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Destino Watanabe: El filólogo Marco Katz llegó al Perú siguiendo las huellas del poeta de Laredo

Músico compositor, estudioso de la literatura latinoamericana, trombonista e investigador de los dekasegi, Marco Katz podría ser definido por cualquiera de estos títulos pero hay uno que le sienta mejor: admirador del poeta José Watanabe, el motivo principal de su reciente visita al Perú.

Marco Katz es filólogo e investigador de la diáspora nikkei.

Marco y Betsy, su esposa, llegaron desde Canadá con el pretexto poético y académico de conocer la tierra del poeta nikkei nacido en Laredo, Trujillo, adonde se trasladó esta pareja de norteamericanos que recorrió librerías en Lima, charló con expertos de la inmigración japonesa en el Perú y se fue (previo paso por Machu Picchu) cargado de satisfacciones.

“En Laredo me encontré con la biblioteca José Watanabe Varas, de la que no se dice nada en Internet. Ahí conocí al profesor Félix Gutiérrez y al bibliotecario Roel Luis García. Me mostraron sus libros y me llevaron a la casa de la familia del poeta”, cuenta Marco, quien lleva bajo el brazo los cuentos infantiles del autor de La piedra alada y el libro que lee en este momento: El ombligo en el adobe. Asedios a José Watanabe, la biografía escrita por Maribel de Paz.

De la música a la literatura

Marco era un músico en Nueva York, integrante de grupos de salsa, cuando conoció al gran Charlie Palmieri y a Mon Rivera, con quienes tocó en bandas puertorriqueñas con las que empezó a oír, en vivo, sus primeras palabras en español. Las letras de las canciones fueron el siguiente estímulo. “Oye cómo va, mi ritmo, bueno pa’ gozar”, tenía que significar algo.

Fue así que a los 48 años Marco decidió estudiar literatura (o filología, como la llaman en España), en la Universidad Complutense de Madrid. Su castellano rudimentario no pudo tener mejor lugar para enriquecerse. Allí leyó a Cervantes, a García Márquez, a Carpentier, a Vargas Llosa y a otros grandes apellidos que lo inclinaron hacia el continente de lo real maravilloso.

“Cuando hice mi maestría, una profesora nos empezó a hablar de la literatura que hacían los japoneses encarcelados en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Era una historia que muchos no conocían y así fue que empecé a interesarme por escritores de origen japonés en Latinoamérica”. 

Literatura nikkei

Nombres como Alejandro Sakuda, Amelia Morimoto y Augusto Higa Oshiro empezaron a ocupar su biblioteca mental; esa donde el apellido Watanabe se había quedado grabado en la piedra alada de su afición literaria. En Canadá, donde radica actualmente, Marco Katz eligió para su proyecto de maestría de la Humboldt State University a los escritores nikkei de Estados Unidos, Canadá y Perú.

“Perdón por manchar estas tierras sagradas con mi sangre” fue el título que eligió para ese documento que no sería la última investigación sobre los escritores de origen japonés. De Cusco a California: José Watanabe y Naomi Quiñones en la diáspora nikkei, que publicó como parte de un congreso de la Universidad de California, fue otro de los títulos con los que Katz empezó a convertirse en un referente para estos temas.

En 2007 presentó su investigación ¿De quién es la diáspora de todos modos?: Japoneses, peruanos y dekasegi. Narrativa ciudadana, para la Universidad de Alberta, en Edmonton, Canadá, donde sigue estudiando, tocando el trombón y maravillándose con los escritos de Joy Kogawa, la poetisa canadiense sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial, y de José Watanabe.

Persiguiendo al poeta

“Yo caí enamorado de los textos de Watanabe. Me gustó mucho su forma de utilizar el lenguaje, sus ideas, imágenes y conceptos. Esta piedra alada que vuela pero no vuela. O en Elogio del Refrenamiento, donde explica la idea de alcanzar las pasiones más cálidas a través de la contención”.

“Yo caí enamorado de los textos de Watanabe. Me gustó mucho su forma de utilizar el lenguaje, sus ideas, imágenes y conceptos. Esta piedra alada que vuela pero no vuela. O en Elogio del Refrenamiento, donde explica la idea de alcanzar las pasiones más cálidas a través de la contención”.

En una parte del poema “Las manos” Watanabe escribe: “Mi padre vino desde tan lejos, cruzó los mares, caminó y se inventó caminos, hasta terminar dejándome sólo estas manos y enterrando las suyas como dos tiernísimas frutas ya apagadas”. Y en “El acertijo” anota: “El perejil anunciaba a mi padre, Don Harumi, esperando su sopa frugal. Gracias de este país: un japonés que no perdonaba la ausencia en la mesa de ese secreto local de cocina!”.

“Me gustó Watanabe también por los asuntos de la identidad. Yo soy norteamericano pero mi papá era judío y mi madre era de una familia integrista cristiana. Ella nació en Nigeria, donde sus padres eran misioneros. ¿Entonces quién soy? Veo mucho de eso en Watanabe, quien decía que era peruano, pero que tenía que trabajar mucho para serlo. A mí me pasa lo mismo en Latinoamérica”.

Identidad en la diáspora

Marco y Betsy estuvieron en Laredo, buscando en las calles las raíces del poeta nikkei para saber quién es Watanabe. “En Lima fui al Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, donde vi el huso, que sirve para hilar las fibras textiles, y pensé en El huso de la palabra, de Watanabe, y la relación con su madre y las culturas Moche y Chimú. ¿Quiénes son los hijos Watanabe Varas? Esas son algunas cosas que quiero explorar”. 

La identidad de Watanabe fue una forma de continuar sus estudios sobre los dekasegi, que le permitieron investigar los casos del escritor Augusto Higa y el cantante Alberto Shiroma, que es un fenómeno mundial con canciones traducidas a varios idiomas. 

“He discutido mucho en congresos sobre la diáspora, que es una vuelta que no es una vuelta. En un momento el gobierno japonés decidió que no quería nikkei y les pagó para que se regresaran a sus países. En Estados Unidos les pagaron diez mil dólares para que firmen un documento en que juraban que no volverían a Japón en diez años”, cuenta Marco Katz.

Por eso es tan complejo hablar de identidad. Por ahora, Marco Katz prefiere disfrutar de la poesía de Watanabe en Chile, donde este filólogo, intérprete de jazz, compositor de música para televisión y autor de un disco con canciones basadas en el poemario Las piedras del cielo, de Pablo Neruda, que saldrá este año, vivirá con Betsy por un tiempo, mientras ella estudia las celebraciones por el centenario de la independencia latinoamericana y él explora los últimos resquicios de la obra del poeta de Laredo.


* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 66, abril de 2012 y adaptado para Discover Nikkei.

© 2012 Asociación Peruano Japonesa; © 2012 Fotos: Asociación Peruano Japonesa / Fernando Yeogusuku

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