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El peruano de barrio en las obras de Augusto Higa - Parte 2

>> Parte 1

Resumiendo, ¿cuál fue la experiencia de Augusto en el Japón? Una experiencia muy dura. En el título ya está: Japón no da dos oportunidades. Y la experiencia real fue sentirse explotado por unos y por otros; por la misma empresa que los lleva, que le cobra más; les hacen cobros ficticios; y el tipo de trabajos que un peruano de origen japonés tiene que hacer, trabajos para los que no está preparado. Si no me equivoco, Augusto Higa, profesor universitario, va a Japón y tiene que hacer de picapedrero en las calles –están con esos aparatos que hacen unos ruidos infernales–. Y después va a trabajar a un sitio de clientes silenciosos. Luego, entró a arreglar el rostro de los muertos en la morgue, como aparece, por cierto, en las novelas de Tanizaki –hay una excelente novela de Tanizaki donde aparece ese trabajo, justamente. Que no por afán literario, ¿cierto? … Puede ser muy literario, muy hermosamente bello narrar eso, pero estar ahí, para una persona sin experiencia, cuya única relación con la rama médica es haberse casado con una médica, ¿cierto?, es, me parece, casi aterrador.

Yo supongo que Augusto Higa la pasó mejor en el trabajo en una fábrica de bicicletas, armando bicicletas, porque eso sí me imagino: un muchacho del barrio de El Porvenir armando bicicletas.

Yo leí el año pasado (2008) algunas críticas en los periódicos y entonces fui corriendo a buscar el libro. Me decían: “No está. Se ha acabado. Ya va a venir”. Bueno, finalmente lo encontré. Se lo presté a un profesor de la Universidad de Lima que es pariente mío, lo leyó, me dijo: “¿Has leído el libro? Es excelente. Tengo tres salones de lengua; lo voy a dar de lectura.”. Entonces, 150 alumnos de la Universidad de Lima compraron el libro. No sé cuántos ejemplares tendría, tal vez mil. El libro se agotó. Y ahora que yo venía a esta conferencia, busco mi libro y no lo encontré. Me lo robaron. Entonces he tenido que buscar…he hecho un rastreo por librerías de Lima.

Entonces, quiero decir que hay un medio de difusión de la calidad de la obra literaria, que ya no es el periodístico, que es el boca a boca que está funcionando. La gente ya sabe que este es un libro excelente. Es una cosa maravillosa. Y narra, qué puedo decir, la tristeza de un peruano de origen japonés que no se adapta al mundo en que está viviendo. Él dice en un momento que: “Katzuo Nakamatsu se bañó lentamente. Se mudó las ropas caseras y se trasladó al pequeño restaurante de los Terukina en la cuadra 12 de la Bausate y Meza, puesto que le había antojado tomar yushime, una sopa okinawense que le devolvía el sabor de la infancia perdida”.

¿De dónde es Nakamatsu? ¿Es japonés o es un peruano de origen japonés que toma la sopa perdida? Tal vez todos tomamos una sopa perdida.


Apuntes

Doris Moromisato:
“En los anteriores libros de Augusto Higa, antes de Japón no da dos oportunidades o en La iluminación de Katzuo Nakamatsu, nos damos cuenta de que es una especie de crónica novelada de La Victoria. Si –dicen– se puede reconstruir Dublín de Irlanda con el Ulises de James Joyce, creo que Augusto ayudaría a reconstruir La Victoria. Y luego vienen sus últimas obras, donde siento que se acerca concientemente y adrede a su parte japonesa, a pesar de que el libro Japón no da dos oportunidades es muy amarga, es muy fuerte. Este libro decía la verdad del maltrato que se vivía en Japón y del desencuentro que se dio entre un descendiente de japoneses con su encuentro con lo que él pensaba que era su madre patria, y que no lo era. Entonces, ésta es la pregunta, si Augusto, a través de sus novelas, de sus relatos, intenta de una manera lo que buscamos los que somos descendientes de otras razas en el Perú: ser peruanos y peruanas”.

Augusto Higa:
“Me di cuenta de que lo japonés formaba parte de mí mismo y formaba parte de la comunidad nacional. Como decía un amigo, ‘110 años no han pasado en vano’. No solamente pertenecemos a la sociedad peruana nacional, sino incluso estamos en el imaginario colectivo y en el imaginario narrativo.

Entonces, yo quise con Katzuo Nakamatsu meter esa parte muy japonesa pero, como lo ha observado Marco Martos, al mismo tiempo muy criolla. Y, efectivamente, se trata de un personaje que no puede compenetrarse con su realidad. Hay algo que lo hace ajeno, un extranjero, o que hace difícil su ingreso a la realidad. Pero este no es un problema exclusivamente de los hijos de los japoneses. Toda la poesía de la Generación del 50 lo ha expresado así: Washington Delgado, Eielson, la misma Blanca Varela se sentían también muy extrañados. Y esta extrañeza frente a la realidad arranca desde el siglo XIX. El poeta romántico del siglo XIX era alguien que empieza a rebuscar en sí mismo y se encuentra con que no tiene patria, no tiene oficio. Y el único sustento suyo es el lenguaje.

De manera que el problema no es exclusivamente por el hecho de que seamos hijos de japoneses y nos sintamos extranjeros frente a la realidad nacional. No. Es algo que viene de muy atrás dentro de la poesía y dentro de la literatura. Por ejemplo, Ribeyro, el propio Arguedas no puede ingresar a la realidad de la ciudad, es un expatriado, es un marginal de la ciudad. Y así sucesivamente. Es por eso que ya yo no tengo miedo de mostrar esta especie de extranjería, esta especie de choque con mi propia realidad, y que no está basado sola y exclusivamente en mis rasgos raciales”.


* Este artículo se publica gracias al convenio entre la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y el Proyecto Discover Nikkei. Artículo publicado originalmente en la revista Kaikan Nº 48, agosto 2010.

© 2010 Asociación Peruano Japonesa y Marco Martos Carrera / © 2010 Fotos: Asociación Peruano Japonesa. Foto Augusto Higa: Enrique Higa

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