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Alfredo Atsumi: Forjador de atletas en el campo deportivo y de mujeres íntegras en la sociedad mexicana - Parte 3

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En 1952, para los Juegos Olímpicos de Helsinki, el Comité Olímpico designó a Amalia Yubi, siendo así la primera mujer en esta disciplina. Fue un triunfo para todas y cada una de nosotras.

En 1954 se abrió la convocatoria para seleccionar a los integrantes del equipo que representaría a México en los juegos centroamericanos y del Caribe. De Nuevo estábamos en la lucha en la Ciudad de Querétaro tratando de conseguir el derecho de representar a México. No fue sorpresa para nadie cuando los resultados arrojaron cifras contundentes: el Club Deportivo México fue ganador por mayoría al clasificar a ocho competidoras, tres de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), dos del Instituto Politécnico Nacional (IPN), dos nativas, una de Colima, una de Torreón y una de Chihuahua. Fue una experiencia inolvidable, pues tuvimos el privilegio de inaugurar el Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria (CU), enfrentándonos contra equipos de Cuba, Jamaica, Guatemala y Panamá. Fue difícil pero Amalia venció en la carrera de 80 metros con obstáculos imponiendo nuevo record centroamericano. También fue la primera medalla de oro para México y medalla de bronce en lanzamiento de jabalina.

Al Sr. Atsumi no le permitieron entrar a las pistas de CU durante los entrenamientos y las competencias. Sin embargo, a veces solo, o a veces acompañado de familiares y amigos de las competidoras, observaba el curso de cada carrera, cada salto, cada lanzamiento de todas nosotras que lo sentíamos presente apoyándonos con su presencia. A raíz del desempeño del Club y el triunfo de Amalia en los Centroamericanos, ella fue invitada junto con el Sr. Atsumi a presentarse en Palacio Nacional, donde se le otorgó a Amalia un hermoso reloj y al Sr. Atsumi una subvención económica para que siguiera con su labor deportiva, quien a su vez la rehusó agradeciendo la intención argumentando que no podía aceptarla puesto que no la necesitaba. Ofreció un mejor empeño y dedicación al deporte considerando esto como una manera de agradecer a México por la oportunidad que le brindó el pueblo mexicano cuando llegó solo desde Japón. El presidente entonces era Adolfo Ruíz Cortines quien quedó impresionado por tan sincera promesa.

Con el ex presidente Adolfo Ruiz Cortínez en una visita a Palacio Nacional.

Al pasar el tiempo, cada una nos fuimos a diferentes escuelas y en las competencias estudiantiles defendíamos nuestros colores obteniendo, la mayoría, muchos triunfos. Participábamos por la Universidad, el Politécnico, el Colegio Aleman, etc., pero cuando se celebraban las competencias nacionales, representábamos al Club Deportivo México.

Entre semana íbamos a diferentes instalaciones, como la pista de la Venustiano Carranza, al Casco de Santo Tomás del Politécnico, el Plan Sexenal en el Colegio Alemán e incluso en Chapingo.

El Club Deportivo México del Sr. Atsumi ganó siete nacionales consecutivos y así recorrimos de norte a sur la República Mexicana: Jalapa, Ver.; Chilpancingo, Gro.; Monterrey, N.L.; Chihuahua Ch.; Cuernavaca, Mor.; Morelia, Mich.; Querétaro, Qro., además de competencias internacionales en Austin, Tx., la Habana, Cuba, y Guatemala. Los domingos, después de intensos entrenamientos, nos invitaban a comer unos deliciosos macarrones que cocinaba la entrañable abuelita Doña Candita. Sobre largas mesas nos sentábamos alrededor de veinte niñas hambrientas, cansadas y sedientas, las cuales arrasábamos con los platones de dorados macarrones al horno con mantequilla, crema y queso, grandes bolillos y jarras heladas de limonada que nos sabían a gloria.

* * *

Recuerdo que nos servían en platos muy extraños, más grandes de lo normal, hechos de cristal con muchos adornos raros. Después supimos que eran los vidrios que se usaban en los faros de los camiones que el sr. Atsumi compraba por cientos. Nunca nos permitió que pidiéramos dinero a nuestros padres, él nos equipaba de pies a cabeza. En cada nacional estrenábamos de todo: blusas, shorts, pants, chamarras, tenis, además de spikes importados de Australia, al igual que las jabalinas, discos y balas. Cuando íbamos a los nacionales, jamás aceptó ayuda de los estados sede y él asumía los gastos de transporte, hospedaje y comida. También solía llevarnos de paseo a las playas de Nautla y Acapulco y alrededor de Texcoco. Lo único que recuerdo que nos pedía era: “si quieren comer pueden pedir todo lo que quieran, siempre y cuando no dejen nada en el plato”.

El tiempo fue el culpable del fin del Club México y, finalmente, después de 7 campeonatos nacionales consecutivos, nos retiramos. Elsa ya se había retirado y le siguió Amalia Yubi, quien se casó con el Ing. José Calderón, distinguido atleta del Politécnico. Fue una gran fiesta y un gran acontecimiento; la iglesia se desbordaba de atletas, familiares, amigos y periodistas. El banquete y el baile después de la ceremonia religiosa se llevaron a cabo en el Club México, ubicado en la carretera México-Puebla. Volvimos gozosas a compartir el mejor día de su vida desfilando camino al altar.

El Sr. Atsumi nunca se alejó de nosotras. Solía visitarnos frecuentemente y llegaba como siempre, silencioso pero cordial; se limitaba a preguntar acerca de la salud, del esposo, de los hijos y de la situación económica. Jamás se quedaba a comer, ni siquiera tomaba un refresco porque detestaba dar molestias, fue el abuelo que ninguna de nosotras teníamos como hijas de inmigrantes. Cada Navidad organizaba, exclusivamente para nosotras y nuestras familias, una gran posada en la que rompíamos piñatas, prendíamos luces de bengala y comíamos cañas y colaciones. Doy fin a las remembranzas de quienes vivimos cerca del Sr. Alfredo Atsumi. Hoy, a 63 años de distancia, aún seguimos disfrutando de las enseñanzas que recibimos de tan excelente maestro. Amalia, Esther y yo nos reunimos una vez al mes con el grupo de ex atletas del Politécnico que organizan los desayunos mensuales, invitando a todos los compañeros de todos los clubes y asistimos al baile anual recordando ayeres felices y viviendo nuestros presentes luminosos diciendo: ¡Gracias Sr. Atsumi!

*Teyko Rosa Iwadare con la colaboración de Amalia Yubi y Esther Osada 

**Artículo publicado originalmente en el Boletín Informativo Nichiboku Kyoukai, de la Asociación México Japonesa, A.C., Nº 130, marzo de 2008 y Nº 131, mayo de 2008.

© 2008 Teyko Iwadare de Takeda

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