Un lienzo de ocho décadas. Venancio Shinki pinta su vida en lo pequeño y en lo grande

By Angélica Camacho, Asociación Peruano Japonesa
12 Jun 2012

No está dispuesto a perder las mejores horas del día, esas en las que el sol acompaña su labor junto al pincel en el segundo piso de su casa en Miraflores. Ahí está su taller, su lugar favorito, donde la naturaleza parece emerger de sus lienzos: lunas, soles, aves, toros y cuerpos de mujer son algunos de sus personajes recurrentes. 

Venancio Shinki es un hombre apacible que prefiere seguir pintando a ser un pintor que da entrevistas y acepta invitaciones. Solitario, obsesivo, metódico, de vez en cuando lanza una mirada de cervatillo. Su refugio es hacer arte. Afuera de estas paredes está la jungla de compromisos que requieren su presencia. “Si ya eres conocido te fregaste”, dice. 

Acaba de cumplir ochenta años pero aparenta diez menos, lo único que puede delatarlo es su pelo blanco; por lo demás su semblante y postura lo hacen ver como un hombre que se ejercita. Pero hace tiempo cambió las caminatas por las recetas médicas. Tiene dos operaciones al corazón, una a los pulmones, otra a la vesícula biliar y algunas más que evita repetir para ahorrar el drama.

–¡De qué no me han operado!
–dice con el mismo tono de quien cuenta una broma.

Alguna vez su médico le aconsejó que dejara su oficio para librarse del daño que le causaba aspirar las pinturas. Venancio Shinki respondió que más daño le haría dejar lo que más ama hacer. Su amor por el arte lo había descubierto a los seis años, cuando a sus manos llegaron un cuaderno de origami y unas crayolas. Quedó tan fascinado que no le importó tanto que los otros niños del colegio no quisieran juntarse con él. 

Estudiaba en el colegio japonés de la hacienda San Nicolás (al norte de Lima). Como hijo de padre japonés y madre peruana siempre fue diferente. Más tarde, con la Segunda Guerra Mundial y la persecución a los japoneses las cosas no hicieron más que empeorar para el pequeño Venancio, ya alumno en una escuela nacional. 

“Fue tremendo. La manera como nos trataban a nosotros los negros, los cholos, nos insultaban. ¿Cómo nos llamaban? Monos. Con lisura y todo. Era terrible. A veces nos agredían, les divertía ver llorar a un japonesito”. Ese mundo que hoy le resta salud en su momento también fue su salvación. 

Siete décadas después, el niño que miraba la luna y jugaba con lagartijas es un pintor de renombre en la escena nacional que cuida su espacio propio y evita aparecer en sociales. 

* * *

Forma parte de la élite más cotizada de la pintura latinoamericana. Sus obras han sido expuestas en una serie de países; la lista es larga, incluye a Francia, Bélgica, Suiza, Alemania, Egipto, Brasil y Estados Unidos. Tener un cuadro del maestro Shinki te hace merecedor de un estatus social, cultural, artístico y económico elevado. Muy lejos quedaron los días en que daba sus lienzos como regalo de cumpleaños para que más gente los viera, siguiendo los consejos de un profesor italiano al que en la Escuela Nacional de Bellas Artes llamaban “el loco de los balcones”.

Venancio Shinki se confiesa un afortunado. Apenas dos integrantes de su promoción siguen haciendo pintura. Él es uno de ellos. Hay que tener temple y aguante para seguir en el camino del arte. En la escuela japonesa le dieron la disciplina necesaria, a él le tocó aportar la vocación.

Ahora quiere tener tiempo para dedicarse a la escultura. Su  otro proyecto es construir un taller más grande en la terraza de su casa, ampliar su segundo piso. Además quiere seguir estudiando japonés; sabe lo suficiente para mantener un diálogo, pero su vocabulario se fue perdiendo y ya no puede entender con claridad a los comentaristas de la NHK. Por eso tiene una pizarra donde escribe cada vez que puede, para no olvidar los katakana y hiragana que aprendió hasta los nueve años. Una de las frases escritas con tiza en su pizarra dice: “Aprender nihongo es divertido”. 

La estética no descansa en la casa del pintor. Cuadros por todos lados decorando las paredes, incluso en el baño de visita. O apoyados en caballetes, esperando un nuevo destino. Cerámicas de la cultura Chancay, esculturas, libreros con libros, jardines bien cuidados y árboles frondosos. Podría pasar por un pequeño museo privado. Todo eso lo comparte con la pintora Elda di Malio, su mujer, y sus cuatro gatos. 

–Mejor no te enamores nunca de un pintor –dice como una revelación.
–¿Por qué no?
–Porque cuando no está pintando está pensando en pintar. No quedará tiempo para ti.

Solo alguien con la misma locura de artista podía entenderlo. Cuarenta y cuatro años juntos. A decir del pintor, Elda se preocupa demasiado por él. “Quizás por los años que tengo, entonces hay que cuidar al viejo, y ella también está envejeciendo por estar cuidando al viejo”. Van al cine y al teatro cuando ella gana y logra convencerlo de salir. Solo así, o por ir al médico o irse de viaje se aleja del taller sin culpa.  

* * *

Al hablar de los juegos de su infancia le pone a cada palabra la intensidad del niño que iba de la hacienda San Nicolás a Llamachupan. Como no tenía con quien jugar invitaba a las luciérnagas, piedras y cualquier cosa que descubriera en la naturaleza a unirse al juego.

Lo que sale en sus lienzos es la vibración que desprende de sus vivencias personales. Las de niño son las que más vibran en Venancio Shinki. Cómo no iban a salir entonces el sol y la luna que miraba por horas. 

Las circunstancias lo hicieron un fogueado retratista a los dieciocho años. Empezó siendo ayudante de un estudio de fotografía poco después de haber quedado huérfano de madre a los catorce. Al padre lo había perdido a los nueve.

Quizá por su parecido con el personaje principal de La comedia humana, de William Saroyan, le apasione tanto ese libro. Homer es un adolescente que a los catorce años se queda sin padre y tiene que echarse la familia a la espalda. La historia acontece durante la Segunda Guerra Mundial. Lo leyó en la década del 70 y todavía habla de él con emoción. La primera vez que lo terminó puso de puño y letra en la obra: “Vive, vive, vive. En lo pequeño y en lo grande. ¡Vive!”. 

“Antes yo no sabía, no tenía capacidad para poder pensar que la amistad fuera tan buena”. A los ochenta dice haber aprendido lo que es tener amigos y aunque no puede seguir el hilo de una conversación, estaría dispuesto a estudiar fotografía digital.

–¿Le tiene miedo a envejecer?

–No, ya no. A estas alturas del partido sabes qué cosa, si viene un grupo de asaltantes, Dios no lo quiera, yo hago la bulla necesaria para que me mate a mí. No a ustedes. 

* * *

Venancio Shinki: Perfil

  • Nació en Supe, en la hacienda San Nicolás, el 1 de abril de 1932.
  • A los 15 viaja a Lima a trabajar como aprendiz de fotógrafo. 
  • A los 21 abre su propio estudio fotográfico.
  • En 1962 egresa de la Escuela Nacional de Bellas Artes. 
  • Un año después es elegido para participar en la Bienal de Sao Paulo, una especie de mundial del arte.
  • En 1966 obtiene el Premio Teknoquímica, con eso consolidó su entrada a la escena. 
  • En sus años de egresado hacía un cuadro en tres días y hacía arte abstracto. Ahora le dedica un mes y medio a un cuadro y su estilo es onírico, semifigurativo.
  • Tiene tres hijos de un primer matrimonio con Keiko Higa.
  • Trabajó como profesor de la facultad de Arquitectura de la UNI, de dibujante en el periódico Expreso, como empleado público en el Ministerio de Industria y Turismo.
  • Su carrera ha sido sostenida y siempre en alza por más de cinco décadas. Es uno de los maestros de la pintura peruana.

* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 66, abril de 2012 y adaptado para Discover Nikkei.

© 2012 Asociación Peruano Japonesa; © 2012 Fotos: Asociación Peruano Japonesa / Alvaro Uematsu

 

Angélica Camacho

Peruana. Editora y periodista freelance. Realiza libros institucionales y colabora con revistas como Pie Izquierdo, Sole y Kaikan. Trabajó como redactora y fotógrafa en Japón en el semanario International Press. Estudió una maestría en Ecoturismo y está en proceso de convertirse en una comunicadora-viajera-ambiental. También crea cuentos para niños y tiene una empresa.

Última actualización en novienbre de 2011

 

Asociación Peruano Japonesa

La Asociación Peruano Japonesa (APJ) es una institución sin fines de lucro que congrega y representa a los ciudadanos japoneses residentes en el Perú y a sus descendientes, así como a sus instituciones.

Última actualización en mayo de 2009

 

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