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Peones japoneses en la hacienda San Nicolás (1899-1924)

1. Acuerdos y desavenencias entre la hacienda y la Casa Morioka

Introducción

Entre los años 1899 y 1924, cuando hubo peones japoneses inmigrados en la hacienda San Nicolás, este latifundio costeño era propiedad de la Sociedad Agrícola San Nicolás que estaba constituida por los herederos de Domingo Laos. La hacienda estaba ubicada en el valle de Supe, a unos 180 kilómetros al norte de Lima, la capital peruana. Era una de las más importantes propiedades agrícolas de tres valles cercanos (Supe, Pativilca y Fortaleza) y fue la única que mantuvo un constante interés por la mano de obra japonesa.

Por ese motivo, entre los documentos del inmenso archivo de San Nicolás que a fines de la década de los años 70 del siglo XX pasaron a formar parte del Archivo del Fuero Agrario (AFA) - y que actualmente se encuentran en el Archivo General de la Nación - la información hallada sobre los peones japoneses era numerosísima y muy valiosa. Debemos explicar que el traslado de la documentación desde que las haciendas al AFA fue posible debido a las expropiaciones de las haciendas por el gobierno del general Juan Velasco Alvarado, en conformidad con la ley de Reforma Agraria.

Esos fondos documentales de San Nicolás ya en el AFA fueron fichados en el año 1979, específicamente en aspectos relacionados con los peones japoneses y todo ese material reproducido en fichas es el que nos sirve ahora para la elaboración de cinco artículos sucesivos al respecto. Se hará las referencias a tales fichas de esta manera: SN 24, por ejemplo, significa documento 24 de San Nicolás.

I. ACUERDOS Y DESAVENENCIAS ENTRE SAN NICOLÁS Y LA CASA MORIOKA

Son muchas las comunicaciones y reuniones que tuvieron los miembros o representantes de la Sociedad Agrícola San Nicolás, que en lo que sigue denominaremos Sociedad, y los de la Morioka Imin Kabushiki Goshi Kaisha, que en lo sucesivo llamaremos Casa Morioka o simplemente Casa. Estas relaciones empiezan en 1897 y finalizan aproximadamente en 1924. En este último año la Casa desaparece1, cambia de razón social y de esta manera finaliza la inmigración de trabajadores japoneses enganchados.

Lo central de las negociaciones entre una y otra empresa era la inmigración de fuerza laboral, sus problemas e implicancias. En la correspondencia puede observarse variadísimos asuntos tales como: aviso del pronto arribo de un barco que traía un lote de inmigrados, pedidos de envío de nuevos proyectos de contratos "para estudiarlos con detención", informes de los cambios de sus representantes, cartas confidenciales en las que se hace preguntas precisas sobre comportamiento de algún japonés, avisos respecto a cientos de ocurrencias cotidianas sobre los japoneses contratados en la hacienda (enfermedades, fugas, rebeliones, huelgas, muertes, exigencias, etc.), coordinaciones para una mejor administración y control del conjunto de nipones de San Nicolás; exigencias de pago; en fin, todo cuanto concerniera sobre esos inmigrantes.

Además de lo anterior, la gerencia de la Sociedad informaba y consultaba al administrador todo lo que se refería a la situación y las negociaciones con la Casa Morioka. En una ocasión hasta se llegó a establecer un código preciso sobre estos asuntos para un mejor entendimiento mutuo y secreto entre la gerencia y la administración. Cada vez que el directorio estaba por decidir el contrato de un nuevo lote o partida de inmigrados, entonces le preguntaban al administrador o le pedía que asistiera a la siguiente reunión del directorio. Tenía que hacerse de esa manera porque el directorio no podía tomar decisiones sin tener en cuenta los reales requerimientos y las dimensiones de las demandas de fuerza laboral y los momentos dentro de los pasos del proceso productivo en que era necesaria.

Es bastante claro, entonces, que antes de cualquier arribo de un grupo de japoneses inmigrados a través de la Casa se habían dado muchos otros pasos; la llegada de un grupo de inmigrantes era consecuencia del intercambio de no pocas comunicaciones y entrevistas que tenían como fin llegar a acuerdos bastante precisos. Seguramente lo que se hablaba en esas reuniones era similar o continuación de los contenidos de las cartas intercambiadas. Estas no siempre eran en un buen tono, frecuentemente había preámbulos muy corteses y enseguida párrafos muy agrios; era así pues cada quien defendía sus intereses. Empero, a diferencia de otras empresas agrícolas, San Nicolás prefirió trabajar siempre y sólo con la Casa Morioka. Después de todo, en todas esas décadas era la más importante importadora de trabajadores. El corolario de todas estas conversaciones por escrito o verbales era la firma de un nuevo contrato en el que se precisaban las condiciones. Decenas de miles de nipones y sus actuales descendientes se encuentran en el Perú como consecuencia de similares negociaciones entre la Morioka y las empresas agrícolas.

Uno de los motivos frecuentes de mayor controversia entre la Sociedad y la Casa fue el incumplimiento de la Morioka en entregar el número de inmigrados a que se había comprometido. Ellos mismos explicaban que esos incumplimientos eran involuntarios. Había muchos hacendados que en esas primeras décadas del presente siglo solicitaban más y más trabajadores japoneses. Los pedidos se hacían por cable al Japón y desde ese lejano país, con la llegada del pedido por cable, se comenzaba a buscar a las personas que quisieran inmigrar. Sólo cuando el barco se completaba, partía hacia el puerto del Callao en el Perú y el viaje demoraba entre 40 y 45 días. A veces esos mismos barcos, impulsados ya a vapor, se encargaban de dejar en el puerto peruano más próximo a la hacienda la cantidad de japoneses que ella había contratado. No siempre la Morioka dejaba o enviaba a las haciendas la cantidad acordada y aceptada en el contrato. Si esto ocurría tenía que pagar la "deuda en hombres" que había asumido. Y podían pasar meses y hasta años y a la Casa le era difícil ponerse al día. Los contratiempos eran múltiples, variados y frecuentes. Hubo una oportunidad en 1907 en que a San Nicolás se le ofreció 47 nipones que estaban destinados a la hacienda Guadalupito, y obsequiosa y sin remilgos los aceptó. En otra ocasión se pusieron de acuerdo algunos hacendados para no admitir los inmigrados que habían llegado en un barco en el que, según noticias recibidas, se había propagado una epidemia.

Uno de los temas frecuentes tratados insistentemente por la Sociedad era la "calidad de los peones", es decir, sus condiciones físicas. Los explícitos y reiterados deseos de la Sociedad era tener hombres de campo, habituados al trabajo rudo, que pudieran cumplir sus tareas y tuvieran suficiente resistencia para llevarlas a cabo2. Y para hacer de esto una norma concordada a la cual se podía apelar, litigar o exigir, en los contratos firmados con la Morioka se pedía que los inmigrados tuvieran buena salud, asunto este que debía acreditarse con un certificado médico; se exigía igualmente que los inmigrantes tuvieran entre 20 y 45 años de edad; y, curioso aspecto, en 1918 se pidió a la Morioka que "los peones hablen bien su idioma (el japonés) y no sean de los isleños (okiwanenses) cuyo idioma por entonces era el okinawense que tuvo mayor vigencia durante el reino Ryukyu)...". También a partir de algún momento la exigencia fue que un conjunto de los inmigrados fuesen matrimonios. Algunos años después hubo aceptación de concederles a ambos trabajo y remuneración.

A pesar de lo rentable que era aprovechar el trabajo de los peones inmigrados no siempre fue bien visto por la Sociedad continuar con la "importación". No sólo se trataba del incumplimiento y la impuntualidad de la Casa Morioka, había otros asuntos más que se entremezclaban. Por ejemplo, Hubo serias dificultades que determinaron que el directorio dudara en continuar con esa solución para su problema de mano de obra y muchas veces procuraron conseguir peones del interior del país, asunto por el que realmente se optó en años posteriores y es así que llegaron peones enganchados desde la provincia de Cajatambo.

Una dificultad presente y permanente fue la intermediación del consulado del Japón que cautelaba se diese mejor trato y mejores remuneraciones a los súbditos del Imperio del Sol Naciente. Por igual, habría que considerar que la capacidad de cumplimiento de la Casa Morioka tenía límites, uno de ellos vinculado con la posibilidad de conseguir gente en el Japón que estuviera dispuesta a emigrar. La misma Morioka escribía en julio de 1919:

"Tocante el punto de embarque de inmigrantes japoneses en mayor número del que llegan le diremos que no podemos garantizar ni asegurar ninguno, pues esto compete a nuestra oficina principal la que en todo caso procura embarcar el mayor número posible, con el fin de atender el crecido pedido que tenemos de los señores hacendados"3.

Otro problema permanente fue el de las facilidades o dificultades que el Estado japonés otorgaba a la emigración de sus conciudadanos. Este Estado fue exigiendo cada vez más a los hacendados peruanos dos asuntos claves: mejores salarios y duración más corta del contrato.

Posiblemente cuando ambos asuntos se convirtieron en considerablemente más complicados que el obtener "peones nacionales", la opción de la importación de peones japoneses no fue más atractiva - no necesariamente en términos económicos - y es así que dejaron de traerlos. En San Nicolás esto ocurrió en 1920.



CITAS:
1. MORIMOTO, Amelia. 1979. Los inmigrantes japoneses en el Perú. , Lima : Taller de Estudios Andinos, Universidad Nacional Agraria; p. 55

2. Archivo del Fuero Agrario (AFA, en lo sucesivo). SN 63, correspondencia de la gerencia a varios, carta a señores Morioka del 13 de abril de 1909, p. 121

3. AFA, SN 74, correspondencia de varios a gerencia, carta de Morioka a gerencia del 16 julio 1919

 

* Este artículo se publica bajo el Convenio entre la Fundación San Marcos para el desarrollo de la Ciencia y la Cultura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y el Japanese American National Museum, Proyecto Discover Nikkei.Lima- Perú, 2009.

 

 

© 2009 Humberto Rodríguez Pastor

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About this series

A través de una serie de 5 artículos, Humberto Rodríguez Pastor registra la presencia de japoneses en la Hacienda San Nicolás (Valle de Supe, a unos 180 kilómetros al norte de Lima -Perú) entre los años 1899 y 1924, basándose en la documentación sobre el tema del ex - Archivo del Fuero Agrario.