegrías como la de conocer a su esposa. “Paulina era personal de la tienda, tuvimos un solo hijo, Luis Antonio Akiyama Cangalaya”, dice mientras señala las fotos de su hijo y sus nietos Satomi y Natsumi.

Pero también le dio más de una preocupación.  En 1963, con la tienda en crecimiento, adelantó 500 mil soles a su proveedor. “Éramos amigos comercialmente, sin notaría ni abogados le firmé las letras. Pasaron los meses y ni una camisa. Voy a Lima y resulta que el suegro le cerró la fábrica por portarse mal con la esposa. Callado regresé a seguir trabajando”. 

Otra de sus anécdotas se debe a su gusto por pescar. En la década de 1980, tras analizar las aguas de la laguna en que acostumbraba pescar, sembró 45 mil alevinos de trucha, que a los cinco años alcanzaron los 60 centímetros y gustaban por su buen sabor. Sus ilusiones de exportar a Japón se esfumaron a causa de la minera que usaba la laguna como abastecimiento hidroeléctrico. “No sabía que habían puesto un sifón por debajo y un día el que controla la salida de agua se emborracha y me vacía la laguna. ¡Me mataron toditas las truchas!”, cuenta y no puede evitar la risa. 

Estás pérdidas impidieron el equilibrio de la tienda por más de treinta años. Y cuando lo consigue, a mediados de la década de 1990, sufre un infarto. “Felizmente leve y sin mayores complicaciones”, agradece. 

Dedicado a supervisar, dejó el manejo del bazar al gerente que creció en la tienda. “Está conmigo desde los 8 años. Estudió primaria, media y la universidad trabajando medio día. Él sigue mi teoría con los clientes”, asegura contento de que su legado continúe.

El Libro de los Buenos Amigos

Olga Sakoda junto a dos de sus hijas y el mayor de sus nietos.

Con una amable y amplia sonrisa, Olga Sakoda cuenta lo mucho que disfruta cuidando de sus hijos y nietos, y participando de las actividades que organiza la Asociación. 

Su padre, Tamesu Sakoda, llegó de Fukuoka a Lima en 1921 y ahorró hasta abrir una panadería y peluquería en Morochocha. Negocios que perdió durante la guerra, al confiarlos a sus empleados para evitar los acosos. “Yo tengo acá mis papeles, soy el dueño, le dijeron a  mi padre”, cuenta.

La familia puso un pequeño café en Jauja y empezó de nuevo. Sin embargo, al divorciarse sus padres, Olga de 11 años se mudó a Lima con los tíos lejanos de su padre, la familia Orihashi. A ellos les agradece el terminar de educarse y el gusto por preparar platos japoneses.

Al casarse con Fernando Higa abren en Huancayo el restaurante Santa Rosa y luego una ferretería, que vendió al enviudar, dedicándose por completo a su casa. 

Como buena cocinera enseñó a sus hijos a disfrutar de la comida japonesa. “Les preparo sushi, inarisushi y los tempuras”, cuenta. Por supuesto, también es hábil con la comida típica. “El picante de cuy lo hago con salsita de maní, bien rico”. 

Con gran esfuerzo Tamesu Sakoda logró abrir sus negocios.

La activa participación de Olga en la Asociación es un ejemplo que siguen sus hijos. Especialmente Ana y Carmen, creadoras del Libro de los Buenos Amigos, que cada año se entrega a una familia para llevar los detalles de la elaboración de las coronitas que se colocan en las tumbas de los japoneses y sus descendientes cada 1 de noviembre.

Orgullosa de esta labor, relata cómo durante todo el día, directivos y asociados divididos en grupos van por todos los pabellones del cementerio colocando las coronitas. Y en la noche se realiza la misa en memoria de los fallecidos. “La gente ve eso y dice qué unidos son”, asegura contenta.

Y añade que ahora ellos invitan a sus amigos a participar de algunas celebraciones de la Asociación y que “responden muy bien, participan con entusiasmo”.

“Así es la vida aquí –resume Olga–. También hace mucho frío, pero ya me acostumbré, tengo 54 años viviendo acá”, ríe. 

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Nota:
* Huancayo: Ciudad ubicada en la sierra central del Perú, en el departamento de Junín y una de las más pobladas del país. Tiene una importante presencia de migrantes japoneses. 

 

* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 71, y adaptado para Discover Nikkei.

© 2012 Texto: Asociación Peruano Japonesa; © Fotos: Asociación Peruano Japonesa / Jaime Takuma

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