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Dekasegi chileno y el grupo Sakura

En 1990 llega a Chile la noticia de que Japón ha decidido devolverle la mano a América por aquellos emigrantes japoneses que vinieron a fines del siglo XIX y principios del XX a buscar nuevas fuentes de sustento. Ahora, sus descendientes pueden tener esas mismas oportunidades en las tierras de sus ancestros. Pero esta noticia no tiene en Chile las repercusiones que alcanza en otros países como en Perú o Brasil donde ocasiona acercamientos a quiebres generacionales por la multitud de jóvenes nikkei que lo abandonan todo para ir tras sueños económicos que consideran imposibles de hacer realidad en su propia tierra.

En el caso de Chile, el limitado interés demostrado, no es consecuencia de una boyante situación económica de la comunidad nikkei sino porque se vive un relevante momento histórico y porque la noticia del dekasegi se difunde malamente.

El país viene saliendo de una larga tiranía, mostrándose lleno de esperanzas nuevas. Por lo demás, la vuelta a la democracia no se muestra traumática porque cuenta con algunos consensos y porque no todo debe empezarse de nuevo. Al menos, esto se hace manifiesto en materia económica. A este nivel, sólo hay que continuar perfeccionando el sendero que el golpismo enjaulado supo abrir para eludir parcialmente su encierro internacional. Japón contribuyó notoriamente en facilitar esta proeza. De hecho, valida al  gobierno de facto, se hace socio de primera fila y usa su experiencia, prestigio internacional y poder económico para avalarlo. Así, se abren   puertas asiáticas de economías emergentes que en corto plazo están comerciando con Chile productos no tradicionales, cada vez más  diversificados y dentro de  reglas de intercambio notoriamente flexibles. La democracia entrante no duda en aprovechar estas experiencias y su proceso de  recuperación se acelera, multiplicando las posibilidades de  nuevas y variadas fuentes productivas con amplia aceptación en todos los mercados del mundo. Las  remuneraciones de los trabajadores tienden a mejorar y se inicia un sostenido aumento de los puestos de trabajo. Este hecho contribuye para que algunos que conocieron oportunamente el ofrecimiento a dekasegi, desoyeran su llamado en espera de las oportunidades criollas.

Por lo demás, más de la mitad de los nikkei chilenos que por tradición se mantienen marginados del juego político, no han sido víctimas directas del régimen represivo y sus vidas se muestran ajenas al ámbito de la angustia, pudiendo seguir sus vidas dentro del nivel socioeconómico medio. Son justamente estos grupos que al mostrarse como la cara visible del universo nikkei chileno, reciben la información oficial del llamado japonés al dekasegi. Por lo mismo, lo catalogan como una noticia de bajo interés y no se preocupan de darle cobertura.  (En este comportamiento pesa la otra faceta de la realidad nikkei chilena: el escaso nivel de relaciones entre sus pequeños grupos dispares).  Dentro de los muchos que se debatían dentro de manifiestas limitaciones silenciosas, sólo un mínimo logra conocer de cerca este extraordinario ofrecimiento japonés. El resto, ajenos a todos estos canales de comunicación interna, nunca supieron de tal “vuelta de mano”. De este modo, el dekasegi chileno abarca ámbitos marcadamente estrechos, casi limitados a algunas familias de la Región Metropolitana, mientras las posibilidades para regiones son prácticamente nulas.

De ahí que los promotores que vinieron a Chile intentando formar grupos para llevarlos a hacer dekasegi a Japón, sólo encontraron  interés en minorías exiguas que estaban lejos de llenar sus expectativas. Rápidamente, Chile fue dejado de lado y la atención de casos se limitó a gestiones que se manejaron desde países vecinos. Con cierta certeza, sólo se sabe de un grupo que logra tomar rumbo a Japón. Se trata de una veintena que un promotor con residencia en Perú, asesora. En este caso, las motivaciones, preocupaciones y orgánicas que se echan a andar para concretar intenciones dentro de los tiempos señalados, es obra del único grupo que dimensiona positivamente sus beneficios:  el SAKURAKAI fundado en 1980.

Uno de los principales fundadores del Sakura fue el nikkei Fernando Sato, hijo del inmigrante Sutejiro Sato que llegó a Valparaíso en 1917, dedicándose a la jardinería. Fernando, desde adolescente se vio obligado a entrar a la vida del trabajo y se constituyó en un colaborador incansable de toda actividad relacionada con los nikkei, afán que sigue vigente a pesar de sus más de 80 años de edad. Y, uno de sus presidentes con más reelecciones es Mitsutoshi Asada, hijo del inmigrante Michiske Asada nacido en 1889, casado en España y radicado en Tocopilla en 1933. Cuando en enero de 1943  Chile es impelido a declararle la guerra a Japón y tomar medidas represivas contra los ciudadanos japoneses radicados, es objeto de un acto de injusticia sin precedentes. Sin estar dentro de la nómina de relegados oficiales, le decomisan todos sus bienes, lo privan de libertad y es llevado a Putre (Primera Región) donde lo mantienen encarcelado hasta el fin del conflicto. A su esposa e hijos (Mitsutoshi tenía 10 años) los trasladan por mar hasta Valparaíso y de ahí, por tierra, hasta Peumo (Sexta Región) donde los abandonan en un pequeño predio con una bodega por vivienda. En 1945 pueden volver a reunirse en Santiago donde se empeñan en rehacer sus existencias maltratadas.

Los componentes oficiales del Sakura no llegan a 20 pero operan con un criterio de manifiesto aperturismo, rodeándose de amigos y colaboradores que no necesariamente deben tener una base japonesa. Uno de sus integrantes es María Sugiyama, la hija menor del pionero Tsunezo Sugiyama que se radica en Chile en 1920. Era hijo de una familia con plantaciones de té y que al decidirse aventurar en Chile, aprende la profesión de peluquero. En cierta oportunidad, al recibir la visita de un coterráneo que al constatar sus limitaciones de vida, le sugiere solicitar la herencia a la que tiene derecho. La respuesta que recibe lo dice todo: “Mi Destino decir cómo vivir aquí. Lo de Japón ser de Familia”. María, se empeña en validar las posibilidades ofrecidas y la visita del promotor Higa san procedente de Perú, facilita su propósito. En enero de 1990 - reunidos con premura interesados y recursos - logra tomar rumbo a Japón el primer contingente de dekasegi chileno. 

El hijo de María, Jaime Joshi Sáez Sugiyama forma parte de este grupo. El promotor los espera en Nagoya con contratos de trabajo aun no definidos. A esto se agregan errores en algunas de las visas que disminuye drásticamente el número de los que pueden quedarse. Los inhabilitados deben retornar a Chile. Cuando Jaime logra iniciarse en el esperado trabajo, se empeña en aprovechar adecuadamente las oportunidades ofrecidas. Multiplicando sus horas laborales, logra en 1996 comprarle una casa a su madre. En la actualidad sigue en Japón sintiéndose realizado y postergando año a año su regreso.  En 1991 le facilita el camino de entrada a su hermana Mitsuko que permanece allá  hasta 1998. En 1992 le sigue Sashiko que regresa en  el 2006. En 1993 lo hace Vilma y en el 2004 Natsuko que debe volver a Chile el 2008 ante la proliferación de despidos provocados por la crisis que azota al país y al mundo. Un destino diferente tiene la sobrina de María, Jessica Robles Sugiyama que entra a Japón en 1992, se casa, tiene cinco hijos y ahora cuenta con residencia permanente. Otros dos sobrinos intentan emularla pero la nostalgia apura sus regresos.
 
Miguel Butrichi Yotsumoto, procedente de Antofagasta, es uno de los rechazados por visa y por cuatro meses debe esperar la documentación que le habilite el regreso. Mientras tanto, junto a otros con problemas similares, se dedican a conocer todo lo que se pone a su alcance. En una de estas oportunidades, llegan hasta una vivienda que se incendiaba. No dudaron, entraron y salvaron cuanto pudieron. Los japoneses que sólo hacían de espectadores, los aplaudieron y agasajaron. Por un momento  se ganaron la condición de héroes. Al año siguiente viaja su primo Alberto Yotsumoto. Permanece allá 19 años y sólo regresa por dolencias físicas y exceso de nostalgia.
 
Otro componente de este mismo grupo fue Kojiro Hasse, nieto de Kojiro Hase que llega a Chile en 1919. Al llegar a Nagoya y  encontrarse sin posibilidades concretas de trabajo, se separa del grupo y en compañía de otros siete, viaja a Tokio. Echando mano a los  datos que portaban, uno a uno fueron encontrando fuentes laborales. Kojiro, siendo un futbolista nato, emplea todos sus fines de semana en armar equipos y relacionarse con deportivos amateur japoneses. Luego, disminuyendo su tiempo laboral, se dedica a preparar campeonatos y a formar clubes de fútbol. Muy pronto alcanza amplio reconocimiento en el medio, haciendo que su presencia se haga habitual en la embajada chilena. En una de esas ocasiones conoce al presidente Patricio Aylwin (primer Presidente post golpismo). Su esposa que lo esperaba en Chile, se niega a trasladar su hogar a Japón. Ante esta situación insostenible debe regresar en 1994. Dos de sus primos con los que había viajado, Carlos Mulatti y Alejandro Hasse, se acomodan perfectamente a la realidad encontrada. Se casan con japonesas y siguen viviendo en Japón. 

Por su cuenta, en 1991 los hermanos Ogino se embarcan en la aventura de hacer dekasegi. Después de un tiempo logran reunirse en Japón Hugo, Mario, Luis, Teresa y Manuel, no sólo se dedican a trabajar sino a hacer difusión folklórica en diferentes entidades y localidades. En 1998, en plena presentación artística muere de un infarto al corazón, Mario el hermano mayor. El infausto acontecimiento lo toman como el aviso para iniciar el retorno a la tierra natal.

Algo parecido ocurre con la familia Nagata porque a partir de 1991, se las ingenian para que el grueso del grupo familiar comience a reunirse en Japón siguiendo diferentes caminos. En el 2006, 25 de sus integrantes entre niños y adultos, estaban ubicados en diferentes ciudades. Algunos han regresado pero la mayoría continúa allá. Descienden de Tomijiro Nagata que llega a Rancagua (Sexta Región) en 1917.

En este mismo año del 91 viaja otra amante de lo autóctono. Se trata de María Isabel Vergara Kimura, procedente de Temuco (Novena región). Se une a todos aquellos chilenos que buscan difundir la cultura chilena y participa en presentaciones folklóricas y en exposiciones artesanales. En la actualidad se hace fanal para cualquier chileno que llega a Japón buscando trabajo. Espera jubilar para regresar a sus tierras del fin del mundo. Su bisabuelo fue Yoshijiro Kimura, ingeniero forestal que se viene a Chile con toda su familia en 1911. Su abuelo, Shintaro Kimura lo acompañaba con 15 años.

Otra familia de folkloristas son los hermanos Mónica Yuri Yonekura y Eduardo Ken que viajan a Japón en 1996. Son hijos de Masao Yonekura procedente de Hokkaido que se asienta en Chile en 1936 después de estar algunos años en Argentina. Siendo casados se hacen acompañar por sus respectivos cónyuges, dejando a sus hijos en Chile. Eduardo sólo soporta dos años esta ausencia y regresa. Mónica, teniendo hijos menores, los viene a buscar y continúa en Japón hasta el 2003. El regreso afecta emocionalmente a los niños que ya reconocen como su patria al lugar donde se rodearon de amigos y asistieron a la escuela. El esposo vuelve una vez más a Japón y el hijo mayor no pierde la esperanza que lo llame a su lado.

Por último, digamos que Mónica y Natalie Tabe, nietas del inmigrante Sanjiro Tabe nacido en Osaka en 1898, se van a Japón dentro de esta misma década y ya han dejado atrás las intenciones del retorno.

Reflexionando sobre lo dicho, ¿cuántos nombres de estos “dekasegi” van a quedar sumidos en total anonimato con sus historias de triunfos, vicisitudes, fracasos y enseñanzas?. ¿Cuánto más se podrá saber de ellos, fuera de  estos pocos antecedentes y de estos pocos nombres?. ¿Cuántos no volverán a tener presencia chilena porque ya las estadísticas censales japonesas los están absorbiendo y cuántos de sus hijos o nietos sólo sabrán de esta tierra lejana por lo que escuchan o escucharon a padres y abuelos?.

Es plausible que con el paso de sólo algunos años, por el hecho que este dekasegi sólo rozó tangencialmente la historia de los nikkei chilenos, sin catastros oficiales de sus salidas, sin siquiera saber sus nombres ni cuántos fueron; sea tildado como un mero accidente. Y sin embargo – casi como efecto mariposa - cómo no sentirlo significativo si tuvo la virtud de romper rutinas, de abrir brechas de  esperanza dentro de las desesperanzas, de permitir la incursión en un ancho mundo que parecía inaccesible, de armar regresos con nuevas ilusiones dentro de los bolsillos y corazones; mientras dejaban atrás firmas indelebles sobre gotas de sudor, de sangre y de huesos. Pero más allá de aquello, avalando la permanencia en esas tierras, de aquellas caras renovadas portadoras de apellidos extraños que sintieron la necesidad de quedarse en los lugares que pertenecieron a sus ancestros.

¿Cuál habrá sido su mayor logro?. Seguramente, enfrentar el reto de un sueño dado como imposible por muchos y poder sentir en forma cercana, la sombra buena de los antepasados custodios.

© 2010 Ariel Takeda

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