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Segunda crónica sobre el juicio a Fujimori

Sesión N° 23 del juicio, lunes 11 de febrero del 2008

El Presidente del Tribunal, César San Martín, abre la sesión ordenando el ingreso del testigo Pablo Andrés Atúncar a la sala e informa que es convocado por la fiscalía. Se trata de un agente de inteligencia operativa, técnico de segunda del Ejército Peruano (EP), sentenciado con anterioridad por el caso Barrios Altos a quince años de prisión. Tiempo atrás se sometió al régimen de colaboración eficaz, lo que facilitó que su condena se decretara con prontitud.

El fiscal inicia el interrogatorio y el testigo relata que hizo su servicio militar obligatorio en 1979, a la edad de 18 años. Al terminar se quedó en la Escuela de Inteligencia del Ejército. En 1983 ingresó al Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE) y a partir de entonces realizó numerosas acciones, recolectando información política en el terreno, asistiendo a todos los mítines políticos y haciendo seguimiento de ciertas personas. En 1990 empezó a trabajar en un área especializada, en donde se confeccionaban planes para que otros agentes y unidades realizaran operaciones. Indica que no hubo una sola acción de inteligencia sin un plan predeterminado y que los planes eran aprobados en el SIE y luego remitidos a la Dirección de Inteligencia (DINTE). En ese organismo especializado trabajó por dos años, hasta que fue llamado a integrar el nuevo destacamento “Colina”.

Ante una pregunta del fiscal, el testigo hace un paréntesis conceptual para explicar cómo funciona el sistema de inteligencia visto desde abajo, desde la perspectiva de un agente. Las órdenes provienen del destacamento al que se pertenece y vienen acompañadas de un plan específico fabricado por la respectiva unidad de planes. Cumplida la misión, el agente reporta a través de un canal, un buzón. El jefe del destacamento tramita un informe general ante el SIE que se procesa luego en la DINTE. Cabe destacar que la Comandancia General del Ejército realiza un parte diario con el jefe de la DINTE. Todo agente sabe que su trabajo no es aislado, sino que es parte de un engranaje manejado cotidianamente por el alto mando. Asimismo, puntualiza que la creación de un destacamento de inteligencia es una atribución de la Comandancia General del Ejército Peruano (EP).

El 15 de setiembre de 1991 fue cambiado para integrar el novísimo destacamento “Colina”, por orden del jefe de Estado Mayor, quien a la fecha era el General Nicolás Hermoza, posteriormente Comandante General del EP y últimamente procesado por estos mismos casos. Su nueva unidad estaba ubicada en la Escuela de Inteligencia, en un galpón que había sido depósito del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN). Su primera entrevista fue con el entonces Capitán Santiago Martin Rivas, quien le explicó que lo convocaban para destruir a Sendero Luminoso (SL). Establecieron un sistema de tres contactos diarios y quedaron en que Atúncar acudiría a una reunión que convocaría Martin. A los pocos días, efectivamente, se encontró con otros 25 agentes, todos integrantes de la nueva unidad. Dirigió la reunión Martin y estaba acompañado por el también capitán, Pichilingue. En esa reunión quedó claro que matar era parte de la misión del nuevo destacamento. Lo sostuvo claramente Martin precisando que la misión del equipo sería detectar, capturar y eliminar dirigentes terroristas. Asimismo, quedó claro que era un destacamento especial del EP, “de elite” lo llamó Martin. Los agentes preguntaron por su seguridad y se les respondió que cada uno tendría cien mil dólares a su disposición para viajar al extranjero en caso de necesidad, que dejarían de acudir al hospital del ejército para no despertar sospechas, pero que se les otorgaría un seguro de salud privado de primer nivel por diez mil dólares. Por último, se les aseguró que además de su sueldo ordinario recibirían un pago extra de ciento cincuenta dólares mensuales. En la práctica, casi todas estas promesas se revelaron como falsas, solamente les pagaron un sueldo extra, pero no de ciento cincuenta dólares sino soles.

Todos los agentes presentes aceptaron la misión que les encomendaba el alto mando del EP. Para celebrarlo hubo una carrilada1 a la que asistió el Teniente Coronel Rodríguez Zabalcoa, quien era el jefe del destacamento, en tanto que Martin ocupaba el cargo de jefe operativo. En una segunda reunión, el jefe administrativo, el capitán Pichilingue, les informó que se constituiría una empresa de fachada que tendría como capital los cien mil dólares de cada uno de ellos, otorgado como dinero para seguridad. Al día siguiente realizaron una visita o romería al cementerio llevando flores para los militares caídos en la lucha contra Sendero. En ella Martin pronunció un discurso anunciando que el nombre del destacamento sería “Colina”.

En octubre de 1991 se trasladaron a la Playa La Tiza, donde originalmente funcionaba un centro de esparcimiento para suboficiales. Colina tomó control total del perímetro para realizar en esas instalaciones sus operaciones de entrenamiento. Utilizaban dos tipos principales de armas largas: un fusil HK con silenciador, llamado la “muda”, por su característica de casi no hacer ruido y también un arma de mayor potencia denominada FAL G3. Disponían, asimismo, de pistolas automáticas, granadas y explosivos. Cabe destacar que el capitán Martin provenía del sector de ingeniería militar, que especializa a su gente en el manejo de explosivos. El volumen de armamento era muy grande, lo cual constituye otra prueba - según Atúncar - del carácter oficial del destacamento “Colina”. El origen de las armas era el SIE y agrega que en cada operación portaban palas y cal, para enterrar cuerpos y borrar las huellas digitales de los cadáveres. Las armas eran guardadas en la Villa Militar de Chorrillos, en casa del agente Carvajal, también integrante de “Colina. A ese depósito lo llamaban “la Ferretería”.

En La Tiza, durante semanas, practicaron la toma del inmueble de Barrios Altos y la matanza que perpetrarían. El plan contemplaba dinamitar el local, pero fue abandonado. Cuando se estableció realizar una matanza a tiros, se dispuso que el agente Carvajal levantara el volumen de la música, a fin de que no se escuchara el tableteó casi silencioso de las “mudas”.

El día de los acontecimientos, Atúncar estuvo asignado a la misión de contención. Salieron de la playa La Tiza hacia las 4 de la tarde, se dirigieron al jirón Huanta y él ingresó a la pollada antes de la llegada del comando de aniquilamiento. Subraya la presencia de un agente encubierto de inteligencia cuyo seudónimo era “Abadía”, quien estaba presente en la pollada como infiltrado en SL. Sólo Martin conocía a Abadía. Al ingresar constata que en el inmueble se estaban realizando dos reuniones sociales en paralelo, una en el segundo piso y la otra en el patio del primero. Careciendo de confirmación sobre cuál era el objetivo, Atúncar salió a buscar a Martin para pedirle que Abadía informe con precisión sobre el objetivo, quien indica que se trataba de la reunión del primer piso. Luego, llegan dos camionetas conduciendo al equipo operativo, ingresan los agentes y en la puerta se junta un grupo de curiosos, atraídos por el porte militar y el armamento que portaban. Para distraerlos, Atúncar finge un pleito con otro agente de contención y los curiosos se dispersan. La eliminación física de los presentes en esa pollada duró menos de cinco minutos. Salieron, pusieron circulinas2 en sus vehículos y se fueron tan rápido como habían llegado. Destaca que a menos de cien metros había una comisaría y que en la cercana Plaza Italia estaba también la sede de la Dirección de Inteligencia de la Policía.

Los encargados de brindar seguridad y contención se dirigieron al punto de seguridad, en la Plaza de Barranco, a donde también acudió el jefe del destacamento, Comandante Rodríguez Zabalcoa. El grupo de aniquilamiento se retiró directamente a La Tiza, en donde luego todos se reunirían.

De acuerdo al testigo, lamentablemente, hubo un escándalo periodístico y empezaron a publicarse nombres en los diarios, por lo que todo el personal militar estaba nervioso. En ese contexto se produjo un almuerzo con el Comandante General del EP, General Nicolás Hermoza Ríos, en el sexto piso del Cuartel General del Ejército, conocido como “Pentagonito”. Hermoza pronunció un discurso sosteniendo que las acciones de “Colina” eran bien consideradas por el comando y que contaban con el respaldo del “más alto nivel”. Cuando Atúncar escuchó esta frase, concluyó que tanto el Ministro de Defensa como el Presidente de la República los respaldaban, porque ellos estaban en el nivel más alto de la Comandancia General.

El destacamento “Colina” realizó en total ocho operativos y en todos ellos se mató gente y por ninguno de ellos se detuvo a alguien para interrogarlo. Su misión era eliminar, recalca. Después de precisar este punto con voz serena y cruda actitud, Atúncar se emociona y algo quebrado pide perdón a los familiares de las víctimas presentes, ubicados a pocas filas delante mío. Atúncar también se arrepiente por su propia familia, que sufre de grandes problemas debido a su participación en “Colina”. En este momento, los familiares de las víctimas igualmente se emocionan, lo que nos envuelve a todos en un clima de tragedia y dolor.

Atúncar informa que, además, hubo dos operativos abortados. Uno para eliminar a Yehude Simon, actual Presidente Regional de Lambayeque y el otro a Javier Diez Canseco (JDC), ex congresista. En la época ambos eran connotados dirigentes de la izquierda peruana que actuaba dentro de la legalidad. En el caso particular de Yehude, el operativo estaba listo, el plan había sido aprobado y practicado. Estaban a mitad de la operación porque el comando de aniquilamiento ya había salido de la base y se había alojado en un hotel situado a pocos metros del local político al que Yehude acudía. En ese momento, una llamada telefónica canceló el operativo.

El caso de JDC fue más complejo porque su equipo de seguridad era experimentado. Al grupo Colina le dijeron que la seguridad de JDC era un grupo de gente formada en la marina de guerra y especializada en estos temas. El caso es que JDC salía del congreso y tomaba distintas rutas, nunca utilizaba el mismo camino. Por ello, decidieron matarlo en la misma puerta del Congreso, apenas pusiera un pie fuera, sin darle tiempo a nada. En este operativo iban a emplear una carreta que se interpondría para obligar a detener su automóvil y abalearlo por ambas puertas. Evaluaron que necesitarían de los fusiles FAL automáticos, por su mayor potencia de fuego. Querían tener mayor seguridad porque temían que JDC hubiera hecho blindar su automóvil. Para este operativo no hubo luz verde y se descartó.

Para el operativo La Cantuta se organizaron en equipos de combate, sacaron sus armas de la “Ferretería” y viajaron en cuatro vehículos al local universitario. Les informaron que era un operativo de venganza por el atentado con bombas de SL en la calle Tarata de Miraflores. En ese momento, la universidad alojaba a una unidad de operaciones especiales del EP, lo que les permitió ingresar y actuar como en casa. El armamento para la labor de contención era un G3 de gran potencia. Fueron cubiertos con pasamontañas3, entraron a la vivienda universitaria y sacaron primero a los varones. El testigo añade que se filmó el operativo, el único enteramente filmado, y destaca la presencia de un infiltrado del EP en SL, quien se encargó de identificar a quiénes eran senderistas y debían ser detenidos. A continuación sacaron a las estudiantes mujeres y finalmente al profesor, a quien hubo que arrancar de los brazos de su esposa. Los subieron a los vehículos - Atúncar transportó a una estudiante mujer - y los condujeron hasta el lugar planeado para ejecutarlos. Era un polígono de tiro, en donde los ultimaron con fusiles “mudas”. Luego, abrieron fosas que no fueron bien hechas, lo cual motivó problemas posteriores que finalmente condujeron al descubrimiento del caso.

Al día siguiente del operativo, el agente Sosa convocó a Atúncar para desenterrar los cadáveres y llevarlos a otro lugar. Le dijo que estaban enterrados casi en la superficie y que ya estaban merodeando perros vagos que acabarían sacándolos. Esa noche, en tres vehículos fueron llevados quince agentes, quienes trabajaron con picos, palas y cal. Recuerda que el olor era intenso y que el trabajo fue muy duro. Luego, hubo un segundo traslado de los cadáveres, debido al acoso de la prensa, pero él no participó en esta tercera operación de enterramiento.

Atúncar relata que todos los integrantes de Colina eran “bautizados”, presionándolos a matar a alguien en alguna ocasión, lo cual no se cumplió en todos los casos, pero que era la norma. Se basaba en el principio de “la responsabilidad compartida”. Él mismo estuvo presente en los ocho operativos de Colina, todos ellos sangrientos. Estuvo en este destacamento hasta el 11 de noviembre de 1992, cuando el grupo fue desactivado, a raíz de cambios en la DINTE debido al retiro del General Rivero Lazo del comando. Ante esta situación, devolvieron el armamento al SIE.

Los agentes del grupo Colina fueron detenidos en 1993, pero inicialmente Atúncar no fue comprendido en la causa judicial. Transcurridos algunos meses visitó a sus compañeros en prisión, quienes le pidieron como favor que cobrara con regularidad sus sueldos y que les trajera el dinero a la cárcel, cosa que cumplió. En ese entonces los agentes estaban esperando una amnistía, la que finalmente llegó en 1995.

Atúncar está preso desde hace cinco años y hace apenas 5 meses recibió una sentencia de quince años de penitenciaría. Oficialmente está en servicio activo, pero sin asignación de cuadro, lo que significa que no gana sueldo ni tampoco puede pedir su pensión de jubilado. Ese limbo legal le impide a su familia utilizar el seguro médico militar y disponer de algún ingreso. Además, debe pagar una reparación civil y ya ha dado un adelanto. Ha sido colaborador eficaz de la justicia peruana y, sin embargo, su situación legal no ha variado. Ha escrito múltiples peticiones para ser dado de baja y poder así cobrar su pensión por 21 años de servicio, pero no le responden. Concluye su testimonio afirmando que cumplió órdenes dadas por un oficial en servicio y dentro de un cuartel militar. Por lo tanto - sostiene - se ha ejercido una injusticia con él, al mismo tiempo que pide perdón y clemencia.

Continuando la sesión, fue el turno de la defensa de Alberto Fujimori, a cargo de su abogado César Nakazaki. Nakazaki inicia su intervención pidiendo al testigo que aclare cuál era la línea de mando para la elaboración y aprobación de los planes de inteligencia. Después de un intercambio verbal con el testigo, Nakazaki realizó su primera pregunta directa: ¿Cómo sabe el testigo que los planes operativos de “Colina” eran aprobados por el Comandante General del Ejército? A su parecer, lo único que consta en los manuales militares es que el jefe de un destacamento de Inteligencia como “Colina”, es decir, el Teniente Coronel Rodríguez Zabalcoa, reportaba al SIE, el que luego consolidaba la información y reportaba a la DINTE. Hasta ahí lo formal, si luego subía más, no sería para recibir órdenes sino sólo como informe. Es decir, de acuerdo al abogado, las órdenes a Colina se impartían en la DINTE, no emitidas por Hermoza y menos por Fujimori. Los aniquilamientos deben haber sido concebidos dentro del propio grupo Colina y posiblemente fueron fruto de excesos en el desarrollo de las operaciones. ¿Cómo sabe el testigo que los planes de Colina pasaban por el despacho del Comandante General del EP? ¿Le consta? ¿Acaso fluye de los manuales?

El testigo vacila y se confunde. Nakazaki continúa recordando que al inicio el testigo había sostenido que los planes operativos se elaboraban en la unidad de planes del SIE y que una vez aprobados en esta instancia eran elevados a la DINTE para su definitiva sanción. Le recuerda que ha relatado cómo se elaboraban los planes al informar a la sala que él mismo trabajaba en planes. Si esto es así, el testigo ha expresado que los planes operativos eran aprobados en definitiva en la DINTE. Entonces, porqué realiza un salto hasta la oficina del Comandante General y otro salto, esta vez más profundo, a la oficina del Presidente de la República. ¿Por qué lo hace? ¿Le consta? ¿Estuvo ahí? Porque no fluye del manual de operaciones ni tampoco de su propio relato sobre cómo se elaboraban los planes cuando él trabajaba para esa unidad de inteligencia. ¿Cómo sabe que el Comandante General aprobó los planes de aniquilamiento?

El testigo sigue vacilando y el juez San Martín trata de precisar la situación: que quizá esos manuales y los planes que el testigo elaboró en el pasado eran para asuntos normales, pero que, posiblemente, dada la materia y naturaleza de “Colina”, sus asuntos merecían un tratamiento especial. Después de presentada esta hipótesis, el testigo se apoyó en ella para contestar a Nakazaki una y otra vez que Colina nació para matar y por ello era singular, tanto que el Comandante General del EP los invitó a almorzar y les ofreció apoyo del más alto nivel para su accionar, cuando ya estaba en todos los diarios el escándalo por las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta. Lanza la interrogante: ¿qué nivel es superior al Comandante General del EP? Y se responde: Solamente el Ministro de Defensa y el Presidente de la República, luego los amnistiaron, por una norma que venía del Congreso y firmada por el presidente. Recalca, entonces, que fueron una unidad del ejército, que les asignaron la tarea sucia y que al final los han dejado caer, sin reconocer su papel. Finalmente, vuelve a pedir perdón.

Notas de editora:
1. Almuerzo o cena compuesta por carnes preparadas en parrilla.

2. Luces de alarma utilizadas en automóviles oficiales para facilitar su circulación.

3. Mascarilla confeccionada con lana tejida para cubrir la cabeza completa, con orificios para ojos, fosas nasales y boca.

 

* Este artículo se publica bajo el Convenio Fundación San Marcos para el Desarrollo de la Ciencia y la Cultura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos – Japanese American National Museum, Proyecto Discover Nikkei.

© 2008 Antonio Zapata Velasco

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